Mother: primeras impresiones
Santi Hurtado | 17 Marzo 2010

En el nuevo film del surcoreano Bong Joon-ho (The Host, Memories of Murder) la protagonista inicia una persecusión personal para encontrar al autor del asesinato por el que su hijo ha sido inculpado. Leer más
The Pacific: primeras impresiones
Santi Hurtado | 15 Marzo 2010

La serie que se estrena en España esta semana es la más cara de la historia, tras la que encontramos nombres como Tom Hanks, Steven Spielberg y Gary Goetzman. Leer más
Invictus
Antonio Camero | 6 Marzo 2010
Nunca me gustó el rugby. Claro que este deporte -que se acostumbra a decir de hooligans, jugado por caballeros- no es sino una de las muchas cosas que no son de mi agrado en este mundo. Pero si uno se dispone a ver una película en la que se narra la participación de una selección de rugby en un campeonato internacional, puede ser algo a tener en cuenta. No obstante, si con la misma cinta creo que conoceré más o mejor una parte de la historia y a sus protagonistas, la balanza se inclina irremediablemente hacia el lado de lo expuesto en último lugar. Tales eran mis pensamientos antes de acercarme al último film de Clint Eastwood, director del que siempre espero lo mejor. Y sin embargo, debo confesar que tras dar cumplida cuenta de Invictus me encuentro un tanto confuso: no es la gran película que podía haber sido, ni me ha descubierto nada relevante de Nelson Mandela, pero ha conseguido que me interesen unos partidos de rugby en los que el esfuerzo y la épica asfaltaron el camino de la victoria de Sudáfrica en el Mundial de rugby de 1995.
La película toma su nombre de un poema de William Ernest Henley, autor inglés del siglo XIX. Unos versos a los que Mandela recurría como fuente de inspiración y coraje para soportar una estancia en prisión que se alargó durante veintiséis años. Obligado por la presión internacional y tras un lustro de contactos entre las partes, el Partido Nacional de Frederik de Klerk levantó finalmente la prohibición que pesaba sobre el partido de Mandela, lo que condujo a su liberación. Ese mismo día, 11 de febrero de 1990, marca el comienzo del film, para pasar rápidamente -demasiado rápido de hecho- a su llegada a la presidencia en mayo de 1994. Y aunque es fácil de entender que no sea ese período el que quieren contarnos los autores, no dejamos de lamentar que en el camino se pierda de vista un tiempo de lo más interesante (ascenso del ANC, clima de violencia, recelo de los blancos), apenas resumido en unas imágenes de (falso) documental. Alcanzamos así el punto sobre el que gira la trama: tras años excluida de eventos internacionales por las leyes racistas de Sudáfrica, la selección de rugby vuelve a la competición siendo, además, la anfitriona del próximo torneo mundial. Mandela se sirvió entonces del equipo nacional, los Springboks, en un intento de integrar al mayor número posible de sudafricanos y darle esquinazo a las expectativas de revancha de la población negra hacia todo lo que oliera a segregación. Para la mayoría a mediados de los noventa, en un país donde el fútbol era el deporte de los negros y el balón ovalado era sinónimo de afrikaner -la población blanca de antepasados europeos, principalmente colonos holandeses, que tradicionalmente ostentó el poder-, los Bokke, además de a linimento, desprendían todavía el desagradable aroma del apartheid.
Éstos son los hechos que se narran en El factor humano, el libro de John Carlin publicado hace un par de años. Y a partir de la obra del periodista británico -y español-, el hasta ahora desconocido Anthony Peckham firma un guión correcto pero carente de profundidad, con momentos de tensión introducidos con calzador -terrible lo de la furgoneta de reparto-, y que exhibe un incómodo tono hagiográfico respecto a Mandela, heredado del libro, que en nada contribuye a que la suya pueda ser considerada la visión cinematográfica definitiva sobre el ex presidente sudafricano. Aunque más que en el libro de Carlin, la génesis de la película hay que buscarla, imaginamos, en los deseos de Morgan Freeman de interpretar al nonagenario líder. Para ello, compró los derechos de la obra y se reservó el papel principal. Quedaba encontrar al director adecuado y no podemos quejarnos porque se pensara en Eastwood para estas tareas. Lo mejor que el veterano director podía aportar al proyecto no supone una gran sorpresa: narración firme, sobria, sin molestos ornamentos. Un naturalismo que casa a la perfección con lo que se cuenta y una exposición clara, aunque muy breve, de los conflictos a todos los niveles que Mandela encontró en su viaje presidencial -bien mostrado, por ejemplo, en la secuencia de su llegada a la sede de gobierno-. Incluso hace un buen trabajo con el rodaje de unas escenas deportivas que, si bien a un conocedor del rugby pueden parecerle malogradas, a mí, que poco conozco de su disciplina, me resultaron de lo más satisfactorias por su enfoque como colorido espectáculo. Ciertamente, los fragmentos más convincentes de Invictus tienen a menudo que ver con el deporte y su efecto conductor de las emociones, como atestigua la visita que los jugadores hacen a los niños más desfavorecidos.

Aquí acaba, por desgracia, el turno de las alabanzas. Ciertas decisiones, como insertar una canción, supuestamente conmovedora, en varios momentos de la película -acercándola demasiado al terreno del videoclip más anodino-, no tienen fácil justificación. No faltan tampoco los subrayados excesivos ni algún pasaje repetitivo, como el del niño que rechaza un polo de los Springboks cuando ya se ha insistido suficientemente en la idea. Y qué decir de un horrible final de partido al estilo de las peores TV movies de instituto, cámara lenta incluida, para darle emoción a la definitiva victoria ante los temibles All Blacks de Nueva Zelanda en el legendario Ellis Park… Para esto no hacían falta Eastwood, en el papel de observador extranjero, ni más de dos horas de metraje. Los actores principales, por su parte, no ayudan. A Morgan Freeman, que parece debatirse entre la devoción por Mandela y un intento de lucimiento que le asegure un nuevo Oscar, es difícil no verlo como a “Morgan Freeman haciendo de Mandela” más que otra cosa. Y Matt Damon, al margen de sus limitadas dotes interpretativas, tiene poco margen en un papel que excluye la dimensión más humana del capitán de los Boks, François Pienaar, y lo tiene casi todo el tiempo vestido de corto y dando zancadas. Algo mejor está el resto del reparto: ayudantes de Mandela, compañeros del equipo y miembros de seguridad. Quedémonos, en todo caso, con el sacrificio del preso 46664 y su mensaje de reconciliación. Siendo así, Invictus tiene razón de ser. Lástima que no nos hayan ofrecido más de la persona que hay detrás del dirigente aclamado por las multitudes. De haberlo hecho -y por un momento nos lo hace creer: el presidente que se hace la cama y ordena los cajones como si aún estuviera en Robben Island-, celebraríamos con más entusiasmo el próximo Día Internacional de Nelson Mandela, recientemente instituido por Naciones Unidas. Otra vez será.
Invictus, EE.UU., 2009
Dirección: Clint Eastwood; Guión: Anthony Peckham, a partir del libro de John Carlin ‘El factor humano’; Fotografía: Tom Stern; Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens; Intérpretes: Morgan Freeman (Nelson Mandela), Matt Damon (François Pienaar), Adjoa Andoh (Brenda Mazibuko), Tony Kgoroge (Jason Tshabalala), Patrick Mofokeng (Linga Moonsamy), Julian Lewis Jones (Etienne Feyder), Leleti Khumalo (Mary).
Un profeta: primeras impresiones
Santi Hurtado | 1 Marzo 2010
Estrenada en España la semana pasada y premiada con nueve destacados galardones en la gran noche del cine francés, es candidata a oscar a mejor película extranjera. Leer más
Seven
Jesús Moya | 27 Febrero 2010
Corrían los primeros años de los noventa. Empezaba una década prometedora: las hombreras, los pelos voluminosos y los colores chillones pasaban de moda, y una nueva generación comenzaba a abrirse paso con ideas frescas y pretendidamente revolucionarias. En este entorno, un joven semidesconocido llamado David Fincher empezaba a trabajar en el mundo de la dirección de películas. Su primera obra fue Alien 3, una producción menor que recibió muchas (y quizás merecidas) críticas. Su carrera podría haberse quedado ahí, como un director de videoclips más, que lo intenta en el cine, pero sin el suficiente talento como para que las productoras confíen en él. Sin embargo continuó, y su siguiente obra fue Seven.
Un veterano policía de homicidios (Morgan Freeman), cansado de la violencia y corrupción de su ciudad, decide jubilarse anticipadamente. Antes de hacerlo debe dar el relevo a un nuevo compañero, un policía joven y medianamente inexperto (Brad Pitt) pero al que, como a todos los jóvenes, le sobran arrojo e impaciencia por resolver casos, con el fin de demostrar que está a la altura. Coincidiendo con esta situación, una serie de enigmáticos asesinatos, basados aparentemente en los pecados capitales, empiezan a descubrirse en la ciudad.
¿Qué puede haber de nuevo en una película con dos policías, con una diferencia de edad tan acusada, que investigan los misteriosos asesinatos en serie de un psicópata? En principio nada. Hay un buen puñado de películas de Hollywood que encajan perfectamente en esa descripción. No era una temática novedosa, ni siquiera hace quince años. Sin embargo, Seven sí tuvo cosas especiales y reseñables: nos descubrió a un director que no solo sabe apoyarse en buenos guiones, como nos ha demostrado a lo largo de toda su carrera, sino que además es brillante a la hora de darle ritmo a la trama y a cada una de las escenas que se suceden, con una cadencia suave y natural. Este director de videos musicales resultó ser un buen contador de historias, al contrario de lo que suele ocurrir hoy en día, donde muchas producciones cinematográficas tienen, curiosamente, ritmo de videoclip. El reparto, bien es cierto, también ayudó bastante al filme; además de los mencionados Morgan Freeman y Brad Pitt, que están más que correctos en sus respectivos papeles, nos encontramos a una joven Gwyneth Paltrow, interpretando a la perdida y algo deprimida esposa de Pitt, y a Kevin Spacey en el papel del villano que siempre va un paso por delante. Ambos papeles pueden parecer poco exigentes, pero están resueltos con una solidez y realismo que ya querrían para sí muchos de los secundarios de Hollywood o de nuestro propio cine. Sin duda, una película muy recomendable a pesar del tiempo transcurrido desde su estreno, sobre todo si se quiere revisar la trayectoria de Fincher y ver con más perspectiva sus siguientes películas, para las cuales Seven fue el indudable punto de partida.
Seven, EE.UU., 1995
Director: David Fincher; Guión: Andrew Kevin Walker; Fotografía: Darius Khondji; Música: Howard Shore; Intérpretes: Brad Pitt (detective David Mills), Morgan Freeman (teniente William Somerset), Gwyneth Paltrow (Tracy Mills), Kevin Spacey (John Doe), R. Lee Ermey (capitán de policía).
The ghost writer: primeras impresiones
Santi Hurtado | 24 Febrero 2010

Oso de Plata al mejor director en la Berlinale, el nuevo film de Roman Polanski.
Críticas para todos los gustos dentro de los medios no especializados: las más positivas, como la de Los Angeles Times: “es el tipo de impecable entretenenimiento adulto, que es capaz de alternar episodios que te hacen clavarte en el asienco con momentos sombríamente cómicos, de los que Hitchcock era especialista y que Polanski llegó a emplear con éxito en Chinatown y La semilla del diablo” o The New York Times “El trabajo de Polanski con sus actores es consistentemente sutil incluso cuando las actuaciones parecen cualquier cosa menos eso, lo que lo convierte en un buen film desde el inicio a su fin” USA Today dice que “apuntalada con giros inteligentes, la historia se desenvuelve en su justo ritmo. Los diálogos- adaptados por Polanski y el escritor británico Robert Harris de la novela de este último The Ghost-son incisivos e interpolados con ingenio.”
Variety o The New York Post no son tan favorables, con un aprobado raspado; señala el segundo que “aunque el film es razonablemente intrigante y tiene unos pocos momentos ingeniosos, suena falso”.
El diario británico The Times, confirma que The ghost writer es “un thriller inmensamente agradable” . El italiano La Repubblica hizo énfasis en el entusiasmo de los críticos y del público a la cinta.
Aunque se han despertado críticas por el premio como mejor director en la Belinale, ya desde el inicio de la misma se le dio una buena recepción a la nueva cinta del polaco, considerándola el retorno a sus mejores mometntos, cuando se llevó el Oso de Oro en el mismo certamen por Callejón sin salida, en 1966.
Malditos bastardos
Jesús Moya | 20 Febrero 2010
Pocos directores de renombre dejan pasar la oportunidad de realizar alguna vez en su vida una producción de cine bélico. Así que cuando Quentin Tarantino anunció que haría una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial, muchos, yo incluido, nos frotábamos las manos pensando en el resultado tan interesante que podría salir de esta relación. Sin embargo, y para decepción de algunos, en lugar de un filme de guerra al uso, nos encontramos una película con el estilo propio del director. Una cinta donde la ambientación es un mero figurante más, con una importancia justa, y que tan solo sirve de palanca para algunas situaciones de violencia, humor absurdo y brillantes diálogos, como ya nos viene malacostumbrando este realizador a lo largo de toda su trayectoria.
La Segunda Guerra Mundial es, probablemente, el hecho histórico sobre el que más películas se han rodado en toda la corta vida del cine. La cantidad de material, ya sea documental, biográfico, dramático, de comedia o de cualquier otro estilo, podría dar para llenar párrafos y párrafos de comentarios, tanto positivos como negativos. Hay que ser realistas: hoy en día, ¿quién no conoce el Holocausto? ¿Quién no sabe quién es Hitler? ¿Quién no ha leído sobre las vejaciones que soportaron las minorías étnicas y los judíos en dicha época? Muchos de los trabajos que hablan sobre ello, además, han sido premiados por ser considerados obras de arte en su género. La lista de Schindler de Steven Spielberg, con varios Oscars; Maus de Art Spiegelman, con el Pulitzer; la actuación de Adrien Brody en El pianista… Como decía Kate Winslet en la serie británica Extras, lo mejor para ganar muchos premios es interpretar a un personaje dramático de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar de todo, Tarantino no es un director normal, al uso. Sería estúpido pensar que no le gusta que le den premios ni que le besen los pies pero, a pesar de ello, no ha caído en la trampa de hacer una película fiel a los hechos históricos de esa guerra, como habría hecho cualquiera para granjearse los elogios y alabanzas de la crítica. Es más, ni siquiera hace un reflejo exacto de los personajes reales que muestra. Incluso caricaturiza a los miembros de la cúpula del gobierno alemán hasta puntos insospechados, mostrando, por ejemplo, a un Hitler histriónico o a un Goebbels vanidoso y pervertido sexual.
Y ¿cómo ha conseguido hacer una película tan bien recibida pasándose por el forro las convenciones no escritas de la Segunda Guerra Mundial? Pues haciendo el cóctel de éxito tan sencillo que este director sabe preparar tan bien. Un oficial de las SS temible, tremendamente cruel y eficaz (Christoph Waltz), se dedica a buscar judíos escondidos en la Francia ocupada para eliminarlos o interrogarlos. En una de sus acciones, una chica (Mélanie Laurent) consigue escapar de él en el último momento, pero pierde a toda su familia. Mientras, un grupo de soldados aliados, dirigidos por un teniente arquetípico (Brad Pitt), se dedica a vengar a los judíos en forma de guerra de guerrillas, capturando, asesinando y torturando con violencia a todos los alemanes que caen en sus manos. Con estos tres pilares, el director ya muestra un antagonista memorable, una heroína que comienza siendo débil y que acaba buscando venganza, y el vector de violencia y escenas grotescas que tanto gustan a su público. Todo ello cimentado, como no puede ser de otra manera, con unos diálogos brillantes y muy cuidados, y que tienen en esta ambientación el añadido de que están en varios idiomas. En definitiva, una película muy recomendable para aquellas personas que puedan mirar hacia otro lado en lo que respecta a la fidelidad histórica. Y, sobre todo, para los que quieran disfrutar de una producción a lo Tarantino.
Inglourious basterds, EE.UU., 2009
Guión y dirección: Quentin Tarantino; Fotografía: Robert Richardson; Montaje: Sally Menke; Intérpretes: Brad Pitt (teniente Aldo Raine), Mélanie Laurent (Shosanna Dreyfus), Christoph Waltz (coronel Hans Landa), Michael Fassbender (teniente Archie Hicox), Diane Kruger (Bridget von Hammersmark), Eli Roth (sargento Donny Donowitz), Daniel Brühl (soldado Fredrick Zoller), Til Schweiger (sargento Hugo Stiglitz).
Shrek
Jesús Moya | 16 Febrero 2010
Juzgar hoy en día una película como Shrek es algo complejo. El cine de animación ha vivido en los últimos años un desarrollo sin igual en su historia, donde cada una de las cintas de Pixar -la compañía rival de Dreamworks- han ido poniendo el listón cada vez más alto, no solo en la calidad de la animación, sino también en la profundidad de los guiones. Es tentador comparar este filme con Buscando a Nemo, Wall-E o la reciente Up; sin embargo, a pesar de que todas estas películas se engloben en el llamado “género de animación“, en realidad juzgarlas al mismo nivel sería como hacerlo, por ejemplo, con una cinta de cine bélico y otra de comedia romántica. Sí, las dos están rodadas con actores reales y con equipos similares de grabación, pero cada una está enfocada a un público distinto.
Shrek es un ogro que lleva una vida tranquila y feliz en una solitaria ciénaga. Debido a su aspecto, no tiene problemas para mantenerse aislado, ya que todos le temen y piensan que es una bestia terrible. Sin embargo, el sosiego se ve un día perturbado cuando, en un reino cercano, el nuevo regente decide expulsar a todas las criaturas fantásticas de sus dominios, las cuales, sin otro lugar a donde ir, deciden acampar en sus terrenos. Shrek, que no está dispuesto a sacrificar su tranquilidad, se embarca en una cruzada para echar a sus nuevos vecinos y recuperar su soledad. Pero al final las cosas no salen tal y como pretendía.
Lo primero que se debe señalar es que nos encontramos ante una película de humor que aprovecha las historias de los cuentos clásicos y sus personajes, siempre desde un punto de vista cómico, en una sucesión de escenas y gags que hacen reír a cualquiera. No se puede pedir profundidad de guión a un filme planteado con ese esquema, así que cumple su papel sobradamente. Bien es cierto que muchas de las veces se llega a un extremo tan sumamente inundado de clichés que resulta difícil abstraerse, y no se puede negar que es irritante, en algunos momentos, el uso de temas musicales muy trillados. Pero teniendo en cuenta que fue una película pionera en este uso tramposo de recursos, y pensando en el público al que está dirigido, se le perdonan estos detalles. En definitiva, es evidente el efecto inspirador que ha provocado esta producción en tantas otras películas que han venido después. Muchos han intentado copiar el estilo, en vistas de su éxito, pero ningún filme, ni por supuesto las secuelas de esta saga, han conseguido mantener la frescura y ese punto de humor que en su día aportó Shrek, y que aún hoy hacen que sea una comedia de animación imprescindible para cualquiera al que le guste el género.
Shrek, EE.UU., 2001
Dirección: Andrew Adamson y Vicky Jenson; Guión: Ted Elliott, Terry Rossio, Joe Stillman y Roger S.H. Schulman, a partir del libro de William Steig; Música original: Harry Gregson-Williams y John Powell; Intérpretes (voces originales): Mike Myers (Shrek), Eddie Murphy (Burro), Cameron Diaz (Princesa Fiona), John Lithgow (Lord Farquaad), Vincent Cassel (Monsieur Hood).
Si la cosa funciona
Jesús Moya | 11 Febrero 2010
¿Qué se le debe pedir a una película? ¿Qué debe aportarte individualmente para considerar que haya merecido la pena perder dos horas de tu preciosa vida en verla? Hay quien busca espectáculos visuales alejados de la realidad a la que se enfrenta de forma cotidiana. Hay quien busca películas dulces, que le envuelvan en sus brazos como una madre cuando amamanta a su bebé, y que le reconforte, evadiéndose así de los problemas personales. Hay quien busca historias elaboradas, que tengan giros argumentales bien desarrollados y tramas que le mantengan pegado al asiento desde principio a fin. Como diría Oscar Wilde, cada uno de ellos tiene gustos simples; sencillamente les gusta lo que creen que es mejor.
¿Y qué se puede decir de Si la cosa funciona? Lo primero es que si alguien busca un filme del estilo de los anteriores quedará muy decepcionado. Nos encontramos ante una película típica de Woody Allen, donde los diálogos son los cimientos, la estructura y la argamasa de toda la película de principio a fin. Sin artificios, pero deparándonos, como suele ser habitual en este genial director, unos diálogos brillantes y memorables en algunos casos. De hecho, una breve descripción de su argumento no hace justicia a las ácidas y a veces derrotistas líneas que nos concede el protagonista. Un físico, hipocondríaco y brillante, interpretado por el humorista Larry David, vive solo en un piso destartalado de Nueva York. Dedica su vida a dar clases de ajedrez a unos pobres niños, además de reunirse con sus amigos, ya sea para charlar, tocar instrumentos musicales o para cualquier otra actividad de ocio. Un día, sin embargo, una chica con apariencia de vagabunda (Evan Rachel Wood) le aborda en la puerta de su casa. Está hambrienta y no tiene donde dormir, por lo que le deja que pase unos días con él, mientras encuentra algo de lo que vivir en la ciudad. Unos días que al final se acaban alargando de forma inesperada.
Una película recomendable de principio a fin. Con sus lógicos altibajos, pero que no solo entretiene bastante, sino que además deja reflexiones que quedan en la memoria bastante tiempo después de su visionado. Como bien dice el personaje de Larry David al principio del filme: “No soy un tipo agradable, el encanto nunca fue una prioridad para mí. Y, sólo para que lo sepan, esta no es la película ‘reconfortante’ del año. Si tú eres uno de esos idiotas que necesita reconfortarse, vete a que te den un masaje de pies”.
Whatever works, EE.UU., 2009
Guión y dirección: Woody Allen; Fotografía: Harris Savides; Montaje: Alisa Lepselter; Intérpretes: Larry David (Boris), Evan Rachel Wood (Melody), Patricia Clarkson (Marietta), Ed Begley Jr. (John), Michael McKean (amigo de Boris), Henry Cavill (Randy), Carolyn McCormick (Jessica).
Sicko
Jesús Moya | 11 Febrero 2010
Todos tenemos problemas, da igual lo estúpidos que puedan parecer a un observador imparcial. No tener ropa adecuada para ponerte, no poder conectarte a internet, no tener dinero para ir al cine, no poder conquistar a la persona que nos gusta… En ese momento parecen cosas terribles. La gran diferencia entre una persona normal que vive en Tanzania y otra que vive en Francia es que los problemas son de otra índole; que pueden parecer más importantes en el primer caso para un observador externo imparcial, pero que en realidad están unidos a una subjetividad tan fuerte, que los efectos que producen pueden llegar a ser devastadores en el estado de ánimo de quien los sufre.
La realidad es que en Europa somos afortunados al tener adversidades distintas a las que implican directamente nuestra supervivencia a corto plazo, como por ejemplo los problemas de salud. Lo primero que habría que preguntarse es: ¿qué es la sanidad? Muchas personas dirían que es un conjunto de servicios médicos que nos dan una solución a un determinado problema inmediato de salud. La mayoría de las personas solo suelen pensar en el médico cuando tienen trastornos, como un dolor de cabeza, fiebre, una torcedura de tobillo, vómitos… En definitiva, cuando no se encuentran bien. Pero, en realidad, este concepto va más allá y comprende la idea de que, además, hay que prevenir esos problemas. Si éstos se producen, las personas deben tener distintos niveles de asistencia, ya sea de atención primaria u hospitalaria, para atender correctamente cada una de esas diversas situaciones. Ahora bien, ¿qué ocurriría si ese servicio, que todo el mundo tiene asumido que está en sus derechos básicos, no existiese? ¿Qué ocurriría si ese servicio sólo se diese a las personas con mucho dinero y se le negase, aun existiendo, a las personas que no alcanzan ese presupuesto? La solución a esas preguntas la tenemos en el sistema de salud norteamericano.
En Sicko, Michael Moore se mete de lleno a retratar la sanidad de su país de una forma sencilla, directa y manipuladora a veces, pero simplemente brillante. El recorrido y las descripciones que hace, alternando situaciones reales con declaraciones de personas directamente implicadas en el mundo de la sanidad, añadiéndole su habitual toque de excentricidad y razonamientos sencillos de asimilar para un público no muy exigente, completan un filme fácil de ver y muy recomendable, si eres capaz de abstraerte del mensaje político y observar el problema en conjunto. En definitiva, un paso más en el recorrido reivindicativo de este hombre, que en teoría busca el bien para sus paisanos destapando los problemas de su nación, pero que en realidad hace productos de consumo más del gusto del público europeo. Aun así bien merece la pena echarle un vistazo.
Sicko, EE.UU., 2007
Guión y dirección: Michael Moore; Fotografía: Andrew Black; Música: Erin O’Hara; Género documental.

