Airbag – Alto disco

| 11 junio 2008  

Ramalazos de potente power pop, estribillos punk-rock de la escuela viguesa, surf de Estepona, calificativos todos muy redichos pero que sirven para definir el último trabajo de los malagueños Airbag. Tres tipos que se saben muy bien la lección y que, sin caer en lamentaciones, nos levantan de la cama cada mañana con una sonrisa. Recogiendo todos los clásicos palos para el éxito y pudiendo ser un grupo de masas, sorprende que la banda ya en su cuarto disco siga en la carretera conocido por un reducido grupo de enteradillos, sin salir en la televisión generalista, sin recoger premios de la música junto a Bosé y sin comer algo de la tarta que se merecen.

Además, la evidente cultura musical, la calidez y facilidad de sus letras en castellano, supone un lastre a la hora de convertirse en la última esperanza del indie “qué buenos somos pero nadie nos comprende”. Es decir, al poder ser número uno en los Cuarenta, son de nadie, o de unos pocos entre los más auténticos. Estamos pues ante una muestra más de que por mucho que nuestros dirigentes quieran introducir la enseñanza de música en las escuelas, aquí ha habido unos cuantos que han dejado la tierra baldía y sin solución a corto plazo. Supongo que sobran las reflexiones y lo importante es dejarse llevar por sonidos rescatados del 77 y por la alegría que destila Airbag.

En su primera escucha parece que estamos ante los primos chungos de Green Day en el sur de Europa. Otras veces recuerdan a los Nikis menos jocosos o a los Intronautas con buenos coros. Sin embargo, los diez años de carrera a la espalda se notan y ves un espacio propio y cada día más personal. Alto disco (Wild Punk Records, 2008) es un trabajo más relajado, menos punk, pero no por ello menos efervescente. Rápidamente, casi al ritmo acelerado de las canciones, se va cogiendo gusto a unas letras inteligentes y a unas melodías redondas.

Sin duda, hay un punto de inflexión para aupar a Airbag a lo más alto de power pop nacional. Canciones como Comics y posters, o Ahí viene la decepción, nos muestran que la música popular en castellano tiene todavía mucho recorrido. De la primera, decir que se puede colocar como uno de los mejores temas de este año. Su letra retrata la vida y milagros de una generación enganchada, como siempre y como todos, al deseo y la supervivencia. De la segunda, nos quedamos con la estupenda referencia a la campaña de camisetas de H&M y con la crítica directa a todos esos pesados/as roquerillos de fin de semana. “Imaginé que serías perfecta, llevabas camiseta de los Clash”, dice Adolfo con desparpajo.

Otra sorpresa de Alto disco está en el gran número de letras con un contenido deliberadamente adolescente. El desamor es tratado con brillantez e ingenio, un guiño cultural marca de la casa. “El invierno había dado la vuelta y, de un verano a otro, te perdí”, machaca el estribillo de De un verano a otro. Véanse los versos memorables y cursis de Buscando los regalos de Navidad, por no hablar del retrato de mala pata que se corea en Spoiler, primera canción del álbum.

Entre amores inciertos y ritmos sincopados, los Airbag de Málaga –hay otra banda argentina con el mismo nombre- facturan un cuarto disco repleto de singles que nos traslada a estupendas playas donde disfrutar de un sol permanente, pieles tostadas y coca-colas con mucho hielo y rajita de limón. Hay que disfrutar el momento, llegó el verano y como decían aquellos “In the sun, summer fun”.

Lêda Tres (Madrid, 22-04-08)

Expectación y curiosidad en la presentación del primer disco de Lêda Tres Hypnagogic (Origami Records, 2008). El primer álbum de la banda ha cosechado numerosos elogios y está siendo considerado como la revelación de este año. No es para menos, recupera viejas sonoridades anteriores a la Constitución del 78, cruza al David Bowie más marciano con añejas melodías del glam-rock, usa el sintetizador como si -cágate, Manolete- hubiera resucitado Asfalto y, para algunos, se trata de un trabajo creado tres meses antes de que naciera el punk. En fin, un delicioso vinilo de pop atemporal cargado de matices, en algunos momentos psicodélico pero, sobre todo, muy personal.

La prueba del algodón se escenificaba en la Sala Sol. A primera vista, la plaza estaba medio llena. Críticos, familiares del sur de Despeñaperros, la prima de P.J. Harvey, amiguetes de la facultad, y gente de todo tipo sin clave de tribu musical. Es martes y en la tele ponen otra repetición de House.

Arranca el espectáculo con el cantante, compositor y cineasta Pedro Fernández Perles sobre el escenario interpretando los primeros compases de Radio lab. A primera vista te preguntas quién es su peluquero y después, quién es su sastre. Lo del pelo tiene un pase pero el traje plateado de PVC augura una sudorosa noche. Después va saliendo el resto de la banda uniformados como el líder. La cosa, evidentemente, se empieza a calentar. Asaltan, a continuación, uno de sus temas estrella: I killed my mom, que suena un poco más convencional que en el disco.

Empieza el compadreo con el público. El acento de Pedro no engaña aunque te bebas todo el fino de Jerez. La corte andaluza empieza a bailar. Poco a poco van presentando todos los temas de Hypnagogic. We love you all se escucha redonda, cargada de mensajes hipnóticos; incluso, nos recuerda a la ELO antes de pegarse un tiro en el pié. Siguen con Missed love, un poco más roquerista y con la voz menos sugerente y delicada. Será el directo. Será la acústica de la sala.

A medida que avanza el concierto, el traje espacial va haciendo su efecto. Perico y compañía sudan y se les ve pasándoselo bien. El público también responde. Suena la canción que titula el disco y, por un momento, te acuerdas de The Who. Lêda Tres –que son cuatro- manejan con autoridad sus instrumentos y sus tiempos. La precisión de las bases –Chuchi al bajo y Esteban a la percusión- , la soltura y juego envolvente de Patricio a las teclas y, por supuesto, el buen hacer sobre el escenario de Pedro animan la sala.

Cargados de simpatía presentan Polar 3, nuevo tema de un futuro trabajo que profundiza con potencia la línea de Hypnagogic. Después plantean el concurso de la versión desconocida. Los primeros dibujos con la guitarra recuerdan a las gaviotas de Tomorrow never knows de The Beatles –una de las largas sombras de la noche-; una chica sube al escenario y confirma el título… Y sigue la fiesta. El popular single She came –inolvidable vídeo clip playero- cierra el grueso del show.

Satisfacción en la sala. Lêda Tres ha repasado con sencillez su exitoso álbum y con su visión personal ha manejado sonidos clásicos pero con un acento muy actual. El buen sabor de boca generalizado contrasta con algún apunte agridulce. Las sorprendentes atmósferas que recorren el vinilo Hypnagogic , en algunos casos, han estado ausentes. Sin duda, la producción de Paco Loco –siempre grande- marca mucho y supone un elevado reto para el directo. Sin embargo, un poco más de rodaje y carretera pueden ser las vitaminas Red Bull que pongan las alas definitivas a esta banda que se encuentra entre las más creativas del panorama musical español de este año. De momento, ya han encontrado su camino; ahora, sólo falta recorrerlo. La fiesta aniversario de esta web (el próximo 16 de mayo) puede ser la siguiente parada en la que disfrutemos de Lêda Tres. Buen viaje.

Russian Red – I love your glasses

| 18 abril 2008  

Esta chica te tiene que gustar. Tiene veintidós años, una voz impresionante, toca la guitarra y canta en un inglés muy aceptable. Además, parece simpática, es mona y tiene estilo usando gafas de sol. Su música te transporta a mundos intimistas y desiertos, te retuerce el alma y te obliga a reflexionar sobre las tardes lluviosas. Con bastante menos, alguna ha llegado a ser primera dama en la Francia de Sarkozy.

Por si fuera poco, el patio está caliente. Bajo una aparentemente silenciosa promoción, Lourdes Hernández ha ido ocupando espacio mediático y ha inundado de “youtubes” los blogs más enfermizos. Todo ello ha creado una expectación inusitada con su primer trabajo en plástico, I love your glasses (Eureka-Pias Spain, 2008), un álbum, para muchos, memorable. Y para otros, imprescindible. Lo dicho, te tiene que gustar.

Su voz quebradiza y conmovedora nos recuerda, a primera vista, a multitud de “chicas con guitarra acústica” de la historia musical. Dependiendo de la hora del día te puede sonar a Joan Baez, Dolly Parton, Cat Power, Chan Marshall o –lo siento, amigos- Leonor Marlango. Sin embargo, cada canción tiene su color y cada acorde, su brisa. Es decir, Lourdes consigue su espacio propio jugando en varias canchas y demostrando una arrolladora personalidad que, sin duda, estimula la producción de Fernando Vacas.

Como no podía ser de otra forma, el disco se abre con la ya popular Cigarettes, punta de lanza y tarjeta de presentación de Russian Red en todos los escenarios. Después, dispara una estremecedora No past land que, con una sencillez pasmosa –acústica, eléctrica dibujando melodías y leve percusión- eleva la voz de Lourdes a lo mejor de sí misma. En el primer single, They don’t believe cambia de registro y con la voz doblada y el piano juguetón consigue casi un estribillo pop. Y sigue la variedad: Gone, play on nos excita, Take me home nos viste de vaquero del Medio Oeste y, por supuesto, una inolvidable versión de Girls just want to have fun, de Cindi Lauper, nos demuestra que ser triste es algo más que una actitud.

Sin ser redondo –a veces peca de cierto ensimismamiento o afectación-, I love your glasses confirma un valor seguro y augura un éxito a lo grande. Puede que algunos enamoradizos con cuatro lecturas existencialistas y una mala escucha de Bob Dylan se sumen a la marea de Russian Red animados por la fragilidad de esta “bella dama” que, por si fuera poco, inició su aventura musical en el Buho Real, antro de hippies, olor a tabacazo y gentes de mal vivir. Pero eso no debe importarnos. El debut de Russian Red es, sin duda, una buena noticia para esta refrescante primavera musical que estamos viviendo. Lo dicho, te va a gustar.

Charades – En algún lugar

Es un buen momento para el optimismo. La inflación alcanza el cinco por ciento interanual, el petróleo supera los ciento diez dólares por barril y la tasa de crecimiento tiende a la baja. Sigues sin poder comprarte un piso y, encima, el puto jefe te ha amenazado con despedirte de tu mierda de curro. Mientras, sueñas con ser algún día un buen mileurista -como los que salen en El País- y poder pagarte unas vacaciones. Menos mal que nos queda Charades. Es tiempo de optimismo.

Y de buena salud. Con En ningún lugar (BCore, 2008), su segundo disco, primero para el sello barcelonés, Charades consiguen despejar las tormentas, subirnos el ánimo y empujarnos a la calle con euforia. Esto es pop español del bueno. Melodías alegres y pegadizas, coros clásicos e impecables, atmósferas llenas de matices y, sobre todo, excelentes canciones.

En veintitrés minutos y diez temas -once en la edición vinilo- esta banda plurinacional (ahora se dice “diversa”) se muestra llena de inspiración a la hora de componer joyas de menos de ciento ochenta segundos. La canción que da título al álbum nos lleva a muchos lugares comunes porque “soñamos en alto”. La preciosista El barco de Eric nos emociona y nos creemos que “detrás de la mirada se esconde la verdad”. Sin olvidar la brillantez de La máquina del tiempo, que nos recuerda que podemos detener el reloj en la soledad de nuestra habitación. Letras en castellano intimistas y, algunas veces, melancólicas; palabras, en definitiva, que nos dicen que otra adolescencia hubiera sido posible.

La impecable producción de Santi García y, sin duda, el espíritu contemporáneo de la banda introducen sonoridades cercanas al pop tradicional con guitarras resofónicas, bajos acústicos, percusiones personales y sintetizadores envolventes. Todo ello sin etiquetas y sin caer en machacados territorios independientes de grandes almacenes. Isa (Bilbao), María (Barcelona), Coki (Ponferrada) y Guille (Madrid) dibujan un mapa lleno de sinceridad y buen rollo.

Quizá, además, con Charades nos encontremos con un botón de muestra de un necesario cambio de ciclo en la música popular. Hasta hace poco era necesario cantar un inglés de Home English o en un español para idiotas -o locos- para tener un reconocimiento de las distintas pandillas indies o del gran público. Decir “Fuck you” era sencillo y canturrear “María Rosa” animaba a rimar con sosa. Pues bien, una vez que hemos demostrado que nuestro conocimiento de la lengua anglosajona es aceptable y que Sabina no va a entrar en la Academia -¿o sí?-, parece que las bandas vuelven a las letras en castellano. Charades o Havalina son buen ejemplo de mejora con el cambio. En cualquier caso, atentos. Al final, va a ser un buen momento para el optimismo.

Club 8 (Madrid, 6-03-2008)

Frío en Madrid. Sala el Sol, seis de marzo. Chicas con gafas de pasta, chicos con patillas y jerséis de pico. Concierto de Club 8. Dos simpáticas finlandesas destacan entre el público. He comido patatas a la riojana y espero un dulce postre musical. Sorpresa, sale la banda. Seis personas sobre el escenario. Interesante base rítmica y una guitarrista extra femenina. Esto promete y corre la cerveza. Karolina Komstedt viste un traje negro sin mangas, se ofrece elegante mientras bebe agua con limón, dicen los expertos. Uno imaginaba un cóctel sofisticado, no sé por qué…

Primeros acordes, funciona pero la voz carece de brillo. Va subiendo el calor. Combinan temas de su último álbum The boy who couldn’t stop dreaming (Labrador, 2007), con otras joyas intimistas de antiguas grabaciones. Suena brillante Football kids, parece un poco plana Heaven, baja la tensión y sube la intimidad cuando cantan -casi a capela- Jesus, walk with me. Karolina busca con su mirada complicidad con las dos finlandesas. Johan Angergard, con su característico flequillo, domina y controla el escenario.

Risas, esto funciona y el bajista parece simpático con ese bigote y esa gorrita -¿estará calvo?-. En algunos momentos parece que la voz de Karolina se va a romper, como si fuera una copa de cristal checo. Impresiona pero se nota una ligera contención. Antes, en la época romántica, la melancolía era considerada una enfermedad. No importa, suenan limpias las guitarras, la percusión marca con contundencia el ritmo y la voz, como un susurro nos traslada a paisajes nórdicos.

De pronto, nuestra rubia favorita anuncia la última canción del concierto: el single Whatever you want. Será un chiste malo de Malmö. Suena con efectividad el tema -“papaparapa paparapapa”- y parece que el del flequillo se ha ido. Y se van todos. Trece composiciones sobre la sala y adiós. Cunde la estupefacción. Al rato salen de nuevo para los bises y anuncian que vamos a conocer la otra cara de Club 8. El del flequillo empieza a cantar Saturday night engine, alguien levanta la mano y hace los cuernos. No son los Hellacopters pero tienen riffs de guitarra. Qué subidón. Después el primer single de éxito mundial de la banda: Missing you. La parroquia se mueve y tatareamos sin miedo el estribillo. Y ahí se acaba todo, en el extremo de un acantilado del norte de Europa.

Algunos se preguntan “¿Qué pasa?”, la mayoría sonríe y se va educadamente. Al rato Johan recoge los cables del escenario y se deja hacer fotografías con las alegres chicas finlandesas. Ni rastro de Karolina. Salgo a la calle y hace frío en Madrid.

Piia y Anni, las dos alegres fans finlandesas, tras el concierto

Fotos: Andrés Cabanes y J. Carlos Gomi

Club 8 – The boy who couldn’t stop dreaming

Siento la agradable melancolía de las últimas tardes de estío, cae el Sol en el campo de las espigas doradas y tú te pones la rebeca que te tejió mamá con cariño. Todo parece resplandeciente mientras, de la nevera portátil, sacas una tónica agitada con gin. Es perfecto ver a los perros jugar. Es perfecta la rubia sueca que lee filosofía existencialista y comenta los últimos párrafos no sin dulzura. Me tomaré una manzana. La luz es intensa cuando estás de vacaciones en España.

No sabemos si Johan Angergard y Karolina Komstedt compusieron estas canciones en una casa de labranza en Villacastín (Segovia) o si pertenecen al club sueco de amigos de la sangría light. Lo que sí tenemos claro es que Club 8 han conseguido con su último disco describir musicalmente unas imágenes que nos recuerdan a los veranos inolvidables de la infancia. ¿Esto suena grave o pomposo? Pues no, no en vano hablamos de unos especialistas a la hora de hacer discos para enamorados inteligentes, para universitarios con Erasmus en países nórdicos.

Su sexto álbum, The boy who couldn’t stop dreaming (Labrador, 2007), vuelve a seducirnos con sus melodías de gran belleza. Eso sí, esta vez han abandonado definitivamente el europop bailable, han desenchufado casi todos los instrumentos digitales y han encontrado con éxito un espacio de clara sencillez donde la moderación rítmica nos traslada a un mundo de sensaciones más acústico y brillante. Pinceladas de bossa nova, guiños a Smiths o The Cure, dosis de un susurrante twee pop, ingenuidad casi infantil, anorak pop… Todo parece delicado con Club 8, y lo es. Sin duda, el fármaco más apropiado para bajar la testosterona de Tony Leblanc en Tres suecas para tres Rodríguez.

Incompatible con Cine De Barrio, este nuevo disco tras cuatro años de silencio ofrece joyas como Football kids, donde las guitarras juegan sobre la voz doblada de Carolina; o el primer single, Whatever you want, con un “parapara parapapaparara” que hará las delicias de cualquier goloso musical. O, también, la imprescindible Heaven, donde la voz juega con la línea del bajo mientras unos bongos desbocados dominan la base rítmica. En fin, salvo algunos cortes donde la languidez nos lleva al aburrimiento, estos Club 8 más minimal nos emociona.

Lo único que hay que lamentar es que Johan dedique más tiempo a su sello musical y a sus proyectos paralelos -Acid House Kings o The Legends-, que a cuidar a Karolina durante las vacaciones estivales. Son, al fin y al cabo, cosas de Suecia, unos paisanos europeos que se han consolidado ya como el tercer mercado que más dinero ingresa con la exportación de su música, después de EE.UU. y Reino Unido. Además, estamos de suerte, porque este mes de marzo les tenemos de visita -para trabajar eso sí-, con lo que confiamos en seguir comentando la vida y milagros de este dúo cuya fragilidad nos conmueve.

Entretanto, la rubia sueca, estudiante de filosofía, me pide un poco de marcha. Miro el Sol al perderse sobre la pradera, apuro el cigarrillo, me quito las gafas. “Nena, con tanta sensibilidad se me han quitado las ganas…”. Es lo que tiene el frío del norte.

La Casa Azul – La revolución sexual

| 14 febrero 2008  

Cualquier cosa que se diga de La Casa Azul quedará pequeña ante la intensidad musical que propone Guille Milkyway. Numerosas críticas alaban su estupendo último trabajo La revolución sexual (Elefant Records, 2007) y lo califican ya como una joya de la cultura popular del nuevo siglo. Por desgracia esta feliz propuesta musical ha disparado también elogiosas divagaciones pseudofilosóficas de una parte de los expertos en postmodernidad y otras adicciones. Algunos lo califican como la respuesta pop-art de una especie de Peter Pan deconstruido. Otros prefieren destacar que estamos ante la piedra de toque del mundo indie, el rito sagrado de entrada en el mundo adulto. Otros, en cambio, asocian el éxito de La Casa Azul a un futuro triunfo del Partido Popular en las elecciones de marzo. En fin, las opiniones son libres, los hechos…

Pero ante todo el tercer álbum de Guille es, sin duda, su disco más redondo. Completo, lleno, descarado, absorbente, indispensable, embriagador y sobre todo necesario. Por fin nos encontramos con bonitas canciones pop, con melodías para cantar en la ducha, con estribillos contagiosos y sin complejos. Es decir, toda una delicia para escuchar mientras se disfruta de un refresco dulzón en una terraza de la costa. Esta orgía pop debe mucho a la enciclopedia musical que atesora Guille. Si el tema que da título al álbum nos retrotrae a los Dinaramas más barrocos, el espíritu Shibuya-Key de Un mundo mejor nos recuerda a los vídeos delirantes de Pizzicato Five. Mis nostálgicas manías recopila el sonido disco de los 70 con pinceladas de bubblegum de los 60 y otros momentos estelares de la pista de baile hortera de los 80. Y así, sin parar, como si cada canción fuera un collage musical, un juego de referencias no apto para puristas o “auténticos defensores de la verdad”.

Por otro lado tenemos las letras. Si bien parecen anecdóticas en una primera escucha, rápidamente nos trasladan a un juego de espejos que manejan emociones sin dejar de perder esa sensibilidad pop intrascendente. “Sé que es casi nada / pero me sirve de tanto / Sólo una palabra / para librarme del pánico”, dice esa gloriosa canción titulada El momento más feliz. O Todo el mundo necesita respirar / no hay quien pueda permitirse no parar / demasiada incertidumbre / demasiada autosuficiencia”, vital comienzo de Prefiero no. Éstas son algunas de las muestras que retratan el alma del disco, un vigoroso y optimista trabajo que nos deja siempre con un cierto regusto amargo y, quizá, melancólico.

En definitiva, La revolución sexual nos gusta aunque pueda parecer “superguay”. Al fin y al cabo, estamos ante canciones pop con mayúsculas que, tal y como corren los tiempos, no es poca cosa. Después puede que La Casa Azul gane Eurovisión, que los conciertos se conviertan en megakaraokes o que los media se queden colgados con el Amo a Laura. A nosotros nos da igual, siempre nos quedará un bello estribillo en la cabeza. Y agradecidos.

The Hives – Black and White Album

Tres años después del exitoso Tyrannosaurus hives (Interscope, 2004), los suecos de la urticaria reaparecen con su uniforme escolar en blanco y negro y nos proponen otra tormenta punk-rock, aliñada con riffs incisivos, garaje nórdico y melodías vitamínicas. Sin romper el molde que les ha hecho populares en todo el mundo, The Hives acaban con el maleficio del cuarto disco –cuando eran jovencitos prometieron retirarse en el tercero- y presentan curiosas novedades sonoras en The black and white album (Universal, 2007). La banda, que confesó que tenía más de treinta canciones grabadas, propone un nuevo viaje musical donde sorprenden los diferentes registros que, bajo el sello Hives, nos trasladan a discotecas de los setenta, cabarets con chicas simpáticas o películas de terror de serie Z.

Para iniciar el viaje y no perdernos nos ofrecen tres trallazos marca de la casa. Primero Tick tick boom, apabullante single con grititos “yeah yeah”, avisos de bomba y que, probablemente, será otro clásico para su discografía. Después Try it again, que rememora los habituales riffs mecánicos y nos anima a poner cara de bobos mientras tatareamos el estribillo. Y por último You got it all… wrong, donde el impresionante cantante Howlin’ Pelle Almquist eleva la voz sin respiro realizando unos gallitos impensables en un ser humano. Lo dicho, Hives en estado puro.

A partir de aquí la cosa cambia con la aparición de Pharrell Williams como productor. La estrella incontestable del hip hop firma Well all right! –recorrida por un aire negro de vieja escuela- y una insólita T.H.E.H.I.V.E.S., que rememora el sonido más preciso de la música disco de los setenta. Voz de falsete y bajo machacón –por eso es el tema favorito de Dr. Matt Destruction- para animar los agradables guateques suecos en la tienda de comida de IKEA. Siguiendo en el apartado de curiosidades destacan A stroll through hive manor corridors, un instrumental con caja de ritmos y órgano tenebroso, y Puppet on a string, una sorprendente y experimental canción que podría estar firmada por el sobrino de Tom Waits durante unas vacaciones en Malmö.

Al margen de experiencias novedosas, la producción de Dennis Herring –también firma Jacknife Lee algún tema- actualiza el sonido Hives sin fisuras y con contagioso espíritu feliz. Al fin y al cabo, estamos hablando de unos chicos de un pequeño pueblo industrial de Suecia que, como los automóviles Volvo, son seguros y enérgicos, aunque un poco anticuados. Son chavalotes sanos que saben hacer su trabajo, y por tanto no hay que preocuparse. Pueden experimentar con drogas mexicanas, contratar al productor de Manolo Escobar o participar en series de dibujos animados, pero estos hombrecillos de Fagersta no cambiarán. Alabados sean por ello los dioses vikingos.

Stereophonics – Pull the pin

| 24 diciembre 2007  

Sexto álbum de estudio del grupo galés más famoso de este siglo. Tras un merecido descanso de dos años, la banda más vendedora del sello V2 vuelve a la carga con un disco para todos los públicos. Producido por Kelly Jones –cantante y guaperas que, a este paso, pronto anunciará calzoncillos-, Pull the pin (V2,2007) se ofrece como más de lo mismo, muy bien hecho y con personalidad bipolar.

¿Quiere decir esto que nos encontramos con el típico álbum de banda de éxito mundial que quiere agradar al personal? Sí y no. Empecemos por partes.

Bien es verdad que, a veces, recuerdan a Police del Dududú o a unos Nirvana desenchufados pero tomando antidepresivos. También hay que decir que el single principal It Means nothing parece una réplica de la inolvidable Maybe Tomorrow (mucho más brillante e insobornable), esta vez con pinceladas dulces en recuerdo del atentado del 7 de julio en Londres. A todo ello hay que sumar melodías de medio tiempo con voz desgarrada a lo Rod Stewart como Stone o Drowning, que animan a tomarse unas cañas con el psiquiatra.

Sin embargo, tiene otra cara y no sé si es la de estereo o la de fonis pero, sin duda, resulta mucho más resultona y atractiva. Hablamos de, por ejemplo, las dos canciones que abren el disco Soldiers make good targets y Pass the back. Se trata de dos verdaderos trallazos pop-rock, redondos en su ejecución y chispa. Como ellas, encontramos melodías bonitas – Daisy Lane y su paparapara-papapá-, singles britpop – Bank holiday Monday- o sencillos para directo –My friends-.

¿Son dos almas en el mismo cuerpo? ¿No dices tacos en casa pero en la calle te llaman bocanegra? ¿Es el signo de los tiempos? Un poco de todo pero, al final, decide la industria de la descarga. En cualquier caso, vender van a vender y mucho. Sólo recordar que sus tres últimos trabajos fueron número 1 en la pérfida Albión y este último ya lo ha sido.

Ante este éxito predecible y evidente –pedazo de megagira mundial tienen entre manos-, sólo queda una incógnita ¿por qué no venden en este paraíso de jubilados europeos llamado España? Esta pregunta es para el psicólogo.

The Stooges – The weirdness

| 11 noviembre 2007  

The weirdness (Virgin, 2007) es el primer álbum grabado en un estudio por Iggy Pop con los Stooges desde 1973. La Iguana se ha reunido con dos de los miembros originales de la legendaria banda, los hermanos Asheton –Ron a la guitarra y Scott a la batería-, y, en vez de retirarse a un asilo a jugar al cinquillo, han enchufado “los amplis” (sic) y se han puesto a descargar toda la mala leche que, en su día, tenía eso que llamamos punk rock.

¿Estamos ante “un todo por la pasta”? ¿Bunbury se ha dejado el pelo largo y lacio y se ha quitado la camiseta? Pues va a ser que no. Puntualicemos: Iggy es muy majo, millonario, se hace fotos con Donatella Versace, protagoniza malas películas y tiene cara de payaso, pero no es un triunfito ni ha pasado por el casting de Gran Hermano. Un respeto. Con este álbum los Stooges probablemente no se comerán un colín –tampoco lo hicieron antes- ni pasarán a la historia, pero sí nos enseñan que el músculo, la rabia y las ganas de divertir son compatibles con la tercera edad. Y no creemos que se deba a un subidón de Viagra.

Grabado en Chicago bajo la producción de Steve Albini y remasterizado en los estudios Abbey Road de Londres, The weirdness plantea doce temazos sin adulterar que harán las delicias de los aficionados a los festivales masivos. Como curiosidad, comentar que en el vinilo se incluye una versión de I wanna be your man de los Beatles, un guiño –se entiende- a la que fuera popular canción de la banda I wanna be your dog. Será la evolución de las especies.

Sumergidos ya en el disco hay que destacar los riffs contundentes de la primera y cruda canción, Trollin’, los gallitos seniles de la metalera My idea of fun, o una joya pop como Free and freaky, que homenajea a los Beach Boys con una rima como Alabama, Dalai Lama que para sí la quisiera Sabina. Sin concesiones al gran público, con estribillos-himnos y con punteos para practicar el air guitar, The weirdness es el retorno de un banda generosa con la vida, amante del rock y superviviente del espíritu punk. Pero no se despisten, a pesar de la edad de sus miembros no es recomendable su audición en una residencia de ancianos.

Entradas posteriores »