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Batman begins

Batman Begins – Génesis: año cinco

La literatura es literatura, del mismo modo que el cine es cine, y la pintura es pintura. No obstante, un lenguaje artístico no condiciona la diferencia de las obras definidas en dicho lenguaje. Ni El código da Vinci es equiparable al Ulises de Joyce, ni American Pie está a la altura de El Padrino, ni muchísimo menos el célebre Perros jugando al póquer llega al nivel de Las Meninas. No entremos en valoraciones cualitativas, no es ese el tema. Del mismo modo, pese a que Spiderman, Los cuatro fantásticos, X-Men o Batman son todos personajes del cómic, la relevancia que alcanza cada uno de ellos no llega al mismo lugar. Spiderman, por ejemplo, parece disfrutar de una especial y admirable fama entre los devoradores de celulosa cromática, algo lógico si tenemos en cuenta que el carisma del personaje, un muchacho con una mente y un corazón brillantes pero con una torpeza innata en su habilidad social que un día obtiene una serie de superpoderes que le permiten meterse a la ciudad de Nueva York en el bolsillo, chica guapa incluída, le viene dado por la identificación que proyecta sobre sus lectoes. Las ordas de freaks (qué nostalgia se siente por este témino, el freak, hoy denostado por su aplicación a escoria chupaplata televisiva que causa menos interés que la laboriosa fabricación artesanal de una aguja) que componen la audiencia de cómics se reflejan en Spiderman y le veneran, lo cual puede ser, y de hecho es, la causa de su reinado en la mitología cómic. El caso de Batman y X-Men, sin llegar a decir que no gozan de una fama similar, no obtienen los resultados del trepamuros. Quizás se deba a que tienen un carácter más humano, más metafórico, reflejos de una sociedad que se debate entre la marginalidad, la pobreza, la corrupción, la intolerancia y la amargura. Son temas más profundos. Y que conste que el cómic es cómic.

A la hora de traspapelarse al cine, el cómic se mueve con soltura. Algunas de las fórmulas narrativas del cómic funcionan de maravilla sobre celuloide. Y tal es el caso también del superhéroe. En la mente de todos está la vorágine fílmica que viven las carteleras de medio mundo con las adaptaciones más recientes de Hulk, Blade, Elektra, Dare Devil, y demás, pero las que han sentado las bases del renacer del superhéroe de cómic han sido las dos entregas de X-Men filmadas por el estupendo Bryan Singer. Ya en una etapa anterior hubo sagas “medio excelentes” dedicadas a los superhombres, siendo además los más populares en el momento: Superman, de la mano de Richard Donner, y Batman, a cargo de Tim Burton y Joel Schumacher. Donner, Burton y Singer marcan sus aportaciones al género atribuyendo conflictos interiores a estos poderosos personajes, dándole matices y rincones anímicos. El Superman de Donner se busca a sí mismo, su propia identidad, al verse diferente de la gente que hay a su alrededor, mientras que el Batman de Burton se debate en el ser o no ser un justiciero vengativo presa de su amargura, al tiempo que Singer narra la problemática de un grupo de humanos que componen una raza avanzada de mutantes y se ven relegados al ostracismo social por su condición de diferentes, construyendo un futuro que se cimenta en, por decirlo de algún modo, el apartheid genético. Se ve así que el superhéroe de cómic es un símbolo de una cuestión clave de la condición humana.

El caso de Batman resulta especialmente interesante. El Caballero de la noche, al contrario de lo que ocurre en la mitología habitual del cómic, no tiene poderes especiales. No es un extraterrestre capaz de volar, ni un mutante invulnerable, ni una radiación le ha otorgado una fuerza sobre humana. Batman es un ser humano normal y corriente, cuyas carencias del alma son contrarrestadas con una inmensa fortuna. Batman, o mejor dicho, Bruce Wayne, sufre una vida que toda la ciudad de Gotham desearía según lo que ve: coches de lujo, mujeres espectaculares, riquezas para gastar, poder… pero ignoran el veneno que corre por las venas del multimillonario y que le corroe por dentro: la incesante sed de venganza, esa fuente de dolor continuo que le taladra la cabeza cada noche y que hace que cada noche se enfunde el traje oscuro a la caza de los delincuentes, como si de un deprerador se tratase, con el fin de acallar las voces que le culpan del asesinatos de sus padres. Ese carácter del cazados vengativo se gestó en las páginas de la publicación Detective Comics (luego, DC) en 1939, para alcanzar la autonomía en 1940, ya con casi todos los personajes del universo Batman perfectamente definidos. Durante mucho tiempo, el origen de Batman, al igual que los héroes primigenios de la DC, estuvo marcado por la lucha contra el mal europeo, el nazismo, que amenazaba con exterminar el American Way of Life, razón por la cual la caterva de superhombres y supermujeres defendían sus Metrópolis y Gotham Cities del asedio nacionalsocialista. Resulta interesante este dato para completar el sentido de Batman Begins. Este carácter de la oscuridad interior de Batman marcó la estética lúgubre y sórdida de Gotham, tanto en su carácter urbano como en la maldad de sus calles. De hecho, parece darse a entender que un héroe trágico y gótico sólo podía darse en un entorno con el que compartiera lamentos.

El referente que tuvo Tim Burton para construir su Gotham fue la arquitectura kilométrica y congestionada de Metrópolis de Fritz Lang, algo que varió perceptiblemente Schumacher cuando redefinió la estética de Batman con su concepto homoerótico del personaje: entonces lo gótico evolucionó hasta las formas neo renacentistas en edificios e interiores. Tal variación sufrieron las indumentarias de los personajes, pasándose de los sobrios tonos oscuros de los trajes del murciélago lució Michael Keaton hasta las armaduras con pezones y paquetes marcados que llevaron Val Kilmer y George Clooney. El hábito parece que hace al monje, ya que la madurez es lo que diferencia básicamente los episodios de las eras Burton y Schumacher. Mientras que el excéntrico creador de Eduardo Manostijeras apostó por un protagonista atormentado y vacío, su bombástico sucesor optó por un espectáculo de colores y movimientos más cercanos a la onomatopéyica serie televisiva en la que Batman y su acólito combatían el mal a ritmo de boggie. Ambos marcaron su estilo y obtuvieron sus resultados. Mientras que la crítica ensalzó el trabajo de la primera entrega, con apoyo de la taquilla, y aplaudió fervorosamente la inesperada seriedad de la secuela, pese a vender muchísimas menos entradas de las que esperaba colocar, se cebó con el fiasco del tercer capítulo del héroe enmascarado, aunque contó con el apoyo del público, y lapidó el ridículo desfile de despropósitos del cuarto episodio, teniendo de nuevo el consiguiente acuerdo por parte de los espectadores. Este fue el desarrollo circular de la saga de Batman, del positivo consenso de crítica y público que hubo en Batman al acuerdo mutuo acerca de la desafortunada experiencia de ver Batman y Robin. Así que a través de un pacto tácito, Batman corrió la misma suerte que el polvo de una gran mansión y fue ocultado bajo la alfombra del sótano.

En 2003 se levanta de nuevo la batmanía. Sin contar con los derechos de la historia y saltándose toda la normativa, se realiza el cortometraje Batman: Dead End, un divertido gazpacho que pese a contar con un presupuesto irrisorio reprodujo el universo del murciélago con la fidelidad y atractivo que ya se había olvidado. La historia contaba la muerte de Batman mientras persigue a Joker, quien se ha fugado del tenebroso Arkham Assylum. Durante la captura, le ataca… ¡un Alien!, y tras librarse de él, comprueba que quien le ha ayudado a zafarse de su baboso adversario es…¡Predator! Una vez que le ha vencido, con muchísimos esfuerzos, cae en desesperación al contemplar que se encuentra en el campo de batalla de la lucha de Alien Vs. Predator. El cortometraje termina sin mostrar la evidente muerte del Caballero de la noche. El film se hizo famoso el muy poco tiempo, coincidiendo con las negociaciones de Warner Brothers, propietaria de Batman en el cine, con Darren Aronofsky para llevar a cabo al adaptación de Batman: Año Uno. Parece no haber un consenso en las ideas de cada una de las partes acerca del proyecto, y el trabajo acaba desembocando en un guión escrito por David Goyer, especialista en el género fantástico que además de responsabilizarse de las tramas de toda la saga de Blade, firmó el guión de una de las obras maestras del fantástico de todos los tiempos: Dark City, obra de 1998 que un año más tarde encontraría su reflejo en la popular The Matrix, en la que muchos de los novedosos temas acerca de la metaficción versaron materias idénticas que ya se vieron en el libreto de Goyer. Este escritor parece ser que trabajó muy de cerca desde el principio del proyecto de Batman: Intimidation (título inicial de Batman Begins) con Christopher Nolan, afamado director por sus dos trabajos anteriores, Memento e Insomnia, y que constituyen, junto con Batman Begins, un compendio que trata los males de la mente humana y el modo en que distorsionan su percepción de la realidad. A medida que se completaban las fases de escritura de un guión que se guardaba como un tesoro, se fueron sumando celebridades al barco que volvería a reflotar con el murciélago como capitán: nombres como Christian Bale, Michael Caine o Morgan Freeman competían en atención en las mentes de los seguidores del mundo del cómic con la baraja de aspirantes a meterse en las mallas de Superman, que por entonces volvía a renacer también después años tras al retira de Tim Burton del proyecto.

El resultado ha sido una magnífica revisión del nacimiento del héroe oscuro. Dejando de lado la existencia de cuatro películas anteriores (por no hablar de las realizadas en los años 40 y 60), Batman Begins se basa en las tenebrosas novelas gráficas de Frank Miller para narrar el porqué de Batman. En esta película descubrimos desde la razón de que sea un murciélago el símbolo del héroe hasta las teleología de la indumentaria y el aparataje de los que hace gala Bruce Wayne. Se profundiza mucho más que en la primera película de Burton acerca de la cuestión del remordimiento y la culpabilidad, y se toma como leitmotiv principal la cuestión del miedo. Desde este punto de vista, Batman Begins parece hallar dos referentes obligados en El bosque de Shyamalan y en La Sombra de Russell Mulcahy (aunque con un atractivo guión de David Koepp), en los que, por un lado, se ofrece una visión de cómo la manipulación de la mente de una persona hace que se doblegue su voluntad, además de marcar unas pautas estéticas y narrativas que quizás puedan pasar desapercibidas, pero que son evidentes si recordamos la instrucción psíquica que recibe el protagonista de La Sombra en el Nepal o la amenaza megalómana de un gran villano sobre la ciudad a través de los peligros de la química. La acción parte en algún rincón de Oriente, con un malogrado Bruce Wayne prisionero de una cárcel de mala muerte. Un misterioso personaje le introduce en la Orden de las Sombras, una organización terrorista que le instruye para focalizar su odio, sus miedos y su sed de venganza a favor de sus objetivos para combatir el mal y la injusticia. Dicha formación le vale para conocer los secretos que luego aplicará en su vuelta a Gotham y vengar el asesinato de sus virtuosos y admirados padres. Pero el comprobar que la sociedad está corrupta desde sus cimientos le hace cambiar de idea, y se decide por crear un símbolo que inspire a la ciudadanía en la lucha contra la injusticia. Un interesante batiburrillo de circunstacias y situaciones que configuran una muy lógica génesis del Caballero de la Noche.

Los dos pilares básicos sobre los que se sostiene el guión son una temática muy interesante, vertebrada en el miedo, la inseguridad, la culpabilidad y el tormento interior, y una dinámica estructura que alterna la consecución de secuencias interiores con la trama de creación de Batman y corrupción de Gotham. Goyer y Nolan le dan más peso a la vida interior de Bruce Wayne, y la ponen en acto con su alter ego, Batman, el cual además de mostrar una mirada mucho más iracunda, quiebra su voz dando un resultado aterrador. Incluso la explicación de porqué un murciélago y no otro símbolo es elegido como imagen del héroe guarda fidelidad con el sentido final que alcanza esta historia. Por otro lado, al frente de este libreto, se presenta un plantel nunca visto en este tipo de producciones. La saga de Batman ha contado desde sus inicios con estrellas de la talla de Michelle Pfeiffer, Jack Nicholson o Tommy Lee Jones, pero en esta ocasión ha sido el carisma personal y la calidad actoral los factores que han determinado el reparto. Así, se cuenta con un Christian Bale en estado de gracia, como siempre, encarnando al tormentoso Bruce Wayne, ofreciendo un registro muy novedoso del personaje, lleno de aristas y contradicciones; un Michael Caine como el servicial Alfred, pero en esta ocasión con más mano dura dispuesta a caer sobre la infantil actitud de Wayne, aunque siempre a su lado para hacer que se levante tras la caida; Gary Odman como el futuro comisario Gordon, ahora sargento, el único agente de policía que no está corrupto y que será la mano legal de Batman; Liam Neeson como el misterioso instructor de Wayne en Oriente; Morgan Freeman como el científico designado por Industrias Wayne para el departamento de Investigación y Desarrollo y que marcará la funcionalidad técnica de la indumentaria de Batman, así como de sus armas. Entre otros, estos personajes articulan uno más de los muchos vértices destinados a la visión constructiva de este film, que define sus principios argumentales del mismo modo que Le Corbusier pudo hacerlo en la arquitectura: funcionalidad por encima de estética. Y es que todo, desde la estructura de la historia hasta la apariencia del Señor Oscuro se subordina la función que ocupen en el relato. Parece que nada se ha dejado al azaroso plano de la belleza por la belleza, ni siquiera la renovada Gotham City, que en esta ocasión toma su aspecto de un Chicago mitológico, donde del mismo modo que Elliot Ness se convertía en el azote del Hampa que lideraba Al Capone, Batman persigue y castiga a los villanos que alteren la calma de la ciudad. Es una proyección que se evade del goticismo clásico de Gotham, siendo en esta ocasión una gran ciudad contemporánea (lejos de la intemporalidad de los Gotham predecesores) congestionada por el tráfico, el ajetreo y la delincuencia. Quizás la concomitancia existente entre la ciudad del pecado que fue Chicago y la urbanización del mal que es Gotham sea producto de la casualidad, ya que el factor que determinó la localización de la ciudad fue la existencia del famoso monorraíl de la capital de Illinois. No obstante, el silogismo que deriva una sobre otra no deja de ser interesante.

Mención a parte merece el equipo formado por Christopher Nolan y su director de fotografía, Wally Pfister. Tal y como se apuntaba al principio, Nolan parece seguir una dinámica lógica en la temática de su obra. Si en Memento relacionaba la amnesia con la deshumanización y en Insomnia sugería el poder distorsionador que el insomnio provoca sobre la percepción y el uso de la razón, en Batman Begins recurre a la esencia del mal: el miedo. Su discurso sugiere que el miedo es la madre de todas las desgracias del hombre. Por miedo Bruce Wayne llevará a sus padres al lugar donde está la muerte, y por miedo no será capaz de enfrentarse a su culpabilidad. Por miedo ataca a sus semejantes y por miedo quiere vengarse. El miedo le lleva a la desesperación, y es la desesperación el arma que más devastación crea entre las personas. Es inevitable adivinar entre líneas cierta sugerencia al concepto de terrorismo actual en esta teoría del miedo que sigue la estela de la proposición que postuló Shyamalan en El Bosque. Los discursos que emanan de la Liga de las Sombras parecen manifiestos integristas dictados por el mismísimo Bin Laden, narrados por aquellos que se erigen como héroes defensores del bien a ojos de unos y como villanos sanguinarios que se escudan en planteamientos maquiavélicos a ojos de otros. En el centro parece vagar Bruce Wayne, que camina por su vida deambulando entre reflexiones acerca de lo que está bien y de lo que está mal. Y es que Batman Begins trata de arrojar luz ante la paradoja caprichosa del bien y el mal, de la delgada línea que los separa y del límite que llega incluso a unirlos. Por supuesto, y he aquí la concesión, no sólo del género, sino del icono de la cultura popular que viene siendo el héroe en la historia universal de la narrativa, del atormentado protagonista que duda acerca de su posición en esta batalla entre maniqueos. En sus inicios, la aparición de Batman a manos de su creador Bob Kane era la de posicionar a los jóvenes norteamericanos, futuros votantes de la nación, en contra de la expansión nazi y comunista (entendidos, como sistemas de gobiernos heréticos procedentes de Europa, nocivos y antiamericanos). Batman, como otros héroes de DC, limpiaba las calles de escoria hitleriana, a la par que le iban creciendo enanos con nombres tan pintorescos como Joker, Catwoman (que luego disfrutaría de su propio spin off), Dos Caras o Enigma. Esta posición inequívoca del Batman en el campo del bien fue enturbiándose con la evolución dramática del Caballero de la Noche, hasta nuestros días, momento en que nos llega con la mente traumatizada, más cercana a un diván de psiquiatra que a una máscara de látex. En este punto de partida Nolan recoge a Bruce Wayne desorientado, confuso, tambaleándose entre la integridad de su padre y el severo concepto de la justicia primitiva de Ra’s Al Ghul, entre la esperanza perenne sobre la bondad del hombre y la necesidad de eliminar una sociedad de raíz una vez que ésta se haya corrompido lo suficiente. Y es la ignorancia y el desconocimiento lo que marca los temores de Wayne. El miedo a lo que no conoce marca el punto de partida para que se planteen todas las cuestiones referentes al tema.

En referencia a esto último, la confusión y el desconocimiento, puede que sean los contras de un film brillante a todas luces. Batman Begins, pese a ser una interesante obra que reflexiona acerca de temas tan interesantes sobre el terror y la paranoia, las causas que lo provocan y el provecho que puede sacarse para malos fines en nuestra sociedad, se desarrolla en un mercado cinematográfico marcado por los beneficios de taquilla. No en vano, hablamos de una superproducción que llega a los 150 millones de dólares, hecho que desprende la necesidad de generar un espectáculo de artificio. El gran público no espera en Batman un texto para reflexionar, sino una obra de uso y consumo para disfrutar y evadirse, y dicha exigencia ha limitado la atención de la película en muchos momentos. A decir verdad, la capacidad de Nolan para dirigir a actores y poner en acto un guión tan interesante como el de Goyer es más que palpable en casi toda la cinta, pero a la hora de dirigir secuencias de acción este director demuestra carecer de las habilidades suficientes. Las luchas, persecuciones, y enfrentamientos cuerpo a cuerpo son confusos y mareantes, rompiéndose el ritmo narrativo. Algunos de estos momentos quedan salvados por el maravilloso trabajo de Wally Pfister a la fotografía, que mueve la cámara con agilidad para regalarnos planos tan poderosos como el descenso de Batman por el hueco de la escalera del Arkham Assylum ecoltado por un centenar de murciélagos, así como el adiestramiento sobre el hielo de Bruce, la prueba final en el palacio de Ra´s Al Ghul o la resolución de la secuencia del monorraíl.

Para los que bufen por la desesperanza ante el panorama que nos llega por el cine veraniego están de suerte. Todas las temporadas nos llega un blockbuster con sorpresa, y este año nos ha llegado antes de tiempo. Para los que estaban esperándolo, no deben dejar pasar la oportunidad de verla. Para quienes no conozcan al personaje, este es un excelente momento para cercarse a este icono moderno y comprenderlo. Y por supuesto, seamos honestos, ya que a pesar de que el cine sea cine y la literatura sea literatura, no podemos achacar a un libro como El código da Vinci que no tenga la maestría del Ulises de Joyce, del mismo modo que no podemos culpar a Batman Begins que no sea Ciudadano Kane.

Lo Mejor: La solidez de su guión.

Lo Peor: Las concesiones al género.

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