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La Casa Azul – La revolución sexual

Cualquier cosa que se diga de La Casa Azul quedará pequeña ante la intensidad musical que propone Guille Milkyway. Numerosas críticas alaban su estupendo último trabajo La revolución sexual (Elefant Records, 2007) y lo califican ya como una joya de la cultura popular del nuevo siglo. Por desgracia esta feliz propuesta musical ha disparado también elogiosas divagaciones pseudofilosóficas de una parte de los expertos en postmodernidad y otras adicciones. Algunos lo califican como la respuesta pop-art de una especie de Peter Pan deconstruido. Otros prefieren destacar que estamos ante la piedra de toque del mundo indie, el rito sagrado de entrada en el mundo adulto. Otros, en cambio, asocian el éxito de La Casa Azul a un futuro triunfo del Partido Popular en las elecciones de marzo. En fin, las opiniones son libres, los hechos…

Pero ante todo el tercer álbum de Guille es, sin duda, su disco más redondo. Completo, lleno, descarado, absorbente, indispensable, embriagador y sobre todo necesario. Por fin nos encontramos con bonitas canciones pop, con melodías para cantar en la ducha, con estribillos contagiosos y sin complejos. Es decir, toda una delicia para escuchar mientras se disfruta de un refresco dulzón en una terraza de la costa. Esta orgía pop debe mucho a la enciclopedia musical que atesora Guille. Si el tema que da título al álbum nos retrotrae a los Dinaramas más barrocos, el espíritu Shibuya-Key de Un mundo mejor nos recuerda a los vídeos delirantes de Pizzicato Five. Mis nostálgicas manías recopila el sonido disco de los 70 con pinceladas de bubblegum de los 60 y otros momentos estelares de la pista de baile hortera de los 80. Y así, sin parar, como si cada canción fuera un collage musical, un juego de referencias no apto para puristas o “auténticos defensores de la verdad”.

Por otro lado tenemos las letras. Si bien parecen anecdóticas en una primera escucha, rápidamente nos trasladan a un juego de espejos que manejan emociones sin dejar de perder esa sensibilidad pop intrascendente. “Sé que es casi nada / pero me sirve de tanto / Sólo una palabra / para librarme del pánico”, dice esa gloriosa canción titulada El momento más feliz. O Todo el mundo necesita respirar / no hay quien pueda permitirse no parar / demasiada incertidumbre / demasiada autosuficiencia”, vital comienzo de Prefiero no. Éstas son algunas de las muestras que retratan el alma del disco, un vigoroso y optimista trabajo que nos deja siempre con un cierto regusto amargo y, quizá, melancólico.

En definitiva, La revolución sexual nos gusta aunque pueda parecer “superguay”. Al fin y al cabo, estamos ante canciones pop con mayúsculas que, tal y como corren los tiempos, no es poca cosa. Después puede que La Casa Azul gane Eurovisión, que los conciertos se conviertan en megakaraokes o que los media se queden colgados con el Amo a Laura. A nosotros nos da igual, siempre nos quedará un bello estribillo en la cabeza. Y agradecidos.

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