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Low – The great destroyer

Pocos grupos pueden gozar de una trayectoria tan coherente hasta el momento como Low. Estandartes del slowcore más puro, suelen moverse sumergidos en guitarras que crean muros de sonido sobre el que las voces destacan con su tono y lenta cadencia, dejando para algunos escasos momentos la liberación emocional y, sobre todo, la alegría. O al menos eso ocurría hasta ahora.

Porque tras el éxito artístico del Trust del 2002, Low no se han dejado ir, sino que han buscado dar un salto al vacío que se antoja sin retorno. Una evolución orgánica con su pasado que puede reconducir su futuro hacia las cotas más altas si consiguen controlarla y convertirla en un nuevo vehículo de transmisión tan efectivo como el que poseían hasta el día de hoy.

El disco se abre, dejando claro el cambio, con Monkey, canción de base rítmica imparable y estribillo amenazante que crece durante toda su duración, resultando una suerte de aviso, de predicción casi apocalíptica. No han perdido señas de identidad y todos los reconocemos, pero se nota que algo ha cambiado, como nos confirman de modo inmediato gracias a California. Tanto en nombre como en concepto podemos estar ante la nueva Canada de este disco, pero pasada por un inusitado tamiz pop. Luminosa a un extremo que antes no hubiesen osado hollar, las guitarras cobran nueva vida y dan una nueva cara al grupo.

Tras ella pasaremos por un momento más rockero gracias a Everybody’s song, de inspiración rabiosa y lo más cercano al hard rock que posiblemente oigamos nunca en manos de Low. Tras ella toca reposar un poco con Silver rider, un recordatorio del pasado y una muestra de que no han roto todos los puentes, de que aún pueden sacar de su interior la sensibilidad primigenia. Muestra de que no estamos ante una ruptura, sino una evolución en toda regla, podríamos situarla perfectamente en sus trabajos anteriores, donde no destentonaría por calidad u orientación.

Todo lo contrario que esa maravilla que es Just stand back. Pop hasta la médula, tatareable hasta la extenuación y digna de sonar en toda fiesta que se precie. Muestra que California no fue un espejismo y que, cuando quieren, Low están preparados para retar a cualquier grupo supuestamente alegre cara a cara y en su terreno. Algo que no continúa una On the edge of más convencional para la banda, con una gran carga épica, algo habitual en ellos.

Como tampoco nos debe sorprender Cue the strings, un tema soportado por las voces que se entrelazan sobre una base musical indefinida que actúa de perfecto colchón, y nos prepara para una Step en la que volvemos al espíritu más propio del pop-rock que parece ser la vía de articulación de los nuevos Low. Frente a ella se opone de nuevo una muestra de sus viejas cartas con When I go deaf, magistral vuelta a sus orígenes en uno de los momentos más logrados de todo el trabajo.

Broadway (so many people) parece buscar la unión de ambos caminos en un solo discurrir con muy buenos resultados. Alternando momentos de pura sensibilidad slowcore con otros más animados, puede que estemos realmente ante la pieza central del disco -en su tema más largo y complejo- en cuanto a la aspiración de lograr un conglomerado de lo que a estas alturas ya podemos considerar los dos rostros de la banda. Tal vez por ello, tras este momento de gran peso específico en la escucha, decidan relajar la marcha con Pissing, un corte que bien podría haber sido elegido para abrir el disco por su concepción ascendente, que ya muestra esa tercera vía en la que parecen difuminarse los contornos de la música de Low.

Pero para terminar se guardan dos ases bajo la manga. Primero nos encontramos con Death of a salesman, que nos trae de vuelta a la banda instalada en su sonido tradicional, con la voz tomando todo el protagonismo sobre una base de guitarra. Elegante y sencilla, un tema impecable. Y finalmente Walk into the sea parece buscar llevarnos de vuelta al inicio, a Monkey y su rabia, aunque con las guitarras ahora en primer lugar, tomando la posición de la base rítmica. Final cerrado, casi círcular para un disco sin fisuras, Low logra superar casi toda posible contradicción con este epílogo.

Desde luego nadie puede aventurar ahora mismo hacia donde discurrirán los intereses de la banda americana, pero lo cierto es que gracias a este The great destroyer han conseguido que todos los diferentes avances hacia la música más popular que habían ido mostrando poco a poco en trabajos anteriores como Things we lost in the fire y Trust cuajen en un concepto global que abre nuevos territorios musicales por explorar. Si lo hacen o no, dependerá enteramente de ellos, el caso es que todos estamos de enhorabuena porque no se hayan quedado estancados y estén dispuestos a avanzar en su concepción sonora. Sólo el tiempo dirá si este The great destroyer fue un experimento o el inicio de algo muy grande, de momento no podemos más que quitarnos el sombrero y disfrutar de uno de los discos que se antojan más capaces de marcar un momento en este recién estrenado 2005.

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