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Franz Ferdinand – Franz Ferdinand

Primer álbum del hype de finales del 2003 -principios del 2004 para la revista “NME” y, por ende, de las islas británicas-. Estamos ante un cuarteto escocés, aunque Alex Kapranos, líder de actitudes “andersianas” (basta verle un solo concierto para recordar inmediata e insistentemente al mejor Brett Anderson que ha pisado los escenarios), tiene ascendencia griega.

A lo largo del año han cosechado alabanzas y menosprecios casi por igual. Los detractores inciden en que, en el homónimo del archiduque austro-húngaro, hay graves imprecisiones melódicas y errores colegiales en la rítmica de todas y cada una de las canciones, y se escudan, casi por sistema, en el amateurismo de Bob Hardy (bajo) y de Paul Thomson (batería). No obstante ¿es acaso esto lo determinante en un disco? ¿Un álbum tiene que ser musicalmente perfecto para merecer la pena? Desde este análisis se considera que no. Y es que sus propios autores, acudiendo a la etiqueta de arty-pop (sepa Dios qué quiere decir eso), piensan que su objetivo no es otro que el de hacer bailar a las chicas… Alcanzado esto, dominarán el mundo, pues también conseguirán arrastrar a los chicos (consecuencia causa-efecto “chico busca chica – ponte las pilas o te quedas a verlas venir”). Y no se equivocan en su planteamiento.

Al margen del virtuosismo, aunque bien es cierto que en los últimos directos parece que Bob y Paul se atreven a hacer solos como los de Alex o Nick McCarthy (el guitarrista, profesional como Kapranos y con las tablas escénicas bien aprendidas), los de Glasgow han presentado un disco bailable al cien por cien. Ya desde Jacqueline invitan al desmelene general, con esa conjugación más o menos chirriante entre la apacible entradilla que nos presenta a una Jacqueline y un Ivor trabajadores casi melancólicos y su faz juerguista “que sólo trabaja para vivir” y no vive para trabajar.

Con cortes de semejante temática como Cheating on you, o aún más trasgresores -e igual de guitarreros- como ese Michael de contenidos homosexuales, rayan lo maquiavélico, que prime el fin sobre la forma. Con Tell her tonight, Take me out, This fire o su primer single, Darts of pleasure (donde se permiten el lujo de coquetear con el alemán) no hacen sino reafirmar que una fórmula imperfecta, el “Do it yourself” del punk setentero anglosajón o “La movida” madrileña, puede dar resultados satisfactorios a poco que vayan bien dirigidos aunque no se tenga ni la menor idea de música.

¿Innovación o subproducto a la sombra de otros grupos como Interpol o Clinic, Dogs in Hot Cars o Hot Hot Heat? Queda al parecer de cada uno, pero desde luego que consiguen sonar por igual en las pistas de baile como en las fiestas privadas de jóvenes o no tan jóvenes empeñados en seguir siendo alt.-tenageers. En definitiva, un disco a conservar de este 2004. Aunque el año que viene naufraguen en una secuela que no se ampare en otra cosa que el explotar la veta de oro hasta gastarla por completo.

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