Art Brut – It’s a bit complicated
J. Ismael Rodríguez | 25 Febrero 2008
No, no están en ninguna lista de lo mejor del año. Pero no es porque no se lo merezcan, sino porque tienen un defecto fatal para la crítica musical establecida: son graciosos. Son genuinos ingleses graciosos, positivos y sin pelos en la lengua. Benditos defectos que sufren unos pocos grupos.
Lo mejor que se puede hacer ante este nuevo trabajo de los de Eddie Argos -ciertamente el más fantástico nombre para una estrella de rock en mucho tiempo junto al de Alex Kapranos-, es quitarse de en medio toda idea preconcebida y abandonarse al verdadero pop-rock que ofrecen. Nada es nunca más complejo de lo necesario, no hay momentos para lucimientos musicales, pero tampoco para el aburrimiento. Todo es rápido, efectivo y divertido. Un subidón, vamos.
Y además tienen un arma secreta, que es el propio Argos y su capacidad como letrista. Porque frente a todos esos sucedáneos de poetas de la cotidianeidad que se nos suelen vender (aquéllos que si hablan de meter libros en cajas para hacer una mudanza parece que ya han descubierto El Dorado), el solista de Art Brut demuestra una capacidad insuperable para hablar de la realidad sin necesidad de creerse profundo. Ni siquiera hablando del amor en la pegadiza People in love cae en la sensiblería fácil, y en su lugar nos viene a decir que lo que necesitamos tras un desengaño es un par de semanas de borrachera con los amigos y ya seremos de nuevo los de siempre. Tan simplista como cierto, señores.
Y todas, absolutamente todas las canciones del disco mantienen ese discurso realista pero jocoso. Tanto hablando de escaquearnos con disculpas para llegar más tarde en la magistral Blame it on the trains como pintando el fresco de una noche de juerga cualquiera en Direct hit. El mundo en que se mueve Argos es el nuestro pasado por el único tamiz de su sentido del humor y su perspicacia. Sacando punta a cualquier situación es como consigue sus mayores logros, como la historia de ese ser incapaz de pegar ojo que se siente obligado a pasar toda la noche en la cama con su pareja, simplemente porque puede que su ex no la dejase dormir gracias a sus artes amatorias. Y él no puede ser menos, claro. Tan cierto que es imposible no sonreír.
Así pues, toca rendirse ante un grupo como Art Brut, que huye del dramatismo gratuito y abraza la alegría de vivir de la mano de uno de los letristas más dotados de la actualidad. A la espera de que Franz Ferdinand sigan en forma no debe haber mejor disco a día de hoy para una buena noche de juerga con los amigos que este It’s a bit complicated (Mute Records, 2007).
Lucas 15 – Lucas 15
Francisco José Fernández | 25 Febrero 2008
“Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas; pero había que hacer fiesta y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado”. Así concluye la tercera de las parábolas que contiene el evangelio de Lucas 15. Comenta Xel Pereda en una entrevista para Supernovapop: “tenía los evangelios en casa y me puse a buscar la parábola del hijo pródigo, que representaba un poco lo que estábamos haciendo en ese momento de volver a nuestra música desde el rock. Lo que pasa es que era Lucas 15-28, etc…, demasiado largo, por lo que nos quedamos con Lucas 15. Además era un nombre con el que la gente de nuestra generación hace una especie de símil con series galácticas tipo Ulises 31, y hay algo en eso que te atrae inmediatamente”. Precisamente de Pereda nació la idea de este proyecto, que no era otra que la de acercar y actualizar parte del cancionero tradicional asturiano adaptándolo al rock. A Nacho Vegas la idea también le interesaba, así que juntos comenzaron su andadura para llevar a buen puerto lo planeado. Se rodearon para ello del batería Manu Molina (Edwin Moses, Koniec), el teclista Chus Naves (también de Koniec) y el bajista Luis Rodríguez (Alto Volto). Durante la grabación también participarían Montse Álvarez y Fredi García (coros), Dudú Puente (contrabajo) y Javi Fernández (batería), además de diferentes agrupaciones corales. Las canciones que componen Lucas 15 (Lloria Discos, 2008) fueron seleccionadas entre un total de más de sesenta piezas que incluían romances, villancicos, añadas o cantares de ciego.
A priori es harto complicado apreciar en su justa medida la magnitud de semejante obra, si bien es cierto que hay temas que sorprenden desde el primer momento. Uno de ellos es Moces a bailar gracias, en gran parte, a los coros del Orfeón Gijonés y el Ochote Arbeyal, que nos hacen recordar las composiciones de Ennio Morricone para los westerns de Sergio Leone. La trotona batería de Manu Molina junto a la interpretación de un Nacho Vegas que continúa en estado de gracia completan un arranque sencillamente magistral. El Diciembre, mes glaciar, un corte seco, con potentes riffs eléctricos y la participación del coro de niños de Lieres Xentiquina que dirige Nacho Fonseca, sirve de enlace para introducir Adiós la mio vaca pinta, tal vez el momento más atmosférico del álbum, con unas capas sónicas cercanas a grupos como Galaxy 500, Spiritualized o Los Planetas.
Romance de la Pola, historia de un amor no correspondido, ya fue grabada por Nacho Vegas hace once años en un E.P. de Diariu, un proyecto que también contaba con la participación del escritor Ramón Lluís Bande. Aquí se presenta como uno de los momentos más “vegasianos” del disco, llevando a su terreno una letra que bien podría haber ideado el asturiano para alguno de sus trabajos (”Adios villa de la Pola / recuerdo llevo de ti / que quise a una polesina / y ella no me quiso a mí). En el tramo central de Lucas 15 encontramos una de las dos canciones que interpreta Xel Pereda a lo largo del álbum; Los fayeos de Mayo, algo country y con letra del fallecido Igor Medio, nos envuelve sin remedio con su luminoso estribillo (”Andarina vienes tarde / Andaria vienes tarde / endolcada nel to cantu / Yá relluma la rosada / pelos fayeos de mayo”). Seguidamente volveremos a disfrutar de cierta épica con la magistral intervención del Coro de Voces de Cimadevilla en No hay tal andar.
En Teresina, uno de los momentos imprescindibles del repertorio, se adapta el Romance de la muerte del Príncipe Don Juan. Conocido como Juan de Aragón y Castilla o Juan de Trastámara y Trastámara, el segundo de los hijos de los Reyes Católicos se casó en abril de 1497 con Margarita de Austria. El príncipe don Juan murió seis meses después y Margarita, totalmente destrozada por la muerte de su marido, dio a luz a una niña que no sobrevivió. (“Teresina oyendo esto / siente la pena en su alma / siente la pena en su vientre / y cae enferma en la cama / en fuego te quemes niña / en fuego seas quemada / Él muere a la media noche / Teresina a la mañana / le abrieron el vientre / y un niño lindo le sacan / los echaron los tres juntos / en un ataúd de plata”).
La parte oscura y desgarradora del álbum continúa con El sacaúntos de Allariz, que no es otra historia que la protagonizada por el comúnmente conocido como Hombre del Saco o Sacamantecas. Manuel Blanco Romasanta, natural de Ourense, se dedicaba a la venta ambulante entre Galicia y Portugal. En 1846 cometió sus dos primeros asesinatos, que se incrementarían en 1852, fecha de su detención en Toledo, hasta la cifra de nueve crímenes. Ya en la prisión de Allariz, Romasanta confesó los atroces actos que había cometido: “Por culpa de una maldición de uno de mis parientes, tal vez mis padres, me convertía en lobo, desnudándome primero y revolcándome después por el suelo hasta tomar dicha forma. Pero la maldición terminará el día de San Pedro, cuando se hayan cumplido trece años desde mi primera metamorfosis”. Finalmente, y gracias a un hipnólogo francés, el hombre-lobo evitó la sentencia de muerte del juez de Allariz. Poco después moriría en prisión mientras cumplía la perpetua. Tomando como base este terrorífico relato, Nacho Vegas y compañía construyen algo igualmente tenebroso, crudo e intenso, sin reparar en precisas descripciones de las acciones del sacaúntos. Podría pasar por banda sonora de lujo de El bosque del lobo (1970) de Pedro Olea, magnífica película basada también en los crímenes de Romasanta y protagonizada por un inmenso José Luis López Vázquez.
Tras dos mazazos como son Teresina y El sacaúntos de Allariz, con Nel campu nacen flores vuelve la luz. Apoyados nuevamente por el coro de Lieres Xentiquina, la trama asturiana consigue emocionar nuevamente de puro placer gracias a una fantástica melodía, instrumentación e interpretación (“Yo no quiero que me quieras / Yo no quiero que me quieras ni que me tengas cariño / Sólo quiero que te acuerdes / Sólo quiero que te acuerdes de que hay alguien que te quiso”). Después llegará Tomillo y romero, que nos invita a sumergirnos en un apacible sueño mientras se desvanecen las últimas notas del disco rodeadas de un gozoso halo de ternura.
Sin duda alguna nos encontramos ante un trabajo más que notable. Al igual que Los Planetas el pasado año con La leyenda del espacio (BMG Ariola, 2007), Lucas 15 han rescatado una pequeña parte de su cancionero tradicional para llevarlo, también con éxito, a terrenos eléctricos. Y, al igual que ocurría con los granadinos, este álbum es el producto de un recorrido a través de un extenso camino bien labrado, consiguiendo gracias a ello un resultado final coherente tanto con sus raíces musicales como tradicionales. Todo ello presentado de forma interesante, respetuosa y disfrutable para el público. A quitarse el sombrero.
La Habitación Roja – Cuando ya no quede nada
J. Ismael Rodríguez | 17 Febrero 2008
Servidor no tiene problemas en admitir que el indie español suele cansarle hasta límites insondables. La tendencia patria a copiar modelos extranjeros esperando que se filtre algo de calidad en el proceso y a considerar el cambio de idioma como una innovación importante siempre me ha matado. Tal vez por eso sea cierto que dejarme frente a Cuando ya no quede nada (Mushroom Pillow, 2007) no sea una buena idea, pero alguien tenía que tragarse el disco antes o después.
Y la primera imagen que me viene a la cabeza tras escucharlo es la de Steve Albini en Chicago, apenas finalizado el trabajo con Iggy y compañía para la vuelta de los Stooges, sentado sonriente en su estudio sin saber la suerte que tiene. Porque estarían tocando La Habitación Roja y quiero suponer que el bueno de Albini no conoce el castellano y por lo tanto no se dará de golpes contra la mesa con la colección de tópicos baratillos que la banda española quiere hacer pasar por letras.
Vale que no se le puede exigir a todo grupo que tenga la calidad literaria de un Dylan, de un Eitzel o incluso de un Kapranos (que comparado con lo que se encuentra en este disco es el nuevo Keats de la lengua inglesa), pero al menos podría pretenderse que se superase un nivel mínimo. Y no, gritar a pleno pulmón “Todos los presidentes mienten” o abusar de toda frase hecha del castellano no es ese nivel. Si hiciésemos un juego consistente en beber una copa cada vez que se dice una perogrullada en este disco acabaríamos tirados por el suelo con la mayor borrachera de nuestra vida.
El asunto se redondea con una propuesta sonora que no sería novedosa en 1980 y que ahora ya suena a tan repetida que aburre. Abuso de riffs machacones, base rítmica fuerte pero sin alma y una voz falta de personalidad en todo momento. Al menos tienen profesionalidad y salvan algo el resultado formal, vale, pero es que de donde no hay no se puede sacar (me extraña que no usaran esta frase en alguna canción) y para copias baratas de Bloc Party y similares ya tenemos suficientes en el Reino Unido sin falta de escuchar cosas como La vida moderna, de nuevo sonrojante en su letra.
En fin, que uno tras escuchar un disco así en lugar de plantearse su posicionamiento sobre la escena alternativa española sufre un proceso de reafirmación más que notable. Si esto es lo que podemos ofrecer al panorama musical actual mejor que lo dejemos. Sólo cruzo los dedos porque éste sea el peor disco del año pasado para el rock español.
La Casa Azul – La revolución sexual
Juan Carlos Gomi | 14 Febrero 2008
Cualquier cosa que se diga de La Casa Azul quedará pequeña ante la intensidad musical que propone Guille Milkyway. Numerosas críticas alaban su estupendo último trabajo La revolución sexual (Elefant Records, 2007) y lo califican ya como una joya de la cultura popular del nuevo siglo. Por desgracia esta feliz propuesta musical ha disparado también elogiosas divagaciones pseudofilosóficas de una parte de los expertos en postmodernidad y otras adicciones. Algunos lo califican como la respuesta pop-art de una especie de Peter Pan deconstruido. Otros prefieren destacar que estamos ante la piedra de toque del mundo indie, el rito sagrado de entrada en el mundo adulto. Otros, en cambio, asocian el éxito de La Casa Azul a un futuro triunfo del Partido Popular en las elecciones de marzo. En fin, las opiniones son libres, los hechos…
Pero ante todo el tercer álbum de Guille es, sin duda, su disco más redondo. Completo, lleno, descarado, absorbente, indispensable, embriagador y sobre todo necesario. Por fin nos encontramos con bonitas canciones pop, con melodías para cantar en la ducha, con estribillos contagiosos y sin complejos. Es decir, toda una delicia para escuchar mientras se disfruta de un refresco dulzón en una terraza de la costa. Esta orgía pop debe mucho a la enciclopedia musical que atesora Guille. Si el tema que da título al álbum nos retrotrae a los Dinaramas más barrocos, el espíritu Shibuya-Key de Un mundo mejor nos recuerda a los vídeos delirantes de Pizzicato Five. Mis nostálgicas manías recopila el sonido disco de los 70 con pinceladas de bubblegum de los 60 y otros momentos estelares de la pista de baile hortera de los 80. Y así, sin parar, como si cada canción fuera un collage musical, un juego de referencias no apto para puristas o “auténticos defensores de la verdad”.
Por otro lado tenemos las letras. Si bien parecen anecdóticas en una primera escucha, rápidamente nos trasladan a un juego de espejos que manejan emociones sin dejar de perder esa sensibilidad pop intrascendente. “Sé que es casi nada / pero me sirve de tanto / Sólo una palabra / para librarme del pánico”, dice esa gloriosa canción titulada El momento más feliz. O Todo el mundo necesita respirar / no hay quien pueda permitirse no parar / demasiada incertidumbre / demasiada autosuficiencia”, vital comienzo de Prefiero no. Éstas son algunas de las muestras que retratan el alma del disco, un vigoroso y optimista trabajo que nos deja siempre con un cierto regusto amargo y, quizá, melancólico.
En definitiva, La revolución sexual nos gusta aunque pueda parecer “superguay”. Al fin y al cabo, estamos ante canciones pop con mayúsculas que, tal y como corren los tiempos, no es poca cosa. Después puede que La Casa Azul gane Eurovisión, que los conciertos se conviertan en megakaraokes o que los media se queden colgados con el Amo a Laura. A nosotros nos da igual, siempre nos quedará un bello estribillo en la cabeza. Y agradecidos.
Times New Viking – Rip if off
Samuel Benito | 11 Febrero 2008
La primera vez que escuché el CD original de aquel mítico Psychocandy (Blanco y negro/Warner Bros, 1985) me asusté al oír aquella distorsión torrencial y abrumadora que embarga todo el álbum, optando por sacarlo del lector y confirmar si el compacto estaba o no rayado. Al cabo de unas semanas comprobé cómo pueden influir dichos “ruidos” en la elaboración del disco, aportándole originalidad, excelsitud y magnificencia a unas brillantes melodías heredadas de aquellos mágicos Beach Boys.
Ahora el trío de Ohio ha cambiado de sello para sacar a la luz su tercer trabajo, Rip it off (Matador, 2008). Las primeras impresiones que provoca son muy parecidas a lo narrado en el párrafo anterior sobre el disco de Jesus And Mary Chain. Una oleada de distorsión inunda el álbum de cabo a rabo, donde los norteamericanos nos enseñan su particular y sencilla forma de atender unas melodías que, lejos de ser banales o simplonas, sorprenden por ser muy contagiosas, por momentos de una belleza inusitada y con unas voces realmente placenteras. La sencillez también se convierte en marca de fábrica en Rip it off a la hora de grabar los temas, donde obviando cualquier galantería engañosa se aferran al lo-fi y al noise como si les fuera la vida en ello.
En apenas media hora nos deleitan con dieciséis piezas (sólo una pasa de los tres minutos), lo cual hace obvia la inmediatez y urgencia “no violenta” de sus composiciones. A veces pueden recordar a los Pixies más punkies o, por semejanza en la excentricidad de la propuesta, con los The Go! Team actuales. Realmente es improbable que haya más de tres acordes diferentes en alguna de las canciones. La intensidad de esta propuesta se refleja en Teen drama o Faces on fire, pisando más el acelerador en Rip allegory o The apt. Las canciones con un mayor tono melancólico como The wait, Drop-out o la acertada Another day niegan el tópico de “más ruido = menos melodía”, obteniendo un sonido resultón y raramente compensado. El tema más oscuro del disco y uno de los mejores del álbum, Relevant: now, podría haber sido la envidia de cualquier grupo londinense de 1977, demostrándonos las diferentes caras que puede tener Times New Viking. El lado más punk del grupo se ve acentuado con el ingrediente básico de su receta, la distorsión. Tan abrumadora sesión de feedback acompañado de unas voces que parecen cantar (o gritar) a la vida más que a sí mismos no hace otra cosa que enaltecer la propia energía de la canción, convirtiéndola en un torrente de fuerza inusitada. Si te atreves a ponerte Rip it off como despertador tu mañana será la más terrible del año, pero quizá dentro de unas semanas se convierta en tu habitual canto del gallo.
Entrevista a Vetusta Morla (febrero 2008)
Ana F. | 10 Febrero 2008
Vetusta Morla son seis músicos que llevan a sus espaldas una larga carrera musical recorriendo no solo los escenarios del país. Su último disco, Un día en el mundo (Pequeño Salto Mortal, 2008), ha sido un soplo de aire fresco para nuestros oídos. Hemos hablado con la banda madrileña sobre su nuevo trabajo, sus expectativas y, en definitiva, cómo son sus días en el mundo.

Lleváis juntos nueve años. ¿Recordáis cómo fue vuestra primera toma de contacto como grupo? ¿Cuáles son los cambios más significativos que han surgido durante todo este tiempo?
Pucho: En un principio no éramos Vetusta Morla. Nos juntamos para hacer una fiesta en el instituto con una banda de mogollón de gente. Fuimos ensayando, dándole continuidad y finalmente, después del verano, hubo dos escisiones del grupo y quedamos el núcleo duro: Jorge, Guille, David, Álex y yo. Para el primer concierto que íbamos a dar, en la Casa De Juventud de allí, le dijimos a Juanma que si colaboraba con unas guitarras y al final esto es, como solemos decir, el “síndrome del eterno colaborador” [risas], pues ya se quedó en la banda. A los cuatro años aproximadamente el bajista dijo que no continuaba porque no quería ir a una cosa seria y demás, y fue cuando entró Álvaro. De esto hace ya unos cinco o seis años.
Juanma: Estábamos predestinados para Álvaro. [risas]
Pucho: Sí, estábamos buscando bajista y él se enteró por gente de los locales, entonces llamó a Juanma y le dijo textualmente: “Hola, soy Álvaro, soy bajista, soy vuestro hombre”. Y efectivamente, ¡aquí está!

