Manta Ray – Torres de electricidad
Colaboradores | 31 Enero 2006
Empieza el 2006 fuerte para la música en nuestro país. Cuando leáis estas líneas, este año con apenas un mes de vida ya habrá asistido al primer disco de los calificables como “álbum del año”. Estas Torres de electricidad (Acuarela, 2006) requieren un acercamiento inicial para entenderlas en todo su contexto. Quienes sean habituales de Manta Ray sólo necesitan saber que el disco desarrolla los conceptos que ya advirtieron en el anterior LP, Extratexa (Acuarela, 2003), de manera que si el anterior os gustó, este encandilará. Para aquellos que se acerquen por primera vez a los gijoneses se les advierte que el disco tiene 3 o 4 temas que entran solos. El resto del disco requiere de unas disciplinadas escuchas iniciales, prestando atención a los matices y afinando el oído para escuchar una letra que cada vez pierde más importancia en el discurrir de esta banda.
Casi 45 minutos de música en diez temas. Cortes rock, grasientos y con aristas remarcadas en el armazón generado por la batería sobre el que se encajan las guitarras y el bajo. En este disco Manta Ray hace aun más patente el abrazo al rock incisivo que dejó huérfano Migala la temporada pasada. Se abandonan a su suerte las voces para centrarse en rítmicas letanías urbanas. El disco calienta motores, nunca mejor dicho, con un Don’t push me que parece fabricado en un garaje en medio de la África profunda o en un poblado indio de la América colonial. Coros que alientan el fuego de la hoguera sobre la que danzan baterías secas y elementos electrónicos. De lo más oscuro del disco. En No tropieces encontramos el primer hit. Las guitarras se complementan a la perfección con los vientos de Aritz Lonbide y Jon Elizalde. Si bien la letra no aporta realmente nada, la voz de Jose Luis García invita a unirse al desenfreno. A esta canción le sigue El despertar donde los cambios de ritmo se acentúan aun más si cabe.
Con Mi Dios mentira volvemos a entrar en un estado catártico con la batería de Xabel Vegas, auténtica directora de orquesta templando la furia de las guitarras o dándoles rienda suelta a latigazos. Curiosamente los temas dedicados al amor / desamor Añada para Celia y Como la sal son los más decadentes de la terna. El primero nos transporta al rock sinfónico tan practicado por Múm o Sigur Rós donde aparecen juegos de cuerda para acompañar a una voz entre desganada y desgarrada en unos acordes decadentes hasta deshacerse en la monotonía y, posteriormente, en el silencio. En cuanto a la segunda canción, se sustenta en la misma voz lúgubre, pero esta vez se engarza con el saxo desesperante de Ígor fino Ruíz que deja en un segundo plano a una contenida guitarra eléctrica y una batería comatosa. Entre uno y otro tema, pero aun en aguas profundas, cogemos un poco de aire en Por qué evadirse a otros mundos aun más pequeños, donde se retoma levemente el ritmo y nos dejan un estribillo demoledor que nos pone sobre aviso: “todo el mundo contra la pared / todo el mundo quieto y sin hablar“. Todo puede cambiar, otro de esos temas que queda impreso en la cabeza en la primera escucha, es la respuesta de Manta Ray al pasado reciente de nuestro país, su particular manera de desear un borrón y cuenta nueva entre afilados riffs. Como cortante es No avant-garde (elektronik), segundo y último tema cantado en inglés en este trabajo.
Finalmente, como si despertáramos de un mal sueño, encontramos Torres de electricidad, una canción luminosa y optimista que nos da tiempo para jugar; la batería es menos hosca y las cuerdas nos sosiegan después del mal trago que hemos vivido. Casi como en la vida real. No obstante, como todo no puede ser paz y calma aun nos quedarán dos minutos para coger fuerzas con un guitarreo seco, por lo que pueda venir en el futuro.
Ainara LeGardon – Each day a lie
Ana F. | 28 Enero 2006
Ainara LeGardon es una mujer que parece pasar desapercibida para el mercado musical. Nada más lejos de la realidad: después de In the mirror (Winslow Lab, 2004), Each day a lie (Winslow Lab, 2005) es el segundo trabajo que esta bilbaína edita en solitario, aclamado por muchos medios musicales especializados. El nuevo álbum arranca con el tema Hope defeated, con guitarras que nadan entre slides, armónicas y baterías graves y concisas. Su voz, rozando casi siempre el extremo de los registros femeninos más graves, y sorprendiendo de vez en cuando con suaves agudos, en ningún momento deja de narrar con expresividad la historia de cada canción. Paisajes bellos pero nostálgicos; tristeza y soledad que todos necesitamos tener de vez en cuando para sentirnos más en la tierra, como muestra Ainara con la frase “I´ve got to give up dreaming of another life” del tema Real.
Each day a lie se basa, sobre todo, en diferentes sonoridades de guitarras. No sólo se mezclan acústicas y eléctricas, sino que cada tema tiene un matiz determinado, tendiendo casi siempre hacia un sonido más oscuro y algo distorsionado e incluyendo algún pasaje bastante álgido como el final de la canción A second of… Por ello, no es de extrañar que esta compositora haya compartido escenario con grupos como Bonnie “Prince” Billy & Matt Sweeney o Giant Sand.
El nuevo trabajo de Ainara LeGardon es perfecto para escuchar tranquilamente, apreciando más el conjunto sonoro y expresivo que los matices instrumentales. No es un disco variado ni posee gran dinámica sonora, pero es especial en cuanto a melodías se refiere (en parte por el agradable timbre de voz de la cantante). Lo más curioso de Each day a lie es que no parece un disco español, ya que su estilo y producción se apartan bastante de los de la mayoría de los álbumes de este país. Ya sólo por eso merece la pena prestarle atención.
Kraftwerk
Colaboradores | 25 Enero 2006
Integrantes: Karl Bartos, Klaus Dinger, Wolfgang Flür, Andreas Hohman, Ralf Hütter, Klaus Roeder, Michael Rother, Florian Schneider.
Cuando empezó su carrera: 1970 in Düsseldorf, Germany aparece Organization formada por Ralf Hutter y Florian Scheneider, y lanzan Tone Float, en 1971 con un Nuevo álbum homónimo se forma Kraftwerk. Leer más
The Decemberists – Picaresque
Ana F. | 22 Enero 2006
Se sube el telón: cinco músicos cargados de instrumentos se preparan para representar Picaresque (Kill Rock Stars / Sinnamon, 2005). Un show en el que marineros, futbolistas y ángeles correrán múltiples aventuras de la mano de The Decemberists. La obra comienza con unas voces de fondo seguidas de un rítmico tam-tam, que da paso a la primera canción del disco, The infanta. La dramática Eli, the barrow boy, la trágica From my own true love, la irónica The sporting life y la dulce Of angels and angles van sucediéndose poco a poco, contándonos historias humanas, sencillos relatos tan cercanos a la realidad que convierten las letras del cuidado libreto del CD –con fotos realmente divertidas- en breves entremeses teatrales.
Sólo decir que Christopher Walla –productor y miembro de Death Cab For Cutie- ha contribuido a la producción (y colaborado con la guitarra eléctrica) de este álbum ya es una buena pista para acercarnos al nuevo sonido de The Decemberists, con arreglos mucho más trabajados y una riqueza rítmica e instrumental pasmosa. Si a todo esto le añadimos una mezcla más propia de un directo que de un estudio (parte del disco se ha grabado en una iglesia de Portland), nos queda un producto sorprendente: unas veces dulce, y otras veces ácido, llegando al punto de lo caótico. En Picaresque no vamos a encontrar esas sencillas canciones que tanto caracterizaban a su anterior Her Majesty, The Decemberists (Kill Rock Stars, 2003). De hecho, entre estas dos entregas el grupo publicó un EP llamado Billy Liar (Kill Rock Stars, 2004), en el que ya se asomaba toda la parafernalia que más tarde incluirían en este nuevo LP, aunque hay alguna excepción, como ocurre con Angels and angles, preciosa melodía y mejor letra, o On the bus mall.
The Decemberists es una de esas bandas difíciles de clasificar. Lo cierto es que su nuevo sonido se aleja bastante de las típicas producciones estadounidenses (¡a ver quién es ahora el independiente!), y quizá por ello el grupo no tenga tanta repercusión en nuestro país. Puede ser que todo el sitio esté siendo ocupado por chicos con corbata y guitarras retro… En Picaresque, The decemberists van disfrazados de árboles, detectives y animadoras, y lo hacen con un estilo fuera de lo normal.
Maxïmo Park – A certain trigger
J. Ismael Rodríguez | 19 Enero 2006
Entre los grupos que conforman esa suerte de escena británica surgida en torno al concepto del hype y auspiciados por publicaciones como la NME, pocos han dado tanto de hablar en el pasado año como Maxïmo Park. En principio no hay mucho que pueda diferenciarles de otros compañeros de viaje, pero por suerte para ellos consiguen hacer de la ejecución y no de las ideas su mayor fuerte.
Su primer álbum, A certain trigger (Warp, 2005), nos presenta a una banda que parece más rodada de lo que indica su verdadera edad. La sucesión de canciones redondas que esconde el LP es toda una sorpresa para quienes pudiesen esperar encontrarse solamente con un producto temporal, aprovechando el actual resurgir de la escena británica más rockera. En su lugar se toparán con melodías pegadizas, duraciones muy bien ajustadas y poco que pueda ser criticado a lo largo del escaso minutaje del disco.
Si acaso se les podría atribuir el sacrificar el todo por las partes. Pese a que en ningún momento la escucha pierda interés, lo cierto es que estamos ante un trabajo que funciona mejor cuando coges los temas como capsulas individuales, y que en conjunto no tiene la misma pegada. El carácter autoconclusivo e independiente de las composiciones tiene también su lado positivo, y es que absolutamente todas ellas podrían ser potenciales singles o, simplemente, y dejando de lado el carácter más comercial, quedarse clavadas en nuestra cabeza durante varios días.
Desde la apertura, de la mano de Signal & sign, hasta el final de Kiss you better, no paramos de encontrarnos con constantes bombazos sonoros que nos van presentando a una banda llena de convicción y con las ideas claras. Solamente en Acrobat bajan el ritmo frenético para regalarnos una ensoñación muy bien resuelta. Para entonces ya habremos disfrutado del aire new wave de Postcard of a painting, de estribillos como el de Going missing o miniaturas tan redondas como The night I lost my head y sus menos de dos minutos.
Toda una lección de cómo hacer canciones por encima de todo, sin grandes pretensiones y sin ningún plan rector. Tal vez ahí radique la verdadera diferencia de Maxïmo Park con respecto a muchos de sus compañeros de tendencia, en la inexistencia de un vehículo teórico que guíe todo su trabajo. Ellos sólo componen píldoras de pop-rock concentradas al máximo, y en eso son realmente muy buenos.
Bombones – A kiss supreme
Colaboradores | 9 Enero 2006
Ya nos lo adelantaron hace más de un año, cuando tuvimos la ocasión de entrevistarles. Dicho y hecho. Los sevillanos Bombones han retrasado su segundo disco para ofrecernos un fantástico EP de versiones. Se trata de A kiss supreme (RokIndiana, 2005), un minidisco que incluye, como prometieron, unas cuantas versiones y una remezcla que, seguro, arrasará en las pistas de baile del primer single de su debut Bombones (RockIndiana, 2004).
Nos encontramos con un disco lleno de guiños y referencias cruzadas que demuestran el frikismo (entiéndase aquí como virtud y no como defecto) de los componentes de Bombones. El primero lo encontramos en la portada y el nombre del álbum: se trata de un homenaje al LP A love supreme (MCA, 1964) de John Coltrane, en el que éste aparece con la cara maquillada como si fuera un miembro de Kiss, grupo del que incluyen una versión del Sure know something. Luego seguimos porque el tema da para rato.
El disco comienza con Juano, a la sazón líder del grupo, buceando en su infancia para cantar The goonies ‘r’ good enough, tema interpretado por Cindy Lauper en la banda sonora de aquella mítica película de los ochenta: The Goonies. Eso sí, cambiando el ritmo reggae ochentero por el toque psicodélico con ramalazos funky que caracteriza a Bombones. Después nos encontramos con una interesante revisión del Everything happens to me, escrita por Dennis & Adair, pero popularizada, sobre todo, por Chet Baker y Frank Sinatra.
Sigamos con los guiños. Nos encontramos la versión del Gilfriend in a coma de The Smiths, grabada para el homenaje a la banda de Morrisey Una luz que nunca se apaga (El Diablo Discos, 2005), pero en ella, podemos escuchar camufladas el comienzo de la estrofa y el estribillo del Love is all around de los Trogs. Pero esto no es más que una mera anécdota comparado con el cierre del disco.
Porque las mayores excentricidades de A kiss supreme las han dejado para el final. Primero, una irónica versión de Genie in a bottle de Christina Aguilera mezclado con el Last night de los Strokes. Segundo, y como colofón, la citada remezcla del Mary Jane firmada por Norman Osborn, o lo que es lo mismo, el Duende Verde, uno de los enemigos más carismáticos de Spiderman, alter ego de Peter Parker, a su vez novio de Mary Jane. En realidad, tras la remezcla se encuentra Ernesto Ronchel, responsable de la alabada banda sonora de la película See you later cowabunga.
Quizá me haya pasado hablando de un disco que tan sólo tiene seis canciones, pero creedme, bien vale los míseros 5 euros a los que RockIndiana lo vende. Aun a riesgo de parecer pesado diré que sigo echando de menos, como dije en su día, poder oír en casa la fabulosa versión del Strawberry Letter 23 de Shuggy Otis. Habrá que esperar a futuras ediciones para poder disfrutarlo.
Andrés Cabanes
The Rolling Stones – A bigger bang
Francisco José Fernández | 8 Enero 2006
La maquinaria stoniana se pone de nuevo en marcha. Se anuncia gira, se editan discos (ya sean nuevos o de rarezas), se crea polémica… En definitiva, que después de más de cuatro décadas se sigue hablando de los Rolling Stones. A bigger bang (Virgin, 2005) es el primer disco del grupo desde aquel Bridges to Babylon (Virgin, 1997), un álbum injustamente vapuleado tanto por parte de la crítica como del público. El productor en aquella ocasión, Don Was, vuelve a ponerse tras la mesa de mezclas (simpre junto a The Glimmer Twins), siendo esta una elección que no suele gustar mucho a los seguidores de la banda. Lo cierto es que este nuevo álbum supera a su predecesor y nos muestra a unos Stones que, aunque suene a topicazo, se encuentran en un buen momento de forma.
El inicio es de lo mejor de este A bigger bang. Rough justice nos avisa de como vienen a sus sesenta y pico años: la guitarra de Keith emociona y pincha, y Mick escupe cosas como “yo solía ser tu pequeño gallo / ¿ahora solo soy una de tus pollas?” (oh, yeah) mientras Ronnie y Watts siguen dando vida eterna a las canciones (una alegría, además, ver como está Charlie tras los problemas con su garganta). El potente trío de apertura lo completan Let me down slow y It won’t take long. Rain fall down, de ritmo bailable, y Streets of love, balada para la radio, bajan irremediablemente el pistón. Pero Back of my hand resulta un blues más que resultón y no muy limpio para recordarnos lo justo al Exile on Main St. (Virgin, 1972). Bien hecho.
El resto de cortes se tratan de temas potentes y venenosos (She saw me coming, Oh no not you again o Dangerous beauty), entre los que se encuentra Sweet neo con, conocidísima antes de editarse el disco gracias a un fragmento de la letra que, supuestamente, critica de forma directa al presidente de los Estados Unidos. Genial para la promoción, ya que el tema es de lo más desechable del álbum. Por otro lado, Keith es el protagonista de la emocionante This place is empty y de Infamy, tema que cierra el disco entre ramalazos de armónica y algún loop latiendo de principio a fin.
Grata sopresa este A bigger bang pese a que algún que otro tema flojea en demasía. Solo queda defenderlo en directo como se merece y seguir así otros cuarenta o cincuenta años más. Y es que cada vez confiamos más en que podrían hacerlo, la verdad.
Depeche Mode – Playing the angel
Vicente Bueso | 7 Enero 2006
En el nuevo álbum de Depeche Mode las composiciones también corren a cargo y por primera vez de Dave Gahan, y junto con las ya consabidas de Martin Gore se nos presenta una obra que nos devuelve el sonido de la banda que más ha gustado desde siempre. Oscuridad y emocionalidad enfrascadas en múltiples capas sintetizadas muy bien producidas, con letras que hablan sobre sentimientos y pasiones, y una grandeza enorme a la hora de compaginar la voz sobre la canción dentro del ámbito pop. Y aunque la música actual corra por derroteros muy distintos a otras épocas, en donde prima la imagen y la moda del sonido queda en un segundo plano, esta revisión del pasado tan clara de la banda británica se agradece y mucho, sobretodo cuando se hace de una forma conscientemente brillante.
Gahan nos propone Suffer well, I want it all y la soberbia Nothing’s impossible. Probablemente tres momentos sublimes dentro de esta obra tan homogenea y bien desarrollada. Y Gore no se queda atrás en su calidad aportativa, mención especial a John the revelator, una orgía electrónica de tres minutos y medio que ironiza sobre las religiones, uno de los temas favoritos del cerebro gris de la banda. Y además canta, como siempre, en una parte proporcional menor. En este caso nos brinda Macro y Damaged People, esta última con claras reminiscencias setenteras.
Playing the angel (Wea, 2005) se presentó al mundo con la ya conocida Precious, que no deja de ser otra delicia electro-pop más, aunque nos recuerde un tanto a aquel Enjoy the silence y quede probablemente mal parada debido a ello entre sus fans más acérrimos. Quizá el error con este excepcional tema es que está un poco fuera del conjunto que se nos ofrece en el disco. O, probablemente, porque da la impresión ya comentada de “autoplagio”, algo que también ocurre en otros temas como Darkest star que recuerda un tanto aquel Waiting for the night del Violator (Wea, 1990).
Aún así, y de todas formas, estamos ante lo mejor de Depeche Mode desde aquel Songs of faith and devotion (Wea, 1993). Al menos este álbum es compacto y muy definido, muy al contrario que las obras realizadas posteriormente por la banda en la década de los 90. Generalmente cuando un disco no entra a la primera, y es evidente que este trabajo no lo hace, merece más escuchas, porque se puede convertir sin duda en lo que es Playing the angel: una obra imprescindible del pasado 2005.
Xiu Xiu – La Foret
J. Ismael Rodríguez | 5 Enero 2006
Xiu Xiu son un grupo único, que no acepta la tibieza en el acercamiento a ellos. Por eso mismo son tan grandes, prometen tanto, porque es muy fácil que les adores o les odies. No dejan espacio para el término medio, para la escucha desinteresada, solo para la atención más absoluta o el desprecio total. Así ha sido desde un principio, y afortunadamente nada parece indicar que dicha naturaleza vaya a cambiar.
Con su cuarto disco de estudio en otros tantos años siguen cimentando una progresión que no parece tener un final claro. Desde los primeros acordes de Clover hasta el final de Yellow raspberry Jamie Steward y los suyos nos pasean por la auténtica contemporaneidad musical, sin ambajes ni trucos. Lo que ellos hacen es personal hasta cualquier extremo imaginable, es rock y es electrónica, es pop y hasta folk. Y todo ello metido en una coctelera que no deja nada al azar y que lo ata todo con un perfeccionismo que parece luchar contra la propia esencia rabiosa de los temas.
Un conjunto de 11 temas redondos en sus concepciones, donde apenas un par o tres de ellos podrían sonar en una radio (ninguno en una al uso) y donde todos contribuyen a ir levantando un monumento a la modernidad bien comprendida. Las distorsiones que nos atacan en Muppet face, el increíble estribillo de esa obra maestra que es Pox, la sensibilidad casi francesa de Ale o la increíblemente bailable Bog people son solo facetas de una joya por descubrir. La sensibilidad, la pasión y la experimentación se dan la mano como pocas veces lo han hecho últimamente en este trabajo.
Solo queda, por lo tanto, rendirse ante la evidencia. Con La foret(Acuarela, 2005) no estamos solamente ante la confirmación de un grupo, sino ante un paso adelante en la construcción de la música del futuro. No serán imitados conscientemente, y posiblemente tardemos muchos años en leer su nombre en las influencias de los grupos de moda, pero con cada entrega de su proyecto musical Jamie Steward va cavando su nicho en la historia de la música. Sin tibiezas: Xiu Xiu ya son el presente de la música.
Las mejores películas del 2005
Sergi Serrano | 3 Enero 2006
Desde la redacción de AltaFidelidad.org os ofrecemos una lista con algunos de los mejores films que pudimos ver en las salas españolas a lo largo del 2005. Ordenadas alfabéticamente, éstas son diez películas imprescindibles, que todo cinéfilo que se precie no debe perderse.

American splendor
Director: Shari Springer Berman Robert Pulcini
USA, 2003
Dos años tardaron en estrenar en nuestro país la genial adaptación del cómic de Harvey Pekar, American splendor. Ello a pesar de contar con un larguísimo palmarés entre los que se encontraba el premio mayor de Sundance y una nominación al oscar por su guión. Se trata de una original, desconcertante y divertidísima película sobre el antihéroe por antonomasia. Un tipo triste, decadente y de vida anodina que, a través de la ácida translación de su propia realidad al cómic, nos ofrece un muestrario de personajes y anécdotas dignos de un universo muy particular. La película de Berman y Pucini cuenta con una fabulosa interpretación que sitúa a Giamatti entre los actores con mayor proyección del momento, así como un guión portentoso, una dirección que acomete con acierto la difícil adaptación cinematográfica del mundo de Pekar y una espléndida banda sonora que no ensombrece en momento alguno la acción. Una auténtica joya que debe prevalecer entre lo mejor de un año que no es el suyo.
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Charlie y la fábrica de chocolate
Director: Tim Burton
EEUU, 2005
No todos los directores se enfrentarían a una nueva adaptación del popular libro de Roald Dahl con la ilusión que lo ha hecho Tim Burton, en especial en un año en el que ha estrenado nada menos que dos películas. A la vista de sus trabajos más recientes, los mejores tiempos del californiano parecen lejanos, pero ya no tanto como en 2001, cuando acometió su versión de El planeta de los simios. Al menos, el último Burton ha recuperado el gusto por la fantasía, los cuentos y la puesta en escena más desmedida: en esta ocasión, gracias a los efectos digitales, ante nuestros ojos se levantan escenarios multicolor, universos alucinógenos y personajes y coreografías imposibles. Un placer para los sentidos, en consonancia con el tema tratado. Con respecto a anteriores visitas a la gran pantalla, la novela sufre los cambios necesarios para actualizar su mensaje y que todo siga funcionando de la misma forma que siempre ha funcionado. Y, una vez más, buenos son los frutos que arroja el dúo Tim Burton / Danny Elfman, orientando el film hacia el musical más excéntrico, con unas composiciones repletas de las más diversas influencias. Deliciosa música para tan dulces paisajes.
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Como una imagen
Director: Agnès Jaoui
Francia, 2004
Tras la excelente Para todos los gustos, la directora francesa Agnés Jaoui y su marido, el actor Jean-Pierre Bacri, escribieron esta otra película muy en la línea de la anterior, pero con un protagonista ciertamente antagónico: un tipo ególatra y displicente que trata con desprecio a propios y extraños. Dos son los temas centrales de esta agridulce comedia no exenta de momentos hilarantes; la búsqueda de afecto, ya sea paternal o conyugal, y la vacuidad de un personaje cuya inseguridad se disfraza de insolencia. Dos temas tratados con inteligencia que hacen de ésta una de las más emotivas y francamente divertidas películas del año.
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El hundimiento
Director: Oliver Hirschbiegel
Alemania, 2004
Nuevamente desde Alemania llegó la película europea que más dio que hablar en el año que acaba. Avalada por el público y la crítica, esta recreación de los últimos días de vida de Adolf Hitler y la caída del Tercer Reich puede resultar un material controvertido a la hora de los juicios morales, pero no admite dudas la calidad del conjunto. Se ha discutido sobre la humanidad del dictador o la forma de presentar su muerte, pero es indiscutible el interés que tiene introducir la cámara en momentos de la historia tan poco transitados por el cine. La narración se justifica a partir de un personaje que asiste como testigo a los hechos que se suceden durante la reclusión del Führer previa a su suicidio -aunque adopta múltiples puntos de vista-, y sólo a esa intermediación cabe atribuir el carácter cercano que durante gran parte tiene la película, y en el que algunos quisieron ver signos de debilidad en la condena a tan horrible personaje histórico. Al margen de los debates, la angustiosa atmósfera que impregna todo el film, el esfuerzo en el diseño de producción y las grandes interpretaciones de los actores –mención especial, naturalmente, para Bruno Ganz- son otros elementos que merecen la mejor valoración.
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El secreto de Vera Drake
Director: Mike Leigh
Reino Unido, 2004
Repitiendo la fórmula de cine de personajes con trasfondo social, la última cinta del británico Mike Leigh –una coproducción rodada en el Reino Unido- exige del espectador un posicionamiento y una reflexión ineludibles para que su visionado pueda calificarse de completo. Tal condición se demuestra necesaria para no simplificar los argumentos y creer que la película simplemente ampara un discurso de defensa del aborto. La realidad es más compleja y detrás de una historia sumamente simple -enérgica ama de casa que practica abortos en la Inglaterra de mediados de siglo-, encontramos un valioso alegato en favor de las personas frente a las instituciones, de la vida diaria frente a las gruesas palabras de los gobernantes: sólo desde lo cotidiano se puede entender y juzgar el comportamiento de personas desesperadas y sus, en ocasiones, radicales actos. Es éste un cine radicalmente alejado del placentero entretenimiento que tanto abunda en las carteleras, y en el que no se busca la brillantez sino la sencillez y la claridad. No se busca, aunque a veces se encuentre: resulta esplendoroso el trabajo de Imelda Staunton, llevando todo el peso dramático y consiguiendo con su Vera Drake una de las mejores interpretaciones que se recuerdan en los últimos años.
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Flores rotas
Director: Jim Jarmusch
EEUU, 2005
Tras el relativo punto y aparte que supuso Coffee and cigarettes, Jim Jarmusch vuelve al largometraje, y lo hace como mejor sabe, con una película en la que los personajes lo son todo. En Flores rotas, la historia de un perpetuo soltero –y razonablemente vividor- que recibe una carta anónima en la que alguien le desvela su hasta entonces desconocida paternidad, le sirve a Jarmusch para hacernos pensar en cómo el paso del tiempo afecta a nuestras vidas, a nuestras ilusiones. Bien dirigida y mejor interpretada –desde un Bill Murray en racha, repitiendo papel de hombre maduro en crisis, hasta las veteranas y fantásticas Sharon Stone o Jessica Lange-, la película se hace merecedora de los mayores elogios por conseguir armonizar tema y forma –mediante el ritmo pausado, los silencios- de manera brillante. La música, siempre importante en la carrera de Jarmusch –aunque aquí en menor medida que en su anterior largo, Ghost dog, el camino del samurái-, y un final abierto que deja en manos del espectador la vida de los personajes, completan un trabajo que devuelve a su director a un lugar de privilegio entre lo más interesante del momento.
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La pesadilla de Darwin
Director: Hubert Sauper
Francia, Austria, Bélgica , 2004
El último documental de Hubert Sauper, reconocido cineasta belga, es el portentoso reflejo de un término ya manido pero no por ello carente de la vital importancia que tendrá en nuestro futuro, la insostenibilidad. A través del retrato del comercio de la Perca del Nilo, se articulan una serie de denuncias que abarcan desde el comercio de armas a la desigualdad del planeta, desde la muerte de un ecosistema a la crueldad del hambre. No es un documental tramposo ni muchos menos demagogo. No arrastra el ancla de la falsa modernidad ni de la rebelión mal entendida. Demuestra que la denuncia bien expuesta no requiere ser encubierta con ficciones de amor pasional o tramas detectivescas.
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Match Point
Director: Woody Allen
Reino Unido, 2005
Alejado del ímpetu y vivacidad que la ciudad de Manhattan le proporciona, Woody Allen parece ahora haberse contagiado de la tonalidad grisácea de Londres, para dejar de lado su habitual cinismo y decantarse por un opresivo drama con toques de cine negro. Un argumento que gira en torno a la ansiedad por el estatus de un personaje oscuro y frío, perdido por la pasión y el arribismo. Se trata de una de las mejores películas del año por, como también hiciera Eastwood con Million dollar baby, haber reencarnado el espíritu del cine clásico. Un cine que se asienta en la brillantez de los grandes guiones y la corrección de una factura sin estridencias ni voluntad de reinventar nada.
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Million dollar baby
Director: Clint Eastwood
EEUU, 2004
Su más reciente trabajo confirma a Clint Eastwood como uno de los directores más interesantes y decisivos de Estados Unidos, a pesar –o mejor, gracias a- los tres cuartos de siglo que acumula ya sobre los hombros. Eastwood es perro viejo y sabe muy bien cómo hacer una gran película. Con Sin perdón entregó una de los mejores films de la pasada década, y ahora vuelve a repetir la jugada. Porque Million dollar baby parece destinada a ser recordada como una de las mejores películas de nuestro tiempo. Su habitual mirada descreída se pasea por una historia que empieza siendo de superación personal y acaba siendo de redención, y en la que el veterano director maneja con pasmosa maestría los tiempos del drama, con el que no hay atajos que valgan: la historia es dura y así debe ser presentada, viéndose reflejado en cada detalle, desde las actuaciones del reparto hasta la sobria dirección, pasando por un estilo visual naturalista o la música seleccionada. Y aunque parezca innecesario, no perdamos la ocasión para advertir, una vez más, que no es una película de boxeo. Es, sin más, una película para seguir creyendo en el cine.
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Presidente Mitterrand
Director: Robert Guédiguian
Francia, 2005
Robert Guédiguian, director de comedias de corte realista como Marius y Jeanette o La ciudad está tranquila, decidió trasladar a la gran pantalla el reflexivo retrato que Georges-Marc Benamou había hecho del ex-presidente de la República, François Mitterand, en su libro Le promeneur du champs de Mars. La película gira alrededor de la entrevista que un joven reportero hace a un achacoso Mitterand en la postrimerías de su vida y mandato. A través de los diálogos y las reflexiones que ambos personajes formulan, se vislumbra a un presidente cautivador, adoctrinador y grandilocuente (“Después de mí, ya no habrá nada igual en Francia. Sólo quedarán financieros y contables”). Un personaje excesivamente idolatrado por algunos, a la par que injustificadamente despreciado por otros. Una película de valía cinematográfica incalculable, que a pesar de lo costoso que pueda resultar, bien valdría la pena recuperar.
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Spellbound
Director: Jeff Blitz
USA, 2002
Documental que narra los derroteros, preparación y participación de ocho niños en el National Spelling Bee, un concurso de deletreo infantil que año tras año se celebra en EEUU. Añadir entre lo más destacado del año un documental no debería parecer una gran osadía. Ello a pesar de cómo la mayoría de medios y críticos ignoran un género cuya madurez parece sobradamente alcanzada. Al fin y al cabo, ficción y realidad se entremezclan de tal forma que cuesta enmarcar según qué historias. Spellbound no es más que una narración no carente de nudo ni desenlace, una historia universal cuyo contexto sorprende por novedoso y cuyo planteamiento trata de profundizar en la nueva sociedad interracial norteamericana.
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… Fueron las mejores:


