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[Crónica] Foals (Razzmatazz, Barcelona, 31-01-2016)

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La mecánica esclavista de la fama.

Es automático: piensas en Foals y te vienes arriba. Luego viéndoles en directo te invade un nosequé energético desde dentro, unas ganas furibundas de comerte el mundo y todo el resto de planetas que lo rodean, que casi dejas de ser tú mismo. En ese sentido son un poco droga; y como toda droga que se precie, no es lo mismo la primera toma que todas las demás. Saber de antemano, por ejemplo, en qué temas hará sus excursiones Yannis Philippakis, puede restarle algo de emoción al asunto, rebajando el impacto a lo previsible; pero no se puede negar que vicia igual. El suyo, hoy en día, se supone que es uno de los espectáculos de rock más rotundos y entregados del circuito, con un frontman que sería titular en todas las alineaciones del Cholo Simeone, y una banda de escuderos instrumentales que le mantean por encima de su público una y otra vez. Por eso su lucha ya no es la de alguien que escala una montaña, en pos del triunfo de masas, sino la más difícil: la de mantenerse allí arriba. La lucha contra las expectativas que ellos mismos se han ganado. Y por eso ya no pueden fallar.

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Como hace dos años, los de Oxford se presentaron anoche en una sala Razzmatazz repleta hasta la bandera y precedidos de nuevo por Everything Everything, eternos teloneros. Aquella noche dieron un concierto antológico; y ayer, aunque de manera no tan homogénea, otro. No salieron a comerse el mundo: ‘Snake Oil’, la canción inaugural, sonó un tanto amortiguada, poco contundente; y algo más tarde, en ese primer conato de convertir la sala en fiesta enlazando ‘Olympic Airways’ –con un punteo final heredero de The Rapture– y ‘My Number’, pareció como si quisieran plantear el show de manera más comedida, adulta y responsable. Incluso en ‘Mountain in My Gates’, tras el primer momento mechero de ‘London Thunder’, dieron la sensación de estar ahí como con miedo de romper algo. Pero no fue apatía ni que estuvieran sosos, ni muchísimo menos: fue una administración inteligente de sus fuerzas. Una carrera sostenida para encarar al 100% el sprint final; un lento increscendo que no dejó a nadie atrás. Porque Foals ya no pueden fallar.

Y por supuesto que no fallaron. Distribuyendo de manera impecable los hits en el setlist, los de Philippakis concentraron en la segunda mitad del espectáculo sus canciones más intensas. ‘Providence’ fue el pistoletazo de salida, con bastante más potencia de sonido que todas sus predecesoras; y tras un segundo momento mechero con ‘Spanish Sahara’ –impecable y muy convincente–, arremetieron con la contundencia histriónica de ‘Red Socks Pugie’, aunque sin llegar nunca a desmelenarse. Tal vez porque han entendido que no quieren que su mensaje, en general, se pierda ente tanta algarabía, pero resulta obvio que ejercitan la contención. Eso sí, ‘Late Night’, que sonó tranquila y luminosa, y la primera mitad de una espacial ‘A Knife in the Ocean’, fueron el punto final de dicho ejercicio. En la segunda mitad la canción creció de manera exponencial y acabó gigantesca y apoteósica. Y no digamos ‘Inhaler’, tema elegido como falso cierre, ahora sí absolutamente desatado e incontestable. Para los bises quedaron ‘What Went Down’ y ‘Two Steps’, donde esa vertiente caótica (ex)matemática típica de Foals se hizo con el mando de la situación desbordándolo todo.

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Lo bueno de Foals es que están sabiendo estar a la altura del paso que han dado con la dupla Holy FireWhat Went Down, en cuanto a calidad de interpretación musical, pero también en lo que respecta a la responsabilidad de cumplir las expectativas de legiones de fans por todo el mundo, noche tras noche. No hay duda de que el éxito conlleva cierta responsabilidad, y por eso Foals ya no pueden fallar. Pero lo malo es que posiblemente Philippakis ya no tenga ni siquiera la opción de no tirarse o mezclarse de algún modo con el público. Lo que empezó siendo un gesto de incontrolable libertar, ahora es un elemento necesario de su repertorio. Lo que fue un sueño, ahora es un trabajo. En ese sentido, parece que se deben más a su público que a ellos mismos, siendo de algún modo esclavos de su propia fama y habiendo perdido, como es lógico, bastante de esa naturalidad y visceralidad que tan frescas se nos presentaban en su anterior gira. No obstante, y esto es innegable, estamos ante una banda que sabe cómo pasearse con gracia por la cumbre. No te caigas nunca, Yannis.

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