martes , 21 de noviembre de 2017
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G-5 – Tucaratupapi

“El G-5 ya ha llegado”. Ésa es la primera frase que oímos en G-5, la apertura de Tucaratupapi (EMI, 2006), y una presentación muy apropiada para un disco que había despertado grandes expectativas. Que gente tan ilustre como Kiko Veneno, Muchachito Bombo Inferno, Canijo y Ratón de Delinqüentes y Tomasito decidieran finalmente publicar algo juntos (y revueltos) fue una noticia que corrió como la pólvora. No en vano algunas actuaciones brindadas por estos amigos en ciertos programas nocturnos de televisión habían resultado un derroche de gracia y creatividad.

Con el álbum recién salido a la calle surgieron críticas terriblemente positivas hasta debajo de las piedras, pero tras un buen puñado de escuchas otra impresión queda patente. Tucaratupapi tiene momentos deslumbrantes, pero peca de estar descompensado y de incluir material que no se halla a la altura del resto. Sobre todo hablamos de Día de promoción, que no aporta nada al conjunto, y de Ay omá, que pasa por ser una -¿falsa?- improvisación muy poco inspirada, principalmente en la parte vocal: aparte de los scratches con la boca, poco o nada más da de sí.

Claro, que era difícil no caer rendido ante temas tan impresionantes como El cheque o Perdío. El primero (grandísimos esos “funky funky” del principio) es una auténtica demostración de guitarras haciendo diabluras, con una curiosa batería muy simple y con aspecto de ser pregrabada, y un final tremendo con baile y cante de Tomasito. La segunda es una canción que no da un respiro, con un estribillo bien profundo (“yo quiero encontrar la felicidad y olvidar el olvido, yo quiero soñar como un esquimal sin morirme de frío”) y un delirante monólogo aceleradísimo con el Oso Yogui de por medio.

Ésos son los mejores momentos de este G-5: cuando dan rienda suelta a sus ideas más locas y las acompañan de ritmos sorprendentes. Ahí tenemos La oreja baila sola -así estuvo a punto de llamarse la banda-, que comienza como un sirtaki griego para convertirse en una rumba a toda máquina. También está el viaje flamenco y psicotrópico de Pitágoras y sus teoremas gitanos, o la historia de indios y vaqueros en la más pura línea de Muchachito Bombo Inferno de 40 forajidos. También se puede hablar de La fiebre, que pasa por ser un aparente alegato antibélico, con un interesante tempo medio que comparte con Quitao. O de las “sutiles” referencias sexuales de El vino y el pescado (“me gusta comerte las tetas, eso me hace feliz, parece regaliz”) y Calla (“que te como to’ la mata).

Pero en resumidas cuentas, esta agrupación libre y sin ánimo de continuidad -grupo fantasma, como les gusta definirse-, han llevado a cabo un complicado ejercicio de unión de egos bien diferenciados pero con un montón de puntos en común. Una pirueta de máxima dificultad que no les hará acreedores de ninguna medalla de oro, pero que bien merece la pena disfrutar. Sobre todo si se lanzan a hacer una gira en condiciones, ya que seguro que encima del escenario será donde desarrollen todo su potencial estos figuras.

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