La criatura perfecta

El cine neozelandés es una rara avis por excelencia dentro del panorama cinematográfico, incluso para el mundo anglosajón. Famosos deben ser ya sus devaneos con la épica del último Peter Jackson, pero no menos deberían serlo sus incursiones en la comedia indie con joyas como Eagle vs Shark o, sobre todo, sus frecuentes asaltos al fantástico.

Las muestras de esta fascinación existente en las antípodas con el cine de género suelen seguir una serie de patrones comunes. Producciones sin grandes medios pero con buen acabado formal y, siempre, con algún golpe de aire fresco que agite siquiera ligeramente las expectativas creadas. Ya sea por medio de la mirada irreverente al mundo del gore que pudo significar un primerizo Jackson o con la sumamente efectiva pero también alocada Ovejas asesinas, siempre hay algo que rascar. Y La criatura perfecta no iba a ser una excepción.

Segundo largo del director y guionista Glenn Standring, su aportación en esta ocasión se centra de manera absoluta en el terreno de la dirección artística. Huyendo de lugares comunes el equipo se ha enfrascado en un trabajo tan difícil como gratificante en sus resultados: crear la evolución natural de un mundo steampunk. Para quien no conozca este subgénero de la ciencia-ficción, que goza de cierto auge en los últimos tiempos, digamos que parte de la premisa de un desarrollo diferente de la tecnología basado en las máquinas de vapor con fuertes referencias temáticas y tecnológicas al siglo XIX. Como si los sueños de un Julio Verne hubiesen sido ciertos, vamos.

En la película vemos, de hecho, como dicho acercamiento se ve complicado y mejorado porque nos presentan el futuro de un universo alternativo donde la Tierra ha sufrido ese proceso tecnológico. Es el siglo XX, hay una suerte de megalópolis en la Nueva Zelanda alternativa, barrios pobres que parecen sacados de un relato de Charles Dickens, una reina inalcanzable, un departamento de policía falto de personal, una epidemia de gripe mortal… Un 10 en este aspecto, consiguiendo un mundo tan alienígena como coherente. Pena que el resto no acompañe.

Tras haber intentado tener a Jonathan Rhys-Meyers en el papel de antagonista, lo que habría dado más empaque a la producción, los protagonistas se quedan en una fuerte lucha por ver quien es más inexpresivo. Dougray Scott tiene tanta presencia en pantalla como incapacidad para transmitir nada, Saffron Burrows parece estar apática toda la película y Leo Gregory, sustituto de Rhys-Meyers, construye un villano tan arquetípico como olvidable. El guión no es mucho más notable, discurriendo entre confuso y directamente incomprensible por momentos, tan convencional como mal construido.

La debacle no es, de todos modos, absoluta. Las ráfagas de calidad del guión y un buen trabajo de cámara salvan la función. A eso se unen unas escenas de acción meridianamente bien resueltas pero demasiado deudoras de la trilogía de Matrix y aledaños. Al final la cosa deja un regusto extraño, una especie de refrito de Equilibrium para pobres donde se cambia la estética futurista del producto americano por la retro. Por suerte no se pierde ni un ápice de calidad en la reconstrucción del mundo alternativo, lo que salva a toda la cinta pero no evita una sensación agridulce. Podía haber sido una gran película, pero no pasa de una propuesta interesante en lo visual.

FIC 46 – 5. Día 4 y 5

Día 4

Sección Oficial: Tulpan

Siempre que te hablen de la estepa kazaja, la mongola o similares, ya sabes lo que te espera. A saber, una historia con buen fondo, más cercana a veces a la etnografía que al cine, y con animales. Y Tulpan no es una excepción.

Salvada por su tono de comedia, aunque a veces este desaparezca sustituido por el pseudo-documental, la película de Dvortsevoy no pasa de ser una curiosidad menor. Nada en ella resulta nuevo, nada sorprende demasiado y aunque uno sale con buen sabor de boca, la cosa no va más allá.

Lo único que resalta sobre el conjunto, y es justo admitirlo, es la grabación de la verdadera fuerza de la naturaleza en el mismo terreno. En esos momentos en los que la historia desaparece y todo se convierte en la contemplación de un espacio que resulta casi alienígena, ahí es donde Tulpan encuentra su verdadero aliento.

Esbilla: Adoration

Me declaro un total ignorante en torno a la obra de Atom Egoyan. El director nacido en Egipto pero de formación canadiense es una de mis asignaturas pendientes, así que me ahorraré todo intento de hablar de Adoration como parte de un todo.

parte de un juego entre un estudiante y su profesora de francés para construir una ficción que permite a ambos superar su pasado y afectar a la realidad. Por en medio se habla, y mucho, de terrorismo, religión y extremismos varios. Toda una combinación que promete ser pretenciosa pero sale bien librada por no ser dogmática y que no triunfa definitivamente por una última parte que exige demasiada suspensión de la incredulidad, demasiada confianza en la casualidad.

Estamos pues ante una película que no por interesante deja de resultar fallida. Las imágenes tratan de comunicarnos mucho, pero el planteamiento resulta demasiado perfecto, demasiado conveniente. Y eso cuando uno trata de reflexionar sobre la realidad es un fallo.

Por último, no puedo dejar de comentar cómo la proyección de la película de Egoyan nos ha dejado una muestra de uno de los problemas endémicos del FIC, la calidad de la proyección. Si ya estamos acostumbrados a subtitulaciones de baratillo, fallos de sincronización en las mismas, películas que no pueden proyectarse… ahora se suma a la colección de despropósitos el no encuadrar bien la imagen, cortando demasiado arriba y permitiéndonos disfrutar por momentos de la presencia inesperada de los micrófonos, las pértigas y demás instrumentos. En descargo de Egoyan, decir que aún así la película no pierde interés, igual hasta es interesante ver cómo uno tenía que esforzarse para reconstruir el plano original en cada momento…

Día 5

Sección Oficial: 9 MM

Un belga haciendo cine de género es algo demasiado bonito para ser verdad. Porque claro, ya sabemos que en el cine europeo continental del área de influencia francesa los géneros son menos que parias a día de hoy.

Así que Taylan Barman, en su segunda obra, hace lo que podemos esperar: usar mecanismos del género para contarnos por enésima vez éste Festival una historia de la desintegración de la familia, la pérdida de apoyos y la incomunicación.

Nada nuevo bajo el Sol, aunque hay que reconocer al film su cuidado formal. Es una pena que bajo esa primera capa no haya nada que rescatar y que no nos hayan contado ya en tantas ocasiones que hemos perdido la cuenta.

Sección Oficial: Afterschool

Es fácil vender Afterschool de manera que te entren muchas ganas de verla. Tienes un internado de Nueva Inglaterra, el despertar sexual de los jóvenes, un protagonista obsesionado con la imagen que parece el heredero del protagonista de El video de Benny de Haneke… ¿A que suena bien?

Pues no lo es. En absoluto. Visualmente resulta interesante a ráfagas, desaprovecha las pantallas que se suponen su centro de interés y tiene un protagonista que es casi insoportable como personificación perfecta del adolescente casi autista obligatorio en toda cinta independiente que se precie.

Si a eso le añades un final sin pies ni cabeza y unos personajes secundarios que no hay por donde cogerlos empezarás a hacerte una idea de lo que es Afterschool. Un gran error, por si acaso hace falta verbalizarlo.

Sección Oficial: Salamandra

El director Pablo Agüero se jacta de que hace sentir a sus actores lo que sienten los personajes. Si tienen frío, pasan frío mientras se rueda la escena. Si tienen miedo… bueno, no hace falta continuar por ahí, espero.

El problema es que no parece darse cuenta de lo que hace sentir a los espectadores, y que sería más o menos lo que viene llamándose un profundo sopor. Y eso en una película de menos de hora y media es signo de que se está haciendo algo muy mal.

No merece la pena detenerse más en una de las peores películas que vaya a pasar por Gijón este año. Debut totalmente fallido y película a ignorar, avisados están.

Esbilla: Entre les murs

Si la Concha de Oro de San Sebastián de éste año no cumplió con las expectativas, no puede decirse lo mismo de la Palma de Oro. Y es que Cannes acertó de lleno al premiar a la película de Laurent Cantet.

Se podría hablar mucho, largo y tendido sobre una de las visiones más realistas y gratificantes que se hayan rodado sobre la enseñanza e, indirectamente, sobre la adolescencia actual. Se nota, sin duda, que François Bégaudeau es profesor en la vida real y ha colaborado en el guión.

De momento baste con apuntar que estamos ante una de las películas imprescindibles de los últimos años. Una de esas extrañas obras maestras que aparecen a veces entre los intersicios del sistema. Falso documental lleno de realidad, una contradicción andante que consigue todos sus objetivos y alienta la reflexión. Toda una clase magistral.

FIC 46 – 4. Día 3

Sección Oficial: A Complete History of My Sexual Failures

Que Chris Watts tiene que ser un tipo curioso está claro. No contento con descubrir los aspectos más oscuros de su vida amorosa, algunos de los cúales merecen matar para protegerlos, hasta realiza algún desnudo frontral en su primer largo. Y todo ello sin dejar de resultar en ningún momento un tipo con el que seguramente te irías de copas.

La pena es que la cinta, una especie de versión más consciente y menos morosa de la Tarnation de Caouette en lo formal, no deja de ser una construcción totalmente ficticia cuyo planteamiento terapeútico no es más que una mera excusa para ofrecernos una serie de situaciones bien planteadas. No nos equivoquemos, no dudo que todo ocurriese como se plantea, pero hay decisiones que claramente apuntan hacia una búsqueda de ciertas resoluciones y no una mera documentación de lo ocurrido.

Pero lo que va a importar al final es si la película divierte. Y lo hace, mucho. Y hasta oculta alguna reflexión meridianamente interesante. ¿Se puede esperar mucho más de la propuesta? Seguramente no, pero a tenor del resultado tampoco es para quejarse…

Sección Oficial: Wendy And Lucy

Una chica viaja a Alaska con su perra en busca de un trabajo que parece imposible en cualquier otro sitio. Por en medio su coche se estropea, su perra desaparece y no sabe qué hacer. No hay mucha más historia en la película, y sin embargo toda ella rebosa contenido.

Sin ser una obra maestra, el segundo largo de Kelly Reichardt es un ejemplo de lo bueno del cine indie americano. Da un paso más en la recuperación de una actriz como Michelle Williams. Narra con concisión y sin apenas dilatar el tiempo, si se tiene que quedar en 80 minutos, que así sea. Y encima esconde reflexiones de todo tipo en su metraje.

La crisis económica en los Estados Unidos. La soledad. La desintegración de la familia. La búsqueda de identidad. El madurar. El amor. Eso y más está presente en la cinta, una de las pequeñas joyas del Festival sin lugar a dudas.

La utopía Yanki: Red Hollywood

Noël Burch, para quien no lo sepa, es un imprescindible teórico e historiador del cine. A él se deben obras tan fundamentales cómo El tragaluz del infinito. Y casualmente, también es uno de los autores de este documental que trata de recuperar la figura de los afectados por las listas negras en el Hollywood clásico.

La pena es que ni él ni su codirector Thom Andersen son verdaderos cineastas. Y en Red Hollywood queda muy claro. Las ideas son buenas, los ejemplos están bien buscados… pero cinematográficamente el documental es aburrido, largo y carece de ritmo. Como pieza didáctica tiene un valor notable, como documental es directamente malo.

Pero teniendo en cuenta ambos factores, el global es interesante. La pena es que uno preferiría tener un libro de texto y un DVD con las escenas referenciadas. Seguramente entonces todo mejoraría mucho y no nos quedaríamos con lo que parece ser un sobredimensionado y casi inacabable trailer de un auténtico tratado teórico.

Esbilla: Pandora’s Box

Si una película cómo esta gana San Sebastián, es que algo va mal. ¿Tan bajo fue el nivel del certamen donostiarra para que a una cinta le baste con ser bienintencionada y estar visualmente lograda para conseguir la victoria?

Porque si bien Ustaoglu tiene buena mano para el encuadre y consigue no aburrir, también es verdad que no parece saber nunca a dónde va la historia, cayendo en disgresiones que se apuntan banales. ¿La narración de una familia desestructurada hasta el extremo o la redención de un joven que no encuentra su lugar en la vida? Ni el propio autor sabe cúal es el objetivo final.

Y eso pesa sobre el resultado final. La película es tan disfrutable como olvidable. Una obra menor que incomprensiblemente ostenta un galardón tan notable como la Concha de Oro.

FIC 46 – 3. Día 2

| 23 noviembre 2008  

Sección Oficial: Nowhere Man

El que esta cinta nazca del taller de guiones de Sundance demuestra que igual uno pueda sobrevalorar todo lo que venga de la meca independiente americana. Y no porque sea malo precisamente, sino porque, como parece marca de fábrica del inicio del FIC, no sabe concretar las cosas.

En Nowhere Man hay un corto, incluso un medio, magistral. Lo que pasa es que se alarga todo hasta que resulta pesado. Hay tiempos muertos innecesarios que diluyen la fuerza del planteamiento hasta que uno comprende que la película se va a acabar en un momento que no resulta concluyente, en una llanura emocional que se instala en el espectador desde demasiado pronto.

Sección Oficial: Three Monkeys

La primera sorpresa agradable del festival le corresponde a esta película turca, del prestigioso Nuri Bilge Ceylan, que ya fue ganadora de mejor dirección en Cannes 2008. Y con merecimientos.

Porque estamos ante una película que se construye desde su propia naturaleza cinematográfica. Ceylan no parece darle tanta importancia al qué, sino al cómo. Evita muchos momentos culminantes de la acción y se centra en los desencadenantes y las repercusiones. Crea un mundo reducido y opresivo donde apenas cinco personajes, y eso siendo generosos, se sobran para dar toda la paleta emocional necesaria.

Y todo lo redondea con una fotografía cuidada y unos encuadres irreprochables. Hay auténticos lienzos pintados sobre el celuloide que consiguen convertir la lentitud de la película (algo indudable) en un punto a su favor. La primera gran película del Festival ya ha llegado.

Retrospectiva: Studio AKA

Si algo queda claro tras ver la colección de cortos y anuncios del Studio AKA es que estamos ante algo grande, pero que todavía puede crecer. Este equipo inglés resulta tan interesante como sorprendente, y apenas acaba de vislumbrar los potenciales de un mayor metraje.

Porque si bien tanto JoJo in the Stars como Varmints ya muestran el interés por aumentar el metraje, también denotan una falta de dominio de la narración y el tiempo. Ambos prometen mucho más de lo que finalmente dan, aunque en medio nos dejen imágenes de indudable belleza.

Por eso de momento su punto fuerte siga siendo el corto, con locuras imprescindibles como su serie de Love Sport. En esas distancias cortas, sin narración, con una animación sencilla, son absolutos maestros.

Concierto: Remate + Ladybug Transistor

Pretender estar en la estela de un Will Oldham o similar en España no puede ser fácil. Ahí le hay que dar un voto de confianza a Remate. Que además lo haga con la cabeza bien alta, sin aparente verguenza, hace que a uno le caiga bien.

Pero en directo le faltan tablas, muchas tablas. Vale que no era el lugar más adecuado del mundo, y que la gente no estaba a lo que tenía que estar, pero hay que tener guardado en el repertorio algún truco más. Ponerte en pie y bailar como buenamente puedes no cuenta, por cierto.

Lo que queda más claro tras la actuación es que a Remate, como a tantos otros músicos, no le sientan bien las salas donde la gente está más atenta al precio de la copa, o esperando al siguiente grupo. Una pena, porque se podían intuir buenos momentos, pero no se concretaban.

Trece años después, Ladybug Transistor siguen siendo un grupo que a uno le suena pero que pocos seguramente conozcan de verdad. Por suerte, es de esperar que conciertos como el de ayer ayuden a cambiar dicha situación.

Porque si a un sonido que solo estaba empañado por algunos problemas con la voz principal le sumamos un buen repertorio, unos intérpretes mayormente entregados y una buena comunión con el público, tenemos un éxito.

Entre borrachos que les daban chupitos (que bebieron religiosamente), globos rosas que seguían sueltos por el escenario, intentos de hablar español que acababan convirtiéndose en balbuceos casi incomprensibles y otras situaciones semejantes se firmó un gran concierto.

Y al final, la gran traca. Entre risas y con una predisposición absoluta se presentó como punto culminante una versión en riguroso español de esa gran canción de Los Brincos que es El pasaporte. Difícil sería concebir una mejor conclusión para un concierto al que no se pueden poner pegas.

FIC 46 – 2. Día 1

| 23 noviembre 2008  

Sección Oficial: Choke

David Fincher puede dormir tranquilo, sigue siendo la persona que ha conseguido trasladar el universo loco de Palahniuk al cine de una manera más interesante. Clark Gregg, sin embargo, puede tirarse de los pelos.

Porque si bien no estamos ante un mal debut, lo cierto es que flojea donde no debe. La escritura del guión es correcta, las actuaciones están bien conseguidas… pero es el director quien falla. Suya es la culpa de que la historia no vaya más allá de la anécdota de película indie americana al azar.

Tal vez ese sea su problema, que sin haber leído la novela que la inspira uno ya intuye que había un fondo mayor. Se entrevén unas posibilidades narrativas más amplias que se ven reducidas aquí a una sucesión cronólogica de episodios sin mucho sentido global y guiados por una mano tan previsible como manida.

La Utopia Yanki: Occupation: Dreamland

Es una pena cuando un buen planteamiento documental cae por culpa de una mala planificación. Es una pena que la posibilidad de ver a los soldados americanos en Irak como personas reales se vea lastrada por una falta de coherencia interna absoluta. Es una pena, en definitiva, el resultado final de ésta cinta.

Si tan sólo hubiesen dado la impresión de que había un objetivo, una línea narrativa, todo hubiese cambiado. Los 78 minutos no se nos harían largos. No acabaríamos un poco cansados de escuchar casi siempre lo mismo. Nos deleitariamos más en los momentos realmente importantes.

Pero no tenemos esa versión ideal, sino la real. Y esa deja un regusto amargo a posibilidad perdida que se atenúa gracias a algunos instantes puntuales. A esa discusión entre republicanos y demócratas, a esa idea de que aunque no creas en la razón de la guerra tienes que convencerte de que es así. En el fondo, se salva porque consigue transmitirnos que, lo queramos o no, quienes invaden Irak sobre el terreno son como nosotros.

Concierto: Barry Adamson

El primer concierto del FIC nos trajo al gran Barry Adamson. Fundador de Magazine junto a Howard Devoto. Miembro de los Bad Seeds durante cuatro discos. Colaborador en bandas sonoras de David Lynch o Danny Boyle. Casi nada.

Y se presentó junto a un guitarra, un bajo, un batería, un teclado, un trompeta y un saxofón. Toda una banda que desgranó durante poco más de una hora la última faceta del autor inglés, que se entregó a un público más respetable de lo habitual en la ciudad.

Sin grandes éxitos ni guiños a etapas pasadas, así triunfo Adamson en su paso por Gijón. Y además firmó un final sobresaliente versionando Thank You (Falettinme Be Mice Elf Agin). Un buen inicio para las actuaciones de este año.

FIC 46 – 1. El cambio para permanecer iguales

| 18 noviembre 2008  

Este jueves 20 de Noviembre se da el pistoletazo de salida al Festival Internacional de Cine de Gijón, a partir de ahora FIC, en su 46 edición. Y es curioso que con ocasión de un número tan poco redondo se pueda anticipar una renovación del Festival que apunta a un intento de apuntalar la posición lograda sin realizar auténticos cambios más allá de los aparentes.

Aparte del evidente cambio que representa el que por fin el Festival tiene un acrónimo real, y encima uno que no queda mal, todo sigue más o menos como siempre. Una Sección Oficial bastante fuerte basada en éxitos de otros festivales y habituales de la programación como centro, unas depauperadas retrospectivas y, eso sí, un ciclo menos interesante de lo habitual que se compensa con una apuesta interesante.

Porque las principales novedades son dos faltas. Se han acabado, al menos por el momento, los Nuevos Cines que venían dando empaque a la programación. Tras habernos paseado por la Nouvelle Vague, el Free Cinema inglés y demás movimientos europeos, ahora se apuesta por Una parte del cielo. Directoras europeas en el nuevo milenio. Espero no ser el único que ve un retroceso claro.

A cambio aparece la Utopía Yanqui para salvar los muebles. Habrá que ver los documentales, pero al menos es una apuesta interesante y que responde al peso específico que se ha dado a la no-ficción desde hace ya unas cuantas ediciones en el Festival.

En las retrospectivas se sigue mostrando un empeño extraño en dedicárselas a directores con producciones escasas. Reygadas el año pasado o Lucrecia Martel éste. ¿Reálmente tiene sentido hacerle una retrospectiva a una directora con tres largos en su haber?

Si a eso le sumamos la desaparición de Universo Media y la escasez de Desorden y Concierto, tenemos una programación que se soporta mayormente sobre el éxito que pueda tener la Sección Oficial. El FIC está ante un año difícil, pero esperemos que para el sábado 29 se demuestre que todas las dudas eran infundadas.

Festival Internacional de Cine de Gijón

R.E.M. – Accelerate

No nos equivoquemos, los grupos tienen fecha de caducidad. Algunos son productos frescos, de esos que no duran ni un disco después de ser abiertos, aunque como Coldplay y derivados puedan seguir vendiendo a paletadas. Otros tienen el honor de mantenerse durante unos cuantos trabajos antes del bajón, y ahí tenemos gente como Blur u Oasis. Luego están los pocos afortunados que llegan a presumir de superar las dos décadas sin caer en la mediocridad y convertirse en pálidos reflejos de sí mismos. Gracias al Señor, R.E.M. pertenecen a ese último bloque.

Ya no son jóvenes, eso por descontado. No coquetean con el grunge ni se sumergen en la electrónica, territorios que ya conocen muy bien. Y por suerte, demos gracias a todos los dioses habidos y por haber, no tratan de ver qué pasa si ponen a un rapero a hacer el tonto a su lado. Simplemente son ellos mismos: un grupo potente, con buenas melodías y que, estando lejos de su mejor forma, siguen siendo mejores que el noventa por ciento del panorama musical actual. A día de hoy, cuando ya están a la altura de cualquier mito que se nos pueda ocurrir, merece la pena pararse a pensar que nunca nos daremos cuenta de lo grandes que han sido R.E.M. hasta que nos falten.

Ya hace 26 años del magnífico Chronic Town (I.R.S., 1982), pero ellos siguen facturando temas tan impecables como Hollow man, singles tan efectivos como Supernatural superserious o piezas tan sentidas como Sing for the submarine. Este Accelerate (Warner, 2008) no es un mero trámite, una excusa para una nueva gira. Se trata de un disco menor dentro de la carrera de los de Athens, pero igualmente disfrutable. No tiene ninguna genialidad como Man on the moon, pero han superado el bache que fue Around the sun (Warner, 2004) con una vuelta a los orígenes que les ha sentado muy bien.

Así que no dejéis que falsas ínfulas de modernez os guíen, escuchad el disco cuanto antes. Michael Stipe y los suyos siguen donde siempre, en el Olimpo de los grandes grupos. No te sorprenderán, pero siguen siendo muy buenos y cada vez parece que les cuesta menos serlo. Los dinosaurios del pop, en fin, siguen mordiendo.

British Sea Power – Do you like rock music?

Directos en medio de follaje falso en una sala londinense. Singles en vinilos que escondían, escritos del puño y letra de los miembros de la banda, detalles tan importantes como nombres de poblaciones de la costa británica al azar. Canciones en torno a revoluciones en países del este europeo, famosos aviones de la historia o similares. British Sea Power eran únicos.

Sí, lo eran. Porque el camino que han elegido en su desarrollo les aleja cada vez más de aquellos locos inicios para guiarles de la mano hacia el rock de estadio, los himnos y una música que no por más trabajada es más novedosa. Es una senda dura para el seguidor, sólo iluminada por la convicción de que son muy buenos en lo suyo. Y lo suyo es hacer música.

Han soportado la pérdida definitiva de su teclista, ahora entregado en cuerpo y alma a su proyecto alternativo, Brakes. Han perdido frescura, se han quedado solamente en un buen grupo. Siguen siendo capaces de facturar bombas como Atom o canciones más introspectivas como Lights out for darker skies con resultados muy buenos. También de mantener un discurso coherente y firmar un buen disco, pero no más.

Puede que este Do you like rock music? (Rough Trade, 2008) sea un punto y aparte en su carrera, un último salto mortal hacia la fama o el olvido, pero tristemente una cosa está clara: salvo en momentos puntuales donde la banda se lanza al vacío, a menudo escondidos en sus caras B, British Sea Power ya no son la gran esperanza blanca. Son una realidad pulida hasta la extenuación, donde las aristas del pasado son relucientes curvas.

La pregunta que nos plantea el disco es tan ambiciosa como atrevida. Y uno no sabe si lo ha sido en exceso. Porque sí, nos gusta el rock, y hasta nos gusta cómo lo interpretan estos British Sea Power por momentos. Pero echamos en falta aquel post-punk rabioso que una vez escondieron en su interior. En esta ocasión tenemos que quedarnos con el glorioso pasado, por mucho que el presente no deje de ser bueno.

The Tragic Company – The tragic E.P.

Los clásicos nunca mueren. Un axioma que se cumple con una seguridad pasmosa y que sirve como losa para muchos artistas. Y es que inspirarte en algo que no va a morir nunca es peligroso, es como aferrarse a un animal correoso en una lucha cuerpo a cuerpo. Normalmente vas a salir lastimado y el bicho se va a salir con la suya.

Lo bueno es que de esa lucha pueden saltar pedazos de la dura piel, retazos del total que sirvan como reminiscencias vivas. Canciones con sabor al pasado pero sin sonar rancias. Buenos temas que no renovarán la escena, no cambiarán vidas, pero sí proporcionarán buenos ratos a sus oyentes. Alimento diario para aquellos que todavía sueñen con haber vivido los 60, los 70 o cualquier otra década pasada que, ya sabemos, siempre fue mejor.

Desde esa perspectiva el E.P. de presentación de The Tragic Company es motivo de alegría. Y es que son cuatro temas engañosos, uno de ellos supera los 10 minutos y es una mini-ópera inspirada en The Who, que esconde mucho oficio y buenos sonidos. Vale que ninguno de ellos sería un single que nos siguiese en nuestras juergas nocturnas, pero todos merecerían tener su hueco en cualquier radio decente, si es que estas todavía existiesen.

Lo ideal sería no dejar que el nombre nos engañe, aquí no hay nada trágico. Más bien hay disfrute real, una celebración de la música que no por formulaica y referencial deja de ser disfrutable. Es muy fácil que te encuentres canturreando Forever o Out of my way sin aviso previo, que bucees en The greedy bellboy buscando sus partes, incluso que en algún momento de desencanto amoroso te pongas Pay for it. En resumen, que disfrutarás de un E.P. que sabe a poco y promete bastante.

Bauhaus – Go away white

Han sido veinticinco años los que han pasado desde el Burning from the inside (A&M, 1983). Si entonces Bauhaus eran un grupo en pleno proceso de descomposición pero cuyos componentes tenían la suficiente calidad individual para salvar el conjunto a base de golpes de genio, ahora sus nuevas composiciones son el fruto de varias reuniones para giras multitudinarias donde Murphy pueda volver a ponerse la capa y cantarle a Bela Lugosi.

Muchas cosas han ocurrido en este lapso. David J ha sido un experimentador constante, Peter Murphy ha triunfado en el pop para después ser una de las voces más personales del panorama musical sin dejarse atrapar en ninguna etiqueta y Daniel Ash no ha abandonado nunca su característico sonido a la guitarra en una carrera convincente pero no espectacular. De Kevin nada que contar, siempre ha estado a la sombra de su hermano. El resultado de todos esos procesos ha sido el que finalmente se reuniesen dieciocho días en California para grabar en un abrir y cerrar de ojos un disco que les devuelve a los primeros 80 de manera directa. En Go away white (Cooking Vinyl, 2008) las guitarras glam están liberadas, los estribillos vuelven a aparecer y la voz se pasea del melodrama a los recitados sin ningún pudor.

El tiempo no parece haber pasado por Bauhaus. Siguen alternando temas directos como Adrenalin, superando los cinco minutos y medio de duración con un ritmo aplastante y constante, con los amagos introspectivos de Saved o la directa locura de Zikir. Esta última cierra el álbum, y tal vez la carrera del grupo, de una manera muy adecuada. Recitado sobre un fondo casi inexistente, la voz repetitiva de Peter Murphy nos embarca en un último viaje a ese mundo tan peculiar creado por los de Northampton.

Antes, tres joyas para guardar por los fans de la banda. Está Endless Summer of the damned, convertida en uno de esos temas bailables marca de la casa, tan hipnóticos como disfrutables. También nos quedamos con The dog’s a vapour, una relectura de su propio tema llena de un dramatismo real, palpable y sobrecogedor. Qué decir de Black stone heart, más Bowie que casi nunca y lo más directo y radiable que esconda el disco, dominada por los matices de la voz de Murphy.

¿Ha merecido la pena la espera? La respuesta, sin duda alguna, es que sí. Un puñado de nuevos temas de una de las bandas más míticas que pueda haber dado el Reino Unido en los últimos treinta años siempre es una buena noticia. Pero no nos confundamos tampoco, el avance que sus miembros han ido mostrando en sus carreras en solitario no se ha trasladado a la banda en su conjunto. Bauhaus siguen anclados como conjunto en un difuso momento directamente posterior a 1983. Su momento para abrir caminos ha pasado, y si este disco es la muestra final de su trabajo juntos será hasta una buena noticia. En adelante solo parece que pudieran repetirse hasta la saciedad.

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