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Arctic Monkeys – Whatever people says I am, that’s what I’m not

Los Arctic Monkeys ya forman parte de la historia de la música popular, le pese a quien le pese. La razón es evidente: nunca un hype de factura británica había tenido semejante trascendencia ni un desarrollo tan claro. Auspiciados por la NME, durante meses sus demos se han convertido en habituales en ordenadores de medio mundo, sus conciertos se contaban por llenos y sus singles se aupaban a los primeros puestos… y aún no tenían ni siquiera un debut en el mercado.

Éste llega al fin en los inicios del 2006, y lo hace cargado de expectativas y críticas laudatorias que merecen más de una lectura. Porque Whatever people says I am, that’s what I’m not (Domino, 2006) ha sido elevado a los altares desde su concepción, y no solamente por los creadores del movimiento. En la propia España hemos tenido que ver cómo ese suplemento supuestamente de tendencias conocido ahora como EP3 le daba la friolera de un 10 sobre 10 al disco, la misma nota que la NME. ¿Qué hay tras tanto halago?

Pues hay un buen trabajo, la verdad. Estamos ante el siguiente paso en los nuevos grupos británicos a la hora de ir haciendo revivals de todo lo recuperable desde finales de los 70, llamémosle en este caso concreto Manchester. Ya Kasabian a ratos querían jugar a ser los Happy Mondays, así que curiosamente ahora nos toca tener aquí al remedo actual de los Stone Roses. Esto puede sonar muy fuerte, pero no nos engañemos, la esencia de los mancunianos no es tan difícil de aprehender. Otra cosa es ejecutarla como es debido.

Y así los Arctic Monkeys sirven un poco de cajón de sastre («melting pot» para quienes prefieran el inglés) de los revivals. Una voz más discursiva y recitativa que la media, ritmos que tienden a acercarse al estilo entrecortado del reggae modelo The Clash, muchos singles potenciales y letras callejeras en todos los sentidos, ésas son las bazas que juegan estos ingleses. Y saben hacerlo, pero no acaban de darse cuenta de que lo poco agrada y lo mucho gusta.

¿Eran necesarios 13 temas para este debut? La respuesta es negativa. Es imposible no decepcionarse cuando uno ve que el ritmo inicial no se mantiene en ningún caso. The view from the afternoon es un bombazo de entrada; I bet you look good in the dancefloor un single impecable y sin mácula; Fake tales of San Francisco y Dancing shoes un par de golpes al hígado para hacernos bailar. Y luego toca empezar a repetirse hasta la saciedad cayendo en esa moderna enfermedad que parece ser el no conseguir que las canciones tengan coherencia en un trabajo mayor, llamémosle disco.

Porque tras You probably couldn’t see for the lights, but you were looking straight at me todo empieza a cansar un poco y a sonar más sobado. Vale que tratan de ir incorporando nuevos elementos y la frescura no les abandona, pero todo el trabajo flojea. Solo el adrenalítico inicio de Still take you home o esa pequeña joya que es Perhaps vampires is a bit strong but… mantienen alto el pabellón mientras Riot van o Mardy bum se quedan a medio camino y el cierre con A certain romance no convence en ningún momento.

Visto lo visto, ¿eran para tanto los Arctic Monkeys? Pues va a ser que no, que estamos ante solamente otro paso más en el eterno revival que nos vende parte de la supuesta prensa especializada inglesa y en el que caen a menudo medios extranjeros. Y es triste, porque los Arctic Monkeys no se lo merecen, ellos deberían ser un grupo que pasase desapercibido y fuese sólo recordado por sus singles, en lugar de sufrir una campaña mediática que los coloque bajo la lupa y muestre sus defectos sin cesar.

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