Noise Project – Asuntos que se resolven co tempo
Santi Hurtado | 21 Marzo 2010
Mucho tiempo ha pasado -cuarenta años para ser exactos- desde que se produjera el boom de éxitos en gallego en las listas de todo el país, sobre todo a través de Andrés do Barro (O tren, San Antón). Traspasó las barreras del idioma, si bien es cierto que la fiebre duró poco y solamente Os Resentidos han podido llegar a puestos parecidos con su revisión del Sweet home Alabama como Miña terra galega.
Hoy en día conseguir aquellas cotas de popularidad queda lejos -a veces no depende de uno mismo- pero alguna bandas gallegas siguen la senda de Do Barro y utilizan la lengua de Rosalía para dar a conocer sus proyectos, seguramente sin importarles las metas que puedan llegar a alcanzar. Noise Project, un sexteto de Valga (Pontevedra) que fuera también semifinalista en la pasada edición de Proyecto Demo, tienen en su disco Asuntos que se resolven co tempo (A Regueifa Discos, 2010) referencias del noise pop y pop rock de los noventa. Ellos lo llaman “Postslowhardpunkelectrorockcore”, donde combinan al modo Mogwai guitarras ácidas (A casa do ancian) y etéreas en estribillos melódicos Gin tonic con Ali Agca). No susurran nada nuevo, pero ya les hubiera gustado a alguno de los más aplaudidos grupos del noise pop español de los noventa sonar la mitad de bien que ellos.
Kathryn Williams – The quickening
Santi Hurtado | 21 Marzo 2010
Kathryn Williams se convirtió en una de las primeras revelaciones de la década al ser nominada al premio Mercury con su segundo álbum Little black numbers (2000), aunque el que hizo más popular a la cantante de Liverpool fue seguramente su disco de versiones Relations (2004), que incluía recreaciones de clásicos de Nirvana, Big Star o Neil Young. Su ya octavo disco, The quickening (One Little Indian, 2010), lo grabó en apenas 4 días al norte de Gales con unos músicos, pertrechados de todo tipo de instrumentos más o menos exóticos (marímbulas, xilófonos), que no habían escuchado las canciones de Williams antes de llegar al estudio.
En 50 white lines -cuya letra se centra en los pensamientos del músico mientras cuenta las líneas blancas de la carretera-, Wanted and waiting, Just leave o, sobre todo, la preciosa Noble guesses -con una perfecta mezcla entre Joni Mitchell y Rickie Lee Jones-, encontramos algunas de las mejores composiciones que ha realizado en su carrera, en un disco con el que podemos constatar que estamos ante una artista en permanente ascenso.
María Rodés – Una forma de hablar
Santi Hurtado | 21 Marzo 2010
2010 sigue, sin apenas haber terminado el primer trimestre, dándonos buenas muestras de la nueva escena folk rock en castellano de nuestro país, que fluye de forma casi paralela a la de otros países y a las que poco o nada tiene que envidiar en calidad. Si hace un par de meses nos topábamos con La siembra, la espera y la cosecha de Rauelsson -músico de Castellón afincado en Portland-, ahora nos encontramos con el disco en solitario de María Rodés, antes en el proyecto Oniric.
Con una excelente coproducción junto a Ricky Falkner, el disco de Rodés se compone de canciones que en ciertos matices pueden recordarnos a Christina Rosenvinge (Una forma de hablar), ondulando entre el folk más tradicional y sus revisiones más modernas (A lo mejor), aderezado con jazz (Rima con canción) y con más de una composición sobresaliente (El lobo, Escondite). Toda una sorpresa en esta primera mitad del año para un sello, Bcore, que no deja de deparar buenas noticias.
Liars – Sisterworld
Samuel Benito | 19 Marzo 2010
Hace tres años que Liars (Mute, 2007) nos dejó un sabor de boca más jugoso y sobre todo más inesperado (si es posible) que las anteriores entregas de la banda de Brooklyn. Dejando a un lado los gustos personales, su disco homónimo se despojaba de esa espesura conceptual reinante -no por ello desacertada- en sus tres primeros trabajos, ofreciendo una cara mucho más camaleónica y aventurera, lo que aportaba una frescura desconocida en la banda neoyorquina.
Con Sisterworld (Mute, 2010) no se alejan demasiado de lo hecho hasta ahora desde su debut They threw us all… (Mute, 2001). De hecho, se podría decir que sigue unos derroteros y una actitud parecida a su último trabajo homónimo pero quizá ahondando en esa profundidad innata del grupo. Una profundidad esperada en Liars pero diferente a lo que nos tenían acostumbrados con los trabajos más abstractos y oscuros del grupo (They were wrong, so we drowned, Drum’s not dead). Mezclando paranoia, miedo y violencia, los neoyorquinos demuestran una sapiencia mucho más depurada que en sus primeras entregas. Sin sumergirse demasiado en pasajes ambientales, parecen querer acercarse a temas incluso bailables (y es que el peso del revival post-punk de su primer disco ya pasó hace tiempo…).
La voz de Angus Andrew, con su correspondiente torrente de efectos, encuentra su punto álgido en la inicial y afligida Scissor, especialmente fructífera cuando transcurre en ese mantra melódico de voces, piano y bajo. De ahí al ataque directo de las guitarras, sin contemplaciones. Y vuelta al mantra melancólico. La magia de Liars reside en eso: cómo pasar de la levitación a la caída libre con éxito. Otro de los temas más guitarreros y con ciertas reminiscencias a su Plaster casts of everything es Scarecrows on a killer slant, donde maximizan la reverb de las guitarras y dotan de un musculoso ritmo a la canción con más garra del álbum.
La tensión siempre ha sido uno de los rasgos característicos en cualquiera de los discos de Liars, pero en Sisterworld se olvidan de esos enmarañados experimentos de They were wrong… y de la tremenda introspección de Drum’s not dead para dar salida a una más refinada manera de mostrar tensión y ansiedad en la escucha de temas como Drip o Goodnight everything. También se pueden ver timbres menos “apagados” y más luminosos en temas como Proud evolution, donde persiguen y mantienen un groove realmente cautivador y no usual en anteriores trabajos. Van cinco álbumes y la aventura todavía continúa. ¿Quién apuesta sobre la siguiente dirección de Liars? Posiblemente contagiosa.
The Ruby Suns – Fight softly
Santi Hurtado | 10 Marzo 2010
The Ruby Suns fueron una de las primeras bandas introductoras del sonido tropicalista y world music con su segundo disco de 2008 Sea lion, senda que luego continuaron grupos como The Very Best o Vampire Weekend, entre otros muchos. El grupo del multiinstrumentista neozelandés Ryan McPhun -junto a Imogen Taylor y Amee Robinson, aunque al final básicamente es un disco en solitario- vuelve a emplear las mismas armas en este nuevo trabajo, ampliando un poco el espectro hacia la electrónica.
El resultado en sí mismo deleitará a los que disfruten de la eclosión afro-indie en la que estamos inmersos, incluso para los que se deleitaron con el Merriweather Post Pavillion. Para otros, solamente encontraremos un conjunto de canciones que toman un poco de allí y de allá, aleatoriamente: sintetizadores ochenteros, cambios de ritmos por momentos insostenibles, excesos de reverb y, en algunos casos (Haunted house), con algún estribillo prestado. Two humans y, sobre todo, Closet astrologer se perfilan como las melodías más perdurables de un disco más mediocre de lo que pudiera aparentar en un principio.
Nacho Umbert y La Compañía – “Ay…”
Santi Hurtado | 10 Marzo 2010
Cuando uno empieza escuchando las dos primeras canciones (Cien hombres ni uno más y Colorete y quitasueño) de este disco, que supone el regreso a los estudios de grabación de Nacho Umbert tras la disolución de Paperhouse -cuyo álbum Adiós (1996) incluía piezas señeras como Capitán Soledad-, ya podemos avanzar que existen muy pocas probabilidades de que defraude.
Gracias a ese recitado tan personal del músico, sin apenas margen de respiración, acompañado de letras memorables (“La verdad es que me da igual… o puede que no“) y de la mano maestra de Raúl Fernández “Refree” en la producción, arreglos, piano, e instrumentos , el álbum fluye por sí solo sin tener que cambiar la aguja. Con un estilo que se asemeja a un cruce entre John Martyn y Joao Gilberto, el músico, sin embargo, aseguraba en la promoción del pasado año que “yo no soy músico, pero Acuarela no lo sabe y me publica un disco”. Pues, de ser así, pocas veces encontraremos casos como éste en los que el intrusismo debería estar incentivado.
Clem Snide – The meat of life
Santi Hurtado | 8 Marzo 2010
Si partimos del hecho de que el discreto Hungry bird (429, 2009), era un conjunto de canciones que los norteamericanos Clem Snide ya tenían grabado previamente a su disolución en 2006, podemos concluir claramente que este The meat of life (429, 2010) es propiamente el disco de retorno de la banda. Grabado y coproducido por Mark Nevers, en este nuevo trabajo se aprecia la incorporación a la banda de nuevos músicos: Tony Crow (teclado), Roy Agee (trombones) y Carole Rabinowitz (chelo).
Una de las primeras impresiones que uno colige es que la banda se atreve a romper, con algunos giros, esa fragilidad habitual que nutre su discografía, con acertadas incursiones en el power pop (genial BFF) o en el jazz-soul (The meat of life, Forgive me love), sin dejar atrás la inspiración netamente alt-country que les ha caracterizado. El álbum combina, en ese sentido, alguna de las buenas -y algo más arriesgadas- muestras que ha dejado Eef Barzelay en solitario con las notas de los discos predecesores del grupo, pero queda aún lejos de lo que podía haber sido una reaparición por la puerta grande.
Los Punsetes – LP2
Santi Hurtado | 1 Marzo 2010
En el segundo disco de Los Punsetes, esta vez para el sello Everlasting, los madrileños mantienen alto el listón de su debut, de nuevo con las mismas letras ácidas y pesimistas -realistas prefieren llamarlas- y las melodías punk de sus canciones, agradecidamente breves en su mayor parte y arropadas por guitarras envolventes.
En ejemplos como De moda, Cien metros para el cementerio o, sobre todo, El artista, Los Punsetes desempolvan de nuevo, sí, los años ochenta -¿dejará eso alguna vez de ser un lastre para algunos?-. Pero en su segundo disco, el de confirmación, el sonido es más limpio -mejores estudios, productor nuevo: David Rodríguez de Beef-, lo cual no repercute negativamente ni les resta credibilidad, sino más bien al contrario. Por un lado, las guitarras están más acentuadas; y por otro, se compensa ese vicio típico de algunos discos españoles ochenteros, sobre todo de la primera mitad de la década, que se caracterizaban por la ausencia de término medio: o estaban sobreproducidos, fuera cual fuera el estilo -llenos de infectas cajas de ritmos y sintetizadores, muchas veces para solapar la falta de profesionalidad-, o sonaban completamente a maqueta. A estas alturas, los Punsetes no tienen que disimular nada y ponen todas las cartas sobre la mesa para demostrarlo.
The Strange Boys – Be brave
Santi Hurtado | 1 Marzo 2010
El más reciente fichaje de Rough Trade enlaza, no sé si intencionadamente o no, con la revitalización del Is this it de The Strokes, al aparecer éstos en la cúspide de algunas listas de lo mejor de la década. Sea o no cierto, la banda liderada por Ryan Sambol ha llamado poderosamente la atención en el sello, como hacía tiempo que no lo había hecho ninguna otra formación norteamericana. Lejos de hacer caso a las referencias, siempre exageradas, que se dan en las notas de prensa, sí que hay algunas razones para considerar este segundo disco de los de Austin como una de las buenas muestras de garage rock de este año.
El álbum, grabado en apenas dos semanas tras una gira europea que incluía nuestro país, se configura como una sesión que evoca los comienzos del rock (en el tema que da título al trabajo) y que transcurre por una revisión de parte de la discografía de Bob Dylan en los sesenta (Friday in Paris, Da da), a lo que coadyuva la similar voz nasal de su cantante, e incluso con toques de la Velvet Underground en A walk on the bleach o de Leonard Cohen en All you can hide inside. En toda esta mezcolanza encontramos letras con interesantes lemas filosóficos (“Tonight’s dinner is tomorrow’s shit / so enjoy it before it stinks” cantan en I see, la canción que abre el álbum) y ánimos voyeurísticos (“Well, I don’t know if they love each other for sure / sure sounds like they do” dice Sambol mientras espía a sus amigos en la intimidad, en Laugh at sex, not here). El tiempo dirá si merecen el calificativo de “nuevos Strokes” que les quieren adjudicar algunos. Por el momento, disfrutemos del disco sin más disquisiciones.
Leonard Cohen – Live at the Isle of Wight
Francisco José Fernández | 27 Febrero 2010
Pese a que en el documental I’m your man (Lian Lunson, 2005) Cohen comentaba sus crecientes ganas de comenzar una nueva gira, lo cierto es que hemos tenido que esperar a problemas financieros –en este caso, una mala jugada por parte de su antiguo representante- para que el canadiense volviera a los directos. Y, como era de esperar, los conciertos han venido acompañados de nuevo material; si hace poco se editaba Live at London (Columbia, 2009), testimonio sin adornos de los tiempos modernos, hace unas semanas veía la luz este Live at the Isle of Wight (Legacy, 1970) que nos ocupa.
Eran cerca de las dos de la madrugada de la quinta y última noche del festival. Frente a un Jimi Hendrix histórico encontramos unas seiscientas mil personas extasiadas; tras el escenario, un Leonard Cohen que dormitaba esperando su turno. Cuando por fin aparece ante la multitud lo hace despeinado, sin afeitar y enfundado en una gabardina blanca. Y ya desde el comienzo con Bird on the wire arrastrará consigo a todo un público embelesado ante la crudeza de unos temas llenos de pasión y abrigados por unos coros rebosantes de palidez. Momentos imperecederos como The partisan, Suzanne o la espeluznante Seems so long ago, Nancy nunca tuvieron unas representaciones tan imbatibles. Entre ellas, Cohen recitaba algún texto o pedía al infinito público su colaboración para encender mecheros entre la oscuridad reinante.
Live at the Isle of Wight viene a engordar la lista de productos comercializados por razones que van más allá de lo puramente artístico –es demasiada casualidad que hayamos podidos disfrutar de todo esto ahora, así que pensaremos mal- pero que, de la misma forma, es recibido felizmente por sus seguidores. Por tanto, agradezcamos una vez más la ignominiosa jugada financiera de su ex representante ya que devolvió, en gran estado de forma, a un poeta que, a sus 75 años y al igual que otros dinosaurios como Neil Young o Dylan, aún tiene mucho que decir.

