David Gray – Life in slow motion
Ana F. | 23 Septiembre 2005
David Gray vuelve al mercado musical con Life in slow motion, un disco bastante alejado de sus anteriores trabajos. Nada de canciones acompañadas sólo con voz y guitarra, nada de pausas para la reflexión y, por supuesto, olvidémonos de aquellos temas grabados y mezclados de forma casera. David Gray ha querido experimentar con sus nuevas composiciones y, según sus palabras, discos como los de Sigur Ros o Mercury Rev han sido algunas de sus fuentes de inspiración.
Life in slow motion posee numerosos arreglos orquestales que podemos escuchar en temas como Alibi o Ain´t no love, al igual que armonías complejas construidas a base de voces, en el caso de Now and always. Es seguro que este disco no aporta nada nuevo en lo que a sonoridad se refiere. Sin embargo, hay curiosos detalles como la armónica y percusión de Now and always o el final apoteósico de Disappearing World que, todo sea dicho, bien podría haber sido un tema de Coldplay. Es como si a David Gray le hubieran diseñado un nuevo traje, muy elegante, pero con tres tallas de más. Quizá su esencia se percibe más claramente cuando sus canciones prescinden de ese barroquismo tan poco necesario, como ocurre en Lately o From here you can almost see the sea, cuya letra, junto con Nos da Cariad, es de lo mejor del disco.
En definitiva, decepción para aquellos que soñábamos con aquel David Gray del White Ladder y sorpresa ante los que pensábamos que, tras su anterior trabajo A new day at midnight, el cantante volvería con ganas de expresar sus sentimientos a base de sencillas composiciones. En fin, esta vez tocaba hacer un disco “experimental” y, de paso, bastante más comercial que los anteriores. De todos modos, olvidando las comparaciones, podemos decir que Life in slow motion no deja de ser un disco bastante agradable de escuchar y que, de alguna manera, aún deja algo de espacio a la esencia del David Gray de toda la vida.
Sigur Rós – Takk…
Vicente Bueso | 20 Septiembre 2005
Podriamos considerar la música de Sigur Rós como una unión o mezcla de sonidos catárticos, a medio camino entre la oscuridad y la luz, bien preservados tras una instrumentación compacta y que se nutre de cualquier sonoridad. Un concepto musical que repiten constantemente en toda su obra y del cual parecen no querer renunciar por ahora. Y Takk… (EMI Music, 2005) no es ninguna excepción. El último trabajo de estudio es, si cabe, más de lo mismo, con la única diferencia de que para la mayoría de los temas que componen este álbum hacen uso de orquestación y los mismos se cantan, por fin, en su idioma natal.
Muy bien construido, el nuevo álbum de Sigur Rós fluye de forma emocional y provocativa. Y si bien es cierto que su sonido se está estancando, uno se queda literalmente de piedra al escuchar Glosoli, segunda pieza del disco, que progresa de forma rotunda, maravillosa y estremecedora en sus casi seis minutos de duración y en una linea muy similar a Saeglopur, destilando fuerza por los cuatro costados. El vuelco se produce a partir de Hopipolla, que resulta casi como un intento desesperado de cambiar de registro, algo que no logran conseguir en ningún momento (aunque se agradezca el esfuerzo). Y al igual que Gong, ambas piezas se intentan desmarcar de lo realizado habitualmente por la banda. Otro ejemplo de ese tímido intento de progreso lo podríamos encontrar en Andvari, que contiene unos excelentes arreglos de cuerda. Sin embargo el resto de la obra no logra más que provocarnos indiferencia, como en el caso de Milano, Svo Hljótt o Heysatan, donde se echa en falta más corazón y menos cabeza.
Y es que en su conjunto Takk… es un álbum interesante, más esperanzador que sus antecesores, pero que no termina de cuajar. Es agradable, pero no nos acaba llenando. Un quiero y no puedo constante. Cuando uno finaliza de escuchar este disco se queda con el vaso medio lleno y la sensación de que le falta algo.
Azkena Rock Festival 2005 (Vitoria, 03-09-2005) Parte II
Sergi Serrano | 17 Septiembre 2005
Sábado 3 de septiembre
Electric Six: 
Dick Valentine es un freak de cuidado. Menudo personaje el cantante de los Electric Six. Fue divertido verlo encima del escenario bailando de una forma tan peculiar. Los de Detroit se desenvolvieron correctamente bajo el sol de justicia en el escenario Azkena. Sonó Gay bar de su primer disco y tocaron los nuevos temas de su álbum Señor Smoke (Warner, 2005), con final de fiesta con la versión (incluida en el disco) de los Queen Radio Ga Ga.
Juliette Lewis & The Licks:
La actriz Juliette Lewis se ve que se ha tomado en serio lo de la música. Su influencia más próxima es Iggy Pop, del que ha tomado nota para caracterizar su show. Con un casco de vikingo, Juliette transmitió energía a un publico con hambre de pasarlo bien, saltando y bailando las canciones de su recién publicado disco You’re speaking my language. Buena prueba de ello fueron los temas American boy, I never got to tell you what I wanted to o Money in my pocket. Pero la señorita Lewis se guardó para el final lo mejor: dedicó el último tema a Iggy Pop y se marcó un Search & destroy, con salto loco al público incluido, al más puro estilo de la iguana. Por los foros del Azkena hay una encuesta muy simpática: ¿quién tocó el culo de Juliette?
Television:
Alguien me dijo un día: “si no has visto en directo a Television tienes la obligación de verlos antes de que sea demasiado tarde”. Esta vez no había excusa. Tom Verlaine y los suyos actuaron en el escenario verde aún con luz del día. Perfeccionaron aun más si cabe su disco más laureado ”Marquee moon” con Prove it o See no evil. También sonó estupenda Little Johnny jewel. El único “pero” fue esa versión un tanto fuera de lugar de Knockin’ on heaven’s door. Dejaron para el final lo mejor: la grandiosa Marquee moon cerró el casi perfecto show de Television con todo el público embobado.
The Pogues:
El nombre de los irlandeses The Pogues es sinónimo de fiesta, baile y alcohol. Bien lo sabe Shane MacGowan, que no se separaba ni un instante de una copa grande que suponemos llena de alguna sustancia con muchos grados. Como buen irlandés aguantó hasta el final, eso sí, cada x canciones tenía que ir a reponer su copa. La banda estuvo a un gran nivel, hubo momentos para todo, baladas inolvidables como Dirty old town o fiesta sin parar con Fiesta.
Queens Of The Stone Age: 
El sonido de Queens Of The Stone Age se adapta muy bien a la esencia Azkena. Y Josh Homme supo estar a la altura de sus posibilidades vocales; una pena que el amigo Mark Lanegan no pudiera asistir al concierto. Los Queens presentaban su nuevo disco Lullabies to paralyze, del que sonaron la potente Medication, la refinada Little sister o la rockera Tangled up in plaid. Pero también hubo tiempo para el pasado, con If you (fue la canción más antigua, de su primer disco), o tiempo para dedicatorias “cachondas” (a Lanegan), con Song for the dead. Siguieron entonces con pasajes de No one knows y con improvisaciones que crearon una tensión emocional altísima.. Hasta hubo tiempo para bises con Regular John, aunque nuestras piernas ya no daban para más.
La cuarta edición del Azkena Rock ha dado un paso más para su consolidación, aumentando la calidad del cartel (cada año hay sorpresas agradables). Todo ello con una excelente organización que consigue que se sitúe ya como un festival de referencia en Europa. Larga vida al ROCK!
Texto y Fotos: Sergi Serrano
Azkena Rock Festival 2005 (Vitoria, 02-09-2005) Parte I
Sergi Serrano | 16 Septiembre 2005
Viernes 2 de septiembre
Rose Hill Drive:

Uno de los primeros conciertos que pudimos disfrutar fue el de los Rose Hill Drive. Los tres jóvenes de Colorado Daniel Sproud (guitarra y voces), Nate Barnes (batería) y Jake Sproul (bajo y voces) nos ofrecieron un recital lleno de encanto con un hard rock con toques de blues que nos hizo recordar tiempos pasados. Músicos bisoños con mucha proyección y con talento a raudales que nos brindaron covers de Black Sabbath y una versión impresionante del Inmigrant song de los Led Zeppelin.
Masters Of Reality:

A Chris Gross, elegante y con clase, le faltaba algo y quizás ese algo fue que encima del escenario estuviera un poco cojo. Los Masters Of Reality, puro stoner rock, actuaban en el Escenario Verde resguardados a la sombra del imponente sol que hacía. Pese a todo, probablemente tendrían que haber sudado un poco más la camiseta.
Drive-By Truckers:

Quienes sí sudaron la gota gorda fueron Drive-By Truckers. A pleno sol en el Escenario Azkena, la banda liderada por Petterson Hood fue una de las agradables sorpresas del festival. Con un espectacular directo dejaron su huella marcada y nos ofrecieron un concierto con temas de su hasta la fecha último trabajo The dirty south (New West, 2004). Un buen ejemplo fueron las piezas Where the devil don’t stay o The sands of Iwo Jima. En muchos temas nos tuvimos que rendir a las guitarras endiabladas que con tanta maestría destilaron sus dueños. Uno de los mejores conciertos de todo el festival.
Gov’t Mule:

La mula volvía al País Vasco, después de la gira de presentación que hicieron del festival. San Warren y los suyos tocaron en el Escenario Verde más de una hora. Tuvieron muchos problemas con las guitarras y el sonido, pero supieron seguir adelante y no defraudaron al respetable con un show lleno de desarrollos largos y buen rock. Nos regalaron una versión de I can’t quit you baby de W. Dixon.
Wilco:

Si de algo estamos seguros es de que Wilco son, a día de hoy, una de las mejores bandas en directo. Y como el A ghost is born (Nonesuch, 2004) da para largo lo están aprovechando. Wilco era la “banda sorpresa” del jueves en la fiesta presentación y volvía a tocar el sábado en el Escenario Azkena. No faltó la magnífica At least that’s what you said -probablemente uno de los mejores temas de Wilco en directo-, ni tampoco Muzzle of bees y Hummingbird de su último trabajo A ghost is born. El grupo nos sedujo con un par de canciones de su disco Summerteeth (Warner Bros., 1999): A shot in the arm y Via Chicago. Esta última con unos cambios repentinos de ritmo de batería/teclados/guitarra (algunos de los presentes mostraron su sorpresa) mientras Jeff seguía tocando tranquilamente la melodía con su guitarra. Después hubo momento para el disco Yankee hotel foxtrot (Nonesuch, 2000) con War on war y Jesus etc. En el final nos deleitaron con un tema nuevo que estrenaban en el festival y acabaron con Spiders (Kidsmoke) que si en estudio es un gran tema, en concierto se transforma y te hace preso de su sonido enloquecido por esa melodia tan excepcional.
Social Distorsion:

Social Distorsion salían al Escenario Heineken con ganas de hacer disfrutar al público, cosa que consiguieron en un abrir y cerrar de ojos. El carismático Mike Ness hizo que su punk-rock entrara por las venas de los presentes con canciones de su álbum Social distorsion (Epic, 1990) como Story of my life o Don’t drag me down, dedicando el tema al presidente George Bush al que tachó de “cocksucker”. La anécdota de la noche la puso un chaval de 10 años al que Ness subió al escenario para que todo el público le viera.
Deep Purple:

Ian Gillan, Roger Glover y Ian Paice, los tres componentes de la formación original, estuvieron acompañados del guitarrista Steve Morse y el teclista Don Airey. Los años pesan, pero la historia rejuvenece. Los Deep Purple sonaron correctos, aunque sólo en momentos puntuales, como en Highway star y con la esperada y célebre Smoke on the water -en la que tuvieron un invitado especial con San Warren de los Gov’t Mule– hicieron vibrar a los más nostálgicos.
Texto y Fotos: Sergi Serrano
Cocorosie (Madrid, 09-09-2005)
Ana F. | 14 Septiembre 2005
Por fin las hermanas Casady vinieron a Madrid para ofrecer un concierto irrepetible, la presentación de su nuevo disco Noah´s ark (Touch and Go / Green Ufos, 2005). La sala Sol de Madrid estaba repleta de gente expectante por saber cómo sonaría este grupo en directo. Y no es para menos, ya que Cocorosie es uno de los proyectos musicales más enigmáticos de los últimos años.
Sobre el escenario un arpa, una guitarra, teclado y divertidos “instrumentos” como collares y silbatos. Cuando las dos hermanas salieron a escena –una de ellas con una curiosa máscara de clown–, la sala quedó en completo silencio. The sea is calm abrió la velada con un suave piano unido a simples y delicadas voces. De fondo, una multitud de proyecciones que incluían imágenes de Bianca y Sierra y dibujos animados de lo más variopinto (entre los que se encontraban los osos amorosos, lo cual nos trajo algún que otro buen recuerdo).

Después comenzó a sonar Money or tar, en la que el público participó imitando sonidos de animales, lo cual no dejaba de ser divertido a la par que curioso. Después llegarían Good Friday y By your side, ambas pertenecientes a La maison de mon rêve (Touch and Go/ Green Ufos, 2004), aunque la última sonó más acústica que en el disco (algo que también ocurrió con Techno love song).
Tras una sentada general de casi toda la sala, lo que fue aplaudido y agradecido por la mayoría, pudimos disfrutar un poco más la segunda mitad del concierto. Así, comenzó un extraño tema en el que Sierra iba cantando y grabando diferentes melodías líricas y usándolas como loops mientras Bianca tocaba instrumentos de percusión.

Beautiful boyz, uno de los temas más impresionantes del nuevo disco, creó en la sala un ambiente realmente especial: la gente no dejó de prestar atención a las melodías vocales de Bianca, muy intensas y espirituales, lo que la convirtió en una de las canciones más aplaudidas. Ante la sorpresa del público, las hermanas Casady interpretaron una versión de lo más curioso: el tema Turn me on del rapero Kevin Little, el cual quedó convertido en una sencilla canción bastante alejada de la original.
Tras esta curiosa interpretación, llegaba uno de los temas más rítmicos y animados de la noche, Noah´s ark, que da nombre al segundo trabajo de Cocorosie. Sierra y Bianca se despidieron y abandonaron el escenario, el público se levantó para aplaudir. Al poco tiempo las hermanas volvieron y el público volvió a sentarse para disfrutar de una canción tan evocadora como lo es Tahiti rain song.

Objetivamente, fue una hora y media de concierto original y variado, una gran oportunidad de percibir de cerca sonidos que en los discos no se sabe bien de dónde salen. Ahora bien, personalmente, es complicado explicar la sensación que muchos de nosotros tuvimos al escuchar canciones como Beautiful Boyz o Lyla en un lugar que parecía haberse quedado quieto ante tal belleza sonora. En directo, las hermanas Cocorosie saben dar forma a los sueños.
Autor: Ana F.
Fotos: Andrés Cabanes
The Coral – The Invisible Invasion
Francisco José Fernández | 5 Septiembre 2005
Cuarto disco de estudio de los británicos en apenas tres años. The Coral (Deltasonic/Columbia, 2002) y Magic and medicine (Deltasonic, 2003) fueron ambos fantásticos trabajos para convencernos de que eran (y son) un de las bandas más productivas de los últimos años, atesorando en cada uno de ellos una notable media de calidad. Con Nightfreak and the sons of Becker (Deltasonic/Columbia, 2004) llegó un pequeño y esperado bajón: el trabajo se componía de las típicas caras b y rarezas, contando además con una discreta producción y repertorio. Aun así incluía temas muy aprovechables como la pegadiza Venom cable o Precious eyes.
Para este The invisible invasion (Sony Internacional, 2005) han contado con la producción de Geoff Barrow y Adrian Utley (de Portishead). Dato importante ya que es la principal novedad que encontramos al escuchar el disco por primera vez, y más si cruelmente lo comparamos con el Sons of Becker. Pese a esta notable mejora, The Coral continuan haciendo lo mismo desde que comenzaron. Buenas canciones con total predilección por a la época dorada del pop, los Doors y una ligera y bien entendida psicodelia. Un trabajo con algunos temas casi redondos (She sings the mourning, In the morning, Late afternoon y Far from the crowd) y otros que quedarán como agradable relleno o, en el mejor de los casos, esbozando posibles caminos para futuras y cercanas entregas.
The Coral se encuentran en una posición interesante, pero este disco, pese a sus congratulantes similitudes con sus dos primeros trabajos y la notable mejora en la producción, no llega a convencer del todo exceptuando cuatro o cinco momentos de total lucidez. Esperemos que no comiencen a aburrirnos en breve.
Batman begins
Colaboradores | 5 Septiembre 2005
Batman Begins – Génesis: año cinco
La literatura es literatura, del mismo modo que el cine es cine, y la pintura es pintura. No obstante, un lenguaje artístico no condiciona la diferencia de las obras definidas en dicho lenguaje. Ni El código da Vinci es equiparable al Ulises de Joyce, ni American Pie está a la altura de El Padrino, ni muchísimo menos el célebre Perros jugando al póquer llega al nivel de Las Meninas. No entremos en valoraciones cualitativas, no es ese el tema. Del mismo modo, pese a que Spiderman, Los cuatro fantásticos, X-Men o Batman son todos personajes del cómic, la relevancia que alcanza cada uno de ellos no llega al mismo lugar. Spiderman, por ejemplo, parece disfrutar de una especial y admirable fama entre los devoradores de celulosa cromática, algo lógico si tenemos en cuenta que el carisma del personaje, un muchacho con una mente y un corazón brillantes pero con una torpeza innata en su habilidad social que un día obtiene una serie de superpoderes que le permiten meterse a la ciudad de Nueva York en el bolsillo, chica guapa incluída, le viene dado por la identificación que proyecta sobre sus lectoes. Las ordas de freaks (qué nostalgia se siente por este témino, el freak, hoy denostado por su aplicación a escoria chupaplata televisiva que causa menos interés que la laboriosa fabricación artesanal de una aguja) que componen la audiencia de cómics se reflejan en Spiderman y le veneran, lo cual puede ser, y de hecho es, la causa de su reinado en la mitología cómic. El caso de Batman y X-Men, sin llegar a decir que no gozan de una fama similar, no obtienen los resultados del trepamuros. Quizás se deba a que tienen un carácter más humano, más metafórico, reflejos de una sociedad que se debate entre la marginalidad, la pobreza, la corrupción, la intolerancia y la amargura. Son temas más profundos. Y que conste que el cómic es cómic.
A la hora de traspapelarse al cine, el cómic se mueve con soltura. Algunas de las fórmulas narrativas del cómic funcionan de maravilla sobre celuloide. Y tal es el caso también del superhéroe. En la mente de todos está la vorágine fílmica que viven las carteleras de medio mundo con las adaptaciones más recientes de Hulk, Blade, Elektra, Dare Devil, y demás, pero las que han sentado las bases del renacer del superhéroe de cómic han sido las dos entregas de X-Men filmadas por el estupendo Bryan Singer. Ya en una etapa anterior hubo sagas “medio excelentes” dedicadas a los superhombres, siendo además los más populares en el momento: Superman, de la mano de Richard Donner, y Batman, a cargo de Tim Burton y Joel Schumacher. Donner, Burton y Singer marcan sus aportaciones al género atribuyendo conflictos interiores a estos poderosos personajes, dándole matices y rincones anímicos. El Superman de Donner se busca a sí mismo, su propia identidad, al verse diferente de la gente que hay a su alrededor, mientras que el Batman de Burton se debate en el ser o no ser un justiciero vengativo presa de su amargura, al tiempo que Singer narra la problemática de un grupo de humanos que componen una raza avanzada de mutantes y se ven relegados al ostracismo social por su condición de diferentes, construyendo un futuro que se cimenta en, por decirlo de algún modo, el apartheid genético. Se ve así que el superhéroe de cómic es un símbolo de una cuestión clave de la condición humana.
El caso de Batman resulta especialmente interesante. El Caballero de la noche, al contrario de lo que ocurre en la mitología habitual del cómic, no tiene poderes especiales. No es un extraterrestre capaz de volar, ni un mutante invulnerable, ni una radiación le ha otorgado una fuerza sobre humana. Batman es un ser humano normal y corriente, cuyas carencias del alma son contrarrestadas con una inmensa fortuna. Batman, o mejor dicho, Bruce Wayne, sufre una vida que toda la ciudad de Gotham desearía según lo que ve: coches de lujo, mujeres espectaculares, riquezas para gastar, poder… pero ignoran el veneno que corre por las venas del multimillonario y que le corroe por dentro: la incesante sed de venganza, esa fuente de dolor continuo que le taladra la cabeza cada noche y que hace que cada noche se enfunde el traje oscuro a la caza de los delincuentes, como si de un deprerador se tratase, con el fin de acallar las voces que le culpan del asesinatos de sus padres. Ese carácter del cazados vengativo se gestó en las páginas de la publicación Detective Comics (luego, DC) en 1939, para alcanzar la autonomía en 1940, ya con casi todos los personajes del universo Batman perfectamente definidos. Durante mucho tiempo, el origen de Batman, al igual que los héroes primigenios de la DC, estuvo marcado por la lucha contra el mal europeo, el nazismo, que amenazaba con exterminar el American Way of Life, razón por la cual la caterva de superhombres y supermujeres defendían sus Metrópolis y Gotham Cities del asedio nacionalsocialista. Resulta interesante este dato para completar el sentido de Batman Begins. Este carácter de la oscuridad interior de Batman marcó la estética lúgubre y sórdida de Gotham, tanto en su carácter urbano como en la maldad de sus calles. De hecho, parece darse a entender que un héroe trágico y gótico sólo podía darse en un entorno con el que compartiera lamentos.
El referente que tuvo Tim Burton para construir su Gotham fue la arquitectura kilométrica y congestionada de Metrópolis de Fritz Lang, algo que varió perceptiblemente Schumacher cuando redefinió la estética de Batman con su concepto homoerótico del personaje: entonces lo gótico evolucionó hasta las formas neo renacentistas en edificios e interiores. Tal variación sufrieron las indumentarias de los personajes, pasándose de los sobrios tonos oscuros de los trajes del murciélago lució Michael Keaton hasta las armaduras con pezones y paquetes marcados que llevaron Val Kilmer y George Clooney. El hábito parece que hace al monje, ya que la madurez es lo que diferencia básicamente los episodios de las eras Burton y Schumacher. Mientras que el excéntrico creador de Eduardo Manostijeras apostó por un protagonista atormentado y vacío, su bombástico sucesor optó por un espectáculo de colores y movimientos más cercanos a la onomatopéyica serie televisiva en la que Batman y su acólito combatían el mal a ritmo de boggie. Ambos marcaron su estilo y obtuvieron sus resultados. Mientras que la crítica ensalzó el trabajo de la primera entrega, con apoyo de la taquilla, y aplaudió fervorosamente la inesperada seriedad de la secuela, pese a vender muchísimas menos entradas de las que esperaba colocar, se cebó con el fiasco del tercer capítulo del héroe enmascarado, aunque contó con el apoyo del público, y lapidó el ridículo desfile de despropósitos del cuarto episodio, teniendo de nuevo el consiguiente acuerdo por parte de los espectadores. Este fue el desarrollo circular de la saga de Batman, del positivo consenso de crítica y público que hubo en Batman al acuerdo mutuo acerca de la desafortunada experiencia de ver Batman y Robin. Así que a través de un pacto tácito, Batman corrió la misma suerte que el polvo de una gran mansión y fue ocultado bajo la alfombra del sótano.
En 2003 se levanta de nuevo la batmanía. Sin contar con los derechos de la historia y saltándose toda la normativa, se realiza el cortometraje Batman: Dead End, un divertido gazpacho que pese a contar con un presupuesto irrisorio reprodujo el universo del murciélago con la fidelidad y atractivo que ya se había olvidado. La historia contaba la muerte de Batman mientras persigue a Joker, quien se ha fugado del tenebroso Arkham Assylum. Durante la captura, le ataca… ¡un Alien!, y tras librarse de él, comprueba que quien le ha ayudado a zafarse de su baboso adversario es…¡Predator! Una vez que le ha vencido, con muchísimos esfuerzos, cae en desesperación al contemplar que se encuentra en el campo de batalla de la lucha de Alien Vs. Predator. El cortometraje termina sin mostrar la evidente muerte del Caballero de la noche. El film se hizo famoso el muy poco tiempo, coincidiendo con las negociaciones de Warner Brothers, propietaria de Batman en el cine, con Darren Aronofsky para llevar a cabo al adaptación de Batman: Año Uno. Parece no haber un consenso en las ideas de cada una de las partes acerca del proyecto, y el trabajo acaba desembocando en un guión escrito por David Goyer, especialista en el género fantástico que además de responsabilizarse de las tramas de toda la saga de Blade, firmó el guión de una de las obras maestras del fantástico de todos los tiempos: Dark City, obra de 1998 que un año más tarde encontraría su reflejo en la popular The Matrix, en la que muchos de los novedosos temas acerca de la metaficción versaron materias idénticas que ya se vieron en el libreto de Goyer. Este escritor parece ser que trabajó muy de cerca desde el principio del proyecto de Batman: Intimidation (título inicial de Batman Begins) con Christopher Nolan, afamado director por sus dos trabajos anteriores, Memento e Insomnia, y que constituyen, junto con Batman Begins, un compendio que trata los males de la mente humana y el modo en que distorsionan su percepción de la realidad. A medida que se completaban las fases de escritura de un guión que se guardaba como un tesoro, se fueron sumando celebridades al barco que volvería a reflotar con el murciélago como capitán: nombres como Christian Bale, Michael Caine o Morgan Freeman competían en atención en las mentes de los seguidores del mundo del cómic con la baraja de aspirantes a meterse en las mallas de Superman, que por entonces volvía a renacer también después años tras al retira de Tim Burton del proyecto.
El resultado ha sido una magnífica revisión del nacimiento del héroe oscuro. Dejando de lado la existencia de cuatro películas anteriores (por no hablar de las realizadas en los años 40 y 60), Batman Begins se basa en las tenebrosas novelas gráficas de Frank Miller para narrar el porqué de Batman. En esta película descubrimos desde la razón de que sea un murciélago el símbolo del héroe hasta las teleología de la indumentaria y el aparataje de los que hace gala Bruce Wayne. Se profundiza mucho más que en la primera película de Burton acerca de la cuestión del remordimiento y la culpabilidad, y se toma como leitmotiv principal la cuestión del miedo. Desde este punto de vista, Batman Begins parece hallar dos referentes obligados en El bosque de Shyamalan y en La Sombra de Russell Mulcahy (aunque con un atractivo guión de David Koepp), en los que, por un lado, se ofrece una visión de cómo la manipulación de la mente de una persona hace que se doblegue su voluntad, además de marcar unas pautas estéticas y narrativas que quizás puedan pasar desapercibidas, pero que son evidentes si recordamos la instrucción psíquica que recibe el protagonista de La Sombra en el Nepal o la amenaza megalómana de un gran villano sobre la ciudad a través de los peligros de la química. La acción parte en algún rincón de Oriente, con un malogrado Bruce Wayne prisionero de una cárcel de mala muerte. Un misterioso personaje le introduce en la Orden de las Sombras, una organización terrorista que le instruye para focalizar su odio, sus miedos y su sed de venganza a favor de sus objetivos para combatir el mal y la injusticia. Dicha formación le vale para conocer los secretos que luego aplicará en su vuelta a Gotham y vengar el asesinato de sus virtuosos y admirados padres. Pero el comprobar que la sociedad está corrupta desde sus cimientos le hace cambiar de idea, y se decide por crear un símbolo que inspire a la ciudadanía en la lucha contra la injusticia. Un interesante batiburrillo de circunstacias y situaciones que configuran una muy lógica génesis del Caballero de la Noche.
Los dos pilares básicos sobre los que se sostiene el guión son una temática muy interesante, vertebrada en el miedo, la inseguridad, la culpabilidad y el tormento interior, y una dinámica estructura que alterna la consecución de secuencias interiores con la trama de creación de Batman y corrupción de Gotham. Goyer y Nolan le dan más peso a la vida interior de Bruce Wayne, y la ponen en acto con su alter ego, Batman, el cual además de mostrar una mirada mucho más iracunda, quiebra su voz dando un resultado aterrador. Incluso la explicación de porqué un murciélago y no otro símbolo es elegido como imagen del héroe guarda fidelidad con el sentido final que alcanza esta historia. Por otro lado, al frente de este libreto, se presenta un plantel nunca visto en este tipo de producciones. La saga de Batman ha contado desde sus inicios con estrellas de la talla de Michelle Pfeiffer, Jack Nicholson o Tommy Lee Jones, pero en esta ocasión ha sido el carisma personal y la calidad actoral los factores que han determinado el reparto. Así, se cuenta con un Christian Bale en estado de gracia, como siempre, encarnando al tormentoso Bruce Wayne, ofreciendo un registro muy novedoso del personaje, lleno de aristas y contradicciones; un Michael Caine como el servicial Alfred, pero en esta ocasión con más mano dura dispuesta a caer sobre la infantil actitud de Wayne, aunque siempre a su lado para hacer que se levante tras la caida; Gary Odman como el futuro comisario Gordon, ahora sargento, el único agente de policía que no está corrupto y que será la mano legal de Batman; Liam Neeson como el misterioso instructor de Wayne en Oriente; Morgan Freeman como el científico designado por Industrias Wayne para el departamento de Investigación y Desarrollo y que marcará la funcionalidad técnica de la indumentaria de Batman, así como de sus armas. Entre otros, estos personajes articulan uno más de los muchos vértices destinados a la visión constructiva de este film, que define sus principios argumentales del mismo modo que Le Corbusier pudo hacerlo en la arquitectura: funcionalidad por encima de estética. Y es que todo, desde la estructura de la historia hasta la apariencia del Señor Oscuro se subordina la función que ocupen en el relato. Parece que nada se ha dejado al azaroso plano de la belleza por la belleza, ni siquiera la renovada Gotham City, que en esta ocasión toma su aspecto de un Chicago mitológico, donde del mismo modo que Elliot Ness se convertía en el azote del Hampa que lideraba Al Capone, Batman persigue y castiga a los villanos que alteren la calma de la ciudad. Es una proyección que se evade del goticismo clásico de Gotham, siendo en esta ocasión una gran ciudad contemporánea (lejos de la intemporalidad de los Gotham predecesores) congestionada por el tráfico, el ajetreo y la delincuencia. Quizás la concomitancia existente entre la ciudad del pecado que fue Chicago y la urbanización del mal que es Gotham sea producto de la casualidad, ya que el factor que determinó la localización de la ciudad fue la existencia del famoso monorraíl de la capital de Illinois. No obstante, el silogismo que deriva una sobre otra no deja de ser interesante.
Mención a parte merece el equipo formado por Christopher Nolan y su director de fotografía, Wally Pfister. Tal y como se apuntaba al principio, Nolan parece seguir una dinámica lógica en la temática de su obra. Si en Memento relacionaba la amnesia con la deshumanización y en Insomnia sugería el poder distorsionador que el insomnio provoca sobre la percepción y el uso de la razón, en Batman Begins recurre a la esencia del mal: el miedo. Su discurso sugiere que el miedo es la madre de todas las desgracias del hombre. Por miedo Bruce Wayne llevará a sus padres al lugar donde está la muerte, y por miedo no será capaz de enfrentarse a su culpabilidad. Por miedo ataca a sus semejantes y por miedo quiere vengarse. El miedo le lleva a la desesperación, y es la desesperación el arma que más devastación crea entre las personas. Es inevitable adivinar entre líneas cierta sugerencia al concepto de terrorismo actual en esta teoría del miedo que sigue la estela de la proposición que postuló Shyamalan en El Bosque. Los discursos que emanan de la Liga de las Sombras parecen manifiestos integristas dictados por el mismísimo Bin Laden, narrados por aquellos que se erigen como héroes defensores del bien a ojos de unos y como villanos sanguinarios que se escudan en planteamientos maquiavélicos a ojos de otros. En el centro parece vagar Bruce Wayne, que camina por su vida deambulando entre reflexiones acerca de lo que está bien y de lo que está mal. Y es que Batman Begins trata de arrojar luz ante la paradoja caprichosa del bien y el mal, de la delgada línea que los separa y del límite que llega incluso a unirlos. Por supuesto, y he aquí la concesión, no sólo del género, sino del icono de la cultura popular que viene siendo el héroe en la historia universal de la narrativa, del atormentado protagonista que duda acerca de su posición en esta batalla entre maniqueos. En sus inicios, la aparición de Batman a manos de su creador Bob Kane era la de posicionar a los jóvenes norteamericanos, futuros votantes de la nación, en contra de la expansión nazi y comunista (entendidos, como sistemas de gobiernos heréticos procedentes de Europa, nocivos y antiamericanos). Batman, como otros héroes de DC, limpiaba las calles de escoria hitleriana, a la par que le iban creciendo enanos con nombres tan pintorescos como Joker, Catwoman (que luego disfrutaría de su propio spin off), Dos Caras o Enigma. Esta posición inequívoca del Batman en el campo del bien fue enturbiándose con la evolución dramática del Caballero de la Noche, hasta nuestros días, momento en que nos llega con la mente traumatizada, más cercana a un diván de psiquiatra que a una máscara de látex. En este punto de partida Nolan recoge a Bruce Wayne desorientado, confuso, tambaleándose entre la integridad de su padre y el severo concepto de la justicia primitiva de Ra’s Al Ghul, entre la esperanza perenne sobre la bondad del hombre y la necesidad de eliminar una sociedad de raíz una vez que ésta se haya corrompido lo suficiente. Y es la ignorancia y el desconocimiento lo que marca los temores de Wayne. El miedo a lo que no conoce marca el punto de partida para que se planteen todas las cuestiones referentes al tema.
En referencia a esto último, la confusión y el desconocimiento, puede que sean los contras de un film brillante a todas luces. Batman Begins, pese a ser una interesante obra que reflexiona acerca de temas tan interesantes sobre el terror y la paranoia, las causas que lo provocan y el provecho que puede sacarse para malos fines en nuestra sociedad, se desarrolla en un mercado cinematográfico marcado por los beneficios de taquilla. No en vano, hablamos de una superproducción que llega a los 150 millones de dólares, hecho que desprende la necesidad de generar un espectáculo de artificio. El gran público no espera en Batman un texto para reflexionar, sino una obra de uso y consumo para disfrutar y evadirse, y dicha exigencia ha limitado la atención de la película en muchos momentos. A decir verdad, la capacidad de Nolan para dirigir a actores y poner en acto un guión tan interesante como el de Goyer es más que palpable en casi toda la cinta, pero a la hora de dirigir secuencias de acción este director demuestra carecer de las habilidades suficientes. Las luchas, persecuciones, y enfrentamientos cuerpo a cuerpo son confusos y mareantes, rompiéndose el ritmo narrativo. Algunos de estos momentos quedan salvados por el maravilloso trabajo de Wally Pfister a la fotografía, que mueve la cámara con agilidad para regalarnos planos tan poderosos como el descenso de Batman por el hueco de la escalera del Arkham Assylum ecoltado por un centenar de murciélagos, así como el adiestramiento sobre el hielo de Bruce, la prueba final en el palacio de Ra´s Al Ghul o la resolución de la secuencia del monorraíl.
Para los que bufen por la desesperanza ante el panorama que nos llega por el cine veraniego están de suerte. Todas las temporadas nos llega un blockbuster con sorpresa, y este año nos ha llegado antes de tiempo. Para los que estaban esperándolo, no deben dejar pasar la oportunidad de verla. Para quienes no conozcan al personaje, este es un excelente momento para cercarse a este icono moderno y comprenderlo. Y por supuesto, seamos honestos, ya que a pesar de que el cine sea cine y la literatura sea literatura, no podemos achacar a un libro como El código da Vinci que no tenga la maestría del Ulises de Joyce, del mismo modo que no podemos culpar a Batman Begins que no sea Ciudadano Kane.
Lo Mejor: La solidez de su guión.
Lo Peor: Las concesiones al género.

