Vampire Weekend – Vampire Weekend

Samuel Benito | 24 Marzo 2008  

Resulta sorprendente el debut de Vampire Weekend, y la verdad es que no se sabe si es por lo que ofrece, que es bastante, o por lo que no muestra. Rodeados como estamos de aquellos grupos dream-pop que dotan su sonido de una excelsitud voluptuosa, o del un tanto repetitivo rock épico que parecen usar últimamente determinados grupos para beatificarse a sí mismos, este gruopo demuestra cómo hacer soplar una bocanada de aire fresco sobre la comunidad indie (¿o industria?) de la manera más sincopada posible, con cierta originalidad rítmica y con una melodía que resulta realmente estimulante (y todo ello sin engrandecer el sonido). Seco pero suave, este Vampire Weekend (XL, 2008) se postula como candidato desde ya a mejor debut del año, y eso que sólo llevamos tres meses del mismo.

Los diez temas fueron inicialmente grabados en diferentes apartamentos y sótanos hasta que hablaron con la discográfica XL y decidieron sacar su trabajo a la luz, pero manteniendo esa sencillez tan patente en el disco. La batería y el bajo son quizá las claves más chocantes de los neoyorquinos, predominando una cierta evocación africana. Vampire Weekend han elegido componer canciones rematadamente pop, pero han querido trabajar concienzudamente el ritmo convirtiéndolo en rebuscado y simple a la vez; todo en la misma pista, todo en el mismo álbum. Valga como ejemplo Cape cod kwassa kwassa, en el que el reggae, el afro-pop y el uso mínimo de violines acompañan a unas guitarras que son marca de la casa: no hay riffs, ni distorsión, ni protagonismo. Sólo con pequeños punteos y acordes (dicen ellos que inspirados por músicos africanos) consiguen tejer unas melodías que podrían ser cargantemente pop si no fueran responsabilidad de los cuatro americanos.

Profundizando en el contenido del disco, Mansard roof lo abre directa al grano, con Ezra Konig dócilmente verseando sobre un ritmo que desde el principio va evolucionando sobre esa batería realmente cortante, simple y original. Oxford comma empieza suave, con cierta cadencia, hasta que la batería y un órgano insuflan intensidad a un ritmo que cambia ligeramente hasta que vuelven a empezar. En One el reggae aparece sobre unos coros y unos mínimos sintetizadores que hechizan a lo largo y ancho de la pieza. Como traca final la maravillosa Walcott ofrece tal frescor vitalista que parece mentira que las estrofas estén hechas con voz y batería únicamente.

Es realmente difícil componer canciones tan sencillas y enrevesadas a la vez, razón por la que la prensa musical sensacionalista les puede señalar como nuevo hype de la temporada. Quizá puedan esquivar ese tipo de juicios de la misma manera que se enfrentan a su música, demostrando así que esta inspiración no es sólo temporal.

The Primary 5 – Go!

The Primary 5 se formaron en marzo de 2003 con Paul Quinn (batería de Teenage Fanclub) y el guitarrista Ryan Currie a la cabeza. Un año después apareció North Pole (BellBeat Music, 2004), un primer disco que recibió muy buenas críticas y al que siguió una gira donde acompañaron a Arthur Lee y su banda. El pasado año, y prácticamente por la puerta trasera, se publicó este Go! (Re-Action, 2007).

Grabado en Escocia y producido por Nick Brine (Stone Roses, Oasis o Bruce Springsteen son algunos de los nombres con los que ha trabajado anteriormente), el segundo trabajo de The Primary 5 sirve, entre otras cosas, para paliar la espera de un nuevo disco de nuestros queridos Teenage Fanclub. Y es que el sonido de los diez cortes que componen Go! se mantiene dentro de las coordenadas que han acompañado a los de Glasgow desde Gran prix (DGC, 1995). Esto es, piezas donde prima la melodía y las voces con el añadido de sutiles arreglos que confieren cierta magia a cada una de las composiciones. Todo ello sin perder de vista a los referentes de siempre como los Byrds, Big Star o Velvet Crush, entre otros.

El disco contiene algunas joyas que los amantes al buen pop saborearán durante días. Regalos para nuestros sentidos como 2 A.M., Make believe o Sunsets (las emisoras de radio actuales tendrían que saturarse de canciones como ésta última) hacen de este álbum algo especial. No menos disfrutable es el resto de temas, donde encontramos colaboraciones como las de Norman Blake (controlando las voces y prestando la suya para los coros de Off course) o Raymond McGinley a la guitarra en Stars and stripes.

Para que os hagáis un idea -más en cuanto a referencia conceptual que sonora-, Go! podría ser la continuación perfecta para She’s about to cross my mind de los Red Button (Grimble Records, 2007), del que hablamos por aquí el mes pasado. Un agradecido montoncito de felicidad en forma de canciones elaboradas con mimo, profesionalidad y mucho cariño. El mismo que, en pocos días, sentirás tú por este disco con sabor a verano imposible.

Club 8 (Madrid, 6-03-2008)

Frío en Madrid. Sala el Sol, seis de marzo. Chicas con gafas de pasta, chicos con patillas y jerséis de pico. Concierto de Club 8. Dos simpáticas finlandesas destacan entre el público. He comido patatas a la riojana y espero un dulce postre musical. Sorpresa, sale la banda. Seis personas sobre el escenario. Interesante base rítmica y una guitarrista extra femenina. Esto promete y corre la cerveza. Karolina Komstedt viste un traje negro sin mangas, se ofrece elegante mientras bebe agua con limón, dicen los expertos. Uno imaginaba un cóctel sofisticado, no sé por qué…

Primeros acordes, funciona pero la voz carece de brillo. Va subiendo el calor. Combinan temas de su último álbum The boy who couldn’t stop dreaming (Labrador, 2007), con otras joyas intimistas de antiguas grabaciones. Suena brillante Football kids, parece un poco plana Heaven, baja la tensión y sube la intimidad cuando cantan -casi a capela- Jesus, walk with me. Karolina busca con su mirada complicidad con las dos finlandesas. Johan Angergard, con su característico flequillo, domina y controla el escenario.

Risas, esto funciona y el bajista parece simpático con ese bigote y esa gorrita -¿estará calvo?-. En algunos momentos parece que la voz de Karolina se va a romper, como si fuera una copa de cristal checo. Impresiona pero se nota una ligera contención. Antes, en la época romántica, la melancolía era considerada una enfermedad. No importa, suenan limpias las guitarras, la percusión marca con contundencia el ritmo y la voz, como un susurro nos traslada a paisajes nórdicos.

De pronto, nuestra rubia favorita anuncia la última canción del concierto: el single Whatever you want. Será un chiste malo de Malmö. Suena con efectividad el tema -“papaparapa paparapapa”- y parece que el del flequillo se ha ido. Y se van todos. Trece composiciones sobre la sala y adiós. Cunde la estupefacción. Al rato salen de nuevo para los bises y anuncian que vamos a conocer la otra cara de Club 8. El del flequillo empieza a cantar Saturday night engine, alguien levanta la mano y hace los cuernos. No son los Hellacopters pero tienen riffs de guitarra. Qué subidón. Después el primer single de éxito mundial de la banda: Missing you. La parroquia se mueve y tatareamos sin miedo el estribillo. Y ahí se acaba todo, en el extremo de un acantilado del norte de Europa.

Algunos se preguntan “¿Qué pasa?”, la mayoría sonríe y se va educadamente. Al rato Johan recoge los cables del escenario y se deja hacer fotografías con las alegres chicas finlandesas. Ni rastro de Karolina. Salgo a la calle y hace frío en Madrid.

Piia y Anni, las dos alegres fans finlandesas, tras el concierto

Fotos: Andrés Cabanes y J. Carlos Gomi

Bauhaus – Go away white

Han sido veinticinco años los que han pasado desde el Burning from the inside (A&M, 1983). Si entonces Bauhaus eran un grupo en pleno proceso de descomposición pero cuyos componentes tenían la suficiente calidad individual para salvar el conjunto a base de golpes de genio, ahora sus nuevas composiciones son el fruto de varias reuniones para giras multitudinarias donde Murphy pueda volver a ponerse la capa y cantarle a Bela Lugosi.

Muchas cosas han ocurrido en este lapso. David J ha sido un experimentador constante, Peter Murphy ha triunfado en el pop para después ser una de las voces más personales del panorama musical sin dejarse atrapar en ninguna etiqueta y Daniel Ash no ha abandonado nunca su característico sonido a la guitarra en una carrera convincente pero no espectacular. De Kevin nada que contar, siempre ha estado a la sombra de su hermano. El resultado de todos esos procesos ha sido el que finalmente se reuniesen dieciocho días en California para grabar en un abrir y cerrar de ojos un disco que les devuelve a los primeros 80 de manera directa. En Go away white (Cooking Vinyl, 2008) las guitarras glam están liberadas, los estribillos vuelven a aparecer y la voz se pasea del melodrama a los recitados sin ningún pudor.

El tiempo no parece haber pasado por Bauhaus. Siguen alternando temas directos como Adrenalin, superando los cinco minutos y medio de duración con un ritmo aplastante y constante, con los amagos introspectivos de Saved o la directa locura de Zikir. Esta última cierra el álbum, y tal vez la carrera del grupo, de una manera muy adecuada. Recitado sobre un fondo casi inexistente, la voz repetitiva de Peter Murphy nos embarca en un último viaje a ese mundo tan peculiar creado por los de Northampton.

Antes, tres joyas para guardar por los fans de la banda. Está Endless Summer of the damned, convertida en uno de esos temas bailables marca de la casa, tan hipnóticos como disfrutables. También nos quedamos con The dog’s a vapour, una relectura de su propio tema llena de un dramatismo real, palpable y sobrecogedor. Qué decir de Black stone heart, más Bowie que casi nunca y lo más directo y radiable que esconda el disco, dominada por los matices de la voz de Murphy.

¿Ha merecido la pena la espera? La respuesta, sin duda alguna, es que sí. Un puñado de nuevos temas de una de las bandas más míticas que pueda haber dado el Reino Unido en los últimos treinta años siempre es una buena noticia. Pero no nos confundamos tampoco, el avance que sus miembros han ido mostrando en sus carreras en solitario no se ha trasladado a la banda en su conjunto. Bauhaus siguen anclados como conjunto en un difuso momento directamente posterior a 1983. Su momento para abrir caminos ha pasado, y si este disco es la muestra final de su trabajo juntos será hasta una buena noticia. En adelante solo parece que pudieran repetirse hasta la saciedad.

Lêda Tres – Hypnagogic

Colaboradores | 6 Marzo 2008  

Cada cierto tiempo aparece un disco que sabe condensar en unas pocas canciones toda una serie de influencias y estilos creando una suerte de pop atemporal de esos que te dejan un buen sabor de boca y una sonrisa en la cara. Si el año pasado sucedió con el debut homónimo de Pájaro Sunrise, este año podemos hablar así de este Hypnagogic (Origami Records, 2008).

Detrás de Lêda Tres está Pedro Fernández Perles, compositor en bandas como Carne Lovers y en cortos de cine como Háblame bajito (Fernando Merinero, 2006), también ejerce de productor, ilustrador y diseñador y técnico de sonido. Este tipo de información podría ser anecdótica si no fuera porque en este álbum él mismo es autor de letras y músicas, ha grabado las voces y guitarras, es responsable de las programaciones y hasta del diseño del disco. Pero Pedro Fernández no está solo en este proyecto: le acompañan Jesús Cabral (bajo), Esteban Fernández (batería), Patricio Espejo (piano) y Paco Loco como conductor del resultado final como productor, así como responsable de la grabación y las mezclas del álbum.

No me he parado mucho a pensar antes de escribir sobre este Hypnagogic, porque mientras lo escuchaba por primera vez sólo podía pensar en una cosa: suena a clásico, a Bowie, a Beatles, a Queen, a The Who, a Steve Miller, a Fletwood Mac, a Neil Young… Pero también a Wilco, a Dinosaur Jr., a Fountains Of Wayne, a Josh Rouse, a Death Cab For Cutie, a Sufjan Stevens… Y es que Lêda Tres suenan a pop, a rock, a folk, a new wave, a soul, a glam o a power pop en una amalgama sónica en la que el carácter de la banda se mantiene intacto, entre otras cosas gracias a la voz tan personal de Pedro.

Canciones como She came (atención a su videoclip en YouTube), My dear radio lab o I killed my mom on the road podrían pasar desde ya al Olimpo de la inmortalidad. Y en este momento de hablar de algunas canciones en concreto, no podemos olvidar el trabajo de Paco Loco. El asturiano se comporta de forma más que notable, sabe imprimir su particular marca de la casa incluso dejando notar influencias de otros artistas con los que ha trabajado en el sonido de Lêda Tres: los sintetizadores de Give me the hat bien podrían ser de Bombones, o las flautas de Martha Perry en la citada I killed my mom on the road de Josh Rouse.

Club 8 – The boy who couldn’t stop dreaming

Siento la agradable melancolía de las últimas tardes de estío, cae el Sol en el campo de las espigas doradas y tú te pones la rebeca que te tejió mamá con cariño. Todo parece resplandeciente mientras, de la nevera portátil, sacas una tónica agitada con gin. Es perfecto ver a los perros jugar. Es perfecta la rubia sueca que lee filosofía existencialista y comenta los últimos párrafos no sin dulzura. Me tomaré una manzana. La luz es intensa cuando estás de vacaciones en España.

No sabemos si Johan Angergard y Karolina Komstedt compusieron estas canciones en una casa de labranza en Villacastín (Segovia) o si pertenecen al club sueco de amigos de la sangría light. Lo que sí tenemos claro es que Club 8 han conseguido con su último disco describir musicalmente unas imágenes que nos recuerdan a los veranos inolvidables de la infancia. ¿Esto suena grave o pomposo? Pues no, no en vano hablamos de unos especialistas a la hora de hacer discos para enamorados inteligentes, para universitarios con Erasmus en países nórdicos.

Su sexto álbum, The boy who couldn’t stop dreaming (Labrador, 2007), vuelve a seducirnos con sus melodías de gran belleza. Eso sí, esta vez han abandonado definitivamente el europop bailable, han desenchufado casi todos los instrumentos digitales y han encontrado con éxito un espacio de clara sencillez donde la moderación rítmica nos traslada a un mundo de sensaciones más acústico y brillante. Pinceladas de bossa nova, guiños a Smiths o The Cure, dosis de un susurrante twee pop, ingenuidad casi infantil, anorak pop… Todo parece delicado con Club 8, y lo es. Sin duda, el fármaco más apropiado para bajar la testosterona de Tony Leblanc en Tres suecas para tres Rodríguez.

Incompatible con Cine De Barrio, este nuevo disco tras cuatro años de silencio ofrece joyas como Football kids, donde las guitarras juegan sobre la voz doblada de Carolina; o el primer single, Whatever you want, con un “parapara parapapaparara” que hará las delicias de cualquier goloso musical. O, también, la imprescindible Heaven, donde la voz juega con la línea del bajo mientras unos bongos desbocados dominan la base rítmica. En fin, salvo algunos cortes donde la languidez nos lleva al aburrimiento, estos Club 8 más minimal nos emociona.

Lo único que hay que lamentar es que Johan dedique más tiempo a su sello musical y a sus proyectos paralelos -Acid House Kings o The Legends-, que a cuidar a Karolina durante las vacaciones estivales. Son, al fin y al cabo, cosas de Suecia, unos paisanos europeos que se han consolidado ya como el tercer mercado que más dinero ingresa con la exportación de su música, después de EE.UU. y Reino Unido. Además, estamos de suerte, porque este mes de marzo les tenemos de visita -para trabajar eso sí-, con lo que confiamos en seguir comentando la vida y milagros de este dúo cuya fragilidad nos conmueve.

Entretanto, la rubia sueca, estudiante de filosofía, me pide un poco de marcha. Miro el Sol al perderse sobre la pradera, apuro el cigarrillo, me quito las gafas. “Nena, con tanta sensibilidad se me han quitado las ganas…”. Es lo que tiene el frío del norte.