Architecture In Helsinki – In Case We Die

Architecture in Helsinki es un grupo raro. Son ocho australianos que se atreven con todo tipo de instrumentos, ya sean clarinetes, sintetizadores o trompetas, además de algunos más convencionales como guitarras, bajo y batería. En 2001 grabaron su primer álbum, que no vería la luz hasta el pasado año: Finger crossed (Bar/None, 2004) pasó prácticamente desapercibido para la mayoría del público. Sin embargo, este In case we die (Bar/None, 2005) está llamando la atención y no son pocos los que le otorgan el título de disco revelación del año. Al ser un grupo tan complicado de definir lo mejor es comenzar nombrando a bandas actuales que podríamos meter en el mismo saco que Architecture in Helsinki. En él destacarían los Flaming Lips más dulzones, los Blueberry Boat más relajados y unos Arcade Fire más alegres y espontáneos.

Buenas referencias, en cualquier caso, para un disco que engancha fácilmente y gana con las escuchas tras el impacto -para bien o para mal- inicial. Pese a lo tétrico del título, In case we die está formado en su mayoría de piezas de corte alegre y optimista. La pareja It 5 y Wishbone nos otorgan algunos de los mejores momentos del año en cuanto a pop se refiere, mientras que temas como el inicial Neverevereverdid, Tiny paintings o Maybe you can owe me cuentan con desarrollos menos espontáneos pero igualmente interesantes y sorprendentes. Para el final se guardan la marciana Frenchy, I’m faking, Rendezvous Potrero Hill (pequeño y ensoñador instrumental) y What’s in store.

In case we die es, como el grupo, algo extraño. Es recomendable darle varias escuchas para poder degustar la multitud de matices, arreglos y detalles que son capaces de incluir en tres minutos. Los australianos se han convertido, al menos durante este año, en los grandes arquitectos de la vertiente más luminosa del pop.

Entrevista a Adam Green (julio 2005)

Colaboradores | 26 Julio 2005  

Horas antes de su concierto en Málaga, entrevistamos al ex Moldy Peaches Adam Green. La excusa: la presentación de su segundo disco, Gemstones (Sinnamon Records, 2005). Tras el éxito y las buenas críticas recibidas por su debut, Friend of mine (Sinnamon Records, 2003), el Sr. Green se encuentra en la difícil tesitura de sorprender con su nuevo trabajo, pero sin romper del todo con la fórmula que tan bien le ha resultado con el anterior. En esta breve, pero intensa, charla quedamos sorprendidos por su spanglish (reproducimos en cursiva las palabras textuales pronunciadas por Adam Green en castellano).

- Buenas tardes. ¿Qué te parece si te presentaras brevemente, por si hay alguien que no te conoce? ¿Tus padres son ginecólogos?

No, mis padres son neurólogos, profesores de la universidad. Yo vengo de Nueva York, aunque nací en Phoenix, Arizona, donde mis abuelos tiene un hotel para comediantes y gente del espectáculo. Solíamos pasar los veranos allí.

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Inhabitants – Into the engine

Colaboradores | 25 Julio 2005  

Tras coincidir en diferentes formacioness (entre ellos Orlando, con los que actualmente comparten local de ensayo), Inhabitants se forman como banda hace ya dos años y, tras un par de maquetas realmente interesantes, publican ahora su primer disco: Into the engine (Foehn Records, 2005). El grupo está formado por Jesús Vassallo (guitarra y voz), Carlos Seoane (guitarras y teclados), Alfonso Pachés (batería) y Sergio Ohliger (bajo).

Si el sonido de sus primeras demos era más cercano a bandas como Radiohead o Tindersticks, en su debut discográfico se despojan de toda referencia conformando un sonido propio. Aunque todavía se perciban las influencias, ahora más sutiles y menos evidentes, éstas se reflejan sólo en algunos detalles dentro de su particular forma de entender la música. Into the engine te envuelve en densas -pero ligeras- atmósferas sonoras.

La factura del álbum es impecable desde su primer tema, Silence and light, hasta el último Deliverance, pasando por el que da título al CD, Into the engine. Todas ellas destacan por las evocadoras melodías del piano combinadas armoniosamente con las guitarras –acústicas o eléctricas–. En el disco nos encontramos con una serie de sugerentes temas instrumentales –Outrageous four, Winter lullaby y The void– que pulsan las teclas necesarias para activar todos los estados emocionales posibles.

Si lo que queremos es adivinar la factura del grupo, podemos hacerlo con sus mejores canciones: Sunburst o Leap of faith, buena muestra de lo que son capaces de hacer. Sólo queda por hacer una última sugerencia: no dejar de seguir la carrera de Inhabitants y, sobre todo, no perderse sus cautivadores directos.

Andrés Cabanes

Ryan Adams – Cold roses

Colaboradores | 23 Julio 2005  

Seis álbumes publicados en cinco años, dos de ellos dobles, dan para mucho. Es tan fácil calificar de genialidad como de simple mediocridad. Peor aún, se podría pensar que Adams tiene la creencia de que toda su producción artística requiere de nuestra pleitesía y alabanza. Simple megalomanía, atributo más bien corriente entre el sector. Existe una última y no tan remota posibilidad; que tema el día en el que cualquiera de sus herederos se enriquezca publicando bootlegs que bien harían en seguir enterrados. No me extrañaría, pues los ejemplos asustan.

Sea lo que sea, me inclino más bien por la creencia de que el tipo se toma todo esto con poca seriedad (incluso a veces con escasa profesionalidad). Supongo que hace uso abusivo de sus virtudes sin interés alguno en el perfeccionamiento o el filtro productivo. Y digo esto porqué el disco es un contraste entre buena música y letras que imbuyen a la carcajada. Bien puede ser que se trate todo de una gran ironía, pero me veo incapacitado para afirmarlo. También podría ser que simplemente fuera mal gusto o incapacidad para escribir, lo que se descarta leyendo composiciones anteriores.

Cold Roses es un disco con altibajos. Momentos brillantes comparten protagonismo con irrefrenables impulsos a pasar de pista, pero supongo que si se hace un balance la escucha vale la pena. Al fin y al cabo entre bobadas varias y momentos de sopor ( Cherry Lane, Easy plateau o Beautiful Sorta), encontramos piezas de gran calidad que devuelven al de Jacksonville al lugar que le corresponde en el panorama musical ( Magnolia Mountain, Meadowlake Street, How do you sep love alive, Blossom o Rosebud). Cabe reconocer el gran acierto en el primer single, un Let it Ride importado del mismísimo Knoxville, Tennesse, que invita al regocijo country.

En cualquier caso, y como dice el genial Woody Allen, “si no les gusta no se preocupen que ya estoy haciendo otra”. “Otros” debería decir Adams, pues son dos los álbumes que el prolífico y virtuoso músico piensa publicar en lo que resta de año. El próximo en septiembre. Veremos.

The Go-Betweens – Oceans apart

Ana F. | 23 Julio 2005  

Rober Foster y Grant McLennan vuelven con un nuevo álbum, Oceans apart (Lo-Max / Mushroom Pillow, 2005). No es de extrañar que sean muchos los seguidores de este grupo, ya que posee un sonido personal que han mantenido a lo largo de muchos años de carrera (desde 1982 nada más y nada menos).

El comienzo de Oceans apart, con el tema Here comes a city, augura un trabajo lleno de energía y ritmos movidos pero, a medida que el disco avanza, se deja ver el lado más personal de la banda, precisamente la característica que hace de The go-betweens un grupo inconfundible.

Posiblemente, lo mejor de este nuevo trabajo es el uso de unas geniales letras, acompañadas de arreglos sencillos que, sutilmente, dejan a un lado su aspecto musical para ser más descriptivos, como se puede percibir en Darlinghurst nights en la que, mientras describe una ciudad, una armonía de vientos realmente espectacular aparece como telón de fondo.

Lo cierto es que Oceans apart es un disco de escucha agradable, con canciones pegadizas repletas de coros sencillos e instrumentaciones básicamente acústicas. En general, los temas siguen una línea bastante equilibrada, aunque algunos como No reason to cry o The mountains near Dellray contrastan con otros más personales como Lavender o Born to a family, sobre todo en su rítmica y expresividad.

El hecho de que muchos grupos de pop hayan retomado la esencia de décadas anteriores como los 80 no roza ni de cerca a The go-betweens; ellos no han variado su forma de hacer música y, sin embargo, las alabanzas sobre este grupo son cada vez mayores. Una buena señal, sin duda.

Adam Green (Málaga, 14-07-05)

Colaboradores | 20 Julio 2005  

Ayer compré El canon occidental de Harold Bloom en edición de bolsillo. Mi mejor amiga es filóloga y opina que no sabe bien si le interesa más lo que aparece en un canon o lo que se queda fuera. Me cuentan, por otro lado, que la versión española de una famosísima revista de tendencias musicales acaba de elaborar una lista de los mejores elepés de la Historia. Me han dicho que no hay ningún disco de Nick Cave, Screamin’ Jay Hawkins, Violent Femmes o Leonard Cohen entre los ¡quinientos! discos seleccionados. No me lo creo y me gasto tres euros para comprobarlo. Efectivamente. Pero es que entre los cinco primeros hay tres de los Beatles (grupo músical de gran talento que estuvo afincado en la ciudad donde actualmente juega Josemi, ex jugador del Málaga C.F.), mientras que al primer disco de Tom Waits nos lo mandan al 339. Sí, Raúl, al 339. En el 194 está el Transformer de Lou Reed… Tengo amigos con mejor puesto en el MIR del año pasado.

“Mientras me recupero, y viendo que tampoco hay nada de Burt Bacharach, me acuerdo del compromiso que adquirí hace un par de meses con Kiko de escribir unas palabras sobre el concierto que el pasado verano ofreció Adam Green en Málaga (14 de julio en el Teatro Cervantes). Por primera vez acepto escribir una crítica de un concierto, y sigo los tres consejos del manual “¡Para ti, que eres joven!” (de Manel Fontdevila y Albert Monteys), a saber: “no dejes que nada te guste”, “recurre a los clásicos” y “usa la palabra concepto”.

A Adam Green lo habíamos entrevistado unas horas antes (la traducción de la entrevista llegará en breve a Altafidelidad.org), y tras verle en directo me dio la impresión que habíamos estado meando fuera del tiesto durante casi toda la entrevista, porque su música va evolucionando en la medida que el escenario se lo va pidiendo. Imagínense un cruce entre el vengador tóxico (antes de caer en la basura radioactiva) y Julian Casablancas; pónganlo imitando a Crosby, Baker o a alguno de éstos, y denle un repertorio que suene a estándares de la tradición norteamericana. La propuesta podría irritar a más de uno si no fuera porque al Sr. Green le sobra talento para mezclar los elementos. Él sabe que más vale caer en gracia que ser gracioso. Él sabe que mientras le sigan saliendo buenas canciones, el show funcionará… y viceversa; quizás por eso su último disco, Gemstones (Sinnamon Records, 2005), aunque prolonga eso sí los logros compositivos de Friend of mine (Sinnamon Records, 2003), emprende un decidido viraje hacia un concepto más teatral.

Ya lo dijo Andy Warhol en el libro sobre la Velvet, de V. Bockris y G. Malanga: “La esencia del movimiento Pop era que cualquiera podía hacer cualquier cosa. [...] Nadie quería encasillarse en algo determinado”, y el Sr. Green coge el relevo y se sitúa en la senda, no sólo de crooner clásico americano sino en la genuina tradición de la escena interdisciplinar neoyorquina que tan grandes nombres ha dado a la cultura de la segunda parte del siglo XX (J. Jarmusch, J. Schnabel, W. Allen…). Salvemos distancias todavía, puede que el fenómeno sea un buen espejismo o tan sólo pura morriña de aquello.

Sobre el escenario la banda adquiere poco protagonismo, y es donde él se erige como amo y señor absoluto buscando el encaje de bolillos entre el show granguiñolesco y la precisa interpretación del repertorio. Destacables fueron los temas Her father and her, donde nos recordó al Leonard Cohen de los primeros años setenta; Dance with me, pura catarsis colectiva, con el Green más Reed; y Computer show, con la que cerró el recital.

Hubo canciones sin banda, con él mismo a la guitarra, e incluso pequeñas piezas instrumentales al teclado. Supo mantener el ritmo adecuado y se ganó al público pronto. Pero el respetable asistía al concierto básicamente para escuchar los inconmensurables temas de Friends of mine: no faltó la ternura de We ‘re not supposed to be lovers o Bluebirds; el manual de autoayuda, en No legs; el toque fatalista, I wanna die; o el flirteo con el mainstream, en Jessica.

No sería justo decir que bajó el nivel artístico con las nuevas canciones. El tripartito Caroline – Emily – Who’s your boyfriend bien podrían formar parte de Friends of mine. O el no-reconocido homenaje a Burt Bacharach de He’s the Brat o de Bible Club. Lo que ocurre es que la montaña rusa de ritmos que nos propone en, por ejemplo, Gemstones o Over the sunrise nos sigue perturbando, incluso después de comprobar que es en el escenario donde cobran verdadero sentido. El tono histriónico de éstas, añadamos Choke on a cock, nos lleva a corregir las dos imágenes del artista que ya teníamos: la del Adam Green de los Moldy Peaches o de Garfield (Sanctuary/Rough Trade, 2002) -folk, art band, lo-fi, Lou Reed…-, y la del Adam Green como crooner puro.

Han pasado un par de meses de aquello. Como todos, ya tenemos ganas de que el verano acabe de una vez (no se olviden de Melendi, la gasolina y el canto del loco). Digo que, aunque hayan pasado dos meses, todavía me acuerdo del collage que fue aquel concierto: un poco de Broadway, Harold Lloyd, el lago de los cisnes, Nosferatu, algo de la Factory, mucho Sinatra… No sé si este chaval tan enrollado pasará al canon de la rolinestón dentro de unos años. Yo, mientras, vuelvo a mirar la lista. Por la C de “Cave”… nada. Lo intentaré otra vez dentro de un rato.

Texto: Alfonso García

Röyksopp – The understanding

Vicente Bueso | 16 Julio 2005  

En 2002, Röyksopp sorprendió a casi todos con aquel vibrante Melody A.M., un álbum ejemplar fruto de la genialidad de estos dos noruegos, Svein Berge y Torbjørn Brundtland. El camino esperanzador de la música electrónica que propugnaba su ópera prima queda cortado con este segundo disco, The understanding (Wall Of Sound), un producto muy inferior a su predecesor, mucho menos trabajado y más caracterizado por querer enraizar en las radio-fórmulas y en las pistas de baile. Se baja la calidad y la minuciosidad de producción y se aumenta el uso indiscriminado de melodías resultonas.

El arranque con Triumphant resulta algo pírrico, una base de piano cíclica y un ritmo electrónico pausado, y empezamos a dudar si Röyksopp y toda su precedida fama no son más que fruto de nuestra imaginación. Temas posteriores como Only this moment y 49 percent parecen estar más en la linea que todo el mundo espera, pero carecen de algo fundamental, la voz de Erlend Oye. Para The understading han colaborado Chelonis R. Jones, Karin Dreijer o Kate Havnevik, todos ellos como vocalistas, y este es uno de los problemas que tiene este álbum, las voces. Karin canta en What else is there? y casi mejor que no lo haga, Chelonis R. Jones nos recuerda a algún concursante tinerfeño de Operación Triunfo y Kate Havnevik es la voz de la chica de las plataformas fluorescentes de la discoteca de al lado. En lineas generales hacen mucho daño a la parte instrumental y deterioran el resultado final. Una de las características más brillantes del sonido de Röyksopp hasta la fecha eran las aportaciones de Erlend, voz peculiar donde las haya, y que daba cierta personalidad al grupo.

La parte creativa del álbum la encontraremos en los cortes densos y atmosféricos, más en la linea de la introspección sonora, como Alpha male, Boys o Beautiful day without you, lo mejor de todo el disco. Pero no siguen el patrón del conjunto, música más bailable, más épica y menos oscura. Ya anunciaron un cambio hacia sonidos asequibles, comerciales y fáciles, así que nadie espere encontrar en esta obra algo con lo que sorprenderse.

The understanding funcionará mejor como disco de baile y permitirá que la banda amplíe su abanico de seguidores, pero deteriorará la imagen de músicos inteligentes que habían obtenido por méritos propios.

Algo en común

Colaboradores | 16 Julio 2005  

Algo en común: El amor de los post-adolescentes

Andrew Largeman (Zach Braff) es un actor de televisión que trabaja en Los Ángeles, y vive a base de litio. Dicha terapia le hace vivir en un estado parecido al coma. Tras la muerte de su madre, decide dejar la medicación y con motivo del funeral vuelve durante unos días a su ciudad natal, Nueva Jersey. Allí volverá a encontrarse con sus antiguos amigos que han seguido su vida de forma dispar, y conocerá a Sam (Natalie Portman), una chica excéntrica y completamente antagonista a su forma de ser pero que le provocará una curiosa atracción. Al mismo tiempo intentará arreglar los problemas con su padre (Ian Holm), que durante toda su vida ha ejercido una figura excesivamente dominante sobre su hijo.

Nos encontramos ante el estreno en la gran pantalla, como director y guionista, de Zach Braff. Sin embargo, como actor había trabajado en El club de los corazones rotos (2000), Getting to know you (1999) o Misterioso asesinato en Manhattan (1993). En el reparto destacan la figura de Natalie Portman que había participado en películas de la talla de Closer (2004), Cold Mountain (2003), o en los Episodios I, II y III de La Guerra de las galaxias (1999, 2002, 2005); y el veterano Ian Holm que llegó a la fama por la trilogía El señor de los anillos (2001-2003), pero que había trabajado en La noche cae sobre Manhattan (1997), El quinto Elemento (1997), Hamlet (1990), Alien(1979) o Carros de fuego (1981). Todo ello unido a una estupenda banda sonora que incluye temas que van desde clásicos como Nick Drake o Simon & Garfunkel hasta algunos más modernos como Coldplay, Thievery Corporation o Iron & Wine y que encaja coherentemente con el desarrollo del filme, y se identifica con el público al que va dirigido.

Braff, según sus palabras, “quería crear una historia de amor inteligente para gente joven y también quería hacer una película sobre lo que se siente al volver a casa”. Y eso mismo es lo que ha conseguido realizar. En los últimos años, Hollywood se encuentra plagado de películas de un amor que acude a los estereotipos y que resulta insulso para parte de los adolescentes y jóvenes de nuestros días. Las relaciones de pareja son diferentes en todos sus casos y los momentos especiales son tan sumamente diversos que es imposible encontrar un patrón. Y eso mismo es lo que queda plasmado en el filme.

Por otro lado, la película hace hincapié en uno de los momentos más importantes en la vida de las personas, aquella en la que los jóvenes, tras haber acabado sus estudios, buscan una salida laboral. Un momento de gran incertidumbre que abarca una multitud de posibilidades y seguramente será un momento clave en su futuro. Algo en común nos enseña diversos modelos de vida, posiblemente llevados hasta un punto extremo para ejercer un aire cómico, pero respetando todas y cada una de las elecciones. Cada uno de los personajes ha encontrado su felicidad personal sin haber logrado el sueño americano: el éxito; simplemente viviendo como ellos desean y dejándose llevar por las pequeñas cosas que hacen tan especial la vida.

Desde el punto de vista cinematográfico existen varias escenas de gran talento, entre las que podríamos destacar dos. La primera es el primer beso de pareja, que se lleva a cabo de forma esporádica, sin esos abominables instantes de calma que suelen preceder en la mayoría de las películas, y sin estar a solas, puesto que se encuentran acompañados de un tercer personaje, que es eliminado paulatinamente de la pantalla a medida que los dos enamorados se dejan llevar por sus sentimientos. La segunda es la despedida de la pareja del aeropuerto, en la que se centra a Sam en el medio de unas escaleras y se elige el juego de unas escaleras mecánicas para arrebatar a Large de sus brazos.

De ese modo, nos encontramos ante una película honesta y sencilla, dirigida a personas que “ya han dejado atrás la adolescencia y que tarde o temprano sienten una ansiedad abrumadora” (en palabras del propio director), y que busca un estilo visual específico pese al bajo presupuesto con el que contaba, que obligó a rodar las escenas en una o dos tomas y a montarla mientras todavía se estaba rodando. Un filme que presenta una historia de amor diferente y original con un par de tomas de gran talento y con una Natalie Portman que destaca sobre los demás actores con una gran interpretación.

British Sea Power – Do you like rock music?

Directos en medio de follaje falso en una sala londinense. Singles en vinilos que escondían, escritos del puño y letra de los miembros de la banda, detalles tan importantes como nombres de poblaciones de la costa británica al azar. Canciones en torno a revoluciones en países del este europeo, famosos aviones de la historia o similares. British Sea Power eran únicos.

Sí, lo eran. Porque el camino que han elegido en su desarrollo les aleja cada vez más de aquellos locos inicios para guiarles de la mano hacia el rock de estadio, los himnos y una música que no por más trabajada es más novedosa. Es una senda dura para el seguidor, sólo iluminada por la convicción de que son muy buenos en lo suyo. Y lo suyo es hacer música.

Han soportado la pérdida definitiva de su teclista, ahora entregado en cuerpo y alma a su proyecto alternativo, Brakes. Han perdido frescura, se han quedado solamente en un buen grupo. Siguen siendo capaces de facturar bombas como Atom o canciones más introspectivas como Lights out for darker skies con resultados muy buenos. También de mantener un discurso coherente y firmar un buen disco, pero no más.

Puede que este Do you like rock music? (Rough Trade, 2008) sea un punto y aparte en su carrera, un último salto mortal hacia la fama o el olvido, pero tristemente una cosa está clara: salvo en momentos puntuales donde la banda se lanza al vacío, a menudo escondidos en sus caras B, British Sea Power ya no son la gran esperanza blanca. Son una realidad pulida hasta la extenuación, donde las aristas del pasado son relucientes curvas.

La pregunta que nos plantea el disco es tan ambiciosa como atrevida. Y uno no sabe si lo ha sido en exceso. Porque sí, nos gusta el rock, y hasta nos gusta cómo lo interpretan estos British Sea Power por momentos. Pero echamos en falta aquel post-punk rabioso que una vez escondieron en su interior. En esta ocasión tenemos que quedarnos con el glorioso pasado, por mucho que el presente no deje de ser bueno.

British Sea Power – Open Season

Todos estamos acostumbrados a pedir a los grupos que muestren sus verdaderas cartas en el segundo disco. El primero se puede calificar siempre, de modo prácticamente casual en muchas ocasiones, como fruto de la suerte o la casualidad y nadie nos dirá nada. Dejando de lado la arbitrariedad de dicha idea, que supongo que no causará el estupor ante un grupo que solo realice un disco, lo cierto es que tras la sorpresa del debut las formaciones tienen que convencernos cuando ya sabemos qué esperarnos.

Algo así pasa con los British Sea Power, uno de los grandes triunfadores del mundo alternativo en el 2003 con su debut The decline of British Sea Power. Ahora, dos años después, vuelven a la carga con este Open season bajo el brazo y la intención de apelar a un “público mayor” según su cantante. Dichas intenciones siempre han de ser tomadas con cuidado, sobre todo cuando parecen teñirse de un populismo que no suele dar buenos réditos. Pero, por una ocasión, tenemos que admitir que se estaba diciendo la verdad.

Porque, apartándose de la exhuberante variedad de registros de su opera prima, lo que han logrado British Sea Power es cohesionar su sonido y lograr un trabajo más accesible sin abandonar sus peculiaridades. Dicho logro, además, no ha venido dado por su entrega al impacto inmediato. Los temas son más monolíticos que antes, las melodías son menos evidentes y exigen al oyente su atención para sumergirse en un mundo de guitarras superpuestas, ligeros teclados y letras demenciales.

El primer tema del disco fue el elegido para presentarlo como su primer single. It ended on an oily stage es uno de los mejores ejemplos de la nueva via de los BSP unida al concepto de single. Canción pop maravillosamente hilvanada, que se aleja de la rudeza de su primer album para mostrarnos a una banda más cercana a la música popular y alejada de su mundo personal y en ocasiones casi indescifrable. Una sensación de normalidad que refuerzan con su Be gone, aunque se reservan un tono genuinamente épico que no suele encontrarse en el pop.

Le sigue otro de los momentos destacados del disco, How will I ever find my way home?, el corte más directo y pegadizo de todo el disco. Además, es el más cercano por momentos a su debut, pudiendo haber sido parte de éste si se subiera el volumen y se añadiese una ligera dosis de locura adicional. En cambio, todo el tema está lleno de una contención estudiada y muy efectiva a la hora de crear un ambiente único en todo el trabajo que se continúe con Like a honeycomb, más cercana a temas ya presentes como caras b en sus anteriores singles se presenta como contrapartida más relajada a su predecesora.

Para el último tramo del disco se reservan algunos de sus platos fuertes, empezando por Victorian Ice y su ritmo alegre y festivo que hace que parezca una moderna canción de taberna. Oh Larsen B es su particular y surrealista balada épica en concepto, acelerada en ritmo y alocada en la letra. En su línea sigue Land beyond, aunque en esta ocasión los arreglos de cuerda ganan protagonismo para dotarle de un carácter poético que el disco aún no había conseguido y que ya no perderá para su último corte: True adventures cierra nuestro segundo viaje al mundo de British Sea Power recordándonos en menor escala a la magistral Lately de su debut y pudiendo verse como una reinvención de esta desde la nueva línea tomada por el grupo.

Una via creativa que no deja de resultar chocante incluso para quien haya seguido al grupo desde los inicios. Los chicos de Cumbria siguen dispuestos, en el fondo, a ser totalmente inclasificables e imprevisibles, aunque para ello deban dar un giro hacia sonidos más convencionales. Porque si bien este Open season es inferior a su debut, ciertamente merece ser destacado como uno de los discos más personales que posiblemente surjan en el panorama pop-rock a lo largo del 2005.

Da igual que no hayan puesto sus mejores temas (a tenor de lo visto en las caras B de sus singles anteriores) o que, a las primeras escuchas, uno no consiga ver nada particular en medio del sonido saturado y muy producido, porque a poco que estemos dispuestos a darles una oportunidad veremos la coherencia del discurso y la claridad de éste. Open season no es el gran disco que algunos esperábamos, pero si puede ser la primera piedra de una construcción que nos promete muchas alegrías.

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