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La popularidad de 'Stoner', novela publicada por John Williams en 1965, se ha ido incrementando de forma paulatina desde su resurgimiento a comienzos de siglo

El escritor John Williams. Foto: University of Texas Press

Desatendida durante décadas, Stoner (1965) se vio revitalizada, o directamente resucitada, gracias a la editorial New York Review Books, que en 2005 rescató la novela de un inexplicable olvido. Aquí en España se ocupó de ella la tinerfeña Baile del Sol, que la publicó traducida por Antonio Díez Fernández en diciembre de 2010. El feliz lanzamiento transita actualmente por su quinta edición y ha dejado atrás una decena de reimpresiones, dato que evidencia el paulatino incremento de popularidad del libro desde su resurgimiento: en los últimos años ha gozado de notables cifras de ventas en Francia, Italia, Israel o Inglaterra y ha recibido parabienes de escritores como Ian McEwan, Enrique Vila-Matas, Bret Easton Ellis o Rodrigo Fresán. Algunos de los enérgicos piropos aparecen en la contraportada y son, como podrán imaginar, categóricos: novela perfecta, obra maestra. Qué menos, pensaremos, hartos ya de esas fajas repletas de aparatosas alabanzas. Pero con Stoner, una vez recorridas sus doscientas y pico páginas, suscribiremos todos los halagos y sumaremos algunos de cosecha propia. Palabra.

Con apreciables aptitudes desde bien temprano para la escritura y la actuación, John Edward Williams (Texas, 1922 – Arkansas, 1994) obtendría sus primeros empleos en diversos periódicos y estaciones de radio. En 1942 se enrolaría en el ejército, donde se mantuvo dos años y medio como sargento destinado en la India y Burma. Tras la Segunda Guerra Mundial publicaría Nothing but the night (1948), el poemario The broken landscape (1949) y obtendría la licenciatura de Letras en Denver. En 1950 ingresaría en la Universidad de Misuri, donde trabajó como profesor en el Departamento de Inglés y se doctoró en 1954. Sería un periodo esencial a la hora de nutrir y configurar Stoner: a sus antiguos colegas va dirigida la dedicatoria del libro con la firme advertencia de que reconocerán de inmediato que es una obra de ficción en donde se han tomado, claro, «ciertas libertades tanto físicas como históricas». En 1960 llegaría Butcher’s crossing y en 1965, junto al lanzamiento de Stoner —que despacharía apenas dos mil ejemplares—, vería también la luz su segunda recopilación de poemas, The necessary lie. Su última obra, Augustus, se alzaría con el National Book Award de ficción en 1973. Tras jubilarse en 1986 se trasladaría con su mujer a Fayatteville, donde falleció el 3 de marzo de 1994 dejando inacabado el proyecto en el que trabajaba, The sleep of reason.

Inscrita en la particular categoría de novelas cuyo desarrollo parcial o total tiene lugar en un campus universitario (y entre las que podríamos citar Pnin, de Nabokov, Soy Charlotte Simmons, de Tom Wolfe, A este lado del Paraíso, de F. Scott Fitzgerald, o La mancha humana, de Philip Roth), Stoner narra el periplo de su protagonista desde la niñez —donde se nos presenta trabajando la tierra con sus padres en Booneville— hasta su muerte en 1956, dato que se nos revela en los primeros compases del relato. La mayor parte de sus andanzas transcurren en la Universidad de Columbia, donde recala en 1910 dejando atrás un día a día estático e incoloro rodeado de la «árida parcela de terreno que sostenía a la familia». No tardará el joven Stoner en abandonar la carrera de agronomía para consagrarse a las letras tras toparse con un soneto de Shakespeare invocado en una de sus clases por el profesor Archer Sloane.

Son los primeros pasos de una exquisita y amplia semblanza narrada con precisa modulación, que huye de aspavientos e incorpora los sobresaltos propios de la rutina —incluso aquellos que modifican el rumbo de nuestra existencia— sin recurrir a situaciones extremas para incitarnos a seguir leyendo. Asegura el biógrafo estadounidense Charles J. Shields en The man who wrote the perfect novel (2018) que para el creador de Stoner un buen día era aquel en el que remataba un párrafo que le gustaba. Se nota. Williams cuenta y dibuja aquí la vida (también la nuestra) de forma similar a como Chômei la describió desde su cabaña: incesante y cambiante como la piel del río. Y lo hace siempre con prosa despejada y pasmosa brillantez, conformando por el camino —a veces en cada página, línea o fragmento— nuevos episodios que engrosan la biografía de un Stoner, acorralado por estrictos códigos morales, al que «se le concedió la sabiduría y al cabo de los años encontró ignorancia».

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