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[Crónica] Los Planetas (Salobreña, 02/08/19)

El concierto del grupo granadino se enmarcaba dentro del Festival Tendencias

Los Planetas, durante su actuación en Salobreña. Foto: Alta Fidelidad

Digámoslo ya: Los Planetas andan celebrando los veinticinco años de la publicación de Super 8, su primer álbum, en un inmejorable estado de forma. La buena salud de la formación no solo queda estampada en su producción discográfica, que en 2017 entregaba un Zona temporalmente autónoma ya aupado al podio de sus mejores trabajos, sino también en sus comparecencias sobre los escenarios, más o menos habituales en la actualidad. Lejos quedan aquellas somantas de palos que caían cuando comprobaban las calificaciones recibidas tras sus actuaciones: el grupo se muestra ahora robusto, técnicamente sobresaliente. Infalibles.

Lo volvieron a demostrar el pasado viernes junto al polideportivo de Salobreña, dentro del Festival Tendencias, desde un inicio que, tras la espléndida Islamabad, transitó por Si estaba loco por ti, Ya no me asomo a la reja, Seguiriya de los 107 faunos y Santos que yo te pinte, piezas representativas de esa psicodelia jonda que reúne a Morente y Camarón compartiendo un salmorejo con Jason Pierce mientras The Jesus & Mary Chain amenizan la juerga. El posterior descenso a otras latitudes menos densas (pero igualmente rutilantes) se inauguró con una Corrientes circulares en el tiempo que sirvió para adentrarse en la sección más efervescente del catálogo de los granadinos, quienes recurrieron en hasta siete ocasiones a composiciones incluidas en su último disco. Entre ellas destacan —siempre lo harán— Espíritu olímpico, Amanecer o Zona autónoma permanente, tres lindezas, fíjate Mikel, escritas con palabras y estrofas inteligibles y sazonadas con alguna conveniente —y también comprensible— metáfora; el arte de la justa medida, que titularía Anselm Grun.

El pitote, con el castillo de Salobreña como telón de fondo —probablemente empeñado, visto el percal, en participar de la formidable estampa nocturna—, continuó a través de un temario generoso interpretado por una banda que se sustenta en la batería de un Eric extraordinario y en las filigranas a la guitarra de un Florent que, como el vino, ya saben. Sumen a la ecuación el colchón sónico que suponen los tejemanejes de Banin a las teclas y el sintetizador y el buen hacer al bajo de Julián Méndez, que, eso sí, aburrió —casi todo hay que decirlo— abriendo la velada con su proyecto en solitario, Checopolaco. Al frente de todos ellos encontramos a Juan Ramón Rodríguez Cervilla, Jota, que se mostró exultante, cómodo en su papel de rocanrol star patrio y sensacional en sus labores.

Siguieron sonando, ahí va la ristra, Pesadilla en el parque de atracciones, Ijtihad, Señora de las alturas, Un buen día, Hierro y níquel, Alegrías del incendio, David y Claudia, De viaje, Segundo premio, Nuevas sensaciones Prueba esto. Hubo más, ya que para el único bis de la noche rescataron aquel Toxicosmos en el que se narraba, a modo de dietario sobre la estimulante semana que vivieron adheridos al motor de un autobús, sus experiencias en castillos de madera, mercurio y coral tras caminar por colinas de cebollas y metal. Enorme. Enormes.

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