El Columpio Asesino (Sala Razzmatazz, Barcelona, 06-04-2012).
Pablo Luna | 8 abril 2012
El columpio Asesino: el todoterreno de la música española.
Pocas discotecas ofrecen lo que Razzmatazz: hay numerosas salas, a gusto de todos, con música de casi todos los palos, y hasta un espacio para que el fumador y los demás asistentes desahoguen algunos de sus vicios nocturnos. Además, en veladas como la de ayer, viernes santo, regalan actuaciones de excepción que amenizan y complementan el trabajo de los Dj residentes. Anoche los invitados de honor eran los navarros El Columpio Asesino, una de las bandas más destacadas del último año en el panorama musical nacional: su cuarto álbum, Diamantes, valorado por muchos como el mejor disco de 2011, les ha colocado al frente de esta nueva generación de artistas y grupos que, ahora sí, están significando el verdadero despegue del movimiento indie en nuestro país.
La maquinaria de la fiesta no para en las noches de Razzmatazz, y el concierto se embutió entre temas pinchados de lo mejor del rock alternativo y sesiones de electrónica: el entorno propicio para que el sonido de El Columpio Asesino se manifestara de la manera que lo hizo. Los de la comunidad foral no saben qué son las medias tintas; enemigos de la famosa gama del gris, son radicalmente blanco y negro: un sonido de rock estridente, recto y diagonal, que basa su particularismo en la riqueza rítmica tribal conductora, el acompañamiento primario y crudo de dos guitarras y un bajo, siempre desafiantes, teclados y vientos rompedores que se clavan a fuego en las viciadas melodías, y un juego de voces tan desvergonzado y agudo que hasta pincha.
No obstante, con un público diluido entre la sólita masiva afluencia a Razzmatazz de una noche de viernes, y debido a que prácticamente tocaron de 3 a 4 de la mañana (poco y tarde), costó mucho encontrar la atmósfera adecuada para un concierto. Dudo que aquellos que acudieron a la sala sin saber quiénes eran esos Columpio Asesino, salieran de ella sabiéndolo. Espero equivocarme, pero creo que su aparición en el escenario fue más un detalle de la noche, que el elemento esperado por la mayoría. Con todo, los navarros cumplieron y ofrecieron solo lo más contundente de su repertorio, en una batería indiscriminada de sobreexcitación instrumental y fórmulas musicales de ataque premeditado: Corazón Anguloso, On the Floor, Vamos y, por supuesto, Toro, las más destacadas, sonaron corrosivas y rebosantes de esa adrenalina envenenada que tanto caracteriza el sabor de sus discos.
Mención aparte, dentro del planteamiento de El Columpio Asesino, es la presencia y aportación de Álvaro Arizaleta, batería y vocalista, que encarna la figura del santero loco que manipula toneladas de sustancias tóxicas con sorna y soberbia, desprendiendo furia y poder en un ritual intensísimo de magia musical negra y primitiva. En directo se entiende que todo en El Columpio Asesino es acompañamiento del ritmo, y que el esqueleto de su sonido se sustenta en las extremidades de Álvaro, y en un nutrido grupo de cuerdas, algunas vocales y otras en forma de guitarras y teclado. Los otros cuatro integrantes de la banda, desde la sombra de una iluminación críptica y básica, interpretaron su papel en la ceremonia, clamando venganza frente a las horas muertas del silencio.
Los navarros son todoterreno. Ajenos a las condiciones del lugar donde han de tocar, mostraron ayer una preparación envidiable para llenar de ritmo y de contundente contenido musical una sala como la grande de Razzmatazz. Con muchísima personalidad, una inclinación evidente a la desvergüenza punk, y una capacidad de calentamiento espectacular, El Columpio Asesino respira a pleno pulmón los aires de liderazgo de una generación que vive de las referencias eclécticas que ofrece la red y su libre albedrío.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Low (Sala Apolo, Barcelona, 27-03-2012)
Pablo Luna | 28 marzo 2012
Porcelana irrompible. Rindiéndole culto a Low.
Hay una cosa que no se debe hacer nunca: correr porque llegas tarde a un concierto de Low. El contraste puede matarte. Y no es que las pulsaciones de pronto se rebajen en picado por aburrimiento o por somnolencia, sino que la habilidad que tienen para controlar el tempo hace que todo parezca ir a cámara lenta, y hasta a los corazones les da tiempo a observar y a deleitarse con ellos entre latido y latido. Además, tienen también la asombrosa capacidad de ponerle música al silencio, de crearlo, practicarlo y manipularlo a partir de un sonido muy personal y característico que define a la perfección el concepto slowcore, por lo que se oían hasta los jadeos de quien había llegado tarde. Pero el trío de Minnesota, aunque parezca mentira, reserva toneladas de emoción y pasión bajo esa superficie calma y rendida a la quietud. Y aunque a estas alturas no tengan que venir a demostrar nada, ayer en la barcelonesa Sala Apolo expusieron sus sobresalientes credenciales.
Abrieron el concierto rindiéndose homenaje con Monkey y Silver Rider, dos de los temas más queridos de su álbum más apreciado, The Great Destroyer, y un largo escalofrío recorrió la sala. Cuando Alan Sparhawk empezó a susurrar las notas sentenciadas de la primera, antes incluso de que entrara la baqueta de bombo de Mimi Parker, todos intuimos que sería una noche especial. La fuerza, la delicadeza y la precisa profundidad que encierra el sonido de Low parecen como si una enorme y valiosísima vajilla de porcelana única estuviera en manos de un inmenso e hierático gigante de piedra. En seguida empezaron con la presentación de su último trabajo, C’mon, encadenando Nightingale y Try To Sleep: son banda de una sola capa, visceral y cruda, casi minimalista, pero macerada a partes iguales en belleza y tristeza, donde el juego de voces del matrimonio Sparhawk-Parker puede recrear a su antojo ese relieve romántico que es a la vez tan sutil y tan drástico.
Con California cerraron el apartado The Graeat Destroyer, y poco después, con Witches, acabaron también las melodías abiertas de guitarra: tras el punteo y volviendo al sencillismo del arpegio, Sparhawk apagó el pedal de la distorsión de marejada, y le cedió el protagonismo a su mujer. Mimi Parker toca una batería sin bombo, pero golpea el timbal ahondando aún más allá. Especially Me es toda obra suya: la baqueta de escobilla, su voz potente, decidida y tranquila, la intensidad, bordada hasta el último detalle, y la tensión, mantenida hasta las últimas consecuencias, hicieron prescindible cualquier otro tipo de arreglo. Aún sin violines, el segundo escalofrío estaba asegurado. Difícil superar una primera parte así.
De hecho, la segunda mitad del concierto resultó algo menos emocionante. Aplanaron Sunflowers y Canada, presentándolas a una sola capa: esa que es cruda y que forman las voces, una guitarra de la que se oye sonar cada pelo de cada cuerda, una batería lenta y tenue, y un bajo continuo que siempre da la cara, ya sea en forma de teclado, o de bajo de toda la vida. Steve Garrington, el tercero en este trío, ganó protagonismo al piano cuando interpretaron You See Everything, pero el final del concierto estaba reservado a la versión más sigilosa e íntima de Low, por lo que Sparhawk y Parker volvieron a gestionar y a manipular el tiempo. Con Words, Shame y Murderer cerraron el espectáculo antes de la pausa, desatando gramos contados de energía desbocada: con Low siempre parece que mandan las mareas que hay bajo la superficie, como en el vasto océano, aún en una noche serena de luna llena.

Pero si uno se fija bien, y escucha atentamente canciones descomunales como Nothing But Heart, descubrirá que, aunque profunda, la capa de Low es líquida, cálida cuando no se hiela, y sobre todo transparente: incapacitados para el engaño, los de Minnesota repiten una frase hasta la extenuación, sin necesidad de estribillos y estrofas porque es así como han aprendido a expresarse. $20, tema con el que clausuraron el recital, tras un bis de dos canciones, fue el ejemplo perfecto. Sin espacio para trucos, poses, ni eyaculaciones musicales precoces, los señores de Low confían en la ebullición a fuego lento, en los sabores primarios y en el gusto por el detalle: no necesitan más que una frase, un arpegio o dos, y un ritmo básico y ancestral para construir temas incólumes que no se olvidan fácilmente.
El llenazo que registró ayer la Sala Apolo atestigua el aprecio especial que el público tiene por Low; por el valor que han demostrado siempre con su propuesta, por la humildad de su sonido, y por el perfeccionamiento técnico que han alcanzado, entre otras cosas. Porque una banda se convierte en grupo de culto cuando la escucha de sus discos y, sobre todo, de sus conciertos, adquiere algunas de las características de eso precisamente, de un culto espiritual. Llegará el día en el que el sacerdote de una religión aún no conocida ponga en la iglesia, a todo trapo, alguno de los discos de Low para cantar la misa a los creyentes. Y ese día, espero no tener que correr para llegar a tiempo.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Deer Tick (Sala Marco Aldany, Madrid, 23-03-2012).
Pablo Luna | 25 marzo 2012
El auténtico sabor del rock a la brasa.
Creo que hay alguna cadena de hamburgueserías que tiene como lema algo así como “el auténtico sabor americano”: el regusto a brasa en la carne, o el potente olor a salsa barbacoa, acompañados de la arquetípica figura del cowboy solitario, por ejemplo, nos hacen pensar a todos automáticamente en el característico aroma estadounidense. Su anuncio bien podría llevar la música de Deer Tick, una banda de Proividence, Rhode Island, que ayer golpeó con fuerza las tablas de la madrileña sala Marco Aldany (antiguamente Sala Heineken, y más aún, Sala Arena). El quinteto, configurado en torno al guitarrista y cantautor John McCauley, hace un folk con indiscutible morfología de rock, y forman parte de una última generación de artistas (no solo norteamericanos) que, en los últimos diez o quince años, han revalorizado la música de sus ancestros locales, y la han presentado al mundo de manera renovada y más subjetiva que nunca. En la era del neo-folk global, Deer Tick representan el auténtico sabor americano.
Y no es que no haya, en el panorama independiente o mainstream, formaciones más ortodoxas en lo que se refiere a elementos propios y hasta únicos de la música tradicional de Norteamérica, pero teniendo en cuenta la extensión y variedad social del país, sería una locura pretender hacer o encontrar una música que abarcase toda esa vasta cantidad de culturas sonoras. Deer Tick, en ese sentido, ni siquiera parece hablarnos de un lugar concreto dentro de ese entramado, recurriendo o presentando características determinadas de una u otra tradición local: un folk sin domicilio fijo, podríamos decir. Pero precisamente por eso, también podríamos pensar que las raíces a las que hace referencia este reciente fenómeno musical, no están tan ancladas a la tierra como a la colección de discos de sus protagonistas creadores. Unas raíces y una colección que deberíamos denominan como pan-norteamericanas.
Ayer presentaban el que es su cuarto disco en apenas cinco años: Divine Providence, a grandes rasgos, sigue la línea de sus anteriores trabajos, aunque el punto de fuga, al menos con respecto a The Black Dirt Sessions, se haya acercado bastante al espectador. En mi opinión, el tono más rockero que se respira en este último trabajo, y en consecuencia en el concierto de anoche, disminuye la riqueza de detalles plásticos y descriptivo-evocativos que focalizaban más su sonido hacia el folk pan-norteamericano al que venían derivándose antes. Aunque en absoluto hagan ahora otra cosa, sí es cierto que parecen haber abrasado más al fuego la carne de sus composiciones, o dejado demasiado bajo el sol el bote de barbacoa de su morfosintaxis instrumental. Ahora, cuando McCauley saca la voz, toda esta palabrería sencillamente sobra.
Curiosamente, tardaron en calentarse, como un insolado que tiene frío por el exceso de calor acumulado. Diría que hasta Clownin Around, la 9ª de 15 que tocaron, no disfruté verdaderamente del recital: no me caló profundo, por ejemplo, la nostalgia de Chevy Express, ni me transportó a ningún lugar especial Baltimore Blues No. 1. En realidad, el ritmo entrecortado y canalla de The Bump y Easy, temas con los que abrieron la velada, ya anticipaba el sonido general que caracterizó el resto del concierto: un rock para noches de alcohol y medida soberbia y desenfreno. De hecho, me atrevería a decir que McCauley da lo mejor de sí mismo con unas cervezas encima (como buen irlandés). Así, con eso de que la faceta vocal se repartía entre los cinco, logró pillarnos por sorpresa con su voz en los últimos 4 o 5 temas antes del corte: Funny World y, sobre todo, Christ Jesus, sonaron ya con más cuerpo y resultaron emocionantes.
Cabe destacar, por otra parte, la insistente aportación de un teclado blusero que ha ejercido en Deer Tick una apreciable influencia hacia el cuero y las barras de bar. Quizá por eso dio la sensación, durante el concierto, de que muchas mujeres allí presentes notaban sus oídos transformados, cada vez más, en verdaderas zonas erógenas, activas y bien acariciadas. También la espectacular batería de Dennis Ryan, miembro original del dúo embrionario de la banda, contribuyó a recrear la atmósfera de suelo pegadizo de bar, clavando al público y activando, entre los hombres, sobre todo, el gen canalla que todos hemos tenido alguna vez. Y, por supuesto, la notable comunión existente entre McCauley y Ian O’Neil, el otro guitarrista, ex de Titus Andronicus, también ayudó a que se creara una conexión adecuada entre la banda y su público.
Tal vez Deer Tick se preocupe demasiado en definir su estilo para permanecer y sobrevivir al vertiginoso ritmo de los acontecimientos en el mundo de la música, en la vorágine de bandas independientes y el libre acceso a todas ellas. A fuerza de querer diseñar un sonido propio, personal e imperecedero, quizá resulte ya un poco antinatural el último giro que le han dado a su música. Pero al menos siguen demostrando algo que es inherente a su condición: ese auténtico sabor del rock a la brasa.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Tinariwen (Teatro Lara, Madrid, 20-03-2012).
Pablo Luna | 22 marzo 2012
El interminable punteo itinerante.
Los tuareg son gente elegante. Forman, sobre sus desiertos y camellos, una estampa imponente que suele generar admiración y cierta envidia: son uno de los últimos símbolos de la libertad como forma de vida, reducto de una cultura ancestral. Pero hay que reconocer que sobre un escenario, blandiendo instrumentos con la pericia con la que lo hizo ayer Tinariwen en el madrileño Teatro Lara, no es muy habitual verlos. Forman una extraña imagen, exótica y poco convencional: el cuadro bien podría ser producto de una mente surrealista posmoderna fruto de la globalización, como si ahí arriba no tuvieran sentido, como si no fuera su lugar. Pero aunque no sea en absoluto verdad, lo cierto es que conservan la misma elegancia y el porte que exhiben es su hábitat común, alejándose completamente del canon estético de las estrellas de la música occidental.
Dicen, por otra parte, que esta formación de origen malí cambió en su día los rifles por las guitarras; que tras algunos años de lucha armada reclamando los derechos de su pueblo frente al gobierno central, celebraron la paz a principios de los ’90 abogando por la forma de difusión cultural y musical de las virtudes y los sueños de su gente. Mali: uno de esos increíbles casos desconcertantes de país tercermundista con una proyección artística descomunal y desmesurada. Pero Tinariwen no representa a Mali, sino al pueblo tuareg: los hombres azules del desierto; los nómadas del norte de África. Porque no hay mejor lucha que la dignificación de una idiosincrasia, una forma de vida y de una concepción del mundo que la que se hace a través del arte y la cultura popular.
Ayer, desde el Teatro Lara, y bajo la siempre impecable organización de Son, la promotora musical de Estrella Galicia, los Tinariwen nos transportaron a su hábitat con la elegancia y la nobleza de los de su pueblo, y con un lenguaje de persuasión lleno de vocablos que creemos patrimonio nuestro. Vinieron cinco, ataviados con la típica chilaba de tela de rey y el turbante hasta los ojos, y tocaron durante casi dos horas docena y media de sus canciones más conocidas y sobresalientes. El público, consciente del privilegio, respondió con entusiasmo y la misma admiración que provoca su estampa sobre sus camellos y desiertos. Músicos ampliamente admirados por el gremio occidental, que hacen una música sincrética entre su mundo y el nuestro.
Es un espectáculo basado en la cuerda, en las voces y en la adaptación del sentimiento del blues a la sonoridad del desierto. El constante intercambio de guitarras (española y bajo entre ellas) entre los miembros de la banda, afinadas en el tono natural del color del sol del Sahara, hace casi imposible reconocer al genio creador y compositor que ha hecho del sonido de Tinariwen algo completamente inconfundible: un punteo eterno y constante sobre una distorsión inexistente, y sobre las brasas crudas y ardientes de una base simple pero confortable, como las arenas del desierto que pisan en su infinito caminar. La rítmica, tribal y en general poco variada, permite que las cuerdas dialoguen entre sí, manteniendo una tensión y una melódica que podrían durar eternamente. Se suceden los riffs, los punteos lentos y rock-bluseros, llenos de seguridad, el rasgueo armónico de la guitarra acompañante, y la movilidad funky del bajo, que tan subliminalmente nos transporta a la métrica bereber, siempre en constante movimiento.
Resulta indisociable por completo su naturaleza tuareg del sonido que emiten sus entrañas: la inercia a los coros, al canto comunitario que ensalza y alienta la dignidad de su pueblo, contrasta con el valor que le dan a la expresión individual: casi como si se turnaran escrupulosamente, uno a uno, los cuatro guitarristas empuñaron su instrumento para llenar el pequeño teatro de la baja Malasaña del sonido, el sabor y el olor de la sangre azul del desierto del norte. Cantaron también por turnos, bajo el manto envolvente del turbante, y hasta bailaron, transmitiendo e incitándonos al amor y al respeto de su pueblo y su forma de vida. Sus letras, cargadas de sentido y mensaje, cabalgan como los jinetes bereberes en sus nobles corceles dorados, sobre el siempre ondulado punteo de la guitarra solista, duce del sonido de Tinariwen.
Puede que el cromatismo y el tono de sus canciones se repita en exceso para más de una noche fuera del desierto, pero no hay duda de que su atractivo puede con las fronteras de todo el mundo. Podría pensarse que oída una canción, oídas todas, pero al menos en dos horas no se rompe el hechizo que provoca el trotar, liberado y amante de su tierra, de unos dedos itinerantes sobre el mástil de una guitarra sólida y ardiente; ni el que provoca un sonido que vale mil imágenes del vasto desierto africano. La excepción de un concierto así, la emocionante estética étnica de los miembros de la banda y el calor que generaron en una noche que acabó en lluvia, fueron la despedida perfecta a un invierno occidental seco que, una vez más, hace que pensemos que el desierto se acerca cada vez más: tal vez, en unos años, llegue hasta nosotros, y todos volvamos a ser nómadas.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Ólafur Arnalds (Apolo, Barcelona, 11-03-2012).
Pablo Luna | 12 marzo 2012
El príncipe de los dedos de cristal helado.
Un proverbio islandés dice: “llegarás a tu destino aunque viajes muy despacio”, pero los músicos de allí deben hacer otra lectura, algo así como: “harás mucho ruido aunque toques con dulzura”. Eso, o es que la musicalidad que se cultiva en la isla tiene, de alguna manera, y en casi todas sus variantes y mejores ejemplos, las mismas raíces congeladas que dan flores y frutos de cristal. Se podía palpar el silencio ayer en Apolo durante el concierto de Ólafur Arnalds, mientras sus composiciones se derramaban sobre el público, cómodamente sentado, como si de una sigilosa e imparable nevada se tratara: poco a poco, el mínimal neoclasicista del joven compositor y pianista islandés fue cuajando en una sala en la que se podía oír hasta el crujir del suelo. Aunque, en realidad, desde el principio ya nos había conquistado.
Fueron sus modales impolutos, su derrotada timidez y, sobre todo, la simpatía y la interactuación con el público lo que nos hizo suyos en seguida. Antes de presentar a sus acompañantes, dos vientos de un extraordinario talento, Arnalds nos pidió que cantáramos una nota que él nos proponía; nos grabó, nos sampleó, y nos usó como base para una improvisación que sirvió de perfecta introducción. Porque por capacidad, pudo haber montado un espectáculo sin partitura previa, pues parece poseer una destreza especial para crear a partir de la nada; no obstante, repasó lo mejor de una carrera que, aunque todavía corta (cuenta con apenas 25 años), resulta ya fulgurante y tremendamente prometedora. Presentó su último trabajo, Another Happy Day, su primera BSO, entre pinceladas de lo mejor de su obra en una hora y media de concierto que dejó al descubierto su inconmensurable valor artístico, y su natural destreza para acercar lo clásico a lo moderno, y la electrónica al neo-clásico.

Como compositor, Arnalds tiene predilección por la ambientación cinematográfica emotiva, esa que desecha la palabra ante el poder sugestivo de una imagen, acompañada, a ser posible, por unas pocas, precisas y sutiles notas de piano. De hecho, parece tener una facilidad innata y hasta mágica para interpretar y reproducir las técnicas de la música para la narrativa, construyendo formas, espacios y atmósferas bellísimas, y hasta una historia y puesta en escena precisas que se intuyen mediante la delicada sutileza de un puñado de notas bien puestas. Sin embargo, bajo el manto gélido que extendió sobre el asombrado público barcelonés, tras la frialdad que los diez témpanos que tiene por dedos fabrican, hay un halo de respiración limpia y sosegada: como si una ráfaga tormentosa de viento del norte hubiera despejado el cielo, y el músico lo dibujara con detalle al piano y dos cuerdas. Es cierto, por tanto, que trasmite esperanza y libertad bajo esa sugestión nostálgica hecha de matices finos y suspiros musicales.
Mención aparte merecen sus dos acompañantes, Viktor y Paul, al violín y violonchelo. Formaron un trío compacto, que leyó al dedillo la partitura del genio constructor, como si hubieran nacido también ellos en las estructuras arquitectónicas que el islandés crea con el deslizar suave de sus dedos sobre el teclado. El violín se arrancó en un solo sobrecogedor en 3326, y el chelo poco después, en Undan Hulu. En general, de todas maneras, su aportación fue como la proyección de una luz sobre el vano, indirectamente protagonista, al amparo y comanda de la fuente de iluminación e inspiración que significó la presencia y capitanía del joven Arnalds.
Mantuvo durante todo el concierto la misma línea de sutileza y silenciosa calma, incluso cuando abogó por un sonido más electrónico y rítmico. Nada que desentonase, porque lo cierto es que este chico es clásico con una mano, y con la otra moderno: captura y manipula el sonido a cada instante, congelándolo y expandiéndolo a su antojo; como un tornero, que deforma y crea su obra con insistencia y callada paciencia, sin parar nunca de girarla y tocarla. Su manera de concebir la electrónica, casi como una opción lumínica más, le permite explorar hacia el interior de su propio sonido, como quien se adentra en las profundidades marinas conduciendo un submarino diminuto solo con las manos y unos cuantos mandos. Es la puerta que artistas como James Blake dejaron abierta de par en par.
Ólafur Arnalds pertenece a la generación 2.0, esa que prácticamente ha nacido con un ordenador bajo el brazo, y que es consciente del potencial de actuación que tiene sobre lo ya establecido. Con una excelente preparación en las formas clásicas, el islandés demuestra tener una fuerte voluntad de transformación: y no se trata de una simple repetición de lo antiguo, ni de interpretar partituras amarillentas, sino de seguir construyendo nuevos clásicos. Tal vez con el tiempo veamos su nombre a la altura de otros grandes genios de la composición de bandas sonoras, como John Williams, Ennio Morricone, Danny Elfman o Yann Tiersen, pero dudo que alguno de ellos tuviera, con la edad que tiene ahora Ólafur (Oli, para los amigos), un estilo tan perfeccionado y pulido como el que muestra el islandés. Es un modesto renacimiento neoclásico en pleno siglo XXI.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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God Is An Astronaut (City Hall, Barcelona, 02-03-2012)
Pablo Luna | 7 marzo 2012
Y el horizonte se tiñó de piedra negra.
No hay duda de que el post-rock instrumental progresivo es uno de los géneros musicales contemporáneos más emocionantes y sobrecogedores. Es un género que hipnotiza por su intensidad; y, porque muchas veces, el callado estruendo desahoga más que la verborrea de pastel de muchas otras músicas, llamémoslas emotivas. Parece, en los mejores casos, que guitarras, baterías y bajos son la musculatura en tensión de la rabia heroica personificada. Pero también parece ser un género acotado para pocas bandas: terreno limitado, un mundo demasiado pequeño para la excesiva repetición y las largas progresiones que le son características. God Is An Astronaut, en el concierto que dieron ayer noche en la sala City Hall, demostraron un poco las dos cosas en mi opinión. A saber: que si es la primera banda de post-rock instrumental progresivo que conoces, muy bien; pero si es la undécima, ya no te llegan tan adentro.
Se mostraron mu
y capaces de controlar y manejar la atmósfera escatológica que reina en sus discos encima de un escenario, pero a diferencia de otros ilustres del género, su estética parece más fruto de la pose que de un auténtico espíritu post-rockero: eso, o es que los horizontes de God Is An Astronaut son más heavy de lo que muestran en las grabaciones. Desde luego, a juzgar por la vestimenta de sus miembros, por el aspecto de los hermanos Kinsella (guitarra y bajo), y por ese repertorio de gestos y escorzos propios de los iconos del metal, se diría de los irlandeses que no provienen del grunge y del shoegaze, sino de un rock algo más duro, de cuero y de melenas oscuras. Tal vez por eso, sus melodías y progresiones parecen más mecánicas y monolíticas, menos naturales y aparentemente libres.
Estoy pensando todo el rato en Sigur Rós, Mogwai, Godspeed You! Black Emperor, Explosions In The Sky y Mono, la florinata del género, y aunque sea injusto y hasta cruel la comparación, creo que aún hay una buena distancia entre éstos y God Is An Astronaut. En primer lugar porque, como decía, son evoluciones más abruptas, más burdas y con bastante menos carga imaginativa y creativa; más limitadas: salvo por momentos de mayor intensidad rítmica en escalada, y por alguna que otra explosión de energía, es probable que, después de unos cuantos temas de su concierto empiecen a resultar previsibles y poco sorprendentes. Incluso tienen cierta tendencia a la métrica binaria electrónica, sin demasiados espacios para la improvisación o la experimentación con el eco de sus propias atmósferas, que pese a que siguen siendo emocionantes, no llegan a la profunda capacidad incisiva ni a la sobrecogedora estética abisal de los arriba mencionados .
En segundo lugar hay una cosa que está clara: God Is An Astronaut no destaca por tener un sonido con paciencia. No es que se precipiten en la evolución de sus melodías, pero sí resultan algo comprimidas y enlatadas, como si a veces los rasgueos de guitarra, ese teclado de ciencia ficción espacial, el repiqueteo y los escasos redobles de batería, y ese tanque 4×4 que es el bajo de 6 cuerdas, no cupieran en el reducido envase en el que los irlandeses encierran sus canciones. En el directo de anoche, no obstante, lograron revestirlo todo con un esfuerzo y una entrega encomiables. Ahora que cumplan 10 años, los irlandeses han remasterizado todos sus Cds, y se han embarcado en una gira donde los repasan de manera más ecuánime: así, sonaron temas como The End Of The Begining, Fragile o Suicide By Star, viejos hits que fueron recibidos con pasión y alegría por el público. Porque estos señores, rudos y macizos, derrochan todo lo que tienen en el escenario, y eso siempre se agradece.
Establecidos en un éxito mediano, y aunque no llegan al nivel de la élite del post-rock instrumental progresivo, mantienen una línea clara y personal dentro del género que hace que sus conciertos sean siempre una convocatoria inesquivable para los fieles seguidores de su música. Un sonido calculable y calculado que hace las delicias de quien aprecie la magia de las matemáticas. Yo, que tengo más tendencia a la evocación, y más admiración por la creación aparentemente caótica pero perfecta de la naturaleza, disfruté poco de un concierto que me pareció, en su excesiva frontalidad, poco atractivo: sin prolegómenos demasiado largos, y con un claroscuro completamente inexistente, su escaso misterio no me sobrecogió. No obstante, hay que reconocer que God Is An Astronaut tiene, por méritos propios, un lugar bien asentado dentro del género; eso sí, en una segunda línea. Al menos en mi opinión.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Zebda (Apolo, Barcelona, 06-03-2012)
Pablo Luna | 7 marzo 2012
Los tiempos de la canción protesta han vuelto; y con ellos, Zebda.
Tras casi 8 años alejados de los escenarios, y sin haber anunciado todavía su intención de lanzar al mercado nuevo material, los Zebda volvieron a hacer lo que más les gusta en el mundo hace unos meses: tocar, cantar y bailar sobre las tablas para un montón de gente animadísima. Fue a mediados de octubre del año pasado, en la localidad francesa de Cahors. Poco después, en enero, vio la luz el quinto álbum de estudio de la banda, Second Tour, y ayer, 6 de marzo, dieron en Barcelona el pistoletazo de salida a una larga e íntegramente francesa gira. Un regreso celebrado, y más cuando parece que los tiempos de la canción protesta han vuelto también: Zebda despierta conciencias, alienta luchas justas, aunque sean interiores, y exterioriza la rabia, el humor y las ganas de pelea y de vida que todos nosotros llevamos dentro. Porque este colectivo sabe que la más importante de las contiendas que el hombre ha de librar en su vida es contra sí mismo, contra la rendición frente a la muerte y/o la quietud. Y por eso no paran de moverse: porque mientras siga la música, seguiremos estando vivos.
Los 8 integrantes de este nuevo Capricho de Apolo provienen todos de Toulousse, y varios de ellos son de procedencia magrebí. Los hermanos Hakim y Mustapha Amokrane, junto a Magyd Cherfi, hacen del juego multi-vocal un arte: con un estilo que va de la chanson hasta la dinámica y el flow del más melódico de los Mc, pero con un plus de motivación e interactuación (entre ellos y con el público). Como base: dos guitarras, un bajo, teclado y programación, y una batería de fábula; por momentos, además, un acordeón, una española, y hasta un laúd. Todo compacto y bien armado, con una producción brillante y precisa, bien limpio y definido: porque lo de Zebda es la extraña y perfecta mezcla triangular de exotismo, cercanía y de la celebración del underground; y no es fácil mostrarlo como un todo de buen cuerpo.
De hecho, oyendo sus discos se podría hacer la deconstrucción de estilos que pueblan las partituras de Zebda: una amalgama generosa que va desde el raggae compuesto, el hip-hop y el puk-rock mestizo rollo Mano Negra, hasta la rumba, y la versión más moderna y abierta de la música popular francesa y magrebí. Con un ligero acento funky muy bailable, los de Toulousse puede que hagan un folk compuesto, un folk mediterráneo más abierto y amigable que, por ejemplo, el de otros grupos franceses cercanos como La Rue Kétanou o La Ruda Salska. Pero en concierto logran que todo eso suene en uno, sin amontonarse ni turnarse, como si cada uno aportase, con su instrumento, su voz, o su mera actitud sobre el escenario, un ingrediente a esa receta maestra.
Centraron el concierto de anoche de Apolo en su último trabajo y en sus dos discos más aplaudidos, Essence Ordinarie y Le Buit Et L’Odeur. Siempre en total conexión y sincronía con el público, y sin parar un solo instante de invitarnos a bailar, los franceses repasaron sus mejores éxitos, bañando la sala de una atmósfera circense y festiva que hizo que los temas, en el fondo, quedaran casi en un segundo plano. Porque pese a que no faltaron los platos fuertes como Le Bruit Et L’Odeur, Toulousse, Tomber La Chemise (estas tres encadenadas justo antes de la falsa despedida) o Motivés (como telón de cierre), no fue un concierto de temazos, sino de ambiente. Prácticamente dos horas en las que la maquinaria instrumental de Zebda, y el arrojo y el desafío de las voces, siempre retando su propia vitalidad, no dieron tregua un solo instante.
Es difícil saber si los Zebda han vuelto para quedarse, pero por lo menos han reaparecido para demostrar que, en determinados casos, la veteranía es una característica positiva. No dieron la impresión de protagonizar una escapada nostálgica a sus mejores años, y aunque puede que ya no tengan el factor sorpresa y la frescura creativa de los ’90, han renacido en escena demostrando que saben hacer muy bien las cosas, y que después de casi 30 años de carrera, dominan a la perfección la producción y la puesta en escena de su música.
La atmósfera, la actitud, sus mensajes, su arranque y su arrojo, además del precioso detalle de interpretar L’Estaca, aquella canción popular catalana antifranquista, y las palabras de apoyo al movimiento de los Indignados del 15M que vertieron justo antes de Motivé, hicieron que muchos saliéramos de la abarrotada sala Apolo pensando, al menos por una noche, que el lema Music & Revolution aún va a dar mucho de que hablar en el siglo XXI. Porque los tiempos de la canción protesta puede que hayan vuelto (si es que alguna vez hubo motivo para que ésta se fuera), y a veces hace falta gente como Zebda para despertarnos la coniencia.
Fotos de Pablo Luna Chao.
Escucha el setlist del concierto en Spotify.
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Portico Quartet (La[2] de Apolo, Barcelona, 23-02-2012)
Pablo Luna | 25 febrero 2012
Alta arquitectura musical.
Creo que hay músicos que, además de intérpretes y geniales compositores, son ante todo auténticos ingenieros del sonido. Personas que cuando hacen música, ven matrix. Yo cuando oigo lo que hacen, hago eso: oírlo, y gracias. Pero ellos la ven; ven la música físicamente ante sus ojos, la tienen ahí, la observan, la palpan, la manipulan y la transforman a su antojo. Duncan Bellamy, batería de los Portico Quartet es una de esas personas. Tal vez hasta ahora había pesado menos su tendencia electrónico-sintética en el sonido global de la banda, en los dos primeros álbumes, Knee-Deep In The North See e Isla, pero ayer noche en La [2] de Apolo demostró ser él quien está detrás de la apertura y el cambio de sonido que ha registrado el cuarteto en su último homónimo trabajo. Un material más electrónico y menos jazzístico, pero igualmente asombroso en cuanto a la capacidad que les caracteriza de crear espacios habitables y a la vez artísticos: como los mejores arquitectos.
Porque yo, desde luego, si la música fuera arquitectura, y tuviese que construirme una casa, le daría el proyecto a estos chicos de East London. Es cierto que han dado un paso adelante hacia terrenos más electrónicos, hacia un lacado y fastuoso terreno ambiental basado en el ritmo y en la repetición, pero no por ello han dejado atrás ese acento tan característico que le ha dado siempre el sonido del hang de Keir Vine (antes Nick Mulvey) y el de los saxos de Jack Wyllie. Hay menos inocencia en el sonido de Portico Quartet, y a la hora de ponerla en escena son quizá más libres de expresar sus obsesiones y su permeabilidad a todo tipo de influencias. En acción, Bellamy parece haberse comido a John Steiner y a Dave Konopka, de los Battles, y haber hecho de ellos una síntesis perfecta, elegante y totalmente adaptada para servir de base a tres músicos de auténtico jazz. Su batería es híbrida, medio instrumento medio máquina, y compagina la pegada propia de un duro percusionista ajado, con los parches y la programación rítmica. Pero su electrónica de interior sigue creando espacios hermosos donde yo, al menos, viviría plácidamente: acogedores y con luz tenue; cómodos, atractivos y sugerentes.
El otro miembro del cuartero, Milo Fitzpatrick, el contrabajista, fue quien se dirigió al público en un decente castellano para presentar a sus compañeros, y la canción que fueran a tocar. Su peso específico en la banda resulta tan importante Y fundamental como el suelo que pisamos en el interior de una casa. De hecho, el sonido de la banda tardó en calentarse, y lo que Fitzpatrick nos marcaba al principio, un frío y empedrado mármol, poco a poco fue convirtiéndose en un cálido y suave terreno enmoquetado, seguro y decente: un lugar perfectamente apropiado para que jueguen los niños. Porque ese toque de magia infantil que tiene Portico Quartet, esa que sale de debajo de las camas, del interior de un armario, o de lo más profundo, sagrado y puro de la imaginación de un chiquillo, surge en el cuarteto londinense del cóncavo sonido del hang, que tan tranquilamente toca el bueno de Keir Vine. Aunque tal vez su presencia haya pasado a un segundo plano frente a la ola electrónica que ahora abordan, sé que en el hogar que me construyen con su sonido, siempre habrá lugar para la inocencia y el hechizo.
Este nuevo Capricho de Apolo, que abarrotó ayer noche la sala más pequeña del recinto, hizo las delicias del público en un concierto corto pero intenso. Tal vez la densidad del hang y del contrabajo, la generada por un teclado envolvente, en los momentos en los que sonaba, habría congestionado demasiado el ambiente de no ser por la necesaria participación de los vientos de Jack Wyllie: sus dos saxos, soprano y tenor, son el tiro de luz del espacio cerrado e íntimo que crean los Portico Quartet. Son el techo y las ventanas, y son las lámparas de luz tenue colocadas en esquinas impensables.
Tocaron los cuatro concentrados, y de esa manera carnal que se les supone al escuchar cualquiera de sus Cds. Porque los Portico Quartet, precisamente porque están explorando aún más la electrónica instrumental desde una base jazzística muy personal y reconocible ya desde sus inicios, representan con su música esa dialéctica moderna que describe al ser humano como un ente cuya esencia se divide, dramáticamente, entre lo tecnológico y lo natural; entre la máquina y el hombre, o entre lo moderno y lo clásico. O, si queremos seguir la línea de ideal/materia, entre lo virtual y lo real. Así, plantearon un recital partido en dos, presentando primero su último trabajo, Portico Quartet, y después repasando el Isla. Tal vez por eso fue de menos a más, ya que su segundo trabajo, el más cercano a sonidos como el de Cinematic Orchestra, seguramente enmarque mejor el punto medio de aquel camino que andan los de East London desde un lugar del jazz hacia la electrónica; pero siempre con su elegante casa a cuestas.
Fotos de Pablo Luna Chao.
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Emergència Festival 2012: Oso Leone (CCCB, Barcelona, 18-02-2012)
Pablo Luna | 21 febrero 2012
Emergència Festival, parte 4: la consagración.
No es lo mismo un país en vías de desarrollo que un país emergente. Tal vez me equivoque, pero pienso que los segundos, a diferencia de los primeros, no necesitan ya la ayuda de terceros para evolucionar y seguir desarrollándose de manera correcta: han dado con la tecla, con la fórmula adecuada del crecimiento, y parecen ir por el camino que recorrieron otros que hoy en día son grandes y ejemplares. De los primeros se dice que están arrancando; de los emergentes, sin embargo, que ya están en marcha. Podemos extrapolar esta teoría a la música, pero ya no se tratará de una cuestión numérica; porque aunque todos los artistas estén, o deban estar siempre en vía de evolución, lo cierto es que se nota cuando a un grupo le queda aún camino por recorrer, y cuando ya están verdaderamente en marcha.
En ese sentido, la cuarta edición del Festival Emergència, celebrado el sábado pasado en la sede del CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), será recordada por muchos como el día en el que Oso Leone cayó del cielo y reivindicó su lugar en la tierra, y en el panorama musical nacional. Luego es verdad que detrás de su aparición estelar del sábado hay meses y meses de intenso trabajo, pero tanto para quienes no les conocían, como para aquello que aún no les habíamos visto en directo, lo que hicieron estos mallorquines en el Auditori del Centre fue una auténtica revelación. Después hubo alguna que otra buena noticia más, e incluso ligeras decepciones, pero sin duda alguna el concierto de Oso Leone hizo que mereciera la pena la noche entera.
En apenas 6 o 7 horas desfilaron 8 grupos, repartidos en dos escenarios: Hall y Auditori. Conciertos cortos y sin apenas tiempo para comentarlos en corrillo. De hecho, a parte de las prisas, el emplazamiento acabó por quedarse pequeño, demostrando seguramente, o que el Festival cada vez tiene más fieles, o que a Oso Leone lo conoce más gente de la que pensaba la organización. Tanto ellos como Mursego, el proyecto de Maite Arrotajauregi, colgaron el cartel de aforo completo en el Auditori, y mucha gente que había ido expresamente a ver a los mallorquines, tuvo que quedarse con las ganas. Y me atrevo a decir que, lamentablemente, se perdieron el que hasta ahora ha sido, en mi opinión, el mejor concierto que se ha podido ver en Barcelona en lo que va de año; al menos de los que yo he visto.
Pero antes, durante la tarde, tocaron los vizcaínos Gratis, Alba Lua, La Reina Republicana y Las Buenas Noches. Éstos últimos fueron la otra gran sorpresa del festival: un quinteto acústico delicioso que bebe de Calexico y Fleet Foxes para hacer un folk ignoto que empapa y envuelve a quien se acerque demasiado. Las Buenas Noches hacen de las cuerdas un sistema de creencias y de expresión que el estudio no es capaz de registrar: su directo supera con creces a sus grabaciones, donde guitarras acústicas, banjos y hasta un contrabajo electrónico galopan codo con codo mientras el horizonte se hace más y más lejano. El talento que atesoran estos chicos de Sevilla es prueba suficiente para saber que su estado de emergencia no durará mucho: pronto les veremos en escenarios mayores frente a un montón más de gente, porque su música, aunque de estirpe independiente, persigue patrones de reconocibles tradiciones musicales del mundo.
Al acabar el hipnótico embrujo de Las Buenas Noches nos dimos cuenta de lo quilométrica que era la cola para ver a los Oso Leone en el Auditori; y no era para menos a tenor de lo que luego pudimos ver. Xavi Marín y Paco Colombás son el núcleo de una banda que nació cuando Jaime Roselló se les unió, aportando teclados, programación y producción; ahora, para la gira que comenzó el sábado en Barcelona, se transforman en quinteto, dicen, para darle a su música un cariz completamente distinto en directo. Pero, ¿cómo definir lo que hacen estos muchachos sin emitir por mi boca exactamente el mismo sonido que ellos el otro día? Es más: parece imposible, usando palabras, siquiera acercarse a una buena descripción.
En todo caso diríamos de su primer disco homónimo que es como el esqueleto de una eterna balada folk, pero sin un lugar concreto sobre la tierra. Amantes del silencio y de la acústica, confieren a su música un volumen que huye elegantemente de la voluptuosidad gratuita. Pero tras escuchar su directo, comprendo que su trabajo de estudio no es más que un boceto bien marcado de líneas maestras que luego, sobre un escenario, son la base para unos desarrollos instrumentales y de capacidad creativa y constructiva fuera de lo normal. Por momentos, y sin que el físico tenga nada que ver, Xavi me recordó al genial Bradford Cox (de Deerhunter y Atlas Sound), por la potencialidad que encierran sus manos, a la guitarra, y su garganta, en un claro derroche de latente genialidad.
Sonaron temas nuevos, y los que ya conocíamos se presentaron transformados en el paradigma de todas sus verdaderas posibilidades: como hiciera el incomparable Stanley Kubrick, los Oso Leone esbozaron coqueteos con casi todos los palos, desde la electrónica muscular a ese sonido pendular tan de frontera que también caracteriza a los catalanes Cuchillo, otra de las puntas de lanza del panorama más indie de nuestro país. En un recortado concierto de apenas media hora, los isleños presentaron, por tanto, de manera brillante un trabajo que se desmelena en directo con la majestuosidad y la pausa del ritmo de 2046. Son la apuesta más importante del sello Fohen, y el sábado se hicieron un poquito más grandes.
Después de su recital nada podía satisfacernos ya: ni María Minerva, bastante pasada de rosca e imprecisa, ni los Pegasvs, demasiado kraut para el sabor de boca que los Oso Leone nos había dejado, pudieron borrar la indeleble huella que los mallorquines nos habían implantado en la memoria reciente. Al margen de Las Buenas Noches, a quienes seguiremos de cerca a partir de ahora, la principal recomendación que se pudo extraer de la cuarta edición del Emergència Festival del CCCB fue, ya no el grupo Oso Leone en sí, sino más bien la de que nadie nunca por ninguna circunstancia se pierda jamás un concierto de esta banda. Y como muestra de ella, ahí quedan las fechas de sus próximos conciertos:
Gira de Oso Leone.
10-03 Mallorca (Es Gremi, antigua Sala Assaig)
13-03 Zaragoza (La lata de bombillas)
14-03 Huesca (El 21)
15-03 Bilbao (Azkena); con GAF
16-03 Toledo (Garcilaso); con Marina Gallardo
17-03 Madrid (Taboo); con Marina Gallardo
19-03 Salamanca (El corrillo)
22-03 Valencia (Matisse); con I am Drive
23-03 Granollers (por confirmar)
24-03 Bacelona (por confirmar)
Nada Surf (Apolo, Barcelona, 19-02-12)
Pablo Luna | 20 febrero 2012
No solo de carisma vive el rock.
Hay sonidos que nunca pasarán de moda, y grupos que parecen
impermeables al envejecimiento y al olvido. 20 años contemplan a Nada Surf y, aunque ya no sean unos chavales, mantienen incólumes aquellos atributos musicales que les llevaron al estrellato, allá por los años ’90, dentro de un panorama grunge ya en plena extinción. Nadie ignora el hecho de que en su evolución han ido dejando atrás parte del escozor que caracterizó sus inicios: la aspereza en la distorsión y, sobre todo, esa actitud levemente torva y sesgada de la que hacen gala en High/Low, se rebajaron hace ya un tiempo en favor de un cromatismo mucho más amplio y lozano. Hoy en día puede que no hagan nada especialmente nuevo en cuanto a la composición, pero al menos en directo demuestran tener, aparte de mucho oficio y simpatía, un gran control sobre la producción de su propia música.
El gancho que siempre han tenido en nuestro país se debe, probablemente, a que Dani Lorca, el bajista, es originario de Vigo; pero luego se han ganado el favor del público local tocando innumerables veces aquí, haciendo siempre gala de una humildad y una cercanía que nos hacía pensar que eran uno de los nuestros. El éxito en Santiago de Compostela, Madrid, y el de ayer noche en Barcelona atestigua, una vez más, que para mucha gente Nada Surf sigue siendo un icono sano del buen rock. Porque aunque pasen los años, y aunque traten de no vivir de las rentas sin fracasar del todo, siguen siendo ellos mismos: siguen transmitiendo con sus temas emblemáticos sensaciones que la gente guarda en su imaginario personal, como oro en paño, a modo de banda sonora de los buenos momentos. Anoche en Apolo se veían los días de verano a través de los ojos del público.

En mi opinión, uno de los principales secretos de la buena salud de la banda, ahora que presentan el que es su 7º álbum de estudio, The Stars Are Indifferente To Astronomy, reside en la vitalidad que aporta el tono de voz deMateo Caws. Demasiado esperanzado para la escena que les vio nacer, y quizá con la inocencia de quien es impermeable al tiempo y a la ira, el neoyorquino se ha proyectado mejor en un rock más amable, en ocasiones tildado de power-pop, aunque con un marcado acento propio, y sin dejar nunca de alimentar su genética distorsionada. No obstante, cuando en el segundo de los bises sonó la inolvidable Popular, percibimos su falta de costumbre.
Otro de los secretos del sonido de Nada Surf en directo es que desde que empieza el concierto puedes oler su amistad. Parece una tontería, pero cuando pasan casi desapercibidos el mismísimoMartin Wenk (el multi-instrumentalista de Calexico) y Doug Gillard(de Guided By Voices, entre otros), acompañantes de gala en esta minigira española, por algo será. El trío original tiene una compatibilidad compacta y trabajada. El primero, de todas maneras, destacó con la trompeta embelleciendo aún más 80 Windows, y contribuyendo al ejercicio de motivación con que cerraron el concierto, en la coreada (a petición expresa de Caws) Blankest Year. Pero durante las casi dos horas y veinte canciones que duró el recital, los Nada Surf siguieron siendo tres. Saben lo que gusta, y se mantuvieron fieles y reconocibles.
Cuentan con un buen puñado de canciones que todo el mundo se sabe, y las administran como buenos expertos que son. La primera hora sirvió para presenta su último trabajo, con notables excepciones como Weightless: abrieron como en el Cd, con Clear Eye Clouded Mind y Waiting For Something una detrás de otra. Para la segunda parte quedó el repaso que hicieron a sus anteriores trabajos, con especial atención al Lets Go: para cuando When I Was Young, la balada del último disco, dio paso a la dupla The Way You Wear Your Head – Hi-Speed Soul, concidiendo probablemente con el momento más candente de la noche. Dejaron para los bises el momento acústico de Blonde On Blonde, el hitazo de Always Love, y la ya mencionada Popular.

La linealidad controlada de Nada Surf parece la tasa tolerada de rock para el consumo responsable y duradero: sus curvas moderadas no marean pero sientan cátedra. Tanto es así, que aunque hagan gala de una humildad a prueba de bombas, su figura musical resultó intimidante para el disfrute de la buena banda que es Waters. Los teloneros caldearon bien el ambiente porque juegan con el mismo acorde que los neoyorquino-vigueses. Pero más de uno se distrajo viendo como afinaban, a la izquierda del escenario, las 6 guitarras que Mateo Caws utilizaría después: todo el arsenal del artesano.
Fotos de Pablo Luna Chao.
Escucha el setlist del concierto en Spotify.
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