Neon Indian – Psychic chasms
Vicente Bueso | 18 enero 2010
Alan Palomo debuta en el mundo discográfico en forma de larga duración con este Psychic chasms (Lefse, 2009), bajo el nombre artístico de Neon Indian. Sus pinitos musicales anteriores se resumen en ser miembro de la enfermiza banda Ghosthustler y de otro proyecto denominado VEGA, a los que no vale la pena mencionar nunca más. Le acompañan para los directos tres músicos, presumiblemente metidos con calzador por la compañía discográfica que le alberga, y que no pintan nada en la obra que estamos tratando.
El álbum es un auténtico ejercicio de modorra crónica, repleto de gestos vacíos, al que se agradece su cortita duración de treinta minutos. Sólo nos ha gustado un poco la pieza que da título al disco, que podría haber pasado como la banda sonora de alguno de los videojuegos de Mario Kart o de Sonic. Podríamos resumir Psychic chasms como un trabajo esencialmente plano, mal producido y enfermizamente cansino. Plano, porque la calidad artística de este chaval de Austin, Texas, no da para más, por muchas camisetas de Michael Jackson que vista y por mucha importancia que le de al soporte de cassette. Mal producido, porque el uso de los sintetizadores tiene un límite de frecuencias agudas que Palomo debería conocer que no se puede traspasar, sencillamente para no destrozarnos los tímpanos (no recomendamos escuchar el álbum con auriculares), pero que aquí se usa de forma claramente consciente. Y cansino, porque ya repatean las entrañas estos últimos movimientos de músicos que no lo son y que se alimentan de otros músicos cual garrapata, colgando toda su mierda en MySpace y siguiendo el curso de algo que nunca inventaron, ni siquiera sus predecesores.
¿Y por qué ese mal uso de la electrónica? Estamos viviendo una época en la que florecen las producciones que quieren parecerse a las de los ochenta. Antes resultaba útil envolver el producto musical de forma bella para atraer compradores, con elegantes portadas, material extra, libretos con textos explicativos… Ahora parece que resulta más útil envolver la música en sí con producciones que hagan que “parezca que suena” como determinado momento del pasado, no de forma retro, sino pareciendo que suena como retro. Una clara tendencia de parte del sector alternativo a revivir los sonidos más desesperantes de los años ochenta, creando tres acordes, mezclándolos con capas y capas de “pseudo-psicodelia” basura, etiquetando el resultado con palabras tan estúpidas comochillwave o glo-fi, ofreciendo soporte de cassette (a estas alturas), creando portadas rimbombantes o titulando los temas como ¿Podría tomar ácido contigo?. Esto es Psychic chasms, un vacío musical disfrazado, una producción de mal gusto y bastante desagradable, sin una pizca de calidad artística.
Baroness – Blue record
Vicente Bueso | 17 enero 2010
El comienzo de Blue record, el segundo álbum de estudio del interesante cuarteto de Georgia Baroness, está justo en el lado opuesto a lo que uno espera de una banda de metal. Bullhead’s psalm, cuya melodía sirve también de cierre, nos introduce en un “no sabemos de que irá esto”, manso y sosegado. Y aunque el álbum en su conjunto adolece de ciertos defectos, siempre deja en el oyente esa sensación de no saber qué es lo que viene a continuación en los segundos siguientes, una de las marcas identificativas de los buenos trabajos discográficos.
Sin embargo, descubrimos que Bullhead’s psalm, más que una intro, forma un conjunto de interludios con Steel that sleeps the eye, Ogeechee hymnal y Blackpowder orchard. Tres piezas que sirven de antesala o prolegómeno a las partes más viscerales y trabajadas. En su construcción, Blue record funciona con suficiencia y claridad: el producto final es ameno y bastante entretenido, mezclando momentos pausados con otros vertiginosos. También otorga un tono equilibrado la producción, acertadamente análoga por parte del productor John Congleton. Las influencias de esta obra son varias, resaltando el rock sureño norteamericano, aderezado de buenos experimentos acústicos, todo ello con el trasfondo del underground metal. El momento más brillante y dinámico aparece alrededor de la mitad con A horse called Golgotha. Y no le van a la zaga O’er hell and hide y War, wisdom and rhyme, posiblemente las tres piezas más acertadas del disco y las que le confieren su personalidad, en donde los riffs de guitarra, una percusión muy bien trabajada con momentos funkies y un portentoso bajo marcan el camino. Aunque nosotros nos quedamos con The gnashing, sensacional tema por encima del resto, recordándonos en cierta forma al sonido del grupo de folk inglés Fairport Convention o algo cercano a lo punk. Aquí el sonido cambia drásticamente, pero el virtuosismo se quiere seguir manifestando.
Ahora bien, el álbum no puede pasar por ser algo muy original, lo que tampoco sorprende. Así mismo, pierde con cada escucha, es decir, impresiona cada vez menos, dentro de lo poco que tiene para hacerlo. Musicalmente le falta algo, dando a veces la sensación de ser muy simplista, de no poder llegar a nada más, por mucho retoque que se añada aquí o allí. Todas estas pequeñas sensaciones lo debilitan y lo convierten en algo que pudo ser pero nunca fue. Eso sí, a Baroness hay que seguirles el rastro, aunque posiblemente no serán parte del cambio de la música metal que muchos añoran y tiendan más a desarrollarse tal y como hicieran Porcupine Tree, abriendo su abanico de posibilidades sonoras. De hecho, en una reciente entrevista, John Baizley, el líder del grupo, reconoce que su banda está compuesta por cuatro músicos con diferentes intereses musicales. No les perderemos de vista.
Mono – You are there
Vicente Bueso | 2 julio 2006
Tamaki al bajo, Taka y Yoda a la guitarra y Yasunori a la batería son los cuatro integrantes de esta formación experimental japonesa de post rock, Mono, que surgió en 2000 y que un año más tarde realizaron su ópera prima, Under the pipal tree (Tzadik, 2001). Considerados como pioneros de un nuevo sonido de este siglo, junto con Explosions In The Sky o los rutilantes Sigur Rós, el grupo nos sumerge en un mar de sentimientos a partir de la propia música, donde las letras son obviadas y reemplazadas por líneas de guitarra eléctrica, a veces duras y otras veces sensibles.
You are there (Temporary Residence, 2006) es quizá su álbum más brillante, pues recoge todo lo que la banda ha ido sembrado evolutivamente y los acerca a su máximo esplendor. Los cortes rondan los diez minutos de duración, tiempo suficiente para desarrollar texturas sonoras que van in crescendo, generando poco a poco cada pieza, para terminar diluyéndose en algunos casos. Hay numerosos cambios melódicos, cosa que se agradece pues de otro modo podría incitar al aburrimiento. Yearning y The flames beyond the cold mountain, los temas más largos, son un claro ejemplo de todo esto. Aunque también nos dejan contraejemplos, como es el caso de la preciosa The remains of the day, una especie de nana corta con una soberbia base de piano, o instantes casi psicódelicos como Are you there?, conducida por una maravillosa línea progresiva y buenos arreglos de cuerda. El mejor momento de todo el disco llega al final con Moonlight, tema que demuestra muy a las claras la calidad y capacidad de Mono.
En cada una de sus obras intentan expresar algo distinto, y en este caso son la tristeza y la tragedia los estados emocionales con los que nos quieren acompañar. Es evidente que todo queda a expensas del oyente y del momento de la escucha. No obstante, recomendamos muy a las claras este álbum, entre otras razones porque resulta indispensable para seguir las nuevas tendencias de estos últimos años, aquéllas que marcarán el futuro más cercano.
Pet Shop Boys – Fundamental
Vicente Bueso | 4 junio 2006
En 1988 el productor Trevor Horn sometió a Neil Tennant y Chris Lowe a un complicado giro de tirabuzón reuniendo a toda una orquesta para realizar un tema de casi ocho minutos de duración, en un difícil y complejo ejercicio que mezclaba la música electrónica con la clásica, aquel formidable Left to my own devices. Dicha pieza llegó acompañada por esa perla de finales de los 80 llamada It’s alright, y completaba uno de los discos más curiosos que se dieron por aquel entonces, Introspective (EMI, 1988), junto con otros cuatro cortes de diversa naturaleza y otras producciones. Un álbum que marcó la carrera del dúo británico y lo encumbró definitivamente a un lugar muy lejano del que se movían hasta la fecha: ser etiquetados como un grupo de temas de éxito meramente comercial.
Y aunque a estas alturas, y tras casi 20 años sobreviviendo a la burla, a la incomprensión, a la infravaloración, incluyendo a los que se denominan consumidores del exquisito y buen gusto musical, no les haga falta una presentación certera, no evitaremos comentar que este proyecto nació hacia 1986, cuando dos muchachitos con pinta de ambiciosos presentaban ante todo el mundo aquella obra maestra titulada West end girls. Posteriormente, ese orgasmo sonoro llamado Suburbia, que fue seguido de grandes temas “llenapistas”, más o menos candidatos para mucha gente a entrar en cualquier lista negra de productos bazofia de los “Stock, Aiten and Waterman” y compañía. A un servidor nunca le ha parecido así: estos últimos nunca han compuesto un tema tan maravilloso como What have I done to deserve this para que la espléndida Dusty Springfield se luzca hasta decir basta. Ni han conseguido resucitar a toda una diva como Liza Minneli sacándola del ostracismo. Por no hablar de que Pet Shop Boys, por encima de mucha basura de la época, componían y lo hacían muy bien: Rent podría ser el ejemplo que cierre las bocas, o aquella colaboración junto a Ennio Morricone, It couldn’t happen here, en Actually (EMI, 1987). O posteriormente delicias como Being boring, My October symphony y Jealousy.
Los chicos de la tienda de mascotas han sobrevivido a eso y a más. Incluso a sus propias miserias, que las han tenido sin duda. Y a día de hoy, siguiendo la senda que quizá nunca debieron dejar, aquélla que les permite realizar música perfectamente comercial con una calidad apabullante, elevando la música pop al estado de arte y sin dejar atrás las buenas composiciones, se nos presenta este Fundamental (EMI, 2006), octavo álbum de estudio en la carrera de Pet Shop Boys, y que nos reencuentra con lo mejor que nos pueden ofrecer desde el genial Behaviour (EMI, 1990) y quizá buena parte de Very (EMI, 1992), es decir, desde hace más de quince años. Los cortes mezclados confieren a la obra un tono muy conceptual bajo la batuta nuevamente de Trevor Horn, y esta vez para producir el álbum al completo, de forma clara y concisa, alternando los ritmos de baile y viejas fórmulas de los 80. Una patada en la cara del incrédulo musical, ése que piensa que sintetizador y música de calidad no pueden nunca ir de la mano.
Podríamos analizar esta obra parando en esos momentos magistrales, que los tiene y en buen grado. De entrada, Psychological, heredando de los siempre omnipresentes Kraftwerk, y recordando al oyente afín a la banda que ellos han sido, son y serán, entre otras muchas cosas, un grupo de música electrónica. Como diciendo “Hemos vuelto, aquí nos tienes, vas a tener de lo que te gusta, nuestro sonido más tradicional, pero ahora para empezar te tragas esto y te olvidas del Go West y del Single-bilingual“. En definitiva, los ritmos hipnóticos, oscuros, casi góticos, que envuelven este primer corte, la profundidad atmosférica definida por el productor, y por supuesto la voz tan brillante y a la vez particular, quizá a lo Al Stewart, de Neil Tennant, nos ponen ya sobre aviso. Estamos ante un señor álbum.
Y si bien podemos encontrar ese tipo de tema tan “feliz” que tan sólo ellos nos pueden brindar, como The Sodom and Gomorraw show, I’m with stupid o Integral, el álbum contiene más joyas, como es el caso de la fabulosa Minimal. Podríamos definirla como una obra de arte de la música de baile y punto, y quedarnos tan panchos, con un tremendo Trevor Horn al bajo eléctrico, demostrándole a New Order lo que deberían estar haciendo desde Republic, y un final apabullante de cuerda.
La preciosista I made my excuses and left, de lírica letra, muestra eso que sólo son capaces de hacer ellos: componer un tema lento, una balada, y darle su toque genuino de sonoridad, envolverlo en cientos de capas agradables al oído y promover al oyente en su ánimo de un sentimiento intenso y sutil. O esa otra belleza que es Luna Park, con la que un servidor se ha derretido al escucharla, como si de un niño que se enamora por primera vez se tratara. ¿Cómo es posible que repitiendo fórmula, como en este caso, y sonando como siempre lo han hecho, sin sorpresas, vuelvan a tocarnos la fibra? ¿O quizá la música de Pet Shop Boys tiene algo de timo? ¿Trabajan verdaderamente por amor al arte o lo hacen por el dinero? Podríamos decir que nos engañan, sí, pero también se puede afirmar sin miedo a equivocarse que disfrutan con lo que hacen, y básicamente suenan, que es lo que de verdad nos importa, de forma única. Ya son muchos años para un grupo de corte “discotequero”, demasiados como para no pensar que hay algo más que lo mero conocido.
Fundamental funciona muy bien, además, como álbum conceptual, seguramente por la tela de araña que teje aquí y allí el productor, muy preocupado de que la reminiscencia emane de cualquier bit, y muy preciosista y minucioso de cara a su labor. Éste es un gran trabajo de Trevor Horn, prolífico ingeniero musical que a más de uno cansó con aquel Video kill the radio star y a otros cuantos nos enamoró con ese proyecto a medias con Anne Dudley llamado Art Of Noise. Y cuando más parecía que no hacía nada, nos planta junto con los Pet Shop Boys uno de los mejores álbumes de los últimos años.
The Strokes – First impressions of Earth
Vicente Bueso | 19 febrero 2006
De forma absolutamente distinta, con más profundidad, una producción más limpia y más minutos de música que en sus dos anteriores álbumes, se presentan en este 2006 los neoyorquinos The Strokes. Con una impecable producción de David Kahne, la calidad musical está más presente que antes, con sorprendentes riffs de guitarra, sólidas y a veces bailables líneas de bajo y mucha energía tras la batería. La letra se hace más profunda y abstracta y nuestra primera impresión al escuchar el disco entero se hace más dura que en sus realizaciones anteriores. Buena señal.
The Strokes han variado musicalmente su estilo, algo que se agradece ya que a estas alturas se repetían demasiado. Siempre es de aplaudir el buscar nuevas vías y nuevos caminos pero sin parecer pretencioso, y en First impressions of Earth (Sony BMG) lo consiguen de forma radical y magistral. No obstante, incluir casi una docena de joyas en una obra tan larga no está a la altura de muchas bandas a día de hoy, sean éstas más o menos originales o comerciales. Y mucho menos el dejar a un lado la complacencia y rasgarse las vestiduras.
El álbum arranca con You only live once, un potente, magnífico y a la vez extraño tema, que fue cara B de su primer disco. Sorprende escuchar la voz de Casablancas interpretando tan bellamente esta pieza de rock como nunca lo había hecho antes. Arranque colosal que precede al que ha sido su primer single, Junglebox, que mantiene una línea desgarradora de principio a fin y que se caracteriza, como la mayoría de temas, por una cantidad enorme de cambios melódicos y de ritmo, en la misma línea que Heart in a cage, el tercer corte.
Y es a partir de aquí donde arranca la vena “popera” y el álbum empieza a mostrarnos su verdadero rostro con temas tan geniales como On the other side o la preciosa Razorblade, mal interpretada por muchos como reggae barato, seguramente porque no se han lavado los oídos. Es de notar que a medida que el disco se escucha no pierde en ningún momento ni la fuerza del arranque, ni se hace monótono en ninguna ocasión, salvo quizá Ask me anything, tema que seguramente no habría entrado en un álbum más corto y de menor duración.
Hay que quitarse el sombrero ante la cantidad de temas de calidad que ha producido la banda para la ocasión. Aparte de los ya mencionados, maravillas como Vision of division, con un fenomenal solo de guitarra, Killing lies, Fear of sleep, Evening sun o la que podría resumir el álbum al completo por su construcción, uso melódico y abstracta letra: Ize of the world, probablemente lo mejor del disco. El cierre corre a cargo de dos temitas cortos y blandos, 15 minutes y Red light. Bajo mi punto de vista el álbum tendría que haberse quedado en 12 canciones, ya que 14 se antojan demasiadas para lo que pretende, aunque la finalidad se consigue de todas formas.
Estamos ante lo mejor del inicio de 2006, una obra que no entra a la primera, pero que se deja degustar en posteriores escuchas. Y aunque The Strokes hace tiempo que entró a formar parte de la paranoia comercial, las patéticas radio-fórmulas y los fans imberbes, se debería ser justo con el producto y dejar a un lado los siempre cegadores prejuicios. Efectivamente, esta banda está más valorada de lo que realmente debería, pero la culpa la tienen quienes endiosaron sus dos primeros álbumes.
Depeche Mode – Playing the angel
Vicente Bueso | 7 enero 2006
En el nuevo álbum de Depeche Mode las composiciones también corren a cargo y por primera vez de Dave Gahan, y junto con las ya consabidas de Martin Gore se nos presenta una obra que nos devuelve el sonido de la banda que más ha gustado desde siempre. Oscuridad y emocionalidad enfrascadas en múltiples capas sintetizadas muy bien producidas, con letras que hablan sobre sentimientos y pasiones, y una grandeza enorme a la hora de compaginar la voz sobre la canción dentro del ámbito pop. Y aunque la música actual corra por derroteros muy distintos a otras épocas, en donde prima la imagen y la moda del sonido queda en un segundo plano, esta revisión del pasado tan clara de la banda británica se agradece y mucho, sobretodo cuando se hace de una forma conscientemente brillante.
Gahan nos propone Suffer well, I want it all y la soberbia Nothing’s impossible. Probablemente tres momentos sublimes dentro de esta obra tan homogenea y bien desarrollada. Y Gore no se queda atrás en su calidad aportativa, mención especial a John the revelator, una orgía electrónica de tres minutos y medio que ironiza sobre las religiones, uno de los temas favoritos del cerebro gris de la banda. Y además canta, como siempre, en una parte proporcional menor. En este caso nos brinda Macro y Damaged People, esta última con claras reminiscencias setenteras.
Playing the angel (Wea, 2005) se presentó al mundo con la ya conocida Precious, que no deja de ser otra delicia electro-pop más, aunque nos recuerde un tanto a aquel Enjoy the silence y quede probablemente mal parada debido a ello entre sus fans más acérrimos. Quizá el error con este excepcional tema es que está un poco fuera del conjunto que se nos ofrece en el disco. O, probablemente, porque da la impresión ya comentada de “autoplagio”, algo que también ocurre en otros temas como Darkest star que recuerda un tanto aquel Waiting for the night del Violator (Wea, 1990).
Aún así, y de todas formas, estamos ante lo mejor de Depeche Mode desde aquel Songs of faith and devotion (Wea, 1993). Al menos este álbum es compacto y muy definido, muy al contrario que las obras realizadas posteriormente por la banda en la década de los 90. Generalmente cuando un disco no entra a la primera, y es evidente que este trabajo no lo hace, merece más escuchas, porque se puede convertir sin duda en lo que es Playing the angel: una obra imprescindible del pasado 2005.
Sigur Rós – Takk…
Vicente Bueso | 20 septiembre 2005
Podriamos considerar la música de Sigur Rós como una unión o mezcla de sonidos catárticos, a medio camino entre la oscuridad y la luz, bien preservados tras una instrumentación compacta y que se nutre de cualquier sonoridad. Un concepto musical que repiten constantemente en toda su obra y del cual parecen no querer renunciar por ahora. Y Takk… (EMI Music, 2005) no es ninguna excepción. El último trabajo de estudio es, si cabe, más de lo mismo, con la única diferencia de que para la mayoría de los temas que componen este álbum hacen uso de orquestación y los mismos se cantan, por fin, en su idioma natal.
Muy bien construido, el nuevo álbum de Sigur Rós fluye de forma emocional y provocativa. Y si bien es cierto que su sonido se está estancando, uno se queda literalmente de piedra al escuchar Glosoli, segunda pieza del disco, que progresa de forma rotunda, maravillosa y estremecedora en sus casi seis minutos de duración y en una linea muy similar a Saeglopur, destilando fuerza por los cuatro costados. El vuelco se produce a partir de Hopipolla, que resulta casi como un intento desesperado de cambiar de registro, algo que no logran conseguir en ningún momento (aunque se agradezca el esfuerzo). Y al igual que Gong, ambas piezas se intentan desmarcar de lo realizado habitualmente por la banda. Otro ejemplo de ese tímido intento de progreso lo podríamos encontrar en Andvari, que contiene unos excelentes arreglos de cuerda. Sin embargo el resto de la obra no logra más que provocarnos indiferencia, como en el caso de Milano, Svo Hljótt o Heysatan, donde se echa en falta más corazón y menos cabeza.
Y es que en su conjunto Takk… es un álbum interesante, más esperanzador que sus antecesores, pero que no termina de cuajar. Es agradable, pero no nos acaba llenando. Un quiero y no puedo constante. Cuando uno finaliza de escuchar este disco se queda con el vaso medio lleno y la sensación de que le falta algo.
Queens Of The Stone Age – Lullabies to paralyze
Vicente Bueso | 4 agosto 2005
Dentro del panorama musical actual se agradecen obras tan concisas como Llulabies to paralyze (Universal Music Spain, 2005). Concebido bajo la dirección absoluta de Josh Homme, que aquí se lo guisa y se lo come todo, nos encontramos ante el álbum más claro y limpio de la banda y, curiosamente, el que menos suena a Queens Of The Stone Age de todos los publicados hasta la fecha. Probablemente debido a la ausencia de Nick Oliveri, que en un disco como éste resultaría más un lastre que otra cosa.
Y es que con la marcha de Oliveri, casi desaparecen los riffs duros y los bajos envolventes y resurge el “rock” a secas en determinados momentos; indudablemente éste es uno de esos casos en los que no se echa de menos a alguien. Hay que recordar que Homme y Oliveri eran las cabezas pensantes de aquel proyecto de los 90 llamado Kyuss, que rápidamente disolvieron antes de que la fama acabara con sus ideas. De todas formas, ambos músicos maman de muchas y muy diversas fuentes, y ni Oliveri ha dejado la música ni Josh Homme morirá con los Queens Of The Stone Age, aportando ambos cientos de ideas en otros grupos y otros proyectos.
Este genial álbum arranca con This lullaby y la participación de Mark Lanegan, que realiza un ejercicio a lo Nick Cave o Tom Waits en una balada que se antepone al resto de forma radical. A partir de aquí 13 temas y dos partes bien diferenciadas. Una primera con cortes directos y estupendos como In my head, la soberbia Tangled up, la preciosa I never came o el primer single, Little sister. Y a partir de Someone’s in the wolf, el noveno corte, el disco entra en barrena y nos ofrece al Homme más creativo y arriesgado, para finalizar de forma rotunda y maravillosa con Long Slow Goodbye. La sencillez con la que van desarrollándose cada uno de los temas es sobrecogedora y se denota constantemente una magnificencia instrumental aplastante. Y es que estamos hablando de una obra más que notable, algo que resulta más meritorio aun teniendo en cuenta el estupendo trabajo anterior Songs for the deaf (Interscope Records, 2002).
La calidad que atesora Queens Of The Stone Age se aprecia más en álbumes como éste, más personales y arriesgados, pues si bien el disco huele en ciertos momentos muy concretos a endeble o comercial, que podría ser la única pega, el conjunto resulta abrumadoramente convincente.
Coldplay – X&Y
Vicente Bueso | 4 agosto 2005
Coldplay se equivoca, y puede pagarlo bien caro. Se equivoca de camino, de sonido, de ubicación en el panorama musical. Se excede de registro, se enmaraña, se tuerce. Y aunque estamos ante 13 temas más que correctos, donde priman los sonidos ochenteros y las guitarras tipo “The Edge”, el conjunto es endeble, plano, predecible e inequívocamente aburrido. Tras el abrumador éxito de sus dos anteriores álbumes, Coldplay tenía la posibilidad de trazar una línea bien clara que diferenciara su alter ego comercial de su posible calidad musical, pero han optado por lo más fácil, la fama y las cuentas monetarias.
X&Y (Parlophone, 2005) es un disco poco arriesgado y demasiado adornado de buen sonido, con una producción impecable pero que se superpone en demasía al sonido original de la banda. Sin duda el trabajo de Danton Supple y Ken Nelson, los productores, será bien aplaudido desde los despachos de la discográfica, y sin dudarlo aun menos, venderán millones de copias y acapararán la VH1. Pero perderán parte de su capital más importante, sus acérrimos seguidores, presumiblemente enamorados de la capacidad que ha tenido la banda de Chris Martin de construir música con pocos elementos. Y no es mucho pedir, la verdad, un poquito de riesgo e inteligencia.
Square one, tema que abre el álbum, es una bofetada directa al oyente, que no sabe muy bien si estamos ante Coldplay o U2, por no hablar de la verguenza ajena que provoca escuchar las tres primeras notas de Así habló Zaratrusta de Strauss, como invitándonos a una odisea espacial o algo aun peor. What if es la típica baladita cuya mejor parte es el final a lo Beatles. Sin duda que el trabajo de producción, insisto, es irreprochable, pero actualmente este es uno de los factores de menor importancia a la hora de analizar una obra musical. Continuamos con el timorato White shadows que suena demasiado a temas anteriores, pasamos por un interesante Fix you y paramos un momento en Talk. Mucho se ha hablado de este tema, que si contiene samples del Computer Love de Kraftwerk, que si es una copia… Realmente no sabemos qué han querido hacer con Talk, pero sin duda parece más un intento de “cover” u homenaje que otra cosa.
Y para terminar la primera mitad del álbum, el momento más convincente, el tema que le da título, X&Y. Estupendos arreglos de cuerda y una letra preciosa, donde podemos olvidarnos por un momento de las exageraciones sonoras. Continuamos con Speed of sound, tremendo error de single que nos recuerda demasiado a Clocks. Seguimos con A message, Low, The hardest part, que hace honor a su nombre y Swallowed in the sea, un tostonazo musical. Y antes del corte oculto final -estúpida manía sin sentido la de esconder temas- otro de los momentos cumbres, Twisted logic, un buen final que vuelve a recurrir al sonido beatle.
Venderán muchos discos, tendrán estupendas críticas, pero los que aprecian la humildad, la originalidad y la calidad musical, les darán la espalda. Y parece muy grave que a estas alturas de su carrera musical, Coldplay ya se conforme únicamente con llegar a un amplio pero inestable grupo de seguidores.
Röyksopp – The understanding
Vicente Bueso | 16 julio 2005
En 2002, Röyksopp sorprendió a casi todos con aquel vibrante Melody A.M., un álbum ejemplar fruto de la genialidad de estos dos noruegos, Svein Berge y Torbjørn Brundtland. El camino esperanzador de la música electrónica que propugnaba su ópera prima queda cortado con este segundo disco, The understanding (Wall Of Sound), un producto muy inferior a su predecesor, mucho menos trabajado y más caracterizado por querer enraizar en las radio-fórmulas y en las pistas de baile. Se baja la calidad y la minuciosidad de producción y se aumenta el uso indiscriminado de melodías resultonas.
El arranque con Triumphant resulta algo pírrico, una base de piano cíclica y un ritmo electrónico pausado, y empezamos a dudar si Röyksopp y toda su precedida fama no son más que fruto de nuestra imaginación. Temas posteriores como Only this moment y 49 percent parecen estar más en la linea que todo el mundo espera, pero carecen de algo fundamental, la voz de Erlend Oye. Para The understading han colaborado Chelonis R. Jones, Karin Dreijer o Kate Havnevik, todos ellos como vocalistas, y este es uno de los problemas que tiene este álbum, las voces. Karin canta en What else is there? y casi mejor que no lo haga, Chelonis R. Jones nos recuerda a algún concursante tinerfeño de Operación Triunfo y Kate Havnevik es la voz de la chica de las plataformas fluorescentes de la discoteca de al lado. En lineas generales hacen mucho daño a la parte instrumental y deterioran el resultado final. Una de las características más brillantes del sonido de Röyksopp hasta la fecha eran las aportaciones de Erlend, voz peculiar donde las haya, y que daba cierta personalidad al grupo.
La parte creativa del álbum la encontraremos en los cortes densos y atmosféricos, más en la linea de la introspección sonora, como Alpha male, Boys o Beautiful day without you, lo mejor de todo el disco. Pero no siguen el patrón del conjunto, música más bailable, más épica y menos oscura. Ya anunciaron un cambio hacia sonidos asequibles, comerciales y fáciles, así que nadie espere encontrar en esta obra algo con lo que sorprenderse.
The understanding funcionará mejor como disco de baile y permitirá que la banda amplíe su abanico de seguidores, pero deteriorará la imagen de músicos inteligentes que habían obtenido por méritos propios.

