Oasis – Don’t believe the truth

Después de aquel pequeño paso hacia el camino de siempre que fue Heathen chemistry (Sony-BMG, 2002), Oasis editan Don’t believe the truth (Sony-BMG, 2005), sexto álbum de estudio que trae consigo la novedad de Zak Starkey -hijo de Ringo- como nuevo batería tras la marcha de Alan White. Dave Sardy se ha ocupado finalmente de la producción, tras no cuajar la colaboración de los Gallagher con Death in Vegas. Las aportaciones por parte de toda la banda aumentan en cantidad y calidad, dejando a Noel con solo cinco temas suyos de los once que componen el álbum. Lo que hace años podría haber sido algo impensable y tal vez negativo, ahora se confirma como el principal factor del sonido actual del grupo, más compactado y definido pese a aportar poco a lo hecho hasta el momento.

Liam no llega al nivel de Songbird pero cumple con sus tres composiciones. Love like a bomb, con la voz a lo Lennon (y van…), es lo más parecido a sus anteriores piezas: corta, de letra apacible y con una parte final que saca a la canción de la mediocridad. En The meaning of soul, estrenada hace ya un año en Glastonbury, el ritmo lo marcan unas guitarras acústicas y batería que acompañan a un Liam empeñado, tal vez, en sonar a una especie de Elvis enloquecido. Fascinante mezcla para un tema que se disfrutará, seguro, más en directo. Guess God thinks I’m Abel, de tremendo título, sirve para confirmar los derroteros del álbum en general (adios a los muros de guitarra), ayudados de una melodía campestre y reconciliadora que, hacia el último minuto, incluye un drástico cambio de dudoso gusto. A bell will ring, de Gem Archer, pasa sin pena ni gloria. Se agradecen, eso si, las guitarras eléctricas que, como hemos comentado, no tienen mucho protagonismo a lo largo del disco. Turn up the sun y Keep the dream alive son las dos aportaciones del bajista Andy Bell. La primera supera la prueba con nota, encajando perfectamente como contundente y sobresaliente apertura del disco. La segunda, sin embargo, se pierde en un excesivo minutaje siendo una de esas canciones que gustará a los fans del típico sonido de la banda pero que dejará algo indiferentes a otros. A destacar la magnífica interpretación de Liam.

El trabajo más representativo de Noel Gallagher para Don’t believe the truth se sostiene en las cinco canciones que ha compuesto. El single, Lyla, de nuevo perfecto para convertirse en un nuevo número uno, hace gala de aquel sonido loco y esquizofrénico de Be here now (Sony-BMG, 1997) pero apoyado en una banda que toca mejor y con la cabeza no tan llena de pajaritos. Desde los Who a los Beatles, pasando por los Stones, Velvet o Dylan, Noel no esconde sus influencias, cogiendo de aquí y allá para hacer cosas sorprendentes como Mucky fingers, tal vez el mejor corte del álbum. Partiendo de un ritmo similar al de I’m waiting for the man de la Velvet y cantando por unos minutos como Dylan, Noel se desmarca con un pieza redonda, culminada con una de las mejores letras que ha escrito en años (junto a las otras dos que canta) y un solo de armónica totalmente excitante y desafinado. Part of the queue, con la colaboración del percusionista cubano Lenny Castro, y The importance of being idle -de lo más destacado-, completan un triplete difícil de superar para el mayor de los Gallagher. Como colofón final se incluye Let there be love, conocida ya gracias a las demos del Standing on the shoulder of giants (Sony-BMG, 2000). El tema, con la voz de Liam en estado de gracia, cuenta con la intervención de su hermano hacia la parte central (algo que no ocurría desde Aquiesce). Las guitarras acústicas y el piano revolotean lánguidamente en el tema más beatle del disco. Buen broche final.

Don’t believe the truth se nos presenta como un trabajo diferente dentro de la discorgrafía de Oasis. Menos guitarras eléctricas y más percusión y guitarras acústicas. Todo ello dentro de un sonido menos británico, más sosegado y compacto, pese a las notables diferencias existentes entre las canciones que incluye. El resultado es bueno y nos hace mirar al futuro con más esperanzas que hace tres años.

Dream Theater – Octavarium

Colaboradores | 24 Junio 2005  

Quizás este no sea un grupo que case demasiado con la tendencia general que se respira en altafidelidad; no obstante, es una referencia del rock contemporáneo obligada. Para quien no esté muy familiarizado con esta banda, Dream Theater es un grupo norteamericano que impulsó el movimiento de rock progresivo en los noventa, rescantando un sonido que comercialmente entró en declive por ajustarse demasiado a pautas que tornaron a la denominación del AOR (Adult Oriented Rock). Con claras reminiscencias al rock sinfónico de los 70 encabezado por Yes, Pink Floyd o Kansas, Dream Theater supo rejuvenecer adecuadamente esta tendencia gaseándola con la contundencia de Metallica o Napalm Death. El resultado fue tomando forma bajo la batuta de una música elaborada y muy técnica, en una progresión ecléctica que nos ha conducido hasta este último trabajo, Octavarium, editado el 7 de Junio de este año.

Si el oyente de Octavarium está versado en el trabajo continuado de Dream Theater encontrará lugares comunes y otros sensiblemente nuevos. Sigue la línea oscurantista del anterior trabajo del grupo, Train of Thought, álbum de crisis que marca una nueva dirección en el sonido de la banda. Si algo ha caracterizado los 7 discos de estudio que precedieron a este último ha sido la carencia total de uniformidad estilística en cada uno de los discos, lo cual no sólo les ha otorgado un libertad compositiva excelente, sino que ha abierto las exigencias del público “heavy”, demasiado integrista en ocasiones, y que con Dream Theater ha sabido degustar las mieles de géneros tan alejados de hard rock como el jazz, la electrónica o el pop comercial. Sin embargo, con la edición de Train of Thought, Dream Theater adopta una postura más acorde con el mercado mayoritario que va a sus conciertos y configura un disco muy duro, el más duro de su carrera, algo que acogen con alegría el sector más melenudo del público, pero que la audiencia más melómana pone en cuarentena.

La edición de Train of Thought responde a un cambio de dirección obligado por parte de Dream Theater. En disco que se lanzó anteriormente a éste, Six Degrees of Inner Turbulence, tuvo una acogida tímida, producto del devastador efecto que provocó la obra maestra del grupo, Metropolis pt. 2: Screnes from a Memory, el disco perfecto que toda banda de música querría hacer, pero que planteó la fatídica pregunta de se hace todo grupo al tocar techo en su carrera: ¿y ahora qué? La respuesta fue Six Degrees of Inner Turbulence, un disco doble en el que Dream Theater puso toda la carne en el asador, pero que no pasó de un “revival” de toda su carrera hasta el momento, sin el brillo que todos esperaban y que a pesar de desplegar un arsenal de magnificencia no ofreció el pasito adelante que marcó toda la etapa “pre-scenes”. Por ello, Train of Thought redefinió la tendencia estilística de Dream Theater hacia un plano más duro y agresivo, a la par que oscuro, muy oscuro.

Y es precisamente en este punto donde aparece Octavarium. Comprender el contexto de este disco ayuda a disfrutarlo. Y es así porque el disfrute de Dream Theater depende mucho del entendimiento que se quiera hacer de su música. Esta banda es muy intelectual, sus canciones están plagadas de complicados cambios de ritmo, escalas imposibles, riffs doblados por guitarras y teclados, bases rítmicas camaleónicas y registros vocales muy flexibles. Por decirlo de un modo sintético, Dream Theater no es un grupo fácil de escuchar. Es por eso que su sonido responde a una tendencia evolutiva, no sólo en la actividad del grupo, sino la de cada uno de sus miembros en proyectos paralelos (como Transatlantic, Lyquid Tension Experiemt, OSI, Platypus o The Jelly Jam). Toda una orquesta de movimientos musicales que dan por resultado Octavarium.

En fin, ¿y a dónde nos conduce esto? Pues a un disco que parece tomarse en serio el “borrón y cuenta nueva” que pretendieron Six Degrees of Inner Turbulence y Train of Thought. Dream Theater parecen haber encontrado de nuevo su lugar, y de nuevo retoman su carrera para hacerla progresar. Si en un principio el primer álbum de la formación, When dream and day unite, planteó el comienzo de un camino que se completó de manera perfecta con Scenes from a memory, en esta ocasión Octavarium supone la partida de una nueva y excitante etapa. Sin perder el estilo característico, Dream Theater amplía su campo musical, algo que queda patente en los registros de James La Brie, más cercano ahora a Metal Sinfónico de Rhapsody. La instrumentación también evoluciona, con un John Petrucci más minimalista (todo lo minimalista que permite el virtuosismo desenfrenado del rock progresivo), preocupado por generear ritmos percutivos sobre sus cuerdas en lugar de regalar punteos imposibles y de vértigo. El bajista Myung se entiende a las mil maravillas con el batería Portnoy, llegando a generar un sonido único para vertebrar en núcleo principal de las ocho canciones. Mención muy especial merece Jordan Rudess, teclista del grupo desde Scenes from a Memory, que encajó en la banda con armonía y ahora marca la base melódica de este nuevo Dream Theater.

En líneas generales el disco se sitúa en la naturaleza de lo que supuso en su momento el disco que más se adecúa a los cánones del rock progresivo, Awake. Para muchos, Awake es el disco más experimental y bizarro del grupo, pero para otros es el más completo, cargado de temas herméticos y bellos por un lado, y temas comerciales y fáciles de oir por otro. Así, Octavarium es un disco que muchos, mal acostumbrados a la concesión comercial que brindó Dream Theater con sus dos trabajos anteriores, están sufriendo a la hora de entenderlo, por haber retornado a ese hermetismo técnico que hizo despuntar a Dream Theater entre el panorama rock. Entre las joyas que regala Octavarium brilla con luz propia Panic Attack, tema que parte de un planteamiento más cercano al death metal, acelerado y frenético como el propio diablo, pero que evoluciona con sutileza y belleza hasta cotas de lirismo agresivo, para enlazar con el tema más electrónico de la banda hasta el momento, Never Enough, que a su vez termina por fusionarse con la canción que la cede, Sacrified Sons. Los temas citados acaban por construir una tríada conceptual no expresada que sugiere a la que se explicitó en el disco Awake con las tres canciones que componían en concepto de A mind beside itself, constituída por tres obras maestras como son Erotomania, Voices y The Silent Man. Pues bien, en este caso, el tríptico musical no queda patente en el track list del disco, pero sugiere un concepto común que parece tratar la actual situación de demencia que vive el mundo en relación al problema del terrorismo. Es esta cuestión la que se respira en el tono general del álbum, tanto en la angustia que emanan las líneas melódicas de cada una de las canciones como en las letras, siempre geniales, de Octavarium. La guinda del pastel la pone el último tema del disco. Tal y como acostumbra a hacer el grupo, reserva una amplia traca final para resumir el espíritu del álbum en un tema que comparte título con el disco: Octavarium. Si en Imagen and Words fue Learning to Live, en Falling into Infinty se trató de (la también tríada conceptual) Trial of Tears y en Six Degrees of Inner Turbulence se reservó para el segundo CD (y último tema) que compuso este disco la canción que da nombre al disco (epopeya musical de 42 minutos), en Octavarium el último tema despliega el arsenal de tecnicismo académico aplicado a la música que tanto disfrutan los fans de la banda y ponen un broche de altísima calidad al disco.

Octavarium es una muy interesante propuesta que hacer renacer las esperanzas que muchos seguidores del grupo habían perdido por creer que ya nunca podrían volver a sorprender. Este disco, efectivamente, no sorprende, pero abre la puerta a una nueva etapa que, quien sabe, puede culminar con otra obra maestra de la música contemporánea como lo fue Scenes from a memory. Más allá del tipo de música que escuches, si te gusta la MÚSICA con mayúsculas deberías tener en cuenta Octavarium; y si, por lo menos, te agrada, deberías descubrir toda su discografía anterior.

Deluxe – Los jóvenes mueren antes de tiempo

Colaboradores | 16 Junio 2005  

vLlevo casi dos meses escuchando el último disco de Deluxe, Los jóvenes mueren antes de tiempo (Mushroom Pillow, 2005), sin saber cómo enfrentarme a él. Desde su publicación se ha escrito mucho sobre el nuevo trabajo de Xoel López en solitario, sobre todo críticas negativas tan apasionadas que muchas veces rozan –si no la sobrepasan– la mala educación y la descalificación. Lo que sí que es cierto es que resulta un álbum controvertido, que apenas está dejando indiferente a todo aquel que lo escucha. Ciertamente, Los jóvenes mueren antes de tiempo es cuanto menos sorprendente. Según se ha hecho gala en la promoción del CD, nos encontramos con el trabajo más personal de Xoel, que (se supone) lo aleja de las múltiples influencias que se reflejaban en sus anteriores discos para consagrarlo como un “artista integral, que compone, escribe, produce e interpreta”. Efectivamente, parece que nos encontramos con la obra más personal del “artista” gallego, como él mismo ha explicado en diferentes entrevistas.

Sólo hay un problema: que ahora que se despoja de comparaciones evidentes, el resultado no es lo que se esperaba. Por lo menos es lo que le ha pasado a un servidor. Me resultaba más interesante el intento de absorción y mezcla de todas las músicas que aparecían en Not what you had thought (Mushroom Pillow, 2001) y If things were to go wrong (Mushroom Pillow, 2003), aunque el eclecticismo no terminara de dar unidad al conjunto. Incluso la mezcla de idiomas aportaba diferentes matices en el último (inglés, castellano y portugués). Y en este contexto, daba igual que muchas veces el resultado no fuera todo lo bueno que podía esperarse (por ejemplo, la excesiva simplicidad del acompañamiento de Caetano Veloso) ya que no desmerecía con su posición en el conjunto de If things….

Antes de hablar del cambio de idioma, hay que destacar que la “evolución” musical que se refleja en Los jóvenes mueren antes de tiempo ya se venía intuyendo en los conciertos de Xoel. Al incluir guiños a grupos como Mecano o interpretar versiones como Perlas ensangrentadas de Alaska y Dinarama se veía que la principal inquietud del músico gallego era redescubrirnos el pop español de los ochenta. La elección del idioma, con todas sus canciones compuestas en castellano (y no siempre con mucho tino para versar con elegancia o gracia –incluso llega a caer en el ripio facilón–) ayuda también a indicarnos que en su último disco este era el camino elegido, aunque se siguen oliendo influencias de aquella década pero provenientes del Reino Unido.

Personalmente, prefería los guiños de sus anteriores discos a músicas con raíces para mí más profundas y que me trasmiten más. Pero no por eso hay que menospreciar un trabajo que tiene temas que enganchan musicalmente como Tanto rollo con el infierno o Extraña habitación. Algunos, como Árboles de metal o Nos gusta hacernos daño, parecen la continuación más lógica de sus anteriores temas. Aunque de entre todas las canciones yo destacaría la breve composición instrumental que cierra Los jóvenes mueren antes de tiempo como pista oculta, ciertamente el CD puede enganchar a la primera a todo tipo de público con la sección rítimica de su primer tema: Cientos de mentiras. Quizá Deluxe haya perdido la frescura de sus anteriores discos, pero hay que reconocer el esfuerzo y la valía para llevar a cabo un larga duración siendo el responsable de todas las partes del proceso de producción y conseguir hacer un trabajo respetable y con una calidad mucho más que aceptable.

Primavera Sound 2005 (Barcelona, 28-05-05) Parte III

Sergi Serrano | 12 Junio 2005  

Sábado 28 de mayo

Christina Rosenvinge:

Fue uno de los primeros conciertos del día. Christina Rosenvinge estaba acompañada de una peculiar banda formada por miembros españoles y estadounidenses (entre ellos, Steve Shelley, de Sonic Youth). La artista tocó muchas canciones nuevos como Quién me querrá, White hole o A lier to love, que pronto podremos escuchar en un nuevo lp, sin olvidar temas de discos anteriores como Submission, Taking off o German heart (este último encandiló a todo el público.)

En general, el sonido fue bastante bueno, aunque hubo algún que otro problema técnico con los sampler. En todo momento presenciamos un concierto correcto, quizá falto de energía (la hora del día tampoco acompañaba) pero musicalmente redondo. Christina se dirigió al público en varias ocasiones, algo que gustó mucho a los presentes. Lo mejor, la variedad instrumental, no sólo porque sonaron acompañamientos “poco comunes” de flautas traveseras o violines, sino también porque los músicos cambiaban sus instrumentos en cada tema, lo cual daba mayor riqueza y amenidad a las canciones.

Resumiendo, tremendas canciones para un concierto al que, debido al carácter intimista del grupo, le faltó un ambiente un poco más nocturno.

Tortoise:

La expectación, las ganas y la emoción de poder ver a esta gran banda en directo, consiguieron llenar completamente un Auditori que, aunque parezca mentira, se quedó pequeño para albergar a todos los curiosos que quisieron ver de cerca la mezcla de estilos que ofrecen (desde el out-rock hasta el jazz o el dub) tanto en sus discos como en sus conciertos.

La fiesta comenzó con Séneca, del complejo e inabarcable Standards (Thrill Jockey, 2001), con dos baterías y unas melodías de bajo y guitarra no aptas para blandengues. De este disco también se escuchó la genial Monica.

Casi el resto del repertorio estuvo marcado por su último trabajo, It’s all around you (Thrill Jockey, 2004), con perlas como la que da título al disco, la apocalíptica Crest o la minimalista Five too many.

Geniales y correctos durante todo el concierto, creando atmósferas de sonidos etéreos (como la genial Ten-Day interval) y sorprendiendo, para bien, a un público cada vez más entregado. Prohibido perderse un directo suyo.

Dogs Die In Hot Cars:

A medio camino entre la devoción por XTC y el saqueo descarado de su discografía y del genial Drums & wires en concreto. Este hype del 2004, eclipsado por Franz Ferdinand, todo sea dicho, presentó su primer largo Please describe yourself (V2, 2004). En un concierto totalmente convencional que no tuvo más historia ni aliciente que escuchar sus dos singles Godhopping y, sobre todo, I love you cause I have to.

Steve Earle:

Genial Steve Earle en el escenario Nitsa-Apolo. Desde el comienzo con The revolution starts… now (que luego sirvió para cerrar el concierto), el tejano salió a por todas y lo consiguió. Ayudó un sonido fantástico –en ese sentido, también de lo mejor del festival-. Una banda sin fisuras y un repertorio prácticamente sin desperdicio. Con su esposa Allison Moorer en los coros, Earle interpretó a lo grande temas como Fuck the CC o Condi, condi. Hubo pausas para hablar de su país, para aplaudir nuestra maravillosa democracia (sin ironía) y para hacernos gozar con la versión del Revolution de los Beatles. Muy grande.

Dominique A:

Sin demasiado retraso comenzó Dominique A su espectáculo. Escenario CD Drome, la playa de fondo, noche cerrada y un mar de gente disfrutando con este gran compositor. Por fortuna, esta vez el artista francés estuvo acompañado de un buen puñado de estupendos músicos, de hecho, la variedad de instrumentos que se manejaron en ese concierto fue pasmosa: la siempre presente guitarra eléctrica de Dominique se fusiono con cellos, percusiones variadas, saxofones, clarinetes, carillones y teclados que enriquecieron el directo y crearon atmósferas muy especiales. El artista interpretó temas impresionantes como Pour la peau o Antonia. Especial mención al juego de luces del escenario, que incrementaba la percepción de densidad sonora del directo.

Echo & The Bunnymen:

De nuevo en el Auditori, Echo & The Bunnymen no defraudaron. Ian McCulloch (pelo revuelto, con gafas y de negro), Will Sergeant y el resto de la banda hicieron disfrutar desde el principio con sus temas más conocidos. Instó al agradecido público a levantarse y acercarse al escenario mientras sonaban piezas infalibles como Killing moon o Nothing lasts forever. Al final, todos contentos con un concierto más que correcto y que en su parte final contó con una medio versión del Walk on the wild side de Lou Reed.

The Dirtbombs:

El quinteto de Detroit llegó al PS sin hacer mucho ruido y con Dangerous magical noise (In the Red, 2003) algo ya añejo. Un cantante de color, Mick Collins, que igual se agarra al rock puro y duro que se deja llevar por el camino del soul. Dos bajistas, dos baterías y apenas 45 minutos de concierto fueron necesarios para desatar la euforia entre los asistentes y que corriera el sudor casi a la misma velocidad que la cerveza. Temas impagables como Get it while you can o Thunder in the sky fueron tensando el clímax de su set hasta romper la cuerda con uno de los baterías lanzando su equipo por el aire. En definitiva, corrosivos.

Helena:

Tópica chanson francesa. En realidad y por machista que pueda parecer la auténtica gracia del concierto residió en la sensual Helena que se dejó querer por el público, masculino en su mayoría, que casualidad. Vestidito ceñido y fin de fiesta con el ¿Por qué te vas? de Jeannette.

Married Monk:

Cortísimo set de la banda de Christian Quermalet donde apenas pudo esbozar a grandes trazos su corta pero compleja discografía por culpa de los retrasos que se vivieron el sábado en el Danzka/CD Drome y acuciados por la siguiente actuación, Daniel Darc. No obstante, dejaron claro por qué Green Ufos apostó por su The belgian kick con unos soberbios Love Commander de lo más aplaudido de la Primavera France y Pretty Lads ¿Para cuándo un concierto completo?

Gang of Four:

Ahora que está de moda el rollito alternativo y que tanta gente se declara fan de Hot Hot Heat, Radio 4, The Rapture o Spoon, se puede ver la cultura musical que alimenta esas modas. Y es que se podía contar casi con los dedos de la mano los asistentes al concierto de una de las bandas precursoras de ese palo musical cuando algunos de aquellos grupos aún llevaban pañales. Sacaron toda la artillería pesada y entre martillazos y carreras de Jon King pudimos escuchar I found essence rare o I love a man in uniform. ¡Ay! Aquellos maravillosos años.

The Go! Team:

Pequeña desilusión la que se vivió en el escenario Rockdelux por Lois la madrugada del sábado. No pocos fueron a ver a los de Brighton con las promesas de baile de Thunder, lightning, strike (Memphis Industries, 2004). Se esperaban como agua de mayo los compases de Ladyflash, las palmas y coros de The power is on, el viento de Get it together, los movimientos casi pugilísticos de Junior kickstart… Pero una vez visto que lejos de haber traído coros para el cenit de algunos temas ¡ni siquiera los habían sampleado! con la consecuente sensación de vacío. Si a eso le unimos que a ratos las trompetas no se escucharon el efecto que causó en directo fue de decepción. Que sí, que se bailó aun así y la pena por el inminente fin de fiesta quedó mitigada, pero nos fuimos con sensación de coitus interruptus.

Texto: Fco. J. Fdez., Sergi Serrano, Ana F., José L. Gallego, Jorge García
Foto: Sergi Serrano

Viva Las Vegas – 2

Colaboradores | 12 Junio 2005  

Tras Viva Las Vegas, tema que popularizara Elvis Presley en una película de idéntico título allá por los sesenta, se encuentran miembros de bandas tan insignes dentro del mercado nacional como Manta Ray y Jr. Y tras aquel debut homónimo del 2001, lo que en principio era un proyecto paralelo en el que sobre todo se alejaban de manera consciente de la oferta musical de los primeros, va tomando cuerpo con este nuevo álbum, titulado sencillamente 2 (Acuarela, 2005).

Ahora Jose Luis Aguado, Frank Rudow y el recientemente incorporado Ismael Maimuny ofrecen otro disco lleno de anhelos, de viajes, de búsqueda de la propia identidad. Letras muy breves que reflejan pasajes por momentos oscuros, pero siempre repletos de belleza. En ese sentido hay que destacar de entrada el maravilloso juego de voz y guitarra con el que abren el álbum en Mis tres dudas (¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Dónde voy?). Y entre otros pequeños detalles los muy acertados arreglos de viola de la mano de Sara Muñiz, que alcanzan su máxima expresión en la instrumental A Sara, o el fragmento final de No creo en ti, que marca un contraste muy severo con el desarrollo torturado del resto del tema, de más de trece minutos de duración.

Tal vez ahí radique el único pero que se le puede poner a esta obra. Exceptuando las guitarras contundentes y agresivas introducidas en el terrible crescendo de Cometí un error, el esquema general puede pecar de exceso de homogeneidad en su concepción. Por supuesto que esto siempre es algo muy subjetivo que sólo puede molestar a quien busque aquí ritmos bailables o melodías pegadizas, que no va a encontrar (ni era ésa la intención del grupo). En cualquier caso no cabe duda que aquél que profundice en el sonido de este segundo trabajo de Viva Las Vegas se verá gratamente recompensado, porque hay en él decenas de ideas que bien merecen ser escuchadas con atención.

Primavera Sound 2005 (Barcelona, 27-05-05) Parte II

Sergi Serrano | 11 Junio 2005  

Viernes 27 de mayo

Nacho Vegas:

Nacho Vegas y sus Esferas Invisibles ofrecieron un buen concierto en el inmejorable marco del Auditori. Además de unos pocos clásicos, el asturiano presentó algunas de las mejores composiciones de su nuevo álbum, Desaparezca aquí (Acuarela, 2005) como El hombre que casi conoció a Michi Panero, Ella me confundió con otra persona u Ocho y medio. En esta última se acentuaron los problemas que Nacho tuvo durante toda la actuación con los enchufes. Pese a todo, el concierto mereció la pena.

Micah P. Hinson:

El de Memphis es un Dr. Jekyll y Mr. Hyde musical. Escuchando su disco Micah P. Hinson and the gospel of progress (Overcoat Recordings, 2004) cualquiera diría que vamos a vivir la media hora más preciosa del festival, con permiso de Anthony claro. Pero el tío se presenta como un macarra que nos va a tocar “unas putas canciones” y trasgrede totalmente su discografía, ahí es nada. Quién fuese con la primera intención se quedó con un palmo de narices y un buen cabreo, quien arañara en lo osco de su discurso descubrió un artista polifacético y, al menos, un tema que pide que se brame como él lo dibujó, Patience. Si hubiera disco en directo o bootleg posible, ojito con dejarlo pasar.

Iggy Pop & The Stooges:

Cualquiera que estuviera presente en el concierto que ya dieron en el Xacobeo 2004 se preguntaría el sentido de repetir casi milimétricamente el mismo set, las mismas gamberradas (ya es mítico su afán por amargar al equipo de seguridad de todas sus actuaciones con la promoción de invasiones de escenario) e incluso la incomprensible repetición un concierto sí y otro también de I wanna be your dog. Quienes no han tenido oportunidad de ver nunca a este casi sexagenario no pudieron salir más impresionados de la experiencia… Y bueno para los primeros pues, que diablos, también debieron de salir convencidos ante uno de los mejores freak-show que puede verse en el panorama rock actual.

American Music Club:

Para los que nunca habíamos visto una actuación de los californianos, y que, además, los conocimos por su último trabajo Love songs for patriots (Merge, 2004), esperábamos con curiosidad su paso por el Primavera Sound 2005. A todo esto se le añadió el hecho de que se habían vuelto a unir para grabar su último disco, con lo que la actuación tenía doble interés.

Fue un concierto que se hizo algo corto, donde la mayoría de canciones que sonaron pertenecían a su último álbum y en el que se notaron las limitaciones vocales de Eitzel en temas como Ladies and gentlemen o Job to do. Pero pese a todo eso, el directo tuvo algo de mágico y fue bastante emotivo, razonamiento que quedó demostrado con la interpretación de, por ejemplo Another morning, Love is o la maravillosa Only love can set you free. Así pues, apuntémosle un tanto a Mark Eitzel que nos hizo soñar durante un rato, acariciándonos con sus bellas melodías.

New Order:

New Order era, sin duda, uno de los grupos más esperados del festival. El que más. Con una gran cantidad de público y una expectación máxima en el escenario Nitsa-Apolo, Bernard Sumner y los suyos saltaron al escenario. Tras un comienzo esperanzador con Love vigilantes, Regret y la efectiva Crystal, el concierto fue decayendo pese a los saltos y gritos de los fans. La parte final contó con Bizarre love triangle, True faith y Temptation (de lo mejor), que subieron el nivel por aquello de ser clásicos y tal. Las revisiones de temas de Joy Division no fueron muy acertadas: Transmisión y, sobre todo, la horrosa interpretación de Love will tear us apart confirmaron el tremendo chasco para aquellos que esperaban algo más de lo que ofrecieron. Para terminar, un Blue Monday descafeinado y con homenaje para Kylie Minogue, de la que hubieramos disfrutado más si hubiera estado ella encima del escenario.

Piano Magic:

Después de sorprender gratamente con Disaffected (Darla, 2005), Piano Magic llegaron al Primavera Sound para embriagarnos con sus melodías y sonidos ensoñadores. Al igual que en el álbum, empezaron con You can hear the room, canción de post-rock con geniales desarrollos de guitarra. Después se irían sucediendo perlas de su último disco como la aclamada Disaffected, Night of the hunter o la preciosa I must leave London. Como parte negativa, señalar que el sonido global del directo esta aún muy lejos de hacer honor a sus trabajos de estudio.

Texto: Fco. J. Fdez., Sergi Serrano, Ana F., José L. Gallego, Jorge García

Primavera Sound 2005 (Barcelona, 26-05-05) Parte I

Sergi Serrano | 10 Junio 2005  

Jueves 26 de mayo

Art Brut:

En el escenario Rockdelux, Art Burt rompían un poco más el hielo que había intentado fragmentar Xavier Baró momentos antes con su actuación sin mucha atención por el poco público asistente. Los ingleses presentaron su disco Bang bang rock and roll (Fierce Panda, 2005) donde su post-punk o art-punk – como quieren llamarlo ellos – sonó directo, sencillo y sin engaños.

Eddie Argos tiene un acento muy peculiar e inglés, algo que pudimos comprobar en directo con My little brother o con Modern art, que fueron unas de las primeras canciones que sonaron. Poco después sonó el primer single del grupo We formed a band que, según ellos, compusieron en 5 minutos, o la maravillosa Emily keane. Rusted guns of milan fue una de las canciones que mejor sonaron esa noche.

Mäximo Park:

Llegaron como la nueva esperanza británica para salvar el rock y con la intención de pegar duro en España antes que Bloc Party, con los que teóricamente se disputan dicho trono. Y el caso es que no les faltan temas de pegada como Signal and Sign que abre su primer largo, A certain trigger (Warp, 2005); o el primer single de la banda Apply Some Pressure. Pero, lamentablemente, su frontman Paul Smith, con esos ademanes entre histriónicos y saltimbanquis, hace un flaco favor a sus canciones que pierden carga dramática; además de chocar totalmente con su imagen de nuevos yuppies encorbatados. No se debería confundir nunca el carisma y liderazgo con el hacer el canelo sobre el escenario, igual si pulieran eso…

The Arcade Fire:

Los canadienses llegaron para presentar uno de los mejores discos del 2004, aunque en España ha sido editado en 2005 (Funeral, Rough Trade-Sinammon). Este combo se presentó en directo con el equipo suficiente como para no dejar a la electrónica la sección de cuerda que tanta carga emotiva confiere a cualquier creación, algo que es de agradecer. La voz de Win Butler posiblemente no estuviera lo bastante afinada como para haber empezado esa misma semana la gira europea, pero nada importó cuando uno tras otro fue acometiendo los temas de su primer álbum. La impresionante facilidad para cambiar de instrumentos de todos y cada uno de los miembros de la compañía y la efectista inclusión de un casco de moto en la batería, y temas como la casi tabernera Laika o la épica Wake Up dan como conclusión que, por fin, un disco imprescindible del pop orquestal queda refrendado en un directo realmente creíble.

Texto: Fco. J. Fdez., Sergi Serrano, Ana F., José L. Gallego, Jorge García
Fotos: Sergi Serrano

Oasis – Heathen chemistry

Tras la decepción que supuso para muchos Standing on the shoulder of giants (2000), la banda de los hermanos Gallagher edita Heathen chemistry (2002). Un álbum que deja a un lado la experimentación y la oscuridad de su anterior trabajo para centrarse en los sonidos de sus dos primeros y más aclamados discos. Sin embargo la fórmula no funciona correctamente, y lo que encontramos son piezas que nos hacen añorar aquella gloriosa temporada de mediados de los noventa. Por otro lado, una de las grandes novedades es la aportación de temas por parte de todos los integrantes de la banda (exceptuando al batería Alan White).

The hindu times abre fuego de forma contundente. Una canción que gira de forma constante alrededor de un pegajoso riff y que Noel compuso, según sus propias declaraciones, para que alcanzara el número uno en las listas de ventas (algo que consiguió). Pese al esperanzador comienzo, tras Force of nature (que ya apareció en la película Love, honour & obey del 99) y Hung in a bad place (de Gem Archer) las vibraciones empeoran de forma considerable, al tratarse ambos de ese tipo de temas que se componen y graban con el piloto automático encendido. Para Stop crying your heart out, el baladón del álbum, Oasis se apoyan en letras esperanzadoras y en unos efectivos arreglos de cuerda a cargo de Will Malone (que ha trabajado, entre otros, para gente como Massive Attack o Faithless), con un resultado más que notable y que la convierte en una de las preferidas desde las primeras escuchas. Lo mismo ocurre con Songbird, la primera de las tres composiciones de Liam. Un precioso tema practicamente acústico que deja en pañales a la caprichosa e infantil Little James (su primera aportación incluida en el Standing on the shoulder of giants). Dos escasos minutos donde muestra -una vez más- su intensa obsesión por Lennon, y la jugada le sale redonda.

A partir de aquí, la cuesta abajo es inevitable. Little by little, el highlight de Noel, no pasa de ser un medio tiempo previsible, típico y poco inspirado musicalmente, al igual que la instrascendente pieza instrumental que es A quick peep de Andy Bell. La luminosa (Probably) all in the mind cuenta con la colaboración de Johnny Marr en el solo de guitarra sin aportar nada sustancial, y She is love, acústica compuesta por Noel, no pasaría de ser una cara b aceptable hace solo unos años. Para el final quedan las otras dos aportaciones del menor de los Gallagher. Born on a different cloud insiste en su acercamiento a su beatle fetiche pero de forma más oscura y psicodélica que en anteriores ocasiones, con un resultado que no termina de cuajar. Better man, sin embargo, se basta de guitarras más stonianas y un par de versos chulescos para convencer sin artificios.

Heathen chemistry es un álbum que no sorprende practicamente nada (Be here now y Standing on the shoulder of giants, a su modo, sí lo hacían) y que busca, tal vez, el no perder más seguidores, algo que ha venido ocurriendo con sus dos anteriores trabajos. Una vez vale, pero esperemos que no sea el disco a grabar en futuras ocasiones y de forma recurrente.

Piano Magic – Disaffected

Colaboradores | 4 Junio 2005  

Nueve años han pasado ya desde que Glen Jhonson decidiera formar Piano Magic, un cambiante colectivo de músicos que, disco tras disco, ha ido sugiriendo la banda sonora de nuestras vidas, la melancolía hecha música. Pese a que es difícil encuadrarlos en un estilo fijo, lo que sí está claro es que el rock épico, el electro-pop y el shoegazer se hacen presentes en su música. Si mezclamos a Kraftwerk y a My Bloody Valentine junto con Joy Division, obtenemos este cóctel de tendencias con un denominador común que es Glen y todo su particular ideario sonoro.

Como trabajos destacados de su discografía tenemos por ejemplo Low birth weight (Rocket Girl, 1999), que aúna los estilos anteriormente citados (e incluso se acerca a la electrónica experimental) y los convierte en un fabuloso conjunto de canciones para soñar. También destaca una de sus cumbres, la épica ensoñadora de Artists’ rifles (Rocket Girl, 2000), un disco que marcó un antes y un después en su prolífica carrera. Y antes de volver a recuperar el tino con The troubled sleep of Piano Magic (Green Ufos, 2003), álbum que los acercó a la calidad de Artists’ rifles, tuvieron tiempo de ponerle música a la película de Bigas Luna, Son de Mar, todo un despliegue sonoro perfectamente integrado en la cinta del director español.

Disaffected (Green Ufos, 2005), su nueva creación, nos acerca a unos Piano Magic cada vez accesibles y más próximos al pop, alejándose de la oscuridad de sus anteriores trabajos. En el primer corte, You can hear the room no parece que se hayan distanciado mucho de su pasado. Sin embargo, es a partir del segundo, Love & music, y sobre todo del tercero, Night of the hunter, donde su acercamiento al pop se hace más palpable, donde lo que antes era solemnidad ahora se traduce en proximidad y acercamiento. Buen ejemplo de todo este cambio (para bien) en su sonido, es el tema que da título a su “descontento”: Disaffected, enorme tema de electro-pop (más de siete minutos de pura intensidad electrónica) que hará las delicias de aquellos que siempre han deseado que el “piano mágico” esté al alcance de cualquiera.

En este nuevo trabajo tenemos de todo, desde la vuelta a los orígenes de Artists’ rifles con Theory of ghosts o Your ghost, hasta canciones donde el rock ensoñador se nos muestra con toda su intensidad. Asimismo se destaca la genialidad hecha música en I must leave London, uno de los mejores y más concisos temas del disco que resumen lo que siempre han querido ser y son Piano Magic.

Así pues, la primavera que nos queda será mucho más soportable a partir de ahora, momento en que uno escucha este maravilloso disco de pop contemporáneo, de electrónica tangible (Deleted scenes son unos Kraftwerk sin complejos) y de tristeza transformada en música.

Angels of Light – Sing “other people”

Michael Gira. La sola mención de su nombre debería lograr que el mundo de la música en general se pusiese de inmediato en alerta. Fundador de los míticos Swans, su trayectoria se presenta libre de errores y llena de aciertos. Desde la locura de sus inicios hasta los temas atmosféricos y oscuros que llegaron de la mano de Jarboe, para desembocar en su prefiguración post-rock en el Soundtracks for the blind (Young God, 1997), nadie puede negar la genialidad que atesoraban los neoyorkinos. Por suerte nuestro hombre no se quedó allí, aunque a veces pueda parecerlo por la poca atención que se presta en ocasiones a sus trabajos posteriores.

Una vez enterrada su primera banda, en ese mismo año de 1997, nacían Angels of Light. Un proyecto engañoso en el que los músicos de acompañamiento cambian y solamente Gira es una constante. Deberíamos hablar así, tal vez, de una carrera en solitario escondida bajo el nombre de un grupo. Pero no es tan fácil encasillar a Gira, y su volumen de Solo recordings at home (Young God, 2001), donde no esconde su autoría individual, y el resto de sus proyectos personales acaban de liar el asunto. Así pues Angels of Light pueden ser más bien una mezcolanza extrañamente efectiva entre la personalidad de su verdadero alma mater y las aportaciones de los músicos que le acompañan en un momento dado.

Para este su cuarto disco de estudio se unen los chicos de Akron, banda descubierta por él mismo para su sello Young God (si, el mismo que descubrió a Devendra Barnhart). De su mano los acompañamientos se han relajado con respecto a obras anteriores y, salvo en momentos puntuales, estamos más cerca de la herencia del mismísimo Johnny Cash que de la esperable surgida de los Swans. Está comprobado que uno debe acercarse a los discos de Angels of Light con la mente clara y sin ideas preconcebidas, sin esperarse una nueva pieza de un corpus constante e inmutable que en este caso correspondería a la línea del Everything is good here – please come home(Young God, 2003), su última y genial entrega. Hay bandas que por suerte no saben circunscribirse a un solo sonido ni a una sola sensibilidad, y estamos ante una de ellas.

Porque por Sing “other people” (Young God, 2005) se pasean historias personales, a menudo con nombre propio, que pintan todo un fresco vivo y creíble de la existencia en torno al autor y su omnipresente voz. Historias que captan al oyente y lo transportan, construyendo un mundo personal en el que gente como Lena, Simon o Thor pueden convivir con nosotros. Sin duda estamos ante un disco concebido como una sucesión de relatos, no tan lejano a lo que podría ser un libro del mismísimo Ray Bradbury llevado a la canción, lleno de esa misma intensidad y naturalidad.

Así nos lo muestra desde los primeros acordes de Lena’s song, genial apertura en la que la figura central se muestra tan esquiva y eterea como real. Una cualidad que las letras no abandonarán en ningún momento y que alcanza su cima en temas como Michael’s white hands o Simon is stronger than us. Dejando de lado curiosidades como la posibilidad de que la primera de ambas esté dedicada al mismísimo Michael Jackson, lo cierto es que los personajes que les dan nombre son poco menos que arquetipos universales a los que se les ha dado una voz propia.

A su lado conviven otros temas de carácter más amplio. Abandonando la concreción de los nombres propios se configuran historias completas como las presentadas en The kid is already broken, una intensa oda a la infancia rota o My sister said y su desgarrador final. También se llega a huir de la personalización en los títulos, pero no en la esencia, en temas como On the mountain, rica en sus resonancias del moderno alt-country, Destroyer y sus emocionantes coros o Dawn, una de las más directas de todo el disco con sus menos de tres minutos de duración llenos de intensidad.

La instrumentalización llega a ser algo casi circunstancial por momentos, salvo en arranques locos como My friend Thor, donde los Akron toman el protagonismo. Pero quitando ese tema concreto y momentos que deben ser cuidadosamente elegidos en el resto de canciones, el resto del tiempo dependeremos de la voz de Gira como única guía. Esto se ve en temas como los que cierran el disco, Purple creek o Jackie’s spine.

Y para terminar esta crítica nada mejor que irnos a la joya de la corona, a To live through someone. Musical y liricamente el centro del disco, aunque no por su orden en el mismo, aquí se vuelca el significado de la gran obra que Gira y sus acompañantes nos han brindado. Vivir a través de otros es lo que nos ofrecen a lo largo de todo el minutaje del disco, cantar a otras personas es lo que hacen. Ven con otros ojos, escuchan con otros oídos, y todo ello gracias a un intérprete en estado de gracia y dotado de una capacidad increíble para penetrar en la mente y el alma humana. Desnudar la esencia de las personas y cantar por ellas, eso es lo que Angels of Light hacen en este disco, monumento a la narración musical en el que la letra, la voz y la música se unen de la mano para contar historias eternas que suenan a nuevas.

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