Domingo , 23 de abril de 2017
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Foxygen – We Are The 21st Century Ambassadors Of Peace & Magic

Luz de sol en el pentagrama.

La historia de Foxygen es en apariencia muy sencilla. Es la de dos amiguetes californianos que hacen música juntos desde 2005, grabando y auto-editándose un puñado de Eps, y tocando en la agitada escena local su rock retro, hasta que llegan a oídos de un tal Richard Swift, productor, propietario de los estudios National Freedom en Oregon, y desde hace poco tiempo miembro de The Shins, quien ve en ellos un talento fácilmente explotable, apadrinándolos de inmediato. Con él reeditan su Ep Take The Kids Off Brodway (self-released, 2011/Jagjaguwar Records, 2012), transformado luego en Cd al firmar por Jagjaguwar, y grabarían, ya en nómina de la firma de Blomington, Indiana, el que es su segundo trabajo abiertamente público: We Are The 21st Century Ambassadors Of Peace & Magic (Jagjaguwar, 2013). Gente que hace las cosas bien, descubierta por otra gente con pasta y medios: hype retro a la vista.

Dos discos en 6 meses evidencian una verborrea compositiva seria; pero además, sobre todo en el primero de ellos, demuestran una promiscuidad musical muy interesante: son retro, pero a la manera de quien primero enfrasca por separado las grandes esencias del pasado, de los músicos más reconocibles e icónicos de los ’60-’70, rociándolas después de haberlas refrescado con un toque personal. Luego es interesante advertir cómo han concretado su sonido propio, evolucionando ligeramente del primer al segundo trabajo. Si en Take The Kids Off Brodway rebosan esa enérgica imprevisibilidad con la que se acercan desde el pop al estilo sesentero y setentero (coqueteando con el modo-Ariel Pink de excentricidad desacomplejada), con cambios de ritmo y sonidos locos como piedras angulares de su atractivo, en We Are The 21st Century Ambassadors Of Peace & Magic parecen haber reculado hasta dar con la tecla métrica de la estabilidad.

El dúo formado por Jonathan Rado y Sam France ha logrado con una facilidad pasmosa lo que cualquier banda firmaría a ciegas: sorprender con un primer disco llamativo, y acotar su fórmula musical en un segundo, moderando su lenguaje (el musical, se entiende) y apostando por un revisionismo de buena educación. Se destacan, en efecto, como embajadores de aquella paz y aquella armonía que emanaba de la música de los ’60, acogiéndose a un ritmo cálido y liberado y reduciendo la estridencia instrumental, aunque sin abandonar del todo esa peculiar forma de locura sincrética, muy al fondo de temas como On Blue Mountain o Shuggie. Sin querer recurrir a comparaciones ignominiosas, por momentos recuerdan a los Rolling Stones, a los Jefferson Airplane, a cosas de Janis Joplin, e incluso de Bob Dylan (No Destruction). Es como si hubieran fregado bien el suelo de su música y, a la luz de la claridad y el orden, pudiera apreciarse bien de dónde viene cada nota y cada detalle: circulan rayos de sol por los pentagramas de Foxygen.

Sobresale por encima de todas, la florida y hermosa San Francisco: ya sea por la ciudad o por el nuevo Papa, el caso es que es un remanso de paz, inocencia y buen rollo. Suave y como tendida al sol y al viento de verano, es ligera como la espuma, pero deja un sabor de boca que se extiende por el resto del Cd sin esfuerzo alguno. Tal vez todo el disco fluya desde aquí, pero podría incluso ser suficiente. Al principio, en In The Darkness, podrían recordar a Tame Impala, por esa leve psicodelia al mirar hacia atrás. Pero en general, We Are The 21st Century Ambassadors Of Peace & Magic es más pulcro y sencillista en la estructura, y apuesta, sobre todo en la segunda mitad, por una construcción más directa, coloreando e iluminando solo la morfología superficial. Oh Yeah, y la canción que da título al disco, los mejores ejemplos.

La música de Foxygen va a abrirse un hueco entre los favoritos de este año, en parte, por su humildad y aparente falta de ambición. Aunque Oh No pueda representar un punto más de grandilocuencia, profundidad, intensidad o desgarro, su sonido parece descansar en una especie de nostalgia anestesiada, que logra ponernos en contacto con una época pasada sin esbozar un solo gesto de melancolía: como una idealización de lo más bello del perfume de aquellos años. En cualquier caso, el tiempo dirá cuánto de ambición hay realmente detrás de su sonido destensado, y hasta dónde quieren llegar; pero lo que es seguro es que si mantienen algo de esa hidratación y de esa frescura compositiva, seguirán impresionando a propios y extraños.

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