Emergència Festival 2012: Oso Leone (CCCB, Barcelona, 18-02-2012)
Pablo Luna | 21 febrero 2012
Emergència Festival, parte 4: la consagración.
No es lo mismo un país en vías de desarrollo que un país emergente. Tal vez me equivoque, pero pienso que los segundos, a diferencia de los primeros, no necesitan ya la ayuda de terceros para evolucionar y seguir desarrollándose de manera correcta: han dado con la tecla, con la fórmula adecuada del crecimiento, y parecen ir por el camino que recorrieron otros que hoy en día son grandes y ejemplares. De los primeros se dice que están arrancando; de los emergentes, sin embargo, que ya están en marcha. Podemos extrapolar esta teoría a la música, pero ya no se tratará de una cuestión numérica; porque aunque todos los artistas estén, o deban estar siempre en vía de evolución, lo cierto es que se nota cuando a un grupo le queda aún camino por recorrer, y cuando ya están verdaderamente en marcha.
En ese sentido, la cuarta edición del Festival Emergència, celebrado el sábado pasado en la sede del CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), será recordada por muchos como el día en el que Oso Leone cayó del cielo y reivindicó su lugar en la tierra, y en el panorama musical nacional. Luego es verdad que detrás de su aparición estelar del sábado hay meses y meses de intenso trabajo, pero tanto para quienes no les conocían, como para aquello que aún no les habíamos visto en directo, lo que hicieron estos mallorquines en el Auditori del Centre fue una auténtica revelación. Después hubo alguna que otra buena noticia más, e incluso ligeras decepciones, pero sin duda alguna el concierto de Oso Leone hizo que mereciera la pena la noche entera.
En apenas 6 o 7 horas desfilaron 8 grupos, repartidos en dos escenarios: Hall y Auditori. Conciertos cortos y sin apenas tiempo para comentarlos en corrillo. De hecho, a parte de las prisas, el emplazamiento acabó por quedarse pequeño, demostrando seguramente, o que el Festival cada vez tiene más fieles, o que a Oso Leone lo conoce más gente de la que pensaba la organización. Tanto ellos como Mursego, el proyecto de Maite Arrotajauregi, colgaron el cartel de aforo completo en el Auditori, y mucha gente que había ido expresamente a ver a los mallorquines, tuvo que quedarse con las ganas. Y me atrevo a decir que, lamentablemente, se perdieron el que hasta ahora ha sido, en mi opinión, el mejor concierto que se ha podido ver en Barcelona en lo que va de año; al menos de los que yo he visto.
Pero antes, durante la tarde, tocaron los vizcaínos Gratis, Alba Lua, La Reina Republicana y Las Buenas Noches. Éstos últimos fueron la otra gran sorpresa del festival: un quinteto acústico delicioso que bebe de Calexico y Fleet Foxes para hacer un folk ignoto que empapa y envuelve a quien se acerque demasiado. Las Buenas Noches hacen de las cuerdas un sistema de creencias y de expresión que el estudio no es capaz de registrar: su directo supera con creces a sus grabaciones, donde guitarras acústicas, banjos y hasta un contrabajo electrónico galopan codo con codo mientras el horizonte se hace más y más lejano. El talento que atesoran estos chicos de Sevilla es prueba suficiente para saber que su estado de emergencia no durará mucho: pronto les veremos en escenarios mayores frente a un montón más de gente, porque su música, aunque de estirpe independiente, persigue patrones de reconocibles tradiciones musicales del mundo.
Al acabar el hipnótico embrujo de Las Buenas Noches nos dimos cuenta de lo quilométrica que era la cola para ver a los Oso Leone en el Auditori; y no era para menos a tenor de lo que luego pudimos ver. Xavi Marín y Paco Colombás son el núcleo de una banda que nació cuando Jaime Roselló se les unió, aportando teclados, programación y producción; ahora, para la gira que comenzó el sábado en Barcelona, se transforman en quinteto, dicen, para darle a su música un cariz completamente distinto en directo. Pero, ¿cómo definir lo que hacen estos muchachos sin emitir por mi boca exactamente el mismo sonido que ellos el otro día? Es más: parece imposible, usando palabras, siquiera acercarse a una buena descripción.
En todo caso diríamos de su primer disco homónimo que es como el esqueleto de una eterna balada folk, pero sin un lugar concreto sobre la tierra. Amantes del silencio y de la acústica, confieren a su música un volumen que huye elegantemente de la voluptuosidad gratuita. Pero tras escuchar su directo, comprendo que su trabajo de estudio no es más que un boceto bien marcado de líneas maestras que luego, sobre un escenario, son la base para unos desarrollos instrumentales y de capacidad creativa y constructiva fuera de lo normal. Por momentos, y sin que el físico tenga nada que ver, Xavi me recordó al genial Bradford Cox (de Deerhunter y Atlas Sound), por la potencialidad que encierran sus manos, a la guitarra, y su garganta, en un claro derroche de latente genialidad.
Sonaron temas nuevos, y los que ya conocíamos se presentaron transformados en el paradigma de todas sus verdaderas posibilidades: como hiciera el incomparable Stanley Kubrick, los Oso Leone esbozaron coqueteos con casi todos los palos, desde la electrónica muscular a ese sonido pendular tan de frontera que también caracteriza a los catalanes Cuchillo, otra de las puntas de lanza del panorama más indie de nuestro país. En un recortado concierto de apenas media hora, los isleños presentaron, por tanto, de manera brillante un trabajo que se desmelena en directo con la majestuosidad y la pausa del ritmo de 2046. Son la apuesta más importante del sello Fohen, y el sábado se hicieron un poquito más grandes.
Después de su recital nada podía satisfacernos ya: ni María Minerva, bastante pasada de rosca e imprecisa, ni los Pegasvs, demasiado kraut para el sabor de boca que los Oso Leone nos había dejado, pudieron borrar la indeleble huella que los mallorquines nos habían implantado en la memoria reciente. Al margen de Las Buenas Noches, a quienes seguiremos de cerca a partir de ahora, la principal recomendación que se pudo extraer de la cuarta edición del Emergència Festival del CCCB fue, ya no el grupo Oso Leone en sí, sino más bien la de que nadie nunca por ninguna circunstancia se pierda jamás un concierto de esta banda. Y como muestra de ella, ahí quedan las fechas de sus próximos conciertos:
Gira de Oso Leone.
10-03 Mallorca (Es Gremi, antigua Sala Assaig)
13-03 Zaragoza (La lata de bombillas)
14-03 Huesca (El 21)
15-03 Bilbao (Azkena); con GAF
16-03 Toledo (Garcilaso); con Marina Gallardo
17-03 Madrid (Taboo); con Marina Gallardo
19-03 Salamanca (El corrillo)
22-03 Valencia (Matisse); con I am Drive
23-03 Granollers (por confirmar)
24-03 Bacelona (por confirmar)
Nada Surf (Apolo, Barcelona, 19-02-12)
Pablo Luna | 20 febrero 2012
No solo de carisma vive el rock.
Hay sonidos que nunca pasarán de moda, y grupos que parecen
impermeables al envejecimiento y al olvido. 20 años contemplan a Nada Surf y, aunque ya no sean unos chavales, mantienen incólumes aquellos atributos musicales que les llevaron al estrellato, allá por los años ’90, dentro de un panorama grunge ya en plena extinción. Nadie ignora el hecho de que en su evolución han ido dejando atrás parte del escozor que caracterizó sus inicios: la aspereza en la distorsión y, sobre todo, esa actitud levemente torva y sesgada de la que hacen gala en High/Low, se rebajaron hace ya un tiempo en favor de un cromatismo mucho más amplio y lozano. Hoy en día puede que no hagan nada especialmente nuevo en cuanto a la composición, pero al menos en directo demuestran tener, aparte de mucho oficio y simpatía, un gran control sobre la producción de su propia música.
El gancho que siempre han tenido en nuestro país se debe, probablemente, a que Dani Lorca, el bajista, es originario de Vigo; pero luego se han ganado el favor del público local tocando innumerables veces aquí, haciendo siempre gala de una humildad y una cercanía que nos hacía pensar que eran uno de los nuestros. El éxito en Santiago de Compostela, Madrid, y el de ayer noche en Barcelona atestigua, una vez más, que para mucha gente Nada Surf sigue siendo un icono sano del buen rock. Porque aunque pasen los años, y aunque traten de no vivir de las rentas sin fracasar del todo, siguen siendo ellos mismos: siguen transmitiendo con sus temas emblemáticos sensaciones que la gente guarda en su imaginario personal, como oro en paño, a modo de banda sonora de los buenos momentos. Anoche en Apolo se veían los días de verano a través de los ojos del público.

En mi opinión, uno de los principales secretos de la buena salud de la banda, ahora que presentan el que es su 7º álbum de estudio, The Stars Are Indifferente To Astronomy, reside en la vitalidad que aporta el tono de voz deMateo Caws. Demasiado esperanzado para la escena que les vio nacer, y quizá con la inocencia de quien es impermeable al tiempo y a la ira, el neoyorquino se ha proyectado mejor en un rock más amable, en ocasiones tildado de power-pop, aunque con un marcado acento propio, y sin dejar nunca de alimentar su genética distorsionada. No obstante, cuando en el segundo de los bises sonó la inolvidable Popular, percibimos su falta de costumbre.
Otro de los secretos del sonido de Nada Surf en directo es que desde que empieza el concierto puedes oler su amistad. Parece una tontería, pero cuando pasan casi desapercibidos el mismísimoMartin Wenk (el multi-instrumentalista de Calexico) y Doug Gillard(de Guided By Voices, entre otros), acompañantes de gala en esta minigira española, por algo será. El trío original tiene una compatibilidad compacta y trabajada. El primero, de todas maneras, destacó con la trompeta embelleciendo aún más 80 Windows, y contribuyendo al ejercicio de motivación con que cerraron el concierto, en la coreada (a petición expresa de Caws) Blankest Year. Pero durante las casi dos horas y veinte canciones que duró el recital, los Nada Surf siguieron siendo tres. Saben lo que gusta, y se mantuvieron fieles y reconocibles.
Cuentan con un buen puñado de canciones que todo el mundo se sabe, y las administran como buenos expertos que son. La primera hora sirvió para presenta su último trabajo, con notables excepciones como Weightless: abrieron como en el Cd, con Clear Eye Clouded Mind y Waiting For Something una detrás de otra. Para la segunda parte quedó el repaso que hicieron a sus anteriores trabajos, con especial atención al Lets Go: para cuando When I Was Young, la balada del último disco, dio paso a la dupla The Way You Wear Your Head – Hi-Speed Soul, concidiendo probablemente con el momento más candente de la noche. Dejaron para los bises el momento acústico de Blonde On Blonde, el hitazo de Always Love, y la ya mencionada Popular.

La linealidad controlada de Nada Surf parece la tasa tolerada de rock para el consumo responsable y duradero: sus curvas moderadas no marean pero sientan cátedra. Tanto es así, que aunque hagan gala de una humildad a prueba de bombas, su figura musical resultó intimidante para el disfrute de la buena banda que es Waters. Los teloneros caldearon bien el ambiente porque juegan con el mismo acorde que los neoyorquino-vigueses. Pero más de uno se distrajo viendo como afinaban, a la izquierda del escenario, las 6 guitarras que Mateo Caws utilizaría después: todo el arsenal del artesano.
Fotos de Pablo Luna Chao.
Escucha el setlist del concierto en Spotify.
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The Herbaliser (Apolo, Barcelona, 01-02-12)
Pablo Luna | 3 febrero 2012
Nada salió como yo pensaba, pero tal vez fue mejor así. El plan era ver a The Herbaliser, acompañados por Mucho Muchacho (de los desaparecidos 7 Notas 7 Colores), que teloneaban a Le Peuple de l’Herbe, quienes daban comienzo en la Sala Apolo a la gira española de presentación de su decimocuarto álbum, A Matter Of Time. El mismo concierto, de hecho, podrá verse hoy en la Sala Rockitchen de Madrid. Sin embargo, por motivos ajenos a esta redacción, solo pudimos asistir a los primeros, pero fue más que suficiente para salir de allí henchidos de buenas sensaciones. El dúo británico, convertido hace tiempo en numerosa banda, hacen del hip-hop un estilo casi erudito, tan cercano a veces al jazz que uno se pregunta cómo es que han pasado tantos años separados. Pero lo cierto es que es comprensible: no es nada fácil desplegar tamaña calidad instrumental, y tener tanto flow al mismo tiempo.
Adivinar quiénes eran los dos raperos entre tanto buen músico me llevó casi todo el concierto; y aún tengo mis dudas. En el escenario de Apolo se congregaron un batería, un bajista, un teclista, un señor que pinchaba y tres tíos haciendo las delicias con un buen número de vientos: había trompeta, saxo alto, saxo tenor y otro barítono, y una travesera; estos tres últimos en manos del mismo músico, un espectacular Andy Ross, a la izquierda del escenario. Protagonizó, por ejemplo, un sobrecogedor solo constante de saxo barítono, una bestia preciosa e inmensa, en Another Mother. Primer descarte, por excesiva excelencia. Un candidato perfecto era James Morton, a la derecha del primero. Saltaba y bailaba sobre sus bambas rojas, esgrimiendo rítmica callejera, mientras intercalaba solos de saxo y tríos que engordaban y fortalecían el sonido de Herbaliser. No obstante, y pese a la robustez de su música, demuestran una portentosa agilidad. Completando el trío de vientos, a la derecha de Morton, Ralh Lamb, otro posible candidato, aunque más entrado en años. Era el otro maestro de ceremonia, el que nos pedía más entusiasmo desde la calentura de su cuerpo festivo. Además, su trompeta sonaba siempre la primera, como la lanza desafiante del hip-hop electrónico-jazzístico que hace la banda británica.
Al otro lado del escenario la cosa parecía clara: ni el bajista Jack Wherry ni el
teclista tenían ninguna pinta de ser parte del dúo central de la banda. Tampoco el batería, que aunque forma parte de forma indispensable de la orquesta, no tiene tampoco reservado un papel excesivamente protagonista. Así que mientras repasaba a los músicos, y mientras fluía aquel jazz-hop instrumental tan al estilo de A Tribe Called Quest o del genial productor Madlib, recordé de pronto de qué suele estar hecho el rap normal y corriente. Y aunque aquí nadie rapease, estrictamente hablando, sí identifiqué a Dj Ollie Teeba, escondido tras un Mac y tres músicos de pulmones llenos que acaparaban la escena y los oídos. Sus samplers, sin embargo, son la base del sonido elegante, resuelto y naturalmente sugerente de los Herbaliser; y los frecuentes scratchings, la nota de corte para transformarlo todo en un sonido imparable, con alma de funky-soul en constante latencia. Geddim y Ginger Jumps The Fence, los mejores ejemplos de ello.
Ya tenía a uno. Y jamás habría adivinado que el otro miembro original de este dúo venido a banda de hip-hop electrónico-jazzístico instrumental fuera el bajo: un tipo regordete más bien parado que me recordó a mi profesor de Historia de las Religiones Antiguas. Quién lo iba a decir. El caso es que Teeba y Wherry han envuelto sus bases en un abrigo musical incomparable: abarcan desde la delicadeza y el recogimiento de temas como Another Mother o The Sensual Woman, con ese revolotear bajo de una flauta travesera sobre sampler, hasta temas que andan entre el casi free-jazz y el acid-jazz como Control Centre y The Missing Suitcase, con las que acabaron el concierto, en una demostración más de pulmones y ritmo, especialmente por parte de James Morton, contagiado como el que más del alma del hip-hop electrónico.
Ellos mismos habían anunciado en Facebook por la tarde la presencia con ellos de Mucho Muchacho, pero no apareció. Constaba así en el setlist que tenían a sus pies, pero no importó. El recital que dieron los británicos fue más que suficiente para encender el cuerpo de los asistentes, que no echaron a nadie de menos. Con toda seguridad dejaron al público completamente al dente para el concierto que luego dieron los franceses de Le Peuple de l’Herbe, pero el paseo, entre la ventisca de esa noche tan gélida, hasta la Sala Apolo, ya había merecido la pena.
Autor: Pablo Luna Chao
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Foto de Pablo Luna Chao.
GZA (Apolo, Barcelona, 25-01-11)
Pablo Luna | 28 enero 2012
La pregunta al salir del concierto de ayer de Genius/GZA en la sala Apolo fue, inevitablemente, la siguiente: ¿cómo va el partido? Era lógico. Pero el verdadero interrogante que me quedó a mí, oculto mientras el Barça no certificaba su pase a las semifinales de la Copa del Rey, era si el hip-hop es o no un género musical minoritario. No hablo de géneros mejores o peores, en absoluto: pienso que hay piezas de hip-hop que nada tienen que envidiar a temas de rock, por ejemplo, consideradas obras maestras; y GZA es, de hecho, autor de algunas de ellas. Ha habido y hay artistas raperos de platino, y aunque seguramente no se editen tantos Cds de este estilo como de pop o de rock, el rey y la reina del mercado, sí tiene un nicho bien marcado y estable que sigue permitiendo el nacimiento de nuevos valores y estrellas. Pero en cuanto al público que mueve, ahí sí me parece minoritario; aunque es la idiosincrasia de la cultura del rap: la marginalidad. No es que sean pocos, ni pobres, ni marginados sociales; es que disfrutan sintiéndose al otro lado, y por eso dan la sensación de ser un colectivo cerrado y excluyente.
Son pocos porque ellos quieren pensar que son pocos, pero ante un regalo como el de GZA en un escenario, interpretando además el mejor de sus trabajos, ves aparecer allí a ciento y la madre, a gentes de todas la edades, a todo aquel que en su día, al menos durante una temporada, escuchó algo de rap del bueno. Porque el mayor de los Wu-Tang Clan es toda una leyenda, y su Liquid Sword una auténtica referencia en el género. Nadie se lo quería perder, incluso a costa de ver solo el segundo tiempo del clásico. De todas formas, un público mayoritariamente joven abarrotó entusiasmado las primeras filas. Tal vez, sus edades coincidieran con los momentos vitales de mayor energía y pura rebeldía. Porque es este un género que solo admite a luchadores, soldados del ritmo y sicarios de la rima, y Genius es un solista que no necesita comandante, es un guerrero del cuerpo a cuerpo. Honesto con su trabajo, no tuvo reparos en presentar un álbum de 1995, e incluso tuvo el detalle de desempolvar cosas de cuando su antigua banda.
El hip-hop, de todas formas, en un estilo bastante tradicionalista, como lo son, en muchas cosas, sus oyentes. No admite excesiva variación, y el dogma es repetido año tras año. Por eso cuando un artista encuentra su tecla, es raro que se aparte de esa fórmula. GZA se ha caracterizado siempre por el tono serio de su discurso, por combinar a la perfección dureza y elegancia. Ayer se mostró como un músico sencillo, entregado al sentir de un sonido que recorre sus venas a tiempo completo. No se salió del guión esperado, y con solo un Dj a sus espaldas y un enorme fotógrafo personal superyanqui acompañándole en el escenario, el hombre rapeó con la seguridad y el oficio de quien lleva haciéndolo una vida entera.
Se sintió arropado. Tal vez pensó que el público le fallaría, pero fue todo lo contrario. Así, como señal de agradecimiento y camaradería, se pasó el concierto pegado al borde del escenario, bien cerca de la gente, chocando infinidad de puños, sacándose fotos, bajando incluso a fundirse en un baño de masas con sus seguidores, y finalmente, firmando cientos de entradas, camisetas, zapatillas, alguna que otra gorra y hasta una T10 de metro. Tal vez en otros tiempos mostrara una actitud más agresiva, más arrogante o desafiante, o tal vez cuando gozaba de mayor compañía y complicidad sobre las tablas. Pero ayer dio la impresión de ser el icono mayor de un montón de gente a la que, fácilmente, dobla la edad, y de no tener ni la mitad de frescura y energía que ellos. Cosa lógica, pero no por ello menos triste u ocultable. El hip-hop, aunque su estatus no quede puesto en absoluto en duda, es un género bastante limitado y restringido a un público adolescente.
Hablamos de GZA, que es un artista consolidado, de larga carrera y bastante ortodoxo. Veremos el próximo miércoles quién se acerca al concierto de Herbaliser. Tal vez descubramos una relación proporcional entre el nivel de innovación o apertura del estilo y las edades de la gente que lo escucha. Por lo pronto, al menos por el momento, me quedo con la impresión de que es un género minoritario.
Autor: Pablo Luna Chao
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Foto de Pablo Luna Chao.
Disco Las Palmeras! (La[2], Barcelona, 14-01-11)
Pablo Luna | 17 enero 2012
La verdad es que me sorprendió que fuera tan poca gente el sábado en La[2] de Apolo para ver a Disco Las Palmeras!. Con el pedazo de disco que han sacado, acogido con los brazos abiertos por la mayoría de publicaciones del género, esperaba, por lo menos, algún que otro apretón más en primera fila: calor, sudor, y un poquito más de esa sensación de angostura que predican en su Nihil Obstat. No fue, desde luego, por falta de entrega del trío, sino más bien porque las grandes batallas se libran entre mucha más gente. Voló la metralla, pero sin causar apenas víctimas, como concediéndonos el perdón, y sonaron con la seguridad y el arrojo de quién ha nacido preparado para lo peor, para el momento crítico; para el día del juicio final, tal vez.
La primera vez que me hablaron de Disco Las Palmeras! me los presentaron como los A Place To Bury Strangers españoles, quizás por esa semejante falta de tacto a la hora de presentar sus verdades. Pero ahora que he podido verles en directo, entiendo también que su universo musical se ha ido construyendo en base a la búsqueda de la parte cruda, del lado oscuro. No se refugian en el embellecimiento anestésico, ni en la magia blanca para explicar sus miedos: los presentan tal cual se les aparecen a ellos en la mente: caóticos, bajo un firme y colosal aspecto; como la superficie de la Tierra, que esconde el magma bajo su ilusoria estabilidad. El sonido áspero y punzante, las toneladas de penetrante distorsión que vuelcan en cada composición, el ritmo desafiante, y la densa y persistente atmósfera de choque y conflicto con que llenaron ayer la hueca sala del Paral-lell, son solo el lenguaje con el que se expresan fieles a su realidad.
La escatología reina en su filosofía musical. Otras bandas de las que les suponemos deudores como The Jesus And Mary Chain, My Bloody Valentine o incluso Sonic Youth o Tool, parecen menos abocados al desastre que Disco Las Plameras!. Disfrutaban también con la perdición y con el ruido del caos, pero el atisbo de confianza en el mañana que guardaba la generación grunge acabó por salvarles. Los gallegos, en cambio, de desbocan hacia la derrota, sin el miedo al qué perder: se desatan al borde de la pendiente, con el peso de millones de kilos de decibelios bien cargados en las dos guitarras, al ritmo despeñado de una batería portentosa y de plato ancho.
Por otra parte, es evidente que la voz de Diego Castro suena mejor en el disco que en concierto, pero en el pacto por la supervivencia no hay concesiones a la belleza. Su entonación, lóbrega y funesta, termina encajando en la instrumentación, aunque formando llagas de las que luego, una vez curadas, resultan fortalecedoras para la piel. Pero aunque cupiera alguna duda en ese sentido, la atención se centra en la seguridad e integridad instrumental que demuestran los gallegos sobre un escenario. Lo apuestan siempre todo, no dejando lugar al resquicio o al flirteo: son directos, intensos y virulentos; pero complementarios. Mientras Castro maneja la maquinaria pesada, Julián López Goicoa engrasa el sonido con la electricidad de un shoegaze cebado y levemente acelerado. Y David Lorenzo, realmente, toca la batería como si no hubiera un mañana.
El concierto duró una hora, y los asistentes tuvimos la suerte de escuchar tres temas nuevos, aparte de 8 de las 11 canciones de su primer trabajo ya editado. Me La Jugasteis En China, La Casa Cuartel, Del Miedo A Mis Viajes y A Los Indecisos sonaron especialmente bien; sin tregua, como un bombardeo. Observarles con el engranaje bien abierto, en esa progresiva y crítica ascendencia que es La Casa Cuartel, resulta espectacular. Manipulan un volumen de música que no podrían manejar tan solo con seis miembros: los pies de Castro gestionan la distorsión y las texturas, siempre ásperas, rudas y contundentes. Pero aparte de tanto miembro, y a diferencia de lo que aprecié en los Pains la noche anterior, lo cierto es que gran parte del mérito reside en que esta banda le echa muchas, pero muchas pelotas (con perdón).Fotos de Pablo Luna Chao.
Escucha el setlist del concierto en Spotify (menos las 3 nuevas).
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The Pains of Being Pure at Heart (Razzmatazz II, Barcelona, 13-01-11)
Pablo Luna | 14 enero 2012
En el tiempo que emplea un español normal con conocimiento medio del inglés en leer y pronunciar correctamente The Pains of Being Pure at Heart, estos chicos se marcan un concierto. Ayer pasaron por Razzmatazz, y los catorce temas que tocaron dieron apenas para una hora justa de recital: fue visto y no visto, una ráfaga primaveral de pop independiente en medio del invierno. Los neoyorquinos, tras editar dos discos extraordinarios, siguen con el directo como asignatura pendiente, pero va siendo menos evidente que les falta rodaje. Porque pese a no ser una banda de excesiva pretensión artística, sí que se esperan de ella grandes cosas: un poco de ese algo más que tanto se respira en sus trabajos de estudio, que tan revitalizador ha resultado para el panorama pop internacional.Por otra parte, seguimos sin noticias de la voz de Peggy Wang-East. No hay duda de que toca de maravilla el teclado, y que siempre consigue que me acuerde de Stereolab al interpretar Young Adult Friction, pero The Pains of Being Pure at Heart, que yo recuerde, era un dúo vocalista femenino-masculino, y ahí radicaba precisamente uno de sus atractivos. Al menos en mi opinión, y sin querer desmerecer en absoluto la voz suave de Kip Berman, creo que sin ella pierden un prisma imprescindible en su fórmula melódica: el desnivel al que juega la pareja de voces en el Cd es el desequilibrio que destapa el techo bajo de los Pains, y que permite proyectar las miras libremente hacia lugares lejanos y de ensoñación garantizada. Y de tanto susurrar, la voz de Peggy pasa a un casi inútil segundo plano.
Pero al margen de estas dos fallas, del poco juego estético que dan todos menos Kip, y de la escasa duración, el concierto fue, por lo general, correcto. Tocaron prácticamente todo su primer disco, y apenas 5 del segundo; de hecho, abrieron y cerraron como en este último: con Belong y Strange. Entre medias, solo dio la sensación de que empezaban a entrar en calor en la terna Come Saturday – Young Adult Friction – My Terrible Friend. Y después, justo tras la pausa, el único momento más o menos sorprendente: Berman interpretando en solitario Contender, con dedicatoria especial para Xavi (imaginamos que Sánchez Pons, el de Mondo Sonoro). Sin tiempo para grandilocuencias, adornos ni dilataciones de ningún tipo, concretaron un sonido y un concierto compacto y coherente, encarrilado en la receta noise-pop/shoegaze que les hace sentir seguros, pero sin saltarse una coma del guión pactado. Incluso Connor Hanwick, de los Drums, que viene sustituyendo a Christoph Hochheim a la guitarra, se contagió de esta apática actitud.
No es que por ese par de discos buenos ya esperase un directo con la portentosa garra de The Joy Formidable, las perfectas tablas de Fleet Foxes o la excelencia de Bon Iver: quizá es mucho pedir. Pero lo que han demostrado, al menos en este último concierto de la mini-gira por nuestro país, es que aún les queda mucho camino por recorrer antes de convertirse de verdad en el referente del pop independiente que todos hemos visto, o querido ver, a raíz de sus dos trabajos de estudio. Seguiremos teniendo paciencia con ellos, pero un poquito menos.
Escucha el setlist del concierto en Spotify.
Autor: Pablo Luna Chao
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Hitabaldaäs (El Continental, Barcelona, 12-01-11)
Pablo Luna | 13 enero 2012
La mezcla perfecta de razz y jock.
Me gustan los grupos como Hitabaldaäs: son un auténtico reto para aquellos que nos empeñamos en descifrar y etiquetar los sonidos que brotan de la música, de las bandas. Te obligan a permanecer siempre atento, en guardia, esperando el siguiente giro inesperado, la enésima desviación. De ellos, a priori, se podría decir que mezclan rock instrumental y jazz atmosférico; pero también que juegan a juntar razz ácido y jock ambiental. El caso es que te descubres en sus conciertos disfrutando de una bella y elegante percusión, al modelo Cinematic Orchestra, a veces más sutil, otras más marcada; de una solitaria y sólida trompeta, con un punto de comedida melancolía; y, en general, de un sonido noble, sesudo y reflexivo.
Fotos de Eulàlia Rubio.
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Thurston Moore performing Psychic hearts (Electric Ballroom, Londres, 03-12-11)
Joan Carles Macarro | 18 diciembre 2011
Aprovechando el puente de la Purísima nos lanzamos a Londres a pasar unos días. Evidentemente, y como es obligatorio para todos los amantes de la música, lo primero que hice fue mirar qué conciertos podría ver en la capital británica durante esas fechas. Por suerte para nosotros, el grandioso Thurston Moore tocaba dos días seguidos, ya que para la primera fecha se había colgado el sold out rápidamente. Los conciertos serían el 2 de diciembre en Union Chapel, presentando el reciente Demolished thoughts (Matador Records, 2011) y el día 3 en Electric Ballroom, tocando íntegramente el mítico Psychic hearts (Geffen, 1995). Lamentablemente, llegamos tarde para el primero, así que deberemos esperar a que en el futuro tengamos la ocasión de poder disfrutar de un concierto en Union Chapel -simplemente “googleenlo” y entenderán las ganas que le entran a uno de ver a quien sea en ese marco incomparable-. Pero no seamos derrotistas: ver al maestro Moore siempre es plato de buen gusto; y si además le da por tocar un disco clave para los que crecimos en los 90, dentro del ciclo Don’t look back de ATP, la noche se antojaba inolvidable.
La primera sorpresa, nada más llegar, fue ver que sobre el escenario había un arpa. Algo que presagiaba que Mr. Moore se enfrentaría a un disco 100% eléctrico con la formación con la que está girando últimamente y que incluye arpa y violín. Pero ahí no acababa todo. El neoyorquino saltó a las tablas con guitarra acústica y así reprodujo casi todo el disco, ya que algunos temas se quedaron fuera porque, en sus propias palabras, “eran demasiado raros y no sabía muy bien qué pensaba entonces para tocarlos”. Por si alguien tenía alguna duda sobre su estado de ánimo, debemos decir que no mostró ni un atisbo de tristeza o dejadez provocada por la reciente noticia de su separación de Kim Gordon. Todo lo contrario. Moore estuvo cercano, dicharachero y enérgico. Así que nada más salir nos explicó anécdotas sobre aquella época y recordó que presentó el disco en Londres compartiendo cartel con los locales Comet Gain, ganándose un poco más a un público ya entregado de antemano -algo que le honra, ya que podríamos pensar que un tipo como él, que ha recorrido todo el mundo con Sonic Youth durante los últimos 30 años, ya no debe saber ni dónde vive-. En lo musical, decir que la banda estuvo impecable y que temazos como Ono soul, Feathers o Psychic hearts nos dejaron totalmente hipnotizados, mientras que las más “sonicyoutheras”, como Queen bee and her pals, nos sonaron a gloria bendita, demostrando que a sus 53 años Thurston Moore todavía tiene cuerda para rato. Pero no sólo eso, también dejó claro que a una gran estrella como él no le molesta mirar hacia atrás como les sucede a otros. Al contrario. Cuando mira al pasado se lo pasa en grande recordando, y nosotros con él.
La noche de los Jaimes: James Blake, Jamie Woon y Jamie XX (Razzmatazz, Barcelona, 08-12-11)
Pablo Luna | 10 diciembre 2011
La noche de los Jaimes: James Blake, Jamie Woon y Jamie XX.
“Házmelo duro, James. Como a ti te gusta: seco, intenso y sin dilaciones; pero házmelo con amor”. Eso pensé anoche durante el concierto del señor Blake, mientras entendía, con la clarividencia de quienes asisten a una revelación sagradas, por qué este chico es uno de los personajes musicales del año. Es la electrónica del sentimiento, la sesión sentimental. La apuesta de Razzmatazz para su 11º aniversario fue de repóquer en la noche de ayer: reunió, en un show dinámico y amistoso, a Jamie Woon, James Blake y a Jamie XX, miembro de The XX, que actuó solo como Dj ya pasadas las 2am. Tres de los productores más influyentes de la electrónica del momento: lo mejor del panorama post-dubstep actual.
Con gente así el éxito estaba asegurado: crearon un espectáculo musical, calculado al milímetro, que medía las pulsaciones del público, y las traducía en rítmica aplicada amplificada. El plan era el de un concierto de endurecimiento paulatino, con repechos contundentes de subidas inesperadas, y preciosos valles, creados por el ritmo de la electrónica blanca, iluminados para las preciosas voces de Woon y Blake. Pero cuando nos quisimos dar cuenta aquello había dejado de ser un concierto, se activó la estética Dj y Blake, de nuevo, pinchó durante una hora larga. Dudo que la causa fuera el leve retraso que todo el show llevó, pero el caso es Jamie XX se incorporó al espectáculo antes de tiempo para hacer una impresionante batalla de Djs con el protagonista de la fiesta. Un colofón que aún le dejó margen para aventurarse por la electrónica más dura.
Pero aunque la tendencia estuviera clara desde el principio, pudimos los menos fiesteros disfrutar de la calidez asombrosa de Jamie Woon. El gran atractivo del post-dubstep radica en que ahora toda la rítmica y el método se sintetiza (de síntesis), y se pone al servicio de otros estilos que entran en el dubstep como una daga ardiendo en mantequilla. Se limpian sus estructuras, se derrite lo innecesario, y solo queda un pop, un soul, un R&B profundísimos, movidos por la métrica electrónica intuitiva, blanca y silenciosa que practican y dominan estos jóvenes británicos. Woon es el más soulero, se siente muy cómodo con una guitarra entre manos, usando su voz como si fuera en volandas sobre esa tela magnética y suave que crea con las bases.
Porque lo de James Blake va más allá. ¿Es la electrónica sentimentalista del británico una rara avis en el panorama musical posmoderno, o es el nacimiento del suelo que pisará el soul del siglo XXI? Entendiendo el género ya no solo como un estilo musical, sino como esa capacidad de crear música con alma, música libre, y hacer que brote como de forma natural. El soul de los ’60 tuvo el entorno adecuado, su momento de liberación, y ahora, con la revolución electrónica, parece que la música ha encontrado otro hábitat apropiado para desarrollarse sin barreras ni ataduras.
Pero lo que hace Blake, subido a un escenario, es follar con casi toda la historia de la música moderna. A modo grupo, acompañado de una batería y un guitarrista y asistente rítmico, el menor de los tres Jaimes cantó, tocó el teclado, jugó con su voz y los samplers y, en general, con el libido de los asistentes. Hay una evidente carga erótica en su música, y más si la interpreta en directo: la hay en sus silencios cantados, en sus intensidades y contundencias, y en la sensibilidad manifiesta que hubo en todo momento, incluso en los más duros. “Házmelo fuerte, James, pero con amor”.
Es su versión live Blake compaginó la pasión de la música viva, con la fría precisión del amante implacable, el alma soulera, popera y glamurosa de la música de intérprete y micro, con la mortífera puntería digital de la base electrónica. Acabó como lo haría el mismísimo Elton John, solo frente al piano, en la intimidad de una sala repleta de fans. Pero un minuto antes había empezado a anticipar la sesión que tenía preparada para su versión Dj. Dejó claro que desde cualquier esquina de su disco, desde cualquier pasaje, es capaz de escaparse, ya sea en dirección al tecno y al dubstep más puro, o hacia géneros más melódicos y tradicionales, aunque en su boca suenen a total renovación.
Después, cuando se puso a los platos la cosa ya cambió. Fue una de las sesiones de electrónica más espectaculares y limpias que he escuchado: desde una inspiración más bien rapera y basada en el R&B, Blake Dj movió a la sala al ritmo que exhala el último trabajo de Jamie XX, pero a golpe de pedrada pulida. Y cuando éste subió al escenario, compartieron mesa durante una gloriosa hora en la que volaron los vinilos (Cds en el caso de Blake) a modo de improvisación. La calidez del menor de los Jaimes, tendente siempre al recurso vocal, contrastó al principio con lo que hacía el mayor; pero tras unos estiramientos, de texturas firmes e incontestables, el señor Smith procuró dar un pasito más allá hacia el profundo abismo de la electrónica de garito. Cualquier atisbo de soul se extinguió con el avanzar del metrónomo.
Me fui de Razzmatazz hacia las 3:30, dejando a Jamie XX a los mandos de todo el asunto. La Noche de los Jamies seguía, y el 11º aniversario de la sala parecía, más que nunca, una gran fiesta. Un cumpleaños que ha tenido durante este último mes a invitados tan de excepción como The Horrors, Washed Out, The Drums, James Holden, The Rapture o los mismos Smashing Pumpkins: un lujazo de cartel que solo nos lleva a una conclusión: ¡Larga vida a Razzmatazz!
Fotos de Pablo Luna Chao
También disponible en En Clave De Luna
Battles (Apolo, Barcelona, 30-11-11)
Pablo Luna | 1 diciembre 2011
Creo que mis tímpanos se han declarado en rebeldía; mis oídos no me hablan, y todo por culpa del concierto de ayer de Battles. Hubo momentos en los que estuve tan pegado a la batería de John Stainer que la caja de resonancia era mi propia gran boca abierta; y hubo otros en los que estaba tan cerca del teclista y guitarrista Ian Williams que me cayó alguna de las cientos de miles de millones de gotas de sudor que saltaron de su cabeza al ritmo del impecable sonido de la banda. También pude observar la magia constructiva de Dave Konopka, el otro guitarrista, mientras no paraba de mezclar y samplear sus propias notas.
Porque lo de Battles es pura frontalidad musical, un implacable muro de contundencia incansable, en absoluto monolítico, que parece el resultado plástico de una colorista y speedica fórmula matemática loca. Aunque la música en el fondo siempre sea eso, geometría de notas, tonos y ritmos, lo que me apasiona de Battles es que, con su descaro, transforman ese lenguaje cuasi aritmético, mientras le brindan un poderoso homenaje, en otro mucho más sencillo, casi diría que primario; instintivo, animal, brutal.
No especulan un solo instante ni con el tiempo ni con la distancia: son aquí y ahora, y mientras están, lo son con una intensidad que asusta. Stainer golpea su batería como si dependiera de su fuerza que el universo no se despegase por los bordes. Usando y destrozando sus baquetas por los dos lados, el de Baltimore es un verdadero espectáculo: empapado en sudor, y encogiendo su enorme figura frente a su instrumento, parece el ser humano más concentrado y entregado a algo que pueda existir jamás. No parece una máquina, da la razón a los luddistas: un ser humano al 100% siempre será mejor.
En la disposición frontal que adoptan en directos como el de ayer de la sala Apolo, destaca que Stainer esté en el medio, flanqueado por dos personajes (antes fueron un cuarteto) que se dedican a colorear la barbarie de ritmo que él plantea. A su derecha Williams, un personaje bailongo de bigotes americanos, de esos que se precipitan comisuras abajo, que es capaz de tocar dos teclados a la vez, mientras puntea una guitarra muy elástica. Y a su izquierda Konopka, un hombre que hace del concepto de guitarra rítmica un arte de la mecánica y el ensayo. Hacen un trío de atropellada perfección: el cerebro debe ser Konopka, Stainer es el brazo ejecutor, y el bueno de Williams, el más hablador, ha de ser las piernas de este organismo bailable que es Battles.
No es una banda que se caracterice por la sutileza, pero sí hay sitio para exuberantes matices, dado que los espacios creados por la estructura son amplios, y las pinceladas que componen sus melodías de vertiginosa escalinata son cortas y rápidas. Por eso el público disfruta toquen lo que toquen, porque no hay desperdicio en todo el rato que dura su recital: lo llenan todo, y ni siquiera crees que te dé tiempo a asimilarlo todo, ni en su conjunto, ni al detalle. Pero ha sido tal la avalancha, que sales tú igual de empapado de Battles, que los Battles de su propio sudor. No obstante, sí se notó una efervescencia especial cuando sonó ’Atlas’, seguramente su tema más emblemático.
Pero tampoco va a ser grupo de un solo tema, es más: sus directos son tan compactos que, aunque haya pasajes más reconocibles o admirados que otros, sea el setlist que sea, parece todo compuesto de seguido, como si en una sola tarde, de una sentada, atropelladamente pero de manera precisa, hubieran compuesto todos los temas; enlazados entre sí uno detrás de otro, como si fueran un todo radical de sonido, matemáticas y ritmo. Es la fórmula de Battles.
Fotos de Pablo Luna Chao
También disponible en En Clave De Luna




