lunes , 20 de noviembre de 2017
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Dan Deacon – America

Electrónica de peluche, o el extraterrestre que quería pasar desapercibido.

Una de las cosas que, sin discusión posible, aporta la electrónica a la música actual es la posibilidad de crear y escuchar sonidos totalmente nuevos con respecto a la instrumentación tradicional. No es que se haya hecho prescindible la típica terna batería-guitarra-bajo, que en esencia sigue en el esqueleto conceptual de casi todas las producciones, pero su efecto se logra ahora a través de otros instrumentos, digitales o informáticos muchos de ellos, que hacen que el aspecto exterior de mucha música, sobre todo la electrónica, resulte completamente nuevo y original. Algunas músicas parecen provenir de otros planetas, construidas a base de minerales y elementos que no se hallan en la Tierra; y como pasa con cualquier otra invasión extraterrestre, podemos adoptar una actitud de rechazo y miedo, o tratar de desvelar sus misterios y descifrar sus técnicas de construcción.

Dan Deacon es uno de esos constructores intergalácticos que hace ya tiempo desembarcó en la Tierra con material propio. Durante años ha hecho una música que evidenciaba su procedencia extra-planetaria, pero últimamente, y sobre todo con su último Cd, America (Domino Records, 2012), parece que ha culminado con éxito su adaptación a la raza y al oído humano. Seguramente en directo seguirá mostrándose igual de extravagante, interactivo y generoso que hasta ahora, pero en esta ocasión, por lo menos, ha sabido erigir un disco que, precisamente por su mayor convencionalidad, le ha hecho ganar en accesibilidad y efectividad. Aunque sigue utilizando material de su planeta, ahora lo ha mezclado con algo del nuestro, haciéndose más reconocible e identificable: ahora tal vez pueda pasar un poco desapercibido entre los terrícolas.

La piel de este personaje, salido de la saga de Douglas Adams La Guía del autoestopista galáctico, sigue siendo de colores vivos y alegres, hecha a base de módulos plastificados y ligeros, como la de un androide, o como la coraza que usan los seres más avanzados de otros planetas; pero al menos ahora configura un contorno de cuerpo humano, dentro de los estándares más o menos variables de nuestra raza. Pero lejos de ser un fiero invasor del espacio, Deacon muestra siempre un lado amable y alegre, una alocada y sincera carcajada: en cada composición, y en la utilización de cada uno de los elementos de sonido con los que conforma su trabajo. Tampoco es, por tanto, de esa electrónica dura que esa que combina con la pose de fardar: es una electrónica lúdica y dadaísta, como conducida e interpretada por un ejército de muñecos de peluche.

America, en cualquier caso, es más que un simple ejercicio de composición electrónica para jugueterías: Deacon se aventura a mezclar los elementos sonoros y la textura plastificada de ésta con la grandilocuencia que aportan los vientos y las cuerdas clásicas; el aspecto exterior de la primera, arisco, mecánico y biónico, con los desarrollos estructurales propios de la música más narrativa. En definitiva, mezcla lo nuevo con lo viejo, el ayer con el mañana: y así es como suele explicarse el presente. Pero lo más asombros es que es así tanto en el lenguaje escogido como en el mensaje que éste expresa: America es un alegato a las identidades de antes, a las que se encontraban en la América rural, y sobre las cuales trató Jefferson de edificar los recientemente constituidos Estados Unidos, allá por el 1803. Unas identidades y valores a los que algunos están volviendo ahora como respuesta al capitalismo y a la sociedad de consumo. Dan Deacon, en este caso, lo hace sobrevolando sus paisajes en la 2ª mitad del Cd.

America se abre con el sonido de una serrería, el ritmo de pulsiones aceleradas y combinadas, medio teclado medio percusión, y la claridad expositiva de Guilford Avenue Bridge, en una electrónica que se desarrolla después, de forma casi infantil en True Truth. Ésta podría ser la norma del Dan Deacon más accesible, con sonidos casi más propios del mundo de los juegos que de la música, con la vivacidad sana e inocente que le caracteriza, y una construcción electrónica que pasa desapercibida. En Lots muestra su lado más macarra, continuando con el híper-ritmo de una percusión que a la postre resultará cubista, y recuperando esa distorsión electrónica que tanto le gusta. Un tema enorme, de 360º, que demuestra la capacidad mosáica del neoyorquino.  Después en Pretty Boy anticipa esa utilización de lo clásico, muy a modo Mogwai, propia del post-rock más romántico (en el sentido del Romanticismo). Y probablemente el mejor ejemplo de convencionalidad sea Crash Jam, justo antes de iniciar el viaje.

Desde USA I: Is A Monster a USA IV: Manifest hay momentos gloriosos, sobre todo en la primera, de esa perspectiva paisajística vista con un ojo nuevo y otro viejo, de esa mezcla del ayer y el mañana sobrevolando un continente lleno de ideas y tradiciones culturales tan distintas. En la segunda (USA II: The Great American Desert), del híper-ritmo cubista como leitmotiv del viaje por el gran desierto americano. En USA III: Rail, de la pausa, la contención y el desarrollo; y en la última, de esa gran capacidad compositiva de Deacon que hace que el final del viaje y del disco coincidan, en un final épico que muestra un poquito de lo aprendido durante el trayecto en cada punto sobrevolado; y abriendo, de paso, la posibilidad de que el destino, en los mejores caminos que se hacen en la vida, no sea uno concreto, sino varios: un prisma.

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