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[Crónica] Loquillo (Fuengirola, 24/07/20)

El cantante del Clot y Gabriel Sopeña presentaron un nuevo episodio de la gira 'La vida por delante'

El grupo, en un momento de la actuación. Foto: Alberto Fernández-Baca

La irrupción del coronavirus dejó a Loquillo sin poder trasladar a los escenarios las canciones de El último clásico: el confinamiento llegó cuando quedaban un par de semanas para comenzar los ensayos de los conciertos de presentación. Tocaba remangarse y planificar con músicos y promotores alternativas para un verano inédito que finalmente contemplaría un nuevo capítulo de La vida por delante, gira en donde el cantante del Clot y el poeta, músico y profesor Gabriel Sopeña repasan los cuatro discos de poesía contemporánea que han venido publicando desde que sus caminos se cruzaran por primera vez a principios de los 90.

Los versos estarán siempre ahí. Aseguraba Loquillo en una entrevista reciente que la poesía es «un espacio de libertad total donde el personaje crece y se transforma. Un territorio perfecto de transgresión y resistencia». Conviene apuntar que no se tratan de recitales acústicos; el Loco y Sopeña no andan solos en una aventura que evoca también «la tradición popular que se inicia con los trovadores medievales»: sobre las tablas le escolta un formidable trío compuesto por Laurent Castagnet (batería), Alfonso Alcalá (contrabajo) y Josu García (guitarra). El tour, tras estrenarse el pasado 10 de julio en el Fes Pedralbes de Barcelona, llegaba ayer al Castillo Sohail dentro de la programación del Marenostrum Fuengirola.

El repertorio, que superó la veintena de temas, se abrió con estrofas y estribillos de Bernardo Atxaga (La vida que yo veo), Benedetti (Transgresiones) o Luis Alberto de Cuenca, al que recurrieron en hasta tres ocasiones a través de Cuando pienso en los viejos amigosPolitical incorrectness Cuando vivías en la Castellana. El itinerario de la noche, con unos Loquillo y Sopeña reivindicando con brío la seguridad de los actos culturales en vivo, prosiguió con Inútil escrutar tan alto cielo, de Manuel Vázquez Montalbán, y la emotiva No volveré a ser joven, de Jaime Gil de Biedma, que dio paso a un tramo protagonizado por Sopeña —alternando guitarra, piano y armónica— al que poco después se le uniría la banda para finiquitar Ceremonia, de Julio Martínez Mesanza, aún con el Loco en el banquillo.

La segunda parte del lote, ya con toda la artillería de vuelta, invocó con diversos ritmos y sonoridades a Brassens (La mala reputación), Jacques Brel (Con elegancia), Johnny Cash (El hombre de negro), Kris Kristofferson (Me and Bobby McGee) o Johnny Hallyday (Cruzando el paraíso). Cerraron con John Milner, que narra la «historia de los primeros rockers de Barcelona» y, por ende, la de un José María Sanz que terminó reinando —aún lo hace— en esto del rock, género musical que hunde aquí sus guitarras en la poesía hasta conformar un extraordinario ejercicio de ardorosa reciprocidad.

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