martes , 21 de noviembre de 2017
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[Crónica] 31 Festival Internacional de Jazz de Málaga

Steve Coleman. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

El Festival Internacional de Jazz de Málaga continúa creciendo. Junto al excelente cartel que ha desfilado por el Teatro Cervantes entre el 8 y el 13 de noviembre hay que subrayar una vez más la celebración en paralelo del Abierto Málagajazz, que ha ofrecido ochenta y tantos conciertos gratuitos repartidos por distintas plazas, clubes, restaurantes y hoteles del centro histórico y más allá. Una iniciativa que desde 2015 impulsa la Asociación de Hosteleros de Málaga (Mahos) y la Asociación de Empresarios Hoteleros de la Costa del Sol (Aehcos), y a la que este año se ha sumado la participación de Cervezas Alhambra. Volvió a acompañar el clima y la respuesta del público, en muchas ocasiones de forma sobresaliente. Fue el caso, entre otras, de la actuaciones de Dan Ben Lior Trío en la Plaza de las Flores; del Málaga Jazz Colective en la Sala Velvet; del Antti Sarpila Hot Club en una Plaza de San Pedro de Alcántara convertida en una jovial pista de baile swing; o las de los cuartetos de Uri GurvichNadia Basurto en la Plaza de Jerónimo Cuervo, a los pies del Cervantes. Una rica abundancia de músicos de distintas nacionalidades y estilos que, en solitario, juntos o revueltos, han ocupado las calles de una ciudad que parece ir acostumbrándose al jazz, que se interesa por él y lo disfruta enormemente. Estamos de enhorabuena.

Steve Coleman. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Nuestro itinerario comenzó el miércoles frente al trío capitaneado por el pianista Miguel Rodríguez, que iluminaba la plaza del Cervantes y las caras de los allí congregados mientras Steve Coleman y sus Five Elements cenaban, a escasos metros, en el restaurante Vino Mío. Poco después se subían al escenario del teatro e inmediatamente se lanzaban a charlar, a debatir, a discursar. La importancia de Steve Coleman en el jazz contemporáneo es innegable. Con Greg Osby y Cassandra Wilson fundó el colectivo M-Base a mediados de los ochenta, movimiento basado en la combinación de estructuras rítmicas de distinta métrica con el objetivo de estimular la creatividad de los músicos. Las formas, los símbolos y la transformación, en su más amplio sentido, son los fundamentos de una corriente estilística que entiende el jazz de forma similar a la predicada, sin ir más lejos, por John Coltrane.

Comenzó Coleman desde abajo, meciéndonos a través de las hipnotizantes notas de un saxofón que pronto alzó la voz. Se unió entonces a la conversación la trompeta de Jonathan Finlayson, que se aclimató rápido a lo que allí florecía y a la que no tardaron en seguir el implacable bajo de Anthony Tidd y la batería de Sean Rickman; ambos colocan los cimientos y levantan las paredes de una edificación en donde no encontramos techo alguno. El calmo diálogo inicial se transfiguró en improvisadas discusiones, monólogos y admirables arrebatos instrumentales: jazz o cualquier cosa, expresión utilizada por Miles Davis cuando le preguntaron, tras su actuación en el Festival de la Isla de Wight, qué carajo era aquello que había interpretado. Coleman, al igual que Parker y la escritura esférica de Cortázar —tan yuxtapuesta a la cadencia del bebop— galopa incansablemente hacia delante con la vista fija en un horizonte incierto y lleno de agujeros por los que colarse. Pero no huye de nada: él, al igual que sus mentores, es el perseguidor y no el perseguido.

Ron Carter. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

Al día siguiente Ron Carter recibió antes de comenzar su concierto el Premio Cifu, que el año pasado se estrenó reconociendo la labor de Lee Konitz. El galardón creado por el certamen malagueño en memoria de Juan Claudio Cifuentes (Jazz entre amigosJazz porque sí) surgió en 2016 con la pretensión de homenajear a músicos que hayan contribuido al desarrollo del género. Carter, con ochenta años y más de tres mil grabaciones a sus espaldas, es uno de ellos. El norteamericano, que minutos antes del recital saludaba y se hacía fotos con algunos de sus seguidores en las inmediaciones del Cervantes, continúa publicando material inédito, el último de ellos registrado en vivo en el Theaterstubchen de Kassel junto al pianista Donald Vega y al guitarrista Russel Malone. Los rescates de A nice songCandle light —que incluyó una cariñosa mención para Jim Hall y estuvo salteada con notas del Somewhere over the rainbow—, o Samba de Orfeu, en este caso con alusiones a Antonio Carlos Jobim, ejemplificaron la disparidad de sonoridades por las que navega su propuesta. La ausencia de batería realzó el protagonismo de Malone, que a través de sus dedos delineó agradecidas figuras de swing y blues valiéndose de numerosos rasgueos y armónicos. La espigada elegancia y solemnidad del trío completaron la noche.

Otro contrabajista para el recuerdo, Dave Holland, pisó también el escenario cervantino. Son Obed Calvaire a la batería y Kevin Eubanks a la guitarra quienes acompañan a un Holland que, al igual que Carter, continúa en el candelero gracias a sus colaboraciones con otros músicos y al lanzamiento de discos de provecho. Encima de las tablas se muestra inconformista y brioso, más cercano a Coleman que a Carter en esa búsqueda de no se sabe qué. Eubanks, que perteneció durante quince años a la banda del programa de Jay Leno, demandó atención constante, conjugando en las seis cuerdas de su guitarra, en fondo y forma, un jazz fundamentado en pesados riffs, en decibelios sin complejos. Un desmelene del que brotaron solos por doquier, de los que cabe destacar, además de la evidente velocidad y clarividencia de Holland, la traca final de un aplastante Calvaire.

Medeski’s Mad Skillet. Foto: Daniel Pérez / Teatro Cervantes

El proyecto Mad Skillet del teclista John Medeski surgió hace un par de años durante el Festival de Jazz de Nueva Orleans. En su currículum destaca su trayectoria con el trío eléctrico MMW (Medeski, Martin & Wood), pero también multitud de asociaciones entre las que encontramos nombres como John Zorn, John Scofield o Phil Lesh & Friends, la banda del bajista de Grateful Dead. Junto a Medeski, cercado por un piano de cola y un órgano, se colocan Julian Addison (batería), Will Bernard (guitarra) y Kirk Joseph con su sousafón a cuestas. Joseph, una de las atracciones más evidentes que han pasado por el festival, cuenta actualmente con su propia banda y se encuentra entre los miembros fundadores de ese jolgorio sin paliativos que es la Dirty Dozen Brass Band. Y eso mismo, el gozo y la jarana, fue lo que instalaron la noche del sábado noche en el patio de butacas; se estaba muy bien sentado, pero qué ganas de levantarse y correr hacia ellos gritando y saltando. Con un repertorio cuyo ritmo parecía variar y vibrar en función de la reacción del público, Medeski y compañía realizaron, y nosotros con ellos, un estupendo viaje que abrazó sin remilgos los pellizcos lisérgicos que proporcionaban las manos de Medeski. Volvimos a recorrer Nueva Orleans, al igual que hace unos años con el Treme de David Simon, guiándonos por un mapa colmado de música, baile y barbacoas.

Las actuaciones en el Teatro Cervantes contaron igualmente con la presencia de la compositora y pianista brasileña Eliane Elias, a la que muchos descubrieron por el documental Calle 54 de Fernando Trueba y que presentó su reciente Dance of time; y el ya tradicional Fancinemajazz, en donde la Orquesta Sinfónica Provincial y el Javier Navas Sextet, bajo la dirección musical de Salvador Vázquez y los arreglos de un ubicuo José Carra, recordaron algunas de las canciones premiadas en los Óscar.

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