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Battles – Mirrored

La locomotora más roquera y alocada de este 2007 parte de Estados Unidos hacia Europa para lucir un potentísimo motor de la mano del batería John Stanier (perteneciente a Tomahawk y Helmet), una velocidad de vértigo a cargo de los guitarristas Ian Williams (Don Caballero y Store & Stress) y David Konopka (Lynx), y la dirección hacia lugares inhabitados del compositor Tyondai Braxton. Resulta llamativa la experiencia que demuestra el cuarteto cuando se pone a la carga en éste, su LP debut Mirrored (Warp, 2007), demostrando una precisión milimétrica a la hora de imponer un ritmo cargado de energía.

No es de extrañar que pasaran cuatro años recopilando canciones, dándoles forma, fondo y sentido, ya que, por mucho que parezcan un grupo al que le guste improvisar o hacer jams tanto en estudio como en directo, en realidad es todo lo contrario: el álbum se convierte en un ejercicio fríamente calculado desde el comienzo hasta el final. Atendiendo a las melodías (punto fuerte y un tanto novedoso de Battles), el adjetivo que mejor las identifica es, sin duda, marciano. Ya desde la inicial Race: innos encontramos con cierto aroma a aquel disparatado Frank Zappa del Hot rats (Rykodisk, 1969), así como en numerosas ocasiones aparece el guitarreo característico del virtuoso Robert Fripp. Pero que quede claro, aquí no hay paralelismos con ningún artista, filosofía o corriente; Mirrored tiene vida propia.

El rotundo single Atlas habla por sí solo: ritmo rotundo y constante durante siete minutos, sin pausas, sin contemplaciones. ¿Un ejercicio de krautrock? No se aleja demasiado del movimiento postulado por aquellas bandas alemanas de los 70, pero los Battles experimentan con patrones alocados, más allá del típico 4/4. Si a todo esto le añadimos las “voces” pasadas por el ordenador que aparecen en algunos de los temas, tendremos cierta idea del tipo de ejercicio rock que practican los creadores de Mirrored.

También hay hueco en el disco para momentos menos machacones, buscando paisajes nunca visitados, como demuestran Leyendecker o Bad trails. Pero sin duda cuando se desatan es cuando Battles mejor se defienden, y si no escuchen Rainbow: una melodía arpegiada va subiendo de volumen, añadiendo guitarras que explotan a su paso mientras la batería entra en una especie de estado epiléptico que dejará atónito a más de uno. O Tij, donde repiten un riff durante otros siete minutos, aportando poco a poco punteos y marchas frenéticos, hasta llegar al clímax de la canción de manera brillante para, poco a poco, ir desnudándola y volver al punto inicial. Como unos Tortoise con altas dosis de adrenalina, mediante su enfoque personal, fiero y cerebral, Battles nos muestran un futuro esperanzador e imaginativo para el rock del siglo XXI.

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