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Dayna Kurtz (Zaragoza, 23-02-07)

Rotundo. Éste es el adjetivo que mejor resume lo acontecido en La Casa Del Loco de Zaragoza en la agradable compañía de la estadounidense Dayna Kurtz. La indudable valía de la neoyorquina contrasta con el relativo poco reconocimiento que posee en su país natal (pese a la distinción de la Academia de Cantautores Americanos como mejor cantautora de 1997), ya sea por la saturación de artistas mezclados en el circuito de ese género llamado americana, o bien por la preferencia de la prensa actual por los folkies de carácter indie en detrimento de los artistas más profundamente imbuidos por la más pura tradición americana.

Salvando esos pequeños inconvenientes, la cantante afincada en Jersey vino a presentarnos su aclamado Another black feather (Kismet, 2006), un paso de gigante en la carrera de la estadounidense. Y es que resulta fascinante cómo ha logrado reunir una tradición, la americana, que suena menos cruda que en su anterior trabajo, Postcards from downtown (Kismet, 2002), gracias en parte a la cuidadísima y destacada producción presente en su más reciente obra. Guitarra en mano ante el micrófono, con una banqueta para sus dos botellines de agua y su copa de whisky, la Kurtz rasgaba muteando la guitarra y conseguía silenciar los murmullos de la sala; oyendo únicamente el dinámico ritmo del tema, se esfumaban el quejido de la desengrasada puerta de entrada, el choque de las botellas que tomaban los camareros…

Empezó el concierto desglosando el cancionero de su último trabajo, con la country Venezuela, y creando un agradable ambiente que se animó con el rítmico y pegadizo blues de From the bottom up. Un ambiente realmente respetuoso y embriagador que permitía catar con mayor gusto la naturaleza catártica de los alaridos de Dayna Kurtz cuando ésta ofrecía su lado más crudo y visceral, como sucedió en Miss Liberty, It’s the day of atonement, 2001 o Monroe (la sombra de Tom Waits recorrió la sala ante esa revisión tan ruda de raíces americanas). Aunque, sin duda, la parte más suave, dulce y melancólica fue la que más enamoró al mayoritario público maduro que asistía esa noche al concierto. Y es que se esperaban con ansia la maravillosamente volátil Nola, cuyo estribillo nos transportó directos a los cafés de Greenwich Village de hace más de cuarenta años, o la espléndida canción que da nombre a su último disco, Another black feather. Emoción y pasión a partes iguales zurcidas con rigor a través de esa rasgada e infinita guitarra acústica.

Y por supuesto, la voz. Desde el jazz al country, pasando por el folk o el blues, Dayna no permite que ningún género se le atraviese en su potentísima garganta, sino que se adueña de cada estilo para dotarlo de una emoción y características únicas. Ante tal potencial y embriagador talento, la sala tronó en un mar de aplausos y ovaciones que obligaron a la neoyorquina a salir en un par de ocasiones de su camerino para brindarnos su versión del All over again de Johnny Cash. Parece mentira que la grandilocuente y sublime voz de Dayna Kurtz sea tan poco publicitada en su país de procedencia, aunque tal hecho no importa si la cantautora nos regala visitas como ésta por nuestro viejo continente europeo.

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