Especial Oscars 2011

| 22 febrero 2011  

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Con motivo de la entrega de los Oscars el próximo domingo 27 de febrero (madrugada del domingo al lunes, hora española), os ofrecemos una recopilación de las diez candidatas al premio a mejor película, acompañadas de un comentario y una evaluación de sus posibilidades. Os animamos, además, a compartir con nosotros vuestras opiniones, a través de los comentarios a la noticia. Luces, cámara, ¡acción!

127horas_2010127 horas
(127 hours, 2010) Danny Boyle

Pasada la borrachera de éxito que le supuso Slumdog millionaire, el británico Danny Boyle ha cambiado de tercio, aunque no tanto de objetivos. Contando de nuevo con Simon Beaufoy para el guión, 127 horas es la historia -real, por supuesto- de un montañero atrapado durante una escalada y la odisea sufrida hasta su rescate. Y antes como ahora, una historia de superación personal y de héroes de carne y hueso que se sobreponen a las jugarretas del destino. Con el cada vez más presente James Franco -superados ya los enfrentamientos con Peter Parker-, y con el estimulante sello visual que Boyle acostumbra a imprimir a sus trabajos, 127 horas puede parecer poca cosa frente al presupuesto de otras competidoras, pero a buen seguro que demostrará la misma tenacidad en busca de la estatuilla que la de su protagonista en busca de salvación.

¿Qué tiene a su favor? Las historias de superación, con valores humanos y las dosis oportunas de sufrimiento y redención son 100% carne de Oscar.

¿Qué tiene en su contra? Su aire de pequeña historia televisiva y los ocho Oscars de Slumdog millionaire -se diría que todavía calientes- pueden jugar en su contra.

Cisne negro
(Black swan, 2010) Darren Aronofsky

¡Los amantes del cine de terror están de enhorabuena! Por fin una cinta decisnenegro_2010 género se cuela en la pugna por el Oscar a la mejor película, hecho que no sucedía desde la ya lejana El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999). Y aunque, a priori, esta pesadilla sobre una prometedora bailarina -soberbia Natalie Portman en el papel de su vida-, obsesionada con llegar a la perfección, no sea del agrado de la Academia por su oscuridad y alta carga erótica, la última locura de Darren Aronofsky se antoja necesaria y deudora del mejor Brian De Palma de Carrie. A la postre, un film que no deja a nadie indiferente y, lo más importante, hace partícipe al espectador de un viaje hacia el horror que no quisiera para él ni el mismísimo Coronel Kurtz. Imprescindible.

¿Qué tiene a su favor? Una historia que deja huella puesta en imágenes con audacia y talento.

¿Qué tiene en su contra? A la Academia le cuesta premiar películas que se apartan de los modelos más clásicos, sobre todo si vienen cargadas de sexo o violencia.

eldiscursodelrey_2010El discurso del rey
(The king’s speech, 2010) Tom Hooper

Aviso a navegantes: los espectadores que sean más republicanos que Vicente Rojo y sepan que no hay rey bueno deben recordar que esto es sólo ficción. No se lo tomen demasiado a pecho si les cuesta creer que el aquí entrañable Jorge VI fuera, ni de lejos, el buenazo empedernido que nos muestra la cinta de Tom Hooper. Una película que acaba siendo un canto a la amistad y al derribo de los muros clasistas, por muy altos que éstos puedan ser: algo así como una fábula del siglo XX. No en vano, la trama principal explica la relación entre el rey tartamudo, encarnado por el una vez más excelente Colin Firth, y su estrambótico logopeda Lionel Logue, al que da vida el siempre alocado pero cercano Geoffrey Rush. El Londres más gris que se recuerda haber visto en la pantalla -qué niebla más espesa- y la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo nos harán disfrutar del que es, aparte de los actores, su mayor encanto: el corte clásico que desprende la historia, contrapuesto a la innovación de algunos de sus planos para este tipo de cuentos.

¿Qué tiene a su favor? A los académicos les encantan las historias reales -y si son ingleses, mejor que mejor- y los protagonistas con discapacidad.

¿Qué tiene en su contra? Nada. Y quizás eso haga que sea la gran fracasada, por ser la gran favorita. Recordemos Avatar.

La red social
(The social network, 2010) David Fincherlaredsocial_2010

Menos preocupada por la taquilla de lo que su argumento podía hacernos temer, la película de David Fincher y Aaron Sorkin sobre la creación de Facebook ha resultado ser una de las más sólidas de los últimos años. Su reparto de jóvenes actores -no muy conocidos pero que anuncian grandes momentos- y una cámara que se mueve con elegancia por los muchos interiores que componen su particular red de favoritos -campus universitarios y bufetes de abogados, principalmente-, son algunas de sus mejores bazas. La mano firme de Fincher en la dirección y el hábil guión de Sorkin, que hace del aquí y ahora (Harvard, año 2003) un relato universal sobre la amistad, la ambición, la soledad y el fracaso, hacen el resto. ¿Nuevo clásico? El tiempo lo dirá.

¿Qué tiene a su favor? La fuerza de unas redes que mueven cada día millones de usuarios hace que la llamada a las puertas del Oscar suene con especial estruendo.

¿Qué tiene en su contra? No cuenta con estrellas al frente y tal vez suene demasiado “moderna” para muchos miembros de la Academia.

loschicosestanbien_2010Los chicos están bien
(The kids are all right, 2010) Lisa Cholodenko

La que venía siendo hasta ahora una carrera peligrosamente insustancial ha tenido con Los chicos están bien su particular momento cumbre. Nos referimos a la trayectoria de su directora, Lisa Cholodenko, y a las nominaciones recibidas por su última película, en la que vuelve a mostrar su obsesión por los lazos familiares en todas sus variantes; en este caso, los de una pareja de lesbianas (las veteranas Annette Bening y Julianne Moore), sus hijos y el padre biológico de los mismos. Un combinado de buenos sentimientos y comida y bebida en compañía, aderezado con un reparto de jóvenes secundarios y un estilo naturalista, para la comedia independiente que casi siempre se cuela entre las favoritas del público.

¿Qué tiene a su favor? Su calculada exposición de temas ligeramente controvertidos, bajo ropajes de comedia amable, la convierten en una cinta de las que no molestan a nadie.

¿Qué tiene en su contra? No cuenta con elementos dignos de recordarse ni tiene personalidad suficiente para ser considerada la mejor.

Origen
(Inception, 2010) Christopher Nolanorigen_2010

Cambiando las ficticias calles de Gotham por los no menos fantásticos pasadizos de la mente, Christopher Nolan ha vuelto a contar con el aplauso de la crítica y el cariño de la taquilla para su última cinta. Respondiendo a la pregunta que plantea el film, Origen es muchas cosas, desde el ineludible relato sobre conspiraciones en el siglo XXI hasta un festival para los sentidos, gracias a su desbordante pero cuidado uso de los efectos digitales. Pero más que ninguna otra cosa, Origen es un entretenimiento servido con maestría por un ilusionista que conoce bien su oficio. En la facilidad que encuentre el espectador para dejarse arrastrar por la corriente está la clave de su encanto.

¿Qué tiene a su favor? Rotundo éxito de taquilla, grandes valores de producción, estrellas con mucho gancho, la película que todo el mundo ha visto… Una perfecta ganadora del Oscar.

¿Qué tiene en su contra? Su larga duración, unida a un enrevesado -o sencillamente confuso- guión, puede darle la “patada” a más de un votante.

thefighter_2010The fighter
(2010) David O. Russell

Sin duda el gran sleeper de esta edición. Una pequeña gran película donde destaca la excelente interpretación del histriónico Christian Bale y la deliciosa Amy Adams haciendo de contrapunto al sosaina, aunque siempre solvente, Mark Wahlberg. Esta enésima historia de superación personal es algo más que una película de deporte al uso. El film ofrece una fidedigna mirada al mundo del boxeo, con unos personajes principales muy redondos, donde nadie es malo ni bueno, todos tienen razones para hacer lo que hacen, aunque quizás se eche en falta ahondar más en los sorprendentes personajes de las hermanas. Rodada con un gusto exquisito, la originalidad de algunos de sus planos hace de esta joya de David O. Russell (Tres reyes, 1999) una de esas agradables sorpresas por las que uno apuesta con la boca pequeña.

¿Qué tiene a su favor? Su historia de superación, con regusto clásico pero adaptada a nuestros tiempos, ha conquistado al público. Veremos si también a los académicos.

¿Qué tiene en su contra? Su propuesta no es muy original. No la tumbarán por K.O., pero puede perder a los puntos frente a los dos o tres pesos pesados a los que se enfrenta.

Toy story 3
(2010) Lee Unkrichtoystory3_2010

En su tercera entrega, las peripecias de los juguetes más queridos por los aficionados al cine han reverdecido los laureles del éxito que cosecharon hace ya más de diez años. Woody, Buzz y compañía dicen adiós -por el momento, esperemos que no definitivamente- con su aventura más adulta, con perdón, enfrentándose a nuevas dificultades: el abandono, la pérdida de la ilusión, el bloqueo de la imaginación en el paso a la madurez… Pero también la renovación y el descubrimiento de nuevos terrenos donde seguir soñando. Y como no queremos interpretar la cinta en clave de actualidad -la omnipresente crisis de nuestros días-, nos quedamos con lo que de verdad importa: los sentimientos, algo de lo que Toy Story 3 anda sobrada, al igual que Pixar. Auténticos genios.

¿Qué tiene a su favor? Sus carismáticos personajes, que son casi de la familia; su humor y diversión, con un delicado toque amargo; o su apartado técnico abrumador.

¿Qué tiene en su contra? Parece difícil que una cinta de animación reciba el premio gordo, más si compite también en la categoría de películas animadas.

valordeley_2010Valor de ley
(True grit, 2010) Joel y Ethan Coen

Nueva adaptación cinematográfica de la novela de Charles Portis, donde Jeff Bridges se atreve a resucitar al personaje que le valió un Oscar al mítico John Wayne: el inolvidable alguacil tuerto Roostern Cogburn. Y Bridges sale victorioso en la que es, sin duda, la confirmación de que el “El Nota” ha nacido para este tipo de papeles: el cantante country de Corazón salvaje podría ser perfectamente un descendiente directo del alguacil. Además del enorme papel de Bridges, nos encontramos con el descubrimiento de la prometedora adolescente Hailee Steinfield, en el papel de una huérfana con sed de venganza que se embarcará en un iniciático viaje acompañada del alcohólico alguacil y un ridículo Texas Ranger, LaBoeuf, interpretado por el camaleónico Matt Damon.

¿Qué tiene a su favor? Una historia con evidente sabor americano. Además, tanto los hermanos Coen como su protagonista saben ya lo que es ganar el Oscar.

¿Qué tiene en su contra? Su condición de remake y las inevitables comparaciones pueden hacerle perder el voto de los más timoratos.

Winter’s bone
(2010) Debra Granikwintersbone_2010

Para su más reciente película, Debra Granik ha retomando los temas ya vistos en su anterior film: mujer luchadora en ambientes marginales y la droga como exterminadora de sociedades y familias. Planteamientos con una evidente preocupación de corte social, pero que la realizadora sabe manejar con habilidad para que no pierdan interés a los ojos del gran público, que es, en definitiva, lo que separa el anónimo prestigio del éxito verdadero. Así, el escueto relato, presentado en tono (hiper)realista, se ayuda de una intriga y rostros jóvenes -la bella y prometedora Jennifer Lawrence- para combatir el frío que emana de sus imágenes. Un claro exponente del reconocimiento que Hollywood gusta de hacer, de vez en cuando, al cine independiente.

¿Qué tiene a su favor? Que sea de esas películas que crecen por el boca a boca y su cierto carácter de cine concienciado pueden ayudar.

¿Qué tiene en su contra? Es imposible no pensar que con la nominación a mejor película y la de sus actores ya va bien servida.

Antonio Camero/Joan Carles Macarro

Las mejores películas del 2010

| 6 enero 2011  

Desde la redacción de AltaFidelidad.org os ofrecemos una lista con algunos de los mejores films que pudimos ver en las salas españolas a lo largo del 2010. Leer más

The Magnetic Fields

| 9 agosto 2010  

themagneticfields_200Cuándo empezó su carrera: tras formar su propia banda juvenil durante los años 80, Stephin Merritt funda The Magnetic Fields en 1989, por entonces con otro nombre, junto con Claudia Gonson. En 1991, ya como The Magnetic Fields, la banda ofrece sus primeros conciertos y graba su primer trabajo, Distant plastic trees, contando con Susan Anway, durante algún tiempo vocalista del grupo. Otros miembros destacados como Sam Davol y John Woo se incorporan en años posteriores.

Un par de álbumes: The wayward bus (1992), temprana pero muy madura muestra de su talento, y 69 love songs (1999), triple álbum que explora todos los rincones imaginables de eso que llamamos amor, y asombrosa demostración de la capacidad compositiva e instrumental de Merritt.

Raíces e influencias: Brian Eno, Cocteau Twins, Nick Drake, The Human League, The Smiths, Joy Division, O.M.D.

Artistas a los que ha influenciado: The Postal Service, Bright Eyes, Jens Lekman, Saturday Looks Good to Me, The Antlers, Astrud.

Compositor habitual: Stephin Merritt -como parece lógico habiendo liderado varios grupos de manera simultánea- es el indiscutible talento creativo del grupo y monopoliza la labor compositiva, salvo contadas ocasiones en las que otros miembros del grupo se dejan ver en tales tareas.

Estilo: pop/rock alternativo (indie rock, indie pop, electro pop).

Tracklist recomendado:

01. Railroad boy (Distant plastic trees, 1991)
02. 100,000 fireflies (Distant plastic trees, 1991)
03. When you were my baby (The wayward bus, 1992)
04. Tokyo a Go-Go (The wayward bus, 1992)
05. Summer lies (The wayward bus, 1992)
06. Desert island (Holiday, 1994)
07. Strange powers (Holiday, 1994)
08. Sad little moon (Holiday, 1994)
09. Born on a train (The charm of the highway strip, 1994)
10. Sunset City (The charm of the highway strip, 1994)
11. The desperate things you made me do (Get lost, 1995)
12. The dreaming moon (Get lost, 1995)
13. I don’t believe in the Sun (69 love songs, 1999)
14. I don’t want to get over you (69 love songs, 1999)
15. Promises of eternity (69 love songs, 1999)
16. The night you can’t remember (69 love songs, 1999)
17. I don’t believe you (i, 2004)
18. It’s only time (i, 2004)
19. California girls (Distortion, 2008)
20. Old fools (Distortion, 2008)
21. Too drunk to dream (Distortion, 2008)
22. You must be out of your mind (Realism, 2010)
23. I don’t know what to say (Realism, 2010)

La tentación vive arriba

| 28 junio 2010  

latentacionvivearriba_1955En parte eclipsada por esas monumentales películas de Billy Wilder que obtuvieron mayor reconocimiento, La tentación vive arriba (The seven year itch) ha llegado a nuestros días como la mejor muestra del personaje que hizo célebre a Marilyn Monroe: la rubia tonta de sexualidad desbordante. Claro que la malograda actriz tenía más talento –en particular para la comedia, aunque no en exclusiva– de lo que muchos pensaban al mirarla, siquiera de pasada. Pero poco importaba, y mucho menos otra estrella de convulsa vida privada, cuando la maquinaria de Hollywood echaba a rodar. La cinta, de hecho, se estrenó con una gran campaña publicitaria que inevitablemente se recreaba en el icono sexual en el que Marilyn se acababa de convertir. Pero, dejando a un lado los claroscuros del mito sexual de varias generaciones –un trabajo que los biógrafos de la actriz, tan afectados y maliciosos en su mayoría, han sabido hacer como nadie–, centrémonos en hablar de esta comedia. Lo primero, un breve apunte sobre su trama: como cada verano, los maridos mandan a sus esposas e hijos de vacaciones y se quedan en Nueva York para trabajar duro. Pero un rodríguez no es tal si no fantasea con echar alguna cana al aire en ausencia de su mujer. Richard Sherman (Tom Ewell) no es una excepción, y sus buenos propósitos de no sucumbir a la tentación, más fuerte por ser su séptimo año de casado, tendrán que superar un escollo casi insalvable cuando su estival monotonía quede destrozada por la aparición de una voluptuosa nueva vecina (por supuesto, Marilyn Monroe). A partir de aquí, dejemos volar la imaginación, como el mismo Sherman hace a menudo.

La tentación vive arriba fue teatro antes que cine. Y una obra de éxito, además. Su propio autor, George Axelrod, al que debemos guiones tan distintos pero interesantes como Bus stop, El mensajero del miedo o Desayuno con diamantes, se encargó de su adaptación a la gran pantalla, a medias con Billy Wilder. Esta unión no perduró tanto ni proporcionó los soberbios frutos de su trabajo con Charles Brackett (Ninotchka, Bola de fuego, Días sin huella, El crepúsculo de los dioses), ni tampoco la brillantez cómica y sarcástica de su etapa con I.A.L. Diamond (entre otras, El apartamento, En bandeja de plata o Uno, dos, tres), pero se debe destacar porque ambos supieron hacer frente a un descomunal problema que se planteaba en la época: la censura. No obtuvieron una victoria completa –no era posible de ninguna de las maneras–, pero los obligados cambios sobre el original, en especial la no consumación del adulterio, dieron lugar a una obra distinta, menos contundente, pero seguramente más divertida. Las situaciones al límite de lo permitido son constantes, como lo son también las insinuaciones en los diálogos. La elección de los protagonistas hizo el resto. Para el papel protagonista se recurrió a Tom Ewell, experimentado actor que protagonizaba también la obra teatral. Su personaje debía encarnar la esencia del hombre corriente, alejado del prototipo del galán cinematográfico, y sometido a la tensión de una aventura amorosa que parece incluso sobrepasar sus mejores sueños. Lo consigue de forma sobresaliente, al igual que Marilyn Monroe, en la cúspide de su talento natural, encarnando a la superficial pero deliciosa vecinita del piso de arriba, que planta cara al verano neoyorquino metiendo su ropa interior en la nevera.

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Sin alcanzar la perfección de otros trabajos de Billy Wilder, por las dificultades ya comentadas, y pese a haber sido relegada a un segundo plano prácticamente desde su estreno –injustamente, como procede–, La tentación vive arriba es una comedia de primera. Más allá de su planteamiento como “comedia picante”, de la presencia de Marilyn Monroe y la consabida escena de los respiraderos del metro, la película tiene personalidad y valores suficientes como para perdurar en el tiempo. Su contemplación depara un rato realmente agradable y eso ya vale tanto como un reino. Si además tienen la suerte de poderle dedicar su tiempo en una calurosa noche de verano como las que ahora disfrutamos –o padecemos–, hasta pueden recrearse soñando. Bastará con que imiten al protagonista y confíen en Rajmáninov y su maravilloso Concierto para piano número 2. Dejen que suenen los primeros acordes de su primer movimiento y cierren los ojos. Si se lo pueden permitir, apuesto a que poco después llamará a su puerta algún desconocido o desconocida que suplicará que le deje combatir los rigores del clima con su aire acondicionado –o, en su defecto, con un ventilador–. A partir de ahí, todo queda a su imaginación.

Antonio Camero

The seven year itch, EE.UU., 1955
Dirección: Billy Wilder; Guión: Billy Wilder y George Axelrod, a partir de la homónima obra de teatro de este último; Fotografía: Milton Krasner; Música: Alfred Newman; Intérpretes: Tom Ewell (Richard Sherman), Marilyn Monroe (la vecina), Evelyn Keyes (Helen Sherman), Sonny Tufts (Tom MacKenzie), Robert Strauss (Sr. Kruhulik), Oskar Homolka (Doctor Brubaker).

The Replacements

| 21 marzo 2010  

replacements_200Cuándo empezó su carrera: banda originaria de Minneapolis (estado de Minnesota, el que vio nacer a Bob Dylan), The Replacements surge en 1979 después de que Paul Westerberg se una a una banda de punk local que formaban Chris Mars y los hermanos Tommy y Bob Stinson. Conocidos en un principio como The Impediments, la formación se mantuvo con ligeros cambios hasta su disolución en 1991, momento en que sus miembros inician otros proyectos, con cierta relevancia en los casos de su líder Paul Westerberg y el batería Chris Mars.

Un par de álbumes: Let it be (1984) y Tim (1985), momento cumbre de una intensa y tumultuosa carrera que nunca les deparó gran éxito comercial pero sí una incuestionable influencia en otras bandas que se extiende hasta nuestros días.

Raíces e influencias: Big Star, Badfinger, Cheap Trick, The Clash, New York Dolls, The Jam o sus coetáneos Hüsker Dü.

Artistas a los que ha influenciado: The Breeders, Camper Van Beethoven, The Lemonheads, The Hold Steady, Weezer, The Goo Goo Dolls, Vic Chesnutt, They Might Be Giants, Soul Asylum…

Compositor habitual: la tarea compositiva recayó principalmente en Paul Westerberg, con colaboraciones puntuales de los otros miembros del grupo.

Estilo: rock alternativo (college rock, post-punk, indie rock).

Tracklist recomendado:

01. Takin a ride (Sorry Ma, forgot to take out the trash, 1981)
02. Shiftless when idle (Sorry Ma, forgot to take out the trash, 1981)
03. Go (Stink EP, 1982)
04. Color me impressed (Hootenanny, 1983)
05. Within your reach (Hootenanny, 1983)
06. Buck Hill (Hootenanny, 1983)
07. I will dare (Let it be, 1984)
08. Androgynous (Let it be, 1984)
09. Unsatisfied (Let it be, 1984)
10. Sixteen blue (Let it be, 1984)
11. Answering machine (Let it be, 1984)
12. Hold my life (Tim, 1985)
13. Kiss me on the bus (Tim, 1985)
14. Swingin party (Tim, 1985)
15. Bastards of young (Tim, 1985)
16. Left of the dial (Tim, 1985)
17. Here comes a regular (Tim, 1985)
18. Alex Chilton (Pleased to meet me, 1987)
19. Never mind (Pleased to meet me, 1987)
20. Can’t hardly wait (Pleased to meet me, 1987)
21. Achin’ to be (Don’t tell a soul, 1989)
22. I’ll be you (Don’t tell a soul, 1989)
23. Merry go round (All shook down, 1990)
24. When it began (All shook down, 1990)
25. My little problem (All shook down, 1990)

Invictus

invictus_2009Nunca me gustó el rugby. Claro que este deporte -que se acostumbra a decir de hooligans, jugado por caballeros- no es sino una de las muchas cosas que no son de mi agrado en este mundo. Pero si uno se dispone a ver una película en la que se narra la participación de una selección de rugby en un campeonato internacional, puede ser algo a tener en cuenta. No obstante, si con la misma cinta creo que conoceré más o mejor una parte de la historia y a sus protagonistas, la balanza se inclina irremediablemente hacia el lado de lo expuesto en último lugar. Tales eran mis pensamientos antes de acercarme al último film de Clint Eastwood, director del que siempre espero lo mejor. Y sin embargo, debo confesar que tras dar cumplida cuenta de Invictus me encuentro un tanto confuso: no es la gran película que podía haber sido, ni me ha descubierto nada relevante de Nelson Mandela, pero ha conseguido que me interesen unos partidos de rugby en los que el esfuerzo y la épica asfaltaron el camino de la victoria de Sudáfrica en el Mundial de rugby de 1995.

La película toma su nombre de un poema de William Ernest Henley, autor inglés del siglo XIX. Unos versos a los que Mandela recurría como fuente de inspiración y coraje para soportar una estancia en prisión que se alargó durante veintiséis años. Obligado por la presión internacional y tras un lustro de contactos entre las partes, el Partido Nacional de Frederik de Klerk levantó finalmente la prohibición que pesaba sobre el partido de Mandela, lo que condujo a su liberación. Ese mismo día, 11 de febrero de 1990, marca el comienzo del film, para pasar rápidamente -demasiado rápido de hecho- a su llegada a la presidencia en mayo de 1994. Y aunque es fácil de entender que no sea ese período el que quieren contarnos los autores, no dejamos de lamentar que en el camino se pierda de vista un tiempo de lo más interesante (ascenso del ANC, clima de violencia, recelo de los blancos), apenas resumido en unas imágenes de (falso) documental. Alcanzamos así el punto sobre el que gira la trama: tras años excluida de eventos internacionales por las leyes racistas de Sudáfrica, la selección de rugby vuelve a la competición siendo, además, la anfitriona del próximo torneo mundial. Mandela se sirvió entonces del equipo nacional, los Springboks, en un intento de integrar al mayor número posible de sudafricanos y darle esquinazo a las expectativas de revancha de la población negra hacia todo lo que oliera a segregación. Para la mayoría a mediados de los noventa, en un país donde el fútbol era el deporte de los negros y el balón ovalado era sinónimo de afrikaner -la población blanca de antepasados europeos, principalmente colonos holandeses, que tradicionalmente ostentó el poder-, los Bokke, además de a linimento, desprendían todavía el desagradable aroma del apartheid.

Éstos son los hechos que se narran en El factor humano, el libro de John Carlin publicado hace un par de años. Y a partir de la obra del periodista británico -y español-, el hasta ahora desconocido Anthony Peckham firma un guión correcto pero carente de profundidad, con momentos de tensión introducidos con calzador -terrible lo de la furgoneta de reparto-, y que exhibe un incómodo tono hagiográfico respecto a Mandela, heredado del libro, que en nada contribuye a que la suya pueda ser considerada la visión cinematográfica definitiva sobre el ex presidente sudafricano. Aunque más que en el libro de Carlin, la génesis de la película hay que buscarla, imaginamos, en los deseos de Morgan Freeman de interpretar al nonagenario líder. Para ello, compró los derechos de la obra y se reservó el papel principal. Quedaba encontrar al director adecuado y no podemos quejarnos porque se pensara en Eastwood para estas tareas. Lo mejor que el veterano director podía aportar al proyecto no supone una gran sorpresa: narración firme, sobria, sin molestos ornamentos. Un naturalismo que casa a la perfección con lo que se cuenta y una exposición clara, aunque muy breve, de los conflictos a todos los niveles que Mandela encontró en su viaje presidencial -bien mostrado, por ejemplo, en la secuencia de su llegada a la sede de gobierno-. Incluso hace un buen trabajo con el rodaje de unas escenas deportivas que, si bien a un conocedor del rugby pueden parecerle malogradas, a mí, que poco conozco de su disciplina, me resultaron de lo más satisfactorias por su enfoque como colorido espectáculo. Ciertamente, los fragmentos más convincentes de Invictus tienen a menudo que ver con el deporte y su efecto conductor de las emociones, como atestigua la visita que los jugadores hacen a los niños más desfavorecidos.

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Aquí acaba, por desgracia, el turno de las alabanzas. Ciertas decisiones, como insertar una canción, supuestamente conmovedora, en varios momentos de la película -acercándola demasiado al terreno del videoclip más anodino-, no tienen fácil justificación. No faltan tampoco los subrayados excesivos ni algún pasaje repetitivo, como el del niño que rechaza un polo de los Springboks cuando ya se ha insistido suficientemente en la idea. Y qué decir de un horrible final de partido al estilo de las peores TV movies de instituto, cámara lenta incluida, para darle emoción a la definitiva victoria ante los temibles All Blacks de Nueva Zelanda en el legendario Ellis Park… Para esto no hacían falta Eastwood, en el papel de observador extranjero, ni más de dos horas de metraje. Los actores principales, por su parte, no ayudan. A Morgan Freeman, que parece debatirse entre la devoción por Mandela y un intento de lucimiento que le asegure un nuevo Oscar, es difícil no verlo como a “Morgan Freeman haciendo de Mandela” más que otra cosa. Y Matt Damon, al margen de sus limitadas dotes interpretativas, tiene poco margen en un papel que excluye la dimensión más humana del capitán de los Boks, François Pienaar, y lo tiene casi todo el tiempo vestido de corto y dando zancadas. Algo mejor está el resto del reparto: ayudantes de Mandela, compañeros del equipo y miembros de seguridad. Quedémonos, en todo caso, con el sacrificio del preso 46664 y su mensaje de reconciliación. Siendo así, Invictus tiene razón de ser. Lástima que no nos hayan ofrecido más de la persona que hay detrás del dirigente aclamado por las multitudes. De haberlo hecho -y por un momento nos lo hace creer: el presidente que se hace la cama y ordena los cajones como si aún estuviera en Robben Island-, celebraríamos con más entusiasmo el próximo Día Internacional de Nelson Mandela, recientemente instituido por Naciones Unidas. Otra vez será.

Invictus, EE.UU., 2009
Dirección: Clint Eastwood; Guión: Anthony Peckham, a partir del libro de John Carlin ‘El factor humano’; Fotografía: Tom Stern; Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens; Intérpretes: Morgan Freeman (Nelson Mandela), Matt Damon (François Pienaar), Adjoa Andoh (Brenda Mazibuko), Tony Kgoroge (Jason Tshabalala), Patrick Mofokeng (Linga Moonsamy), Julian Lewis Jones (Etienne Feyder), Leleti Khumalo (Mary).

El hombre que pudo reinar

| 20 julio 2009  

elhombrequepudoreinarMedicina para los que en ocasiones creemos saberlo todo. En la era de internet, los viajes relámpago y los teléfonos multimedia, la aventura de sabor clásico es esa medicina que nos recuerda lo insignificantes que somos, acomodados en nuestro sillón de occidentales del primer mundo. Visto el documental en nuestra TV por satélite, atrapamos la esencia de un lugar y de sus gentes; usamos herramientas online para ver los sitios a cien metros de altura; y finalmente viajamos a bajo coste para empaparnos de lo que la agencia organizadora decide que nos empapemos. Lo peor del turismo, esa perversión moderna de lo que durante siglos fue simplemente viajar. Pero existe una medicina, decía, para reconciliarnos con la emoción, ya perdida para siempre, de ir a sitios desconocidos, misteriosos y, sobre todo, auténticos. No tenemos más que sumergirnos en las páginas de una novela de Julio Verne, disfrutar de La isla del tesoro de Stevenson, o acompañar al capitán Ahab en la feroz persecución de Moby Dick para darnos cuenta de que la rareza de un lugar no se debería medir por la falta de cobertura de nuestro móvil. También el cine ha tenido mucho que decir al respecto desde que Méliès descubriera lo idóneo que resultaba esta prodigiosa cámara oscura para contar increíbles historias, y con las grandes cintas de aventuras de los años treinta y cuarenta en el recuerdo, encontramos un ilustre heredero de ese mismo espíritu aventurero en El hombre que pudo reinar. Puede resultar extraño si se mira su tardía fecha de realización -mitad de los años setenta del pasado siglo-, pero mucho menos si pensamos que tras las cortinas se esconde John Huston, uno de los muchos cineastas de la época dorada de Hollywood que podían presumir de tener una vida tanto o más interesante que cualquiera de sus películas.

Nacido en el seno de una familia ligada al cine desde la década de los treinta -su padre, Walter Huston, llegó a ser un reconocido actor-, la personalidad de John Huston es la clave para acercarse a esta deliciosa película. Desde sus comienzos en el documental y como guionista, más tarde dando forma al cine negro del período más clásico con El halcón maltés, o al frente de una serie de obras maestras que merecen mucho más que una simple enumeración por mi parte, hay dos universos que desde temprano reclamaron su interés por encima del resto. De una parte, el mundo criminal, urbano y sombrío, del citado cine negro (Cayo Largo, La jungla de asfalto…); de otro lado, la acción, libre y salvaje, del cine de aventuras (El tesoro de Sierra Madre, La reina de África, Moby Dick…). Elecciones lógicas para un hombre, conflictivo y de talento turbulento, que fue tan director de cine como bebedor, tan guionista como jugador y tan actor como mujeriego. Y que además de escribir o ponerse tras la cámara se había subido a un ring de boxeo y fue siempre un excéntrico cazador: sobre sus vivencias durante el rodaje de La reina de África tenemos la novela de Peter Viertel Cazador blanco, corazón negro, llevada al cine por Clint Eastwood en un muy interesante film. Egoísta, despótico a veces, es también indiscutible que el fuerte carácter y la sensibilidad artística de John Huston hicieron posible que estas películas alcanzaran la cumbre y no quedasen sólo en una correcta muestra de cine de género.

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El hombre que pudo reinar, proyecto que no culminó hasta 1975 a pesar de que Huston trabajó en él durante décadas, es otro de los ejemplos de película atravesada por el carácter impulsivo de su autor. Adaptando el relato de Rudyard Kipling, el célebre autor británico de El libro de la selva y de emblemáticos poemas en lengua inglesa -y que aquí aparece además como personaje, un corresponsal del Northern Star-, se nos cuenta las andanzas de Daniel Dravot y Peachy Carnehan, dos antiguos oficiales del ejército británico destinados en la India que se embarcan en una loca aventura: convertirse en reyes de Kafiristán, engañando a los jefes de las tribus locales, para después saquear la región a placer. Superando las dificultades que encuentran por el camino, llegan a su destino para descubrir que sus crédulos habitantes toman a Daniel por el hijo un dios, el hijo de Alejandro Magno, que lo envía más de dos mil años después respondiendo a sus infinitas plegarias. Hasta el final, la aventura es la gran estrella del espectáculo. Como he dicho con insistencia, aventura de sabor clásico, romántica; de esa con la que los niños aprendían geografía mientras señalaban, al azar sobre un mapa, el destino que los haría famosos apenas crecieran un poco y partieran a surcar los mares y a subir montañas.

Daniel y Peachy, maravillosamente interpretados por Sean Connery y Michael Caine, respectivamente, son los pendencieros protagonistas de la historia. Poseen un historial digno de cualquier forajido, pero hacen gala de un encanto y un sentido del honor que supera al del resto de individuos que tienen alrededor. Masones por convicción y conveniencia, estos dos casacas rojas forman una pareja perfecta tras muchos años de amistad y lucha hombro con hombro -y de acento so british-. Mientras avanzan hacia las recónditas tierras del desconocido Kafiristán, y al tiempo que afrontan los más variados peligros, vamos conociendo mejor la personalidad y motivaciones de ambos personajes -tal y como dice Daniel en el segundo encuentro con Kipling (Christopher Plummer), han decidido que la India se les ha quedado pequeña y buscan más allá de sus fronteras-. Aunque inevitablemente sujeta a la obra literaria que adapta, la admirable narración de Huston hace uso de recursos cinematográficos tan solventes como la voz en off o los flashbacks, y de la mano de una fotografía que luce espléndida en los espacios abiertos -grandes paisajes hay aquí- y de la música de Maurice Jarre -acompañada de canciones tradicionales-, consigue transmitir las emociones que se esperan de tan épico viaje. La conclusión no es tan alegre como acostumbraba a ser en las cintas de piratas y espadachines de los años treinta, cierto, pero es un emotivo y poético final que una vez visto no se olvida. No en vano, cuando Danny y Peachy alcanzan la última etapa de su aventura, el interés por el dinero deja su lugar a los viejos valores de la amistad, el honor y la lealtad, lo único fiable a lo que pueden agarrarse hombres de acción como ellos. A lo que podemos añadir otro valor: el humor, presente en grandes dosis a lo largo de la cinta. Por último, hagamos nuestras las palabras de Peachy cuando proclama que no se cambiaría por el virrey de la India si tuviera que olvidar sus recuerdos. En el fondo, de eso trata todo el asunto: acumular experiencias y recuerdos para saber que hemos vivido. Daniel y Peachy lo entendieron, John Huston lo entendió, y nosotros sabemos que llevaban razón. Saludemos por tanto a los que hacen honor a tan genuino sentido de la vida.

Antonio Camero

The man who would be king, EE.UU.-Reino Unido, 1975
Director: John Huston; Productor: John Foreman; Guión: John Huston y Gladys Hill, sobre una historia de Rudyard Kipling; Fotografía: Oswald Morris; Música: Maurice Jarre; Intérpretes: Sean Connery (Daniel Dravot), Michael Caine (Peachy Carnehan), Saeed Jaffrey (Billy Fish), Christopher Plummer (Rudyard Kipling).

París, bajos fondos

| 12 julio 2009  

parisbajosfondos_c1El cine nos lo ha mostrado miles de veces y por eso sabemos que es verdad: hay mujeres que vuelven locos a los hombres. A todos. Locura, pasión sin freno, de consecuencias siempre devastadoras y a menudo letales. Un material de primera para un director de cine. Lo hemos visto miles de veces en la gran pantalla; en pantallas de todos los tamaños en realidad. Lo hemos visto y lo hemos leído, en obras maestras de la literatura o en modestas crónicas arrinconadas en las páginas del periódico. Una de estas últimas muestras, un hecho real, está en el origen de París, bajos fondos. Y aunque, de algún modo, todos imaginen ya lo que ocurre en la película, permítanme un breve apunte de la trama para poder profundizar más tarde: Marie, una prostituta del París de comienzos del siglo XX, lleva una relajada vida como la chica de Roland, un matón local de poca monta. Su existencia se complica, sin embargo, cuando se enamora de Georges Manda, un sencillo carpintero de pasado un tanto oscuro. Al inevitable enfrentamiento entre Georges y Roland hay que sumar el escollo que supone el líder de la banda, el gángster Félix Leca, que también ama a Marie y está dispuesto a todo para conseguirla. El final de la historia reserva un lugar principal para la previsible tragedia, al tiempo que confirma que estamos ante una película monumental.

Rodada por Jacques Becker en 1951, mientras André Bazin fundaba Cahiers du Cinéma, la importancia de París, bajos fondos no ha disminuido con el paso del tiempo. Poco importa que el Realismo poético, que había dado su obra cumbre con Los niños del paraíso de Marcel Carné en 1945, estuviera a las puertas de su desaparición. Era un estilo condenado, tanto por los nuevos tiempos que se vivían en el país galo como por las ansias de modernidad que la futura Nouvelle Vague demostraba desde las páginas de la citada revista, pero que aún podía engendrar joyas como ésta. Al final, como en todas las revoluciones, se acaba perdiendo tanto lo bueno como lo malo de los tiempos antiguos, lo que provocó que en apenas unos años una película como París, bajos fondos resultara inconcebible en el cine francés de Godard, Truffaut y demás “jóvenes turcos”. Por fortuna, tras el ruido y la furia, las grandes obras (casi siempre) mantienen el lugar que les corresponde. En el caso que nos ocupa, muy alto gracias, sobre todo, al talento de Jacques Becker, director que trabajó estrechamente con Jean Renoir y padre de una filmografía exigua en número pero grande en resultados. Además de París, bajos fondos, Becker es hoy conocido por sus dramas de la década de los cincuenta -entre otros, Calle de la Estrapada o Los amantes de Montparnasse-, así como por la extraordinaria cinta que puso fin a su carrera en 1960, La evasión, uno de los mejores ejemplos de cine sobre cárceles, fugas y demás complementos habituales.

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Con igual categoría destaca, por su parte, el reparto. La rubia prostituta del título original francés (casque d’or, casco dorado) está interpretrada por Simone Signoret, fabulosa actriz que trabajó asiduamente en Europa y que hizo alguna incursión en el cine estadounidense, destacando entre sus trabajos Un lugar en la cumbre, por la que obtuvo un Oscar en 1960, o su interpretación de la malévola Nicole en Las diabólicas, la obra maestra del suspense de Clouzot. Marie es una mujer bella, con mucho carácter, que no se siente propiedad de ningún hombre a pesar de la licenciosa vida que lleva, y que aspira a la felicidad. Un personaje a medio camino entre las heroínas de la literatura romántica y la femme fatale más recurrente del cine negro. Por otro lado, Serge Reggiani es el enamorado arrastrado al crimen por la pasión, un hombre que trata de rehacer su vida tras pasar por la cárcel pero que conoce a Marie en el peor momento. Abandonada toda esperanza de normalidad -rechaza un cómodo matrimonio con la hija de su jefe-, se lanza en los brazos de Marie despreciando todo cuanto pueda ocurrir. Los pocos días que ambos viven alejados de los demás, en un pueblo a las afueras de París, son los únicos momentos de felicidad que comparten. Y esta situación depara algunas de las mejores escenas del film, como la bucólica aparición de Marie por el río, el desayuno del día siguiente o la emotiva escena de la iglesia; imágenes con la belleza serena de un cuadro costumbrista. Mas nada dura lo suficiente y la fatalidad alcanza a los enamorados cuando el plan del gángster Leca se pone en marcha, obligando a Georges a escoger entre el amor hacia Marie y la lealtad a un amigo. Un carrusel de emociones que acaba en un amargo pero memorable final, que consigue que el festivo comienzo de la película, apenas hora y media antes, nos parezca ahora un lejano sueño del que desearíamos no haber despertado nunca.

Antonio Camero

Casque d’Or, Francia, 1952
Director: Jacques Becker; Guión: Jacques Becker y Jacques Companéez; Fotografía: Robert Le Febvre; Música: Georges Van Parys; Intérpretes: Simone Signoret (Marie), Serge Reggiani (Georges Manda), Raymond Bussières (Raymond), Claude Dauphin (Félix Leca).

Ponyo en el acantilado

| 24 mayo 2009  

ponyo4Encaramados a lo alto de una montaña o jugando al anonimato entre la multitud, antes o después los genios se hacen notar de una inequívoca manera: tienen una visión propia del mundo. Claro que todos tenemos una opinión -y algunos incluso varias- de lo que ocurre a nuestro alrededor, pero la visión que trasciende tiempo y espacio y su expresión noble, sublime nos está vetada. Hayao Miyazaki, maestro de la animación, es uno de esos genios que bajaron a confundirse con nosotros y a hacernos la vida más llevadera, y Ponyo en el acantilado la última obra que destila su pensamiento en formato cinematográfico. Una cinta precedida del ya icónico maestro de ceremonias Totoro junto al nombre de Studio Ghibli, que nos sumerge durante poco más de hora y media en un mundo repleto de ideas y emociones. El mundo de Sosuke y Ponyo, que es nuestro mundo contemporáneo, pero estilizado, filtrado en definitiva para ver mejor aquello que da vueltas en la cabeza de su autor. Para empezar, una exuberante introducción a los misterios del océano, con antojo de colorida sinfonía en sus formas, sirve de presentación a la traviesa Ponyo, singular protagonista de la aventura. A continuación, asistimos a una ópera en miniatura con la minimalista secuencia de créditos, realizada a partir de infantiles dibujos que recuerdan a las bellas pinturas marítimas que en otro tiempo excitaron los sentidos de los impresionistas, y que nos acaba de poner en situación. Porque, ciertamente, Ponyo en el acantilado tiene un aire más infantil que los últimos trabajos de Miyazaki, si bien cuenta con sus mismas virtudes.

La historia es sencilla. Sosuke, un niño que vive con su madre en lo alto de un acantilado, encuentra un pez de lo más sorprendente: tiene cara de persona, parece inteligente y hasta le gusta el jamón -es decir, lo que quiera que en el país nipón llamen de ese modo-. Sosuke bautiza a su nueva compañera como Ponyo. Pero lo más sorprendente está por llegar, puesto que Ponyo resulta ser hija de la diosa del mar y consigue transformarse en humana, además de poseer asombrosos poderes. A partir de aquí, baste decir que ambos protagonistas deberán encontrar el modo de hacer posible que los hombres y el mar convivan en armonía. Vuelven a aparecer así algunos de los temas predilectos del autor, tales como la amistad o la imaginación de la infancia, presentes, por ejemplo, en Mi vecino Totoro, a la que recuerda mucho. Por otro lado, como comentaba, posee un aire más infantil que las más recientes El viaje de Chihiro o El castillo ambulante, puesto que el cierto romance presente en éstas aquí se diluye en inocente amistad entre niños. Aunque, con todo, el gran tema de la película es el ecologismo, la urgente necesidad de hacer algo para salvar un planeta que se nos muere. No es nada nuevo en la obra de Miyazaki, puesto que ya aparecía como gran tema de La princesa Mononoke, pero sí algo más en su enfoque centrado en la infancia, lo quieran o no el futuro de nuestro mundo. Y al intimidante reto que tenemos por delante, el artista responde con un mensaje de esperanza, donde mundos que llegan a parecer irreconciliables -la tierra y el mar, los niños y los adultos- consiguen unirse y evitar el desastre. Para ello, para restañar el daño que el hombre provoca en el medio ambiente, es indispensable contar con la pureza de Sosuke y Ponyo, en otras palabras, aportar lo mejor de cada mundo.

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Ponyo en el acantilado puede verse, cómo no, dentro de la tradición narrativa de los cuentos infantiles. De este modo, no dejaría de ser una libre adaptación, suavizada y con final feliz, de La sirenita, el inmortal cuento de Hans Christian Andersen: joven enamorada que quiere ser humana, conflicto de ambos mundos… Ocurre, en todo caso, que la tradición enriquece a los grandes artistas -al tiempo que pone en evidencia a los mediocres-, y la cinta de Miyazaki resulta una bella aportación a la causa. Bella, bellísima por su perfección técnica, con una espectacular animación tradicional en dos dimensiones: plácidos cielos azules, relajantes noches estrelladas y, en especial, la desatada bravura del mar cobran vida ante nuestros ojos de manera pasmosa. Imágenes que vienen acompañadas por una preciosa partitura del gran Joe Hisaishi, compositor que oscila entre universos aparentemente tan alejados como los de Miyazaki y Takeshi Kitano -y sin embargo, a veces cercanos, como en la encantadora El verano de Kikujiro-. Música de sabor clásico para este festival de los sentidos, reservándose incluso un momento para el homenaje a la famosa Cabalgata de las valquirias de Richard Wagner en la escena de la tormenta. Bellos elementos que se dan cita en una fábula que parece tener su origen en la relación del propio Miyazaki con su hijo -la inevitable trastienda de los genios-, pero que trasciende los nombres para llegar a nosotros, a todo el que sea capaz de libarse de prejuicios ante una película de corte infantil que tiene mucho que ofrecer. Al igual que el un poco andrógino Fujimoto, el científico-mago que prepara el cambio de época para acabar con los excesos del hombre, ojalá nosotros pudiéramos consumar un cambio de era donde la imaginación de las películas de Miyazaki inundara a los habitantes de este enfermo planeta. Al menos nos queda el cine.

Antonio Camero

Gake no ue no Ponyo, Japón, 2008
Guión y dirección: Hayao Miyazaki; Fotografía: Atsushi Okui; Música: Joe Hisaishi; Película de animación.

Gran Torino

| 4 mayo 2009  

grantorino_2008Los que alguna vez ponemos titulares sufrimos una curiosa enfermedad: estamos convencidos de que el universo se puede resumir en una línea. Por tanto, la última película de Clint Eastwood va bien servida con manoseadas frases al estilo de “La despedida de un maestro” o “El adiós de Harry el sucio”. Nos lo tendrán que perdonar. Sin embargo, háganse un favor y no se queden nunca en el titular, porque a lo peor no se enteran de la misa la mitad. Y siendo las anteriormente apuntadas, y muchas otras frases por el estilo, un buen recurso para atraer lectores, apenas pueden atrapar lo mucho que esconde Gran Torino. Como se ha dicho, estamos ante la anunciada última interpretación de Clint Eastwood -de lo que esperemos que se arrepienta- y ante una cinta mucho más interesante que perfecta, cosa que ni es ni debemos desearle.

Gran Torino es una película levantada, se diría que a modo de tributo, en torno a Clint Eastwood. De principio a fin resuenan en la cabeza del espectador los personajes que en su larga trayectoria ha interpretado -y nosotros disfrutado- el veterano actor californiano. Violentos agentes de policía, polvorientos pistoleros del Lejano Oeste, aventureros de la carretera… Su protagonista, Walt Kowalski, no engaña a nadie: sabemos que antes de cambiarse el nombre se hacía llamar Harry Callahan (serie de Harry el sucio) o Thomas Highway (El sargento de hierro). Antipático, racista, intolerante y maleducado, ahora como entonces se pega a puñetazo limpio con la vida sin darle demasiada importancia. El comienzo nos lo confirma: este hombre que acaba de enviudar odia a todos los que tiene alrededor, ya sean vecinos orientales, bandas juveniles, un sacerdote inexperto e incluso -especialmente- a sus hijos. Pero en Gran Torino algunas cosas han cambiado, y el arquetipo del hombre duro ha perdido arrogancia, ha perdido, en fin, la juventud. Para Walt Kowalski, la noche ya ha empezado a caer, y perdido el único cabo que lo mantenía atado a este extraño, despiadado estercolero en que se ha convertido el mundo, se siente perdido. Viejas fotografías, su fiel perro y un Ford Gran Torino del 72 es lo poco que le queda tras el naufragio. Ningún consuelo encuentra en la religión –un enfoque que retoma lo ya dicho por el director en Million dollar baby-, y sólo parece entenderse con aquellos viejos amigos con los que se toma una cerveza de vez en cuando. Hasta que un incidente que implica al simbólico automóvil ponga en funcionamiento su oxidada maquinaria y este viejo y derrotado individuo se convierta, de nuevo, en una persona con algo que esperar de la vida, y algo que entregar a cambio.

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Dije que la película tiene mucho que rascar y lo mantengo. El sólido guión del poco conocido Nick Schenk toca temas de innegable trascendencia: pérdida de valores, violencia juvenil, choque de culturas o la eterna incomprensión entre padres e hijos. Bien es cierto que no le hace ascos a algún que otro lugar común, sobre todo en la relación maestro-pupilo que el protagonista mantiene con su joven vecino, pero las frases lapidarias puestas en boca del personaje salvan en gran medida la función -destaquemos la escena de la barbería o la visita de Kowalski a sus convecinos-. La sobria puesta en escena de Eastwood también ayuda, y aunque se queda lejos de la maravillosa austeridad de Million dollar baby, consigue sobreponerse a los muchos tics de los que tira en esta ocasión el actor -en la propia interpretación-, y director -como los innecesarios subrayados, véase el sonido del tambor en momentos de tensión-. Y con todo, lo mejor es acompañar al personaje hasta el bello final, asistiendo desconcertados al sombrío teatro de estos tiempos canallas donde los cobardes hacen fortuna. Apoyarlo cuando busca mecanismos de defensa ante la injusticia, dándonos cuenta por fin de que ver no es comprender y de que la vida no tiene sentido si no se transmite el legado de lo vivido. Y claro, acompañar a esta leyenda del cine en su despedida frente a las cámaras. Ahora sí: “La despedida de un maestro”. Me lo tienen que perdonar, no he podido evitarlo.

Gran Torino, EE.UU., 2008
Director: Clint Eastwood; Guión: Nick Schenk; Fotografía: Tom Stern; Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens; Intérpretes: Clint Eastwood (Walt Kowalski), Christopher Carley (Padre Janovich), Bee Vang (Thao Vang Lor), Ahney Her (Sue Lor), John Carroll Lynch (Martin), Brian Haley (Mitch Kowalski), Brian Howe (Steve Kowalski).

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