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Big fish

Big fish – Grandes historias y pequeñas realidades

Tim Burton se ha convertido, sin ninguna duda, en uno de los referentes del cine de culto de los años 90 en adelante. Tras una carrera en los años 80 en que su estilo personal se iba perfilando de modo firme y en la que demostraba ser capaz de enfrentarse a los mayores proyectos de los estudios de la época (como demostró su Batman para la Warner Brothers), en los 90 el giro hacia el cine de minorías fue mucho más claro, con la realización de obras cómo Ed Wood, Eduardo Manostijeras o la propia continuación de su Batman, Batman returns, donde el estilo de superproducción de la primera parte dejaba lugar a un film más personal, aunque por eso mismo pudiese resultar menos satisfactorio.

Pero si su carrera parecía ir en un ascenso constante de prestigio y aceptación del público, que alcanzaría su cima con Sleepy Hollow, una obra parecía haber logrado que todo ese buen hacer hubiese desaparecido, y lanzaba grandes sombras sobre el futuro del director. Ésa fue su remake de El planeta de los simios, tras la que el público y la misma crítica empezó a tener fuertes dudas sobre la viabilidad actual de Burton. Por suerte el director americano no se ha dejado llevar por esa línea de pensamiento y ahora nos ha vuelto a ofrecer lo mejor de su repertorio en su nueva película.

Big fish parte de un relato (por su extensión resulta duro llamarlo libro) previo de Daniel Wallace para convertirse, curiosamente, en una de las obras más personales de Burton, al nivel de Ed Wood o Eduardo Manostijeras, por poner dos ejemplos paradigmáticos de la obra del autor. La historia de Edward Bloom (curioso que hasta el nombre del protagonista le venga bien al director, vista su trayectoria profesional) es la historia de la narración, de la fantasía frente al frío y aburrido mundo real. Es una historia de creaciones frente a los datos, de lo imaginario frente a lo palpable. Es, en resumidas cuentas, la historia de un creador como Burton.

Y así a lo largo de la cinta asistiremos al relato de una vida ficticia, pero detrás de la cúal no cabe ninguna duda de que existe otra auténtica, de que hay unos hechos que se pueden manipular pero que no por eso dejan de ser reales. Ése es el principal logro del guión y el planteamiento formal de la película, sin ninguna duda. Burton consigue que nos alejemos de lo que vemos para buscar más allá, para vernos atrapados por la narración del propio Edward y participar de ella de un modo real. Burton consigue, de nuevo y tras el tropezón antes comentado, erigirse en un verdadero narrador de historias.

Y lo logra de un modo completo, sin asentarse únicamente en el guión, sino sabiendo que la presentación formal es tan importante, si no más, como éste. Para ello no sólo se apoyará en una presentación artística de gran calidad (la fotografía y el montaje resultan correctísimos, y en ocasiones magistrales) sino en unos actores que dan una gran entidad al film. McGregor y Albert Finney construyen al alimón un Edward Bloom completamente creíble, mientras que Allison Lohman y Jessica Lange les dan una réplica perfecta como su esposa Sandra. A éstos se unen unos secundarios de lujo que capitanea un trío tan efectivo como resultan Helena Bonham Carter, Danny DeVito y un magnífico Steve Buscemi.

Y para terminar de cerrar el círculo sólo falta añadirle una BSO casi perfecta del siempre efectivo (cuando no genial) Danny Elfman, que subraya los motivos principales con gran efectividad en sus pasajes instrumentales al tiempo que emplea de un modo más que solvente las canciones utilizadas. Con todo eso ya tendríamos, sin ninguna duda, un gran film, pero Burton está dispuesto en esta ocasión a ir más allá, y nos ofrece una conclusión que resulta simplemente perfecta para lo planteado a lo largo de la cinta, un final de ésos que se quedan grabados en la mente del espectador.

En resumen, todos los aficionados al cine podemos estar contentos, puesto que tenemos de vuelta entre nosotros al Burton más creativo, a aquél capaz de crear obras señeras del celuloide contemporáneo y de recordarnos lo que es realmente el arte de narrar historias, como si fuera uno de sus personajes.

Autor: J. Ismael Rodríguez

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