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Big fish

Un título tan mediocre como El planeta de los simios no debía empañar una filmografía mayúscula marcada por la creatividad, personalidad e inteligencia de un autor que, a lo largo de la última decada, nos mostró muchas de las películas más sobresalientes que en ella se estrenaron. A pesar de esto, hay dos que destacan por encima de todas las demás, y que Burton llamaba “mis dos Edwards”: me refiero a Eduardo Manostijeras y Ed Wood. Dos títulos muy personales que plasmaban a la perfección el complejo, brillante e indescifrable mundo de su creador. Pues bien, Big fish se une a ellos, formando una brillante trilogía.

Ésta es la historia de un niño que nunca creció, de un hombre que logró crear un mundo mágico lleno de fantasía al margen de su ordinaria realidad. Edward Bloom es sin duda el hombre que el pragmatismo y la racionalidad del mundo nos impide ser, lo que a la postre le acarreará la incomprensión de su hijo, el cariño de sus allegados y la felicidad existencial. Todo lo narrado es de una gran belleza y emotividad, y es difícil no caer subyugado ante la magia e imaginación a raudales que desprende. Es la vida de un joven que, atrapado por la intrascendencia de su vida en un pequeño pueblo rural, huye en busca de gigantes, feriantes, sirenas, siamesas o licántropos; de un agonizante individuo que con sus heroicas, románticas e inverosímiles narraciones logrará atraer a sus oyentes y espectadores, a la vez que, de vuelta al mundo real, nos presentará la difícil relación paterno-filial que de ella se desprende, y de cómo la anunciada muerte de un ser querido transmuta nuestros sentimientos.

Es curioso cómo justamente es en el aspecto visual donde la película de Burton flaquea más. Curioso porque ésa ha sido siempre la indiscutible especialidad de su director, que esta vez no logra trasladarnos en plenitud al fantástico mundo de Edward Bloom. Al menos no siempre, porque ciertas imágenes son insuperables (el coche sobre el árbol, el campo de narcisos, el pueblo de Spectre, o el encuentro con Sandra). No se trata de menospreciar el siempre interesante, fresco e imaginativo mundo que Burton traslada a la gran pantalla, pero mucho me temo que, como ya sostuvo Spielberg cuando pensaba trasladar la obra de Wallace al cine, sería arduo complicado plasmar aquello que la historia nos narra.

Capítulo aparte merece el impecable reparto. McGregor borda el papel del Ed joven, De Vito tan divertido como de costumbre, Buscemi genial y Bonham Carter y Crudup más que correctos. Las actrices Alison Lohman (Sandra joven) y Marion Cotillard (esposa de Will) desprenden hipnótica belleza, y Lange encomiable fortaleza. Pero si hay una interpretación por la que bien vale pagar por ver la película, es la de Albert Finney. La entrañable candidez que desprende y sus pícaros ojos son por sí solos un magnífico retrato del personaje que interpreta. Como el Eduardo de Deep, el Joker de Nicholson o el Lugosi de Landau, el Edward Bloom de Albert Finney pasa a engrosar la lista de brillantes e inolvidables interpretaciones que el cine de Burton nos ha reportado.

Como inolvidable es ya ese desenlace que, lejos de los habituales y tramposos finales del cine más despreciable, logra un grado de emotividad que sume a los espectadores en un momento de incontrolable sensibilidad y contagiosa felicidad. En resumen, una película imprescindible, que si bien no logra ser todo lo redonda que uno desearía es de lo mejor que el cine nos ha brindado en mucho tiempo. Nos augura, además, un gran futuro para un director que parecía estancado en la mediocridad de sus últimos títulos.

Autor: Oriol Alcorta

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