jueves , 21 de septiembre de 2017
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La felicidad nunca viene sola

Oh la la… c’est l’amour.

Visto cien millones de veces en sus pantallas favoritas: golferas con síndrome de Peter Pan pero buen fondo se enamora de mujer madura e independiente.

Sí, ya lo sé. Así de resumido no les voy a convencer jamás que gasten, ni su tiempo ni su dinero – la nueva subida del I.V.A. en la cultura en general es para enviar a la guillotina a más de uno – en una nueva producción francesa que llega para intentar revivir el éxito comercial de Intocable (Olivier Nakache/Eric Toledano, 2.011) Y más aún si desde ya les confieso que está repleta de clichés. Pero si tienen un día gris y necesitan alegrarse un poco la existencia esta es su película.

La gran baza del film, y lo que les ganará desde el primer minuto en esta amable historia, es sin duda la química de la pareja protagonista. La belleza perenne de Sophie Marceau –llena la pantalla en todas las escenas-  y el desparpajo de Gad Elmaleh – protagonista de portadas de la prensa rosa por su romance con Carlotta Casiraghi– funciona a las mil maravillas. Si es cierto que el patosismo tan reiterado en el personaje de Marceau no tiene ninguna explicación y pierde su gracia al instante, pero las escenas en las que Elmaleh debe lidiar con los hijos de ella nos proporcionan grandes dosis de humor entrañable del que arranca una sonrisa y poco a poco se irán ganando su simpatía hasta regalarle un par de horas en las que no pensará en todo lo que se nos viene encima.

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