Lêda Tres (Madrid, 22-04-08)

Expectación y curiosidad en la presentación del primer disco de Lêda Tres Hypnagogic (Origami Records, 2008). El primer álbum de la banda ha cosechado numerosos elogios y está siendo considerado como la revelación de este año. No es para menos, recupera viejas sonoridades anteriores a la Constitución del 78, cruza al David Bowie más marciano con añejas melodías del glam-rock, usa el sintetizador como si -cágate, Manolete- hubiera resucitado Asfalto y, para algunos, se trata de un trabajo creado tres meses antes de que naciera el punk. En fin, un delicioso vinilo de pop atemporal cargado de matices, en algunos momentos psicodélico pero, sobre todo, muy personal.

La prueba del algodón se escenificaba en la Sala Sol. A primera vista, la plaza estaba medio llena. Críticos, familiares del sur de Despeñaperros, la prima de P.J. Harvey, amiguetes de la facultad, y gente de todo tipo sin clave de tribu musical. Es martes y en la tele ponen otra repetición de House.

Arranca el espectáculo con el cantante, compositor y cineasta Pedro Fernández Perles sobre el escenario interpretando los primeros compases de Radio lab. A primera vista te preguntas quién es su peluquero y después, quién es su sastre. Lo del pelo tiene un pase pero el traje plateado de PVC augura una sudorosa noche. Después va saliendo el resto de la banda uniformados como el líder. La cosa, evidentemente, se empieza a calentar. Asaltan, a continuación, uno de sus temas estrella: I killed my mom, que suena un poco más convencional que en el disco.

Empieza el compadreo con el público. El acento de Pedro no engaña aunque te bebas todo el fino de Jerez. La corte andaluza empieza a bailar. Poco a poco van presentando todos los temas de Hypnagogic. We love you all se escucha redonda, cargada de mensajes hipnóticos; incluso, nos recuerda a la ELO antes de pegarse un tiro en el pié. Siguen con Missed love, un poco más roquerista y con la voz menos sugerente y delicada. Será el directo. Será la acústica de la sala.

A medida que avanza el concierto, el traje espacial va haciendo su efecto. Perico y compañía sudan y se les ve pasándoselo bien. El público también responde. Suena la canción que titula el disco y, por un momento, te acuerdas de The Who. Lêda Tres –que son cuatro- manejan con autoridad sus instrumentos y sus tiempos. La precisión de las bases –Chuchi al bajo y Esteban a la percusión- , la soltura y juego envolvente de Patricio a las teclas y, por supuesto, el buen hacer sobre el escenario de Pedro animan la sala.

Cargados de simpatía presentan Polar 3, nuevo tema de un futuro trabajo que profundiza con potencia la línea de Hypnagogic. Después plantean el concurso de la versión desconocida. Los primeros dibujos con la guitarra recuerdan a las gaviotas de Tomorrow never knows de The Beatles –una de las largas sombras de la noche-; una chica sube al escenario y confirma el título… Y sigue la fiesta. El popular single She came –inolvidable vídeo clip playero- cierra el grueso del show.

Satisfacción en la sala. Lêda Tres ha repasado con sencillez su exitoso álbum y con su visión personal ha manejado sonidos clásicos pero con un acento muy actual. El buen sabor de boca generalizado contrasta con algún apunte agridulce. Las sorprendentes atmósferas que recorren el vinilo Hypnagogic , en algunos casos, han estado ausentes. Sin duda, la producción de Paco Loco –siempre grande- marca mucho y supone un elevado reto para el directo. Sin embargo, un poco más de rodaje y carretera pueden ser las vitaminas Red Bull que pongan las alas definitivas a esta banda que se encuentra entre las más creativas del panorama musical español de este año. De momento, ya han encontrado su camino; ahora, sólo falta recorrerlo. La fiesta aniversario de esta web (el próximo 16 de mayo) puede ser la siguiente parada en la que disfrutemos de Lêda Tres. Buen viaje.

R.E.M. – Accelerate

No nos equivoquemos, los grupos tienen fecha de caducidad. Algunos son productos frescos, de esos que no duran ni un disco después de ser abiertos, aunque como Coldplay y derivados puedan seguir vendiendo a paletadas. Otros tienen el honor de mantenerse durante unos cuantos trabajos antes del bajón, y ahí tenemos gente como Blur u Oasis. Luego están los pocos afortunados que llegan a presumir de superar las dos décadas sin caer en la mediocridad y convertirse en pálidos reflejos de sí mismos. Gracias al Señor, R.E.M. pertenecen a ese último bloque.

Ya no son jóvenes, eso por descontado. No coquetean con el grunge ni se sumergen en la electrónica, territorios que ya conocen muy bien. Y por suerte, demos gracias a todos los dioses habidos y por haber, no tratan de ver qué pasa si ponen a un rapero a hacer el tonto a su lado. Simplemente son ellos mismos: un grupo potente, con buenas melodías y que, estando lejos de su mejor forma, siguen siendo mejores que el noventa por ciento del panorama musical actual. A día de hoy, cuando ya están a la altura de cualquier mito que se nos pueda ocurrir, merece la pena pararse a pensar que nunca nos daremos cuenta de lo grandes que han sido R.E.M. hasta que nos falten.

Ya hace 26 años del magnífico Chronic Town (I.R.S., 1982), pero ellos siguen facturando temas tan impecables como Hollow man, singles tan efectivos como Supernatural superserious o piezas tan sentidas como Sing for the submarine. Este Accelerate (Warner, 2008) no es un mero trámite, una excusa para una nueva gira. Se trata de un disco menor dentro de la carrera de los de Athens, pero igualmente disfrutable. No tiene ninguna genialidad como Man on the moon, pero han superado el bache que fue Around the sun (Warner, 2004) con una vuelta a los orígenes que les ha sentado muy bien.

Así que no dejéis que falsas ínfulas de modernez os guíen, escuchad el disco cuanto antes. Michael Stipe y los suyos siguen donde siempre, en el Olimpo de los grandes grupos. No te sorprenderán, pero siguen siendo muy buenos y cada vez parece que les cuesta menos serlo. Los dinosaurios del pop, en fin, siguen mordiendo.

Vetusta Morla (Madrid, 19-04-08)

Colaboradores | 22 Abril 2008  

En un momento de la actuación, viendo el Joy Eslava abarrotado desde el gallinero hasta el último palco, Pucho -la voz de Vetusta Morla- vino a decir que no sabía lo que tuvo que sentir Javier Bardem cuando le dieron el Oscar al mejor actor, pero que aquello era increíble. Desde luego que tenía motivos para estar contento.

Pero antes del gran show de la noche se pudo asistir al número que hizo Hyperpotamus. Empleando únicamente su voz y un loops station ofreció un espectáculo de un sólo hombre que resultó fresco y sobre todo muy divertido. Grababa en directo su voz y la reproducía montando unas capas sobre otras las veces que hiciera falta para crear complejos montajes. Así, no sólo demostró que tiene una cabeza perfectamente amueblada, sino que también logró que un sorprendido público lo pasara realmente bien.

El plato fuerte no se hizo esperar. Tras un telón blanco semitranslúcido aparecieron Pucho, David (batería), Álvaro (bajo), Jorge (percusión), Guillermo (guitarra) y Juan Manuel (guitarra y teclado). Venían presentando Un día en el mundo (Pequeño Salto Mortal, 2008), y las expectativas eran enormes tras haber vendido todo el papel con semanas de antelación. En líneas generales se les puede poner como pega que a nivel de sonido no fue el mejor concierto de una de esas bandas que llevan años pateándose todo el circuito madrileño. Ahora bien, en una jornada tan especial como esta ése no era el aspecto más importante. En cambio en el de las emociones no cabe duda de que entusiasmaron. Los presentes, tanto fans de los viejos tiempos como nuevos fieles, corearon canciones a conciencia, gritaron de alegría, y disfrutaron con unos Vetusta Morla que vivieron algunos de los momentos más especiales de su vida musical.

Y es que hubo de todo. Comenzaron con Autocrítica con caras de celebración, y lo dieron todo en temazos como Sálvese quien pueda o una demencial La cuadratura del círculo (fantástico lo de llevar los bidones de metal) con la que cerraron la primera parte del set. Tuvieron geniales ideas de producción, como que Pucho y Guillermo comenzaran los bises tocando Iglús de cara a una videocámara que proyectaba sus primeros planos sobre el telón que les tapaba. También mostraron alguna canción nueva como Vida no hay mucha y recordaron viejas composiciones como Mi habitación favorita o La gravedad. Subieron amigos al escenario en la hermosa Al respirar (Hyperpotamus al harmonio acompañado de Willy Planas al chelo) y en Saharabbey road (Jairo Zavala a la guitarra). Ésta última sirvió de gran fin de fiesta que ponía de relieve la situación del pueblo Saharaui, y les permitió terminar de dar gracias de manera personalizada a todos aquellos que han ayudado a Vetusta Morla a lo largo de su carrera.

Esas continuas y sinceras muestras de agradecimiento de la banda dieron lugar a uno de los momentos más emotivos, cuando Pucho tuvo que dejar de hablar porque no podía reprimir las lágrimas mientras se dirigía a esos seguidores que les apoyan desde hace años. Cuando el concierto tocaba a su fin uno de ellos gritó que lo próximo sería abarrotar Las Ventas, y es probable que en cierto modo no ande desencaminado, ya que suena imposible que se repitan esos conciertos en salas como Siroco o Café La Palma ante apenas cincuenta personas. Lo de que en el futuro Vetusta Morla den la vuelta al ruedo en la mayor plaza de España es cuanto menos complicado, pero de lo que no hay duda es que por ideas e ilusión están en el buen camino.

Autor: Miguel González

Russian Red – I love your glasses

Juan Carlos Gomi | 18 Abril 2008  

Esta chica te tiene que gustar. Tiene veintidós años, una voz impresionante, toca la guitarra y canta en un inglés muy aceptable. Además, parece simpática, es mona y tiene estilo usando gafas de sol. Su música te transporta a mundos intimistas y desiertos, te retuerce el alma y te obliga a reflexionar sobre las tardes lluviosas. Con bastante menos, alguna ha llegado a ser primera dama en la Francia de Sarkozy.

Por si fuera poco, el patio está caliente. Bajo una aparentemente silenciosa promoción, Lourdes Hernández ha ido ocupando espacio mediático y ha inundado de “youtubes” los blogs más enfermizos. Todo ello ha creado una expectación inusitada con su primer trabajo en plástico, I love your glasses (Eureka-Pias Spain, 2008), un álbum, para muchos, memorable. Y para otros, imprescindible. Lo dicho, te tiene que gustar.

Su voz quebradiza y conmovedora nos recuerda, a primera vista, a multitud de “chicas con guitarra acústica” de la historia musical. Dependiendo de la hora del día te puede sonar a Joan Baez, Dolly Parton, Cat Power, Chan Marshall o –lo siento, amigos- Leonor Marlango. Sin embargo, cada canción tiene su color y cada acorde, su brisa. Es decir, Lourdes consigue su espacio propio jugando en varias canchas y demostrando una arrolladora personalidad que, sin duda, estimula la producción de Fernando Vacas.

Como no podía ser de otra forma, el disco se abre con la ya popular Cigarettes, punta de lanza y tarjeta de presentación de Russian Red en todos los escenarios. Después, dispara una estremecedora No past land que, con una sencillez pasmosa –acústica, eléctrica dibujando melodías y leve percusión- eleva la voz de Lourdes a lo mejor de sí misma. En el primer single, They don’t believe cambia de registro y con la voz doblada y el piano juguetón consigue casi un estribillo pop. Y sigue la variedad: Gone, play on nos excita, Take me home nos viste de vaquero del Medio Oeste y, por supuesto, una inolvidable versión de Girls just want to have fun, de Cindi Lauper, nos demuestra que ser triste es algo más que una actitud.

Sin ser redondo –a veces peca de cierto ensimismamiento o afectación-, I love your glasses confirma un valor seguro y augura un éxito a lo grande. Puede que algunos enamoradizos con cuatro lecturas existencialistas y una mala escucha de Bob Dylan se sumen a la marea de Russian Red animados por la fragilidad de esta “bella dama” que, por si fuera poco, inició su aventura musical en el Buho Real, antro de hippies, olor a tabacazo y gentes de mal vivir. Pero eso no debe importarnos. El debut de Russian Red es, sin duda, una buena noticia para esta refrescante primavera musical que estamos viviendo. Lo dicho, te va a gustar.

Fuck Buttons – Street horrrsing

Samuel Benito | 17 Abril 2008  

Euforia: sensación de bienestar, resultado de una perfecta salud o de la administración de medicamentos o drogas. Esta definición de la Real Academia encierra a través de sus términos descriptivos el bagaje global del debut largo de Fuck Buttons, Street horrrsing (ATP, 2008), situándose estilísticamente entre dos mundos diferentes pero conocidos entre sí, el ambient y el noise. Aunque los términos puedan sonar petulantes, endiosados quizás y dados a una postura más reflexiva que placentera, el dúo de Bristol muestra una semblanza menos compleja de lo que parece a través de una parte rítmica repetitiva que no despide halos de misterio, sino de luz y euforia de la manera más asfixiante posible. Para la grabación del disco han contado con la producción de John Cummings (Mogwai) y la masterización de Bob Weston (Shellac).

El oyente ante este tipo de álbumes (seis temas y todos salvo uno de más de siete minutos de duración) siempre se mostrará dubitativo. ¿Será el momento apropiado para escuchar este disco? ¿Tengo que estar anclado a los auriculares durante un mes para saborear con dulzura todo lo que contiene? Pese a que estas características puedan inhibir a aquellos no acostumbrados a los movimientos musicales antes mencionados, el grupo no parece querer llevar esa actitud introspectiva hacia su música, de tal manera que van aderezando un ritmo seco con capas de ruido y voces distorsionadas provocando ambientes agitados y opresivos a la vez.

Formados hace cuatro años, Andrew Hung y Benjamín John Power forjaron su pasaporte hacia un relativo interés mediático internacional con el single Bright tomorrow (ATP, 2007), que supuso su punto de partida hacia un proyecto un tanto rara avis. El tema estrella del disco se erige como tal por ser el menos “indigesto” de los seis, el más completo y quizá el más entusiástico. El ritmo se compone de un simple loop de bombo y el cuerpo de la canción se va formando cuando entran en escena capas de ruido cortantes y ásperas que acompañan la incursión de un teclado que le da vitalidad al tema. En la parte final, la apoteosis llega a través del ruido distorsionado, elevándose por encima del teclado repetitivo, y las voces deformadas, chillonas y llenas de energía.

El disco también tiene joyas del calibre de Sweet love for planet earth, que abre el disco con un tintineante y delicado sonido que recuerda a un xilófono lleno de lúcidos efectos. Las capas de ruido empiezan a florecer poco a poco hasta que terminan convirtiéndose en el ritmo de la canción con esos cortantes loops generados sobre tres notas. Al curioso tratamiento de las voces les influye cierto vigor que parece alejarles de un ambient introspectivo y melancólico. El tribalismo, junto con el uso de samplers de sonidos selváticos, aparece en el corte Ribs out, que parece ser la introducción al tema más largo del álbum, Okay, let’s talk about magic. Más de diez minutos de una canción que puede se propensa a atragantarse, ya que hasta la mitad no se empiezan a vislumbrar el ritmo y melodía definitivos.

Como resumen cabe decir que la experimentación electrónica, “ruidística” y ambiental que lleva a cabo el dúo inglés tiene, como casi todos los trabajos experimentales, dos caras: el coraje de un proyecto innovador y el resultado un tanto difuso debido a tanta amalgama sonora. Pese a que pueda haber momentos de sobre-experimentación los aciertos suman más que los fallos, aunque no cabe duda que ante algunos discos haga falta ser más extraterrestre que humano.

Charades – En algún lugar

Es un buen momento para el optimismo. La inflación alcanza el cinco por ciento interanual, el petróleo supera los ciento diez dólares por barril y la tasa de crecimiento tiende a la baja. Sigues sin poder comprarte un piso y, encima, el puto jefe te ha amenazado con despedirte de tu mierda de curro. Mientras, sueñas con ser algún día un buen mileurista -como los que salen en El País- y poder pagarte unas vacaciones. Menos mal que nos queda Charades. Es tiempo de optimismo.

Y de buena salud. Con En ningún lugar (BCore, 2008), su segundo disco, primero para el sello barcelonés, Charades consiguen despejar las tormentas, subirnos el ánimo y empujarnos a la calle con euforia. Esto es pop español del bueno. Melodías alegres y pegadizas, coros clásicos e impecables, atmósferas llenas de matices y, sobre todo, excelentes canciones.

En veintitrés minutos y diez temas -once en la edición vinilo- esta banda plurinacional (ahora se dice “diversa”) se muestra llena de inspiración a la hora de componer joyas de menos de ciento ochenta segundos. La canción que da título al álbum nos lleva a muchos lugares comunes porque “soñamos en alto”. La preciosista El barco de Eric nos emociona y nos creemos que “detrás de la mirada se esconde la verdad”. Sin olvidar la brillantez de La máquina del tiempo, que nos recuerda que podemos detener el reloj en la soledad de nuestra habitación. Letras en castellano intimistas y, algunas veces, melancólicas; palabras, en definitiva, que nos dicen que otra adolescencia hubiera sido posible.

La impecable producción de Santi García y, sin duda, el espíritu contemporáneo de la banda introducen sonoridades cercanas al pop tradicional con guitarras resofónicas, bajos acústicos, percusiones personales y sintetizadores envolventes. Todo ello sin etiquetas y sin caer en machacados territorios independientes de grandes almacenes. Isa (Bilbao), María (Barcelona), Coki (Ponferrada) y Guille (Madrid) dibujan un mapa lleno de sinceridad y buen rollo.

Quizá, además, con Charades nos encontremos con un botón de muestra de un necesario cambio de ciclo en la música popular. Hasta hace poco era necesario cantar un inglés de Home English o en un español para idiotas -o locos- para tener un reconocimiento de las distintas pandillas indies o del gran público. Decir “Fuck you” era sencillo y canturrear “María Rosa” animaba a rimar con sosa. Pues bien, una vez que hemos demostrado que nuestro conocimiento de la lengua anglosajona es aceptable y que Sabina no va a entrar en la Academia -¿o sí?-, parece que las bandas vuelven a las letras en castellano. Charades o Havalina son buen ejemplo de mejora con el cambio. En cualquier caso, atentos. Al final, va a ser un buen momento para el optimismo.

Havalina – Junio

Colaboradores | 11 Abril 2008  

Muchos son los cambios que han abordado Havalina Blu en el sucesor de A woman or two (Junk Records, 2006). El más importante -aunque tal vez no el más obvio- ha sido la decisión de Charlie Bautista de abandonar una formación de la que había sido cabeza visible junto a Manuel Cabezalí desde que fuera fundada en el año 2001. Ante la imposibilidad de estar plenamente centrado en Havalina -toca entre otros con The Sunday Drivers, Christina Rosenvinge, Amigos Imaginarios o Tulsa- Charlie ha optado (de mutuo acuerdo con el resto del grupo) por dejar la banda. Así el cuarteto no sólo ha acortado su nombre, sino que se ha convertido en un trío en el que Nahúm García ha sustituido a Sara Iglesias al bajo mientras que Javier Couceiro se mantiene al mando de las baquetas.

La novedad más evidente que trae este Junio (Estoescasa!, 2008) es el paso del inglés al español en las letras. Lejos de ser una cuestión de modas al alza en la música alternativa patria, esta evolución esconde la frustración de no lograr que calasen las letras de sus trabajos anteriores en un país que por lo que se ve no invierte lo suficiente en colegios bilingües. Llegados a este punto empieza a parecer que hablamos de una banda distinta, y en cierto modo es así. Hemos pasado de dos líneas compositivas fácilmente reconocibles -como Lennon/McCartney versión Barrio del Pilar- a una concepción más homogénea en esencia, pero no por ello menos variada y desde luego colmada de interés.

Además ahora Havalina se muestran plenamente en estudio tal y como son tocando en vivo, crudos y directos a la yugular. Bastan diez segundos de A golpe de bisturí (toda una declaración de principios) para comprobar cómo sacan partido a los elementos básicos de la entente guitarra-bajo-batería. Y con cinco más de Nadie como yo nos dejan claro que saben hacernos vibrar sin concesiones. Alternan desarrollos más contenidos de gran intensidad, como ¿Dónde irán? o Septiembre, con algún medio tiempo como el de Cosas que le diría y auténticos cañonazos como Tus huesos, Sólo pienso en mí o Noches sin dormir, con guiño a su amado Iggy Pop incluido.

Si la intención era hacer más cercano su mensaje desde luego que lo han logrado. Es difícil no sentir simpatía por ese omnipresente macarra sensible y sediento de sexo al que le cuesta mirar a los ojos antes que a las tetas, pero que está deseando que le permitan abrir su alma para entregarse. Hablando de mujeres, sólo se puede sonreír cada vez que se escucha Pechos de metal, oda a determinada pseudodama del indie con, al parecer, un pequeño problema de elefantiasis en el ego. En realidad no se deja de hablar de mujeres, siempre presentes como catalizadores de alegrías y miserias. Al escuchar Siewertd pienso que no pueden evitar hacerse mayores mientras no dejan de ser esos tristes felices que se ahogan de ganas de vivir nuevas experiencias.

A los que seguimos desde hace tiempo a esta banda periódicamente nos surge una interrogante: “¿por qué no acaban de dar el salto de popularidad que por su calidad merecen?”. Una de las excusas baratas que más nos placen es la de que son demasiado rockeros para el público que gusta de la música independiente sin llegar a dar el perfil del típico grupo que va al Azkena. Lo cierto es que tienen repertorio para quemar cualquier festival o sala que se les ponga por delante mientras sigan manteniendo esta ilusión por su proyecto, y la paciencia y el trabajo duro seguro que terminarán por dar su fruto.

Standstill (Madrid, 04-04-2008)

Colaboradores | 9 Abril 2008  

Partiendo de la absoluta veracidad de la premisa “No hay que perderse un concierto de Standstill bajo ningún concepto”, es fácil imaginar lo que debemos hacer si, en lugar de una actuación al uso, la banda ofrece uno de sus espectáculos -o montajes, o como queramos llamarlo-. En este caso los prolegómenos corrieron a cargo del argentino Gabo Ferro (antiguo miembro de Porco), que acústica en mano dio un peculiar recital presentando temas de sus tres álbumes en solitario. El patio de la Casa de América, sito en el Palacio de Linares -junto a la céntrica Plaza de Cibeles-, se abrazó con el intimismo que ofreció este cantante de voz más que particular y mente retorcida.

Tras un retraso por motivos logísticos sobrellevado sin dramas por los allí presentes, Ricky Lavado (percusionista de Standstill) apareció luz de camping gas en mano para guiarnos a todos hasta la entrada del pequeño teatro donde tendría lugar el show. En penumbras se nos invitó a sentarnos en el suelo para descubrir que la distribución de los músicos era bien distinta a la habitual, situándose éstos en cinco puntas más o menos equidistantes, envolviendo así al público en lugar de plantándose en frente. Mientras ultimaban los preparativos en una pantalla pudimos ver parte del documental Standstill 1997-2007: 10 años y una zanahoria, en el que anteriores miembros del grupo contaban vivencias y anécdotas pasadas y presentes.

Lo bueno llegó al fin cuando empezó a entonarse 1, 2, 3 sombra con la única iluminación de algunas de esas lámparas de camping gas. A partir de ahí se repasó a conciencia Vivalaguerra (Buena Suerte / Pias, 2006), dando lugar a una cantidad tremenda de momentos para enmarcar. Contribuyó a ello el sonido (mucho mejor de lo que cabría esperar a priori), pero también los variados efectos luminotécnicos con fluorescentes, luces circulares, focos de colores y claroscuros que terminaban por ser un elemento más de cada canción. La risa funesta, La mirada de los mil metros, Víctor San Juan… fueron cayendo una tras otra recordando en vivo por qué conforman uno de los mejores discos del 2006.

La cercanía y la complicidad con la banda fue mayúscula, especialmente en la parte final, cuando Enric Montefusco (voz y guitarra) cogió su silla y se situó en el epicentro de la sala para tocar 1, 2, 3 Sol, que una vez más se postuló como todo un tratado de comunión con la vida, y una versión de minutaje reducido de Yo soy el presidente de la escalera. Lo más grande estaba por llegar, y es que Enric dejó su instrumento para subirse a la silla, animando a todos a levantarse después de una hora incómodamente aposentados para dar rienda suelta entre confetis y enormes globos de colores a un ¿Por qué me llamas a estas horas? totalmente catártico.

Quedaba un bis en el que se colocaron ya todos los músicos alrededor de la batería, rememorando aquellos primeros conciertos en los que sólo las primeras filas los veían. Feliz en tu día, Poema nº3 y Cuando sonaron como espectacular síntesis de su fenomenal Standstill (BCore, 2004). Tuvieron que salir tras una tremenda ovación y griterío interminable para dar las gracias de nuevo disculpándose por no poder tocar más. Pero todos queríamos más, y es que cuando la afonía acecha por no parar de cantar himnos dejándote la garganta, lo último que quieres hacer es marcharte a casa.

Autor: Miguel González

Standstill (Madrid, 04-04-08)

Colaboradores | 8 Abril 2008  

Partiendo de la absoluta veracidad de la premisa “No hay que perderse un concierto de Standstill bajo ningún concepto”, es fácil imaginar lo que debemos hacer si, en lugar de una actuación al uso, la banda ofrece uno de sus espectáculos -o montajes, o como queramos llamarlo-. En este caso los prolegómenos corrieron a cargo del argentino Gabo Ferro (antiguo miembro de Porco), que acústica en mano dio un peculiar recital presentando temas de sus tres álbumes en solitario. El patio de la Casa de América, sito en el Palacio de Linares -junto a la céntrica Plaza de Cibeles-, se abrazó con el intimismo que ofreció este cantante de voz más que particular y mente retorcida.

Tras un retraso por motivos logísticos sobrellevado sin dramas por los allí presentes, Ricky Lavado (percusionista de Standstill) apareció luz de camping gas en mano para guiarnos a todos hasta la entrada del pequeño teatro donde tendría lugar el show. En penumbras se nos invitó a sentarnos en el suelo para descubrir que la distribución de los músicos era bien distinta a la habitual, situándose éstos en cinco puntas más o menos equidistantes, envolviendo así al público en lugar de plantándose en frente. Mientras ultimaban los preparativos en una pantalla pudimos ver parte del documental Standstill 1997-2007: 10 años y una zanahoria, en el que anteriores miembros del grupo contaban vivencias y anécdotas pasadas y presentes.

Lo bueno llegó al fin cuando empezó a entonarse 1, 2, 3 sombra con la única iluminación de algunas de esas lámparas de camping gas. A partir de ahí se repasó a conciencia Vivalaguerra (Buena Suerte / Pias, 2006), dando lugar a una cantidad tremenda de momentos para enmarcar. Contribuyó a ello el sonido (mucho mejor de lo que cabría esperar a priori), pero también los variados efectos luminotécnicos con fluorescentes, luces circulares, focos de colores y claroscuros que terminaban por ser un elemento más de cada canción. La risa funesta, La mirada de los mil metros, Víctor San Juan… fueron cayendo una tras otra recordando en vivo por qué conforman uno de los mejores discos del 2006.

La cercanía y la complicidad con la banda fue mayúscula, especialmente en la parte final, cuando Enric Montefusco (voz y guitarra) cogió su silla y se situó en el epicentro de la sala para tocar 1, 2, 3 Sol, que una vez más se postuló como todo un tratado de comunión con la vida, y una versión de minutaje reducido de Yo soy el presidente de la escalera. Lo más grande estaba por llegar, y es que Enric dejó su instrumento para subirse a la silla, animando a todos a levantarse después de una hora incómodamente aposentados para dar rienda suelta entre confetis y enormes globos de colores a un ¿Por qué me llamas a estas horas? totalmente catártico.

Quedaba un bis en el que se colocaron ya todos los músicos alrededor de la batería, rememorando aquellos primeros conciertos en los que sólo las primeras filas los veían. Feliz en tu día, Poema nº3 y Cuando sonaron como espectacular síntesis de su fenomenal Standstill (BCore, 2004). Tuvieron que salir tras una tremenda ovación y griterío interminable para dar las gracias de nuevo disculpándose por no poder tocar más. Pero todos queríamos más, y es que cuando la afonía acecha por no parar de cantar himnos dejándote la garganta, lo último que quieres hacer es marcharte a casa.

Autor: Miguel González
Fotos: Lola García Garrido [www.lolagarciagarrido.com.ar]

Entrevista a Sr. Chinarro (abril 2008)

Colaboradores | 8 Abril 2008  

No sé si recordarás que te hicimos una entrevista por teléfono hace algo más de un año. Fue bastante bizarra porque para poder grabarla teníamos que comunicarnos como si habláramos por walkie-talkie.

Me suena, pero por desgracia cuando estoy haciendo entrevistas me siento como si estuviera haciendo la misma todo el rato. [risas] Leer más

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