domingo , 24 de septiembre de 2017
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Balthazar (La[2] de Apolo, Barcelona, 21-11-2012)

Del teatro del bueno, y de la madurez.

Hay gente que con solo palpar superficialmente un aguacate sabe cuándo se podrá comer, otras personas no necesitan probar la pasta para saber que está al dente, e incluso habrá quien cace las manzanas que van cayendo del árbol una a una al vuelo con un pañuelo en los ojos, a modo de entrenamiento ninja; pero no hay que ser ningún genio para darse cuenta de que los belgas Balthazar están maduros, y de que les aguarda una carrera ciertamente exitosa. Ayer se presentaron en Barcelona, en La[2] de Apolo, y hoy lo harán en la madrileña sala Siroco: dos fechas para una gira organizada por Mercury Wheels, que ha contado con Producciones Animadas en la co-producción del evento de anoche. Puede que sus dos discos, Applause (PIAS, 2011) y Rats (PIAS, 2012) no estén mal, pero esta gente se hará famosa por sus fantásticos directos; siempre que todos sean como el de ayer.

Balthazar son un joven quinteto originario de Kortrijk compuesto por Maarten Devoldere, Jinte Deprez, Patricia Vanneste, Simon Casier y Christophe Claeys que, aunque se formó a mediados de la década pasada, está pegando fuerte ahora merced al lanzamiento de sus mencionados primeros dos Lps. Atrás quedan tres Eps con los que se foguearon a gusto durante años, por lo que no habría de sorprendernos la soltura con la que expresan en directo su ya de por sí viva música. No es que parezcan veteranos: tienen la frescura y la agilidad propias de la gente de su generación, pero dominaron la escena, musicalmente y en la propia concepción del espectáculo, como si hubieran nacido para ello. Sin trampa ni cartón, y en ese íntimo ambiente de cara a cara que solo puede dar La[2] de Apolo en noches de media entrada como la de ayer, los belgas convencieron, emocionaron y vencieron.

Son varios los secretos de Balthazar. En primer lugar, y no solo porque todo el mundo lo haya destacado en sus previas, está ese escrupuloso y perenne cuidado de las voces, que muchas veces a dos, tres y hasta cuatro bandas, logra efectos verdaderamente originales y enriquecedores. No solo por el contundentemente armónico resultado, sino porque aporta, con las diferentes entonaciones que se reparten entre Devoldere y Deprez, un plus de credibilidad y a la vez teatralidad a la narrativa plástica de sus canciones. En otras palabras: las voces y la forma de cantar de los miembros de Balthazar son como si en una clase de interpretación en grupo nos resultaran todas las conversaciones creíbles pero sorprendentes y, sobre todo, muy vivas.

Por otra parte, se podría decir algo parecido de su vertiente instrumental. El relieve melódico de sus canciones, aún con claras diferencias entre sus dos discos, resulta altamente versátil, sin por eso perder una identidad que se reconoce precisamente por la distintiva utilización de las voces, y tal vez también por el violín de Patricia Vanneste. Cuidan los detalles instrumentales para conseguir una morfología adaptable pero duradera e identificable: así, logran construir un mosaico sonoro que, sin estridencia ninguna y desde el pop, se extiende hacia derivaciones donde siempre se encuentran sentimientos que pueden llegar a resultar muy intensos. Pero además, en tercer lugar, los de Kortrijk saben aprovechar toda esa narrativa y versatilidad para preparar un espectáculo dinámico, rico en detalles y emocionante. Una banda que consigue transmitir de esta manera, aunque sea solo ante un centenar de espectadores, ya ha triunfado en mi opinión.

En relación a esto último, creo que merece una mención especial el setlist que prepararon: desde el primer momento se intuía que estos chicos harían algo especial sobre el escenario, pero no el que se demostraran a la postre tan buenos guionistas sobre su propio espectáculo. Abrieron con Later y Sinking Ship, con despreocupación y entereza, dominando ya esas pausas y silencios que tan bien saben meter, pero en seguida se fueron por la tangente del rap, o del pop caprichoso del Applause: cuando Deprez se echó la guitarra a la espalda para cantar el Blues For Rossan. Centraron el concierto en la faceta más acústica y pasional del Rats, bien sostenida por los teclados, el violín y la guitarra de Devoldere, que junto a su voz revistió por momentos todo de madera noble. The Oldest Of Sister, The Man Who Owns The Place, Lion’s Mouth (Daniel) y Listen Up, ya en un modo mucho más coral y liviano, marcaron el epicentro del concierto.

Dejaron para el final su versión más colorida y bailable, con temas como Fifteen Floors y Hunger At The Door; y para los bises, las canciones desnudas pero esperanzadoras con las que, además, acaban sus dos discos: Sides y Blood Like Wine. Se escuchaban comentarios después acerca del próximo concierto de Balthazar, ya en el Primavera Sound, en escenario grande. Porque es inconfundible en una sala de conciertos, cuando se vuelven a encender las luces, ese brillo de plenitud en los ojos de un público que acaba de ver algo extraordinario. Y porque los belgas se marcaron un concierto excepcional y sorprendente. ¡Vaya si están maduros!

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en En Clave de Luna.

Escucha el setlist del concierto en Spotify.

O míralo aquí!)

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