Lou Barlow – Emoh

El álbum debut de un hombre con incontables trabajos a sus espaldas bajo diferentes bandas no es algo muy habitual. Menos aún si ese artista siempre se ha caracterizado por ser el escritor de los temas y la verdadera cabeza pensante de los grupos en los que trabajaba. Pero Lou Barlow no debe ser un tipo muy corriente.

Con Emoh nos presenta un disco en apariencia conformista. Huye de experimentaciones, de extraños momentos perdido en la lo-fi de otras épocas, y abraza un folk renovado y sumamente emparentado con el pop que ya practicaba con The Folk Implosion. Pero lo hace del mejor modo posible, eludiendo los fallos y abrazando los éxitos. Parece que él mismo se dio cuenta de que el camino a seguir estaba marcado en su gran tema Pearl, incluido en su The new folk implosion del 2003.

Así adopta un toque de raíces que no oculta la melodía pop en todo momento. Barlow parece componer con una facilidad increíble, como si las canciones naciesen solas, completamente finalizadas, sin trabajo previo. A todo esto ayuda la escasa instrumentalización y la poca presencia de ésta frente a la voz. La guitarra es la única que en ocasiones le roba un mínimo protagonismo a la voz, y parece hacerlo sin querer, como con vergüenza.

Todo anunciado desde los primeros acordes de Holding back the years, con un ritmo alegre que se repetirá a menudo pese a las cualidades melancólicas que nunca abandonan la entonación de Barlow. Home nos lleva a pasajes más oscuros, a una base más fuerte y a un estilo más ambiental, pero sin excesos, una suerte de folk oscuro para viajes en la noche que rompe inmediatamente con Caterpillar girl. Vuelven visiones más claras, juguetonas y divertidas, pero sin perder calidad.

Y ésa será la base del disco, canciones casi impecables en las que la espontaneidad es implícita. Legendary con aire triste, de lamento. Royalty creciendo a lo largo de toda su duración hasta un final perdido entre ruidos. Y de repente una joya capaz de justificar todo un disco por sí misma -y no es la única-, Puzzle. Recuperando el sonido de aquella Pearl que ya mentábamos, y con un pasaje central dotado de cierto regusto medieval, estamos ante una de las mejores piezas del folk-pop que vayamos a escuchar a lo largo de este año.

Le sigue If I could, mucho más alegre y que parece haber sido concebida para una fiesta de amigos en la parte trasera de un bar. Monkey begun, sin embargo, vuelve a traernos al Barlow más torturado, aunque sin rendirse en ningún momento, siempre con una mezcla de esperanza y melancolía en su voz. Algo que explota de nuevo en Mornings after me, tema menos notable en el conjunto que los que le preceden, pero que no desentona en ningún momento.

Tras ello se anima con Round ‘n’ round, algo así como un experimento para una canción rock que hubiese derivado en una conclusión folk, y que en ocasiones se asemeja al esqueleto de algo más grande que vislumbramos desde lo existente. Algo que no ocurre con Mary, una divertida sátira sobre la mayor historia jamás contada en la que Barlow pone voz al verdadero padre del mismísimo Jesús. Un tema impecable en su sencillez y que se erige junto a Puzzle en lo mejor de todo el disco.

Para terminar tenemos la sucesión conformada por Confused, una canción menos espontánea pero tremendamente efectiva, Imagined life con su vuelta a la desnudez más absoluta de la voz y la guitarra acústica, y The ballad of daykitty, un final alegre y falto de toda pretensión para este Emoh.

Así en conjunto lo que se nos ofrece es un trabajo lleno de grandes momentos y de temas que, si bien muy convencionales, difícilmente pueden ser criticados. Sin aspiraciones, disfrutando claramente en la realización de las composiciones, el resultado es tremendamente satisfactorio pese a no aportar nada que no sean buenas canciones. No es poco pero, visto lo visto, se le puede pedir algo más a Barlow.

Matt Elliott – Drinking songs

Acercarse a lo último de Matt Elliott después del golpe emocional que supuso The mess we made no es nada fácil. En aquel contundente alegato nos mostraba el desencanto más profundo y sobrecogedor, la culminación de una serie de experiencias negativas transformadas en sonidos evocadores: mezcolanza de música de cámara con pinceladas puntuales de la electrónica más actual, poniendo los puntos sobre las íes en su infierno personal y cotidiano.

La historia continúa con este digno sucesor, Drinking songs. Canciones de tabernas de marineros, envueltas en un halo de tristeza nada complaciente, más bien un sincero reflejo de lo que acontece en su vida y en su mente de músico comprometido y fiel a su sonido. Comienza la historia con C.F. Bundy, donde la guitarra, el piano y una voz fantasmagórica le van dando forma a todo el esqueleto sonoro que se desprende una y otra vez como diminutos trozos de cristal. Poco a poco vamos percibiendo el rumbo que toma el disco, y así Trying to explain, como una continuación lógica y necesaria, nos abre el camino a The guilty party, mágico susurro que va penetrando en nuestra mente hasta que se funde con la realidad en una embriaguez de sonidos minúsculos y aterciopelados.

Aunque uno de los temas que mejor resumen el disco y su amor por la música es What’s wrong, pequeña oda a los sentimientos con guitarras, acordeones y una apasionada forma de cantar. Pero no se acaba aquí su sufrimiento, canciones como The Kursk (más de once minutos de sublime desesperación) o la maravillosa y melancólica A waste of blood están a la altura de un álbum que, como el buen vino, gana con las escuchas.

Y no me olvido de uno de los temas más recurrentes, del que todo el mundo habla, un ingenioso juego de palabras, síntesis de su anterior The mess we made y su nuevo trabajo. The maid we messed (la criada con la que nos propasamos) es un largo recorrido sónico, un punto y aparte, donde la electrónica se va abriendo paso hasta que llega a ser el elemento que lo gobierna todo. Un drum n bass de los de verdad, dominado por la intensidad y la emoción. ¿Más de lo mismo? En cualquier caso, Matt Elliott en estado puro.

Orlando – Songs before sunrise

Nos encontramos ante uno de los discos más esperados de este año. Después de haber firmado un álbum tan increíble como Grand silence (Recordings from the other side – Everlasting Records, 2003), había mucha expectación por el futuro de Orlando. Tras un cambio de compañía, tenemos entre nuestras manos su tercer trabajo de estudio: Songs before sunrise (Astro, 2005). Producido por Jesús Martínez (también guitarrista del grupo) y grabado en una infinidad de estudios y con varios teclistas y bajistas diferentes, el núcleo de la banda permanece inalterable con Ana Béjar (voz), Alfonso Pozo (guitarras) y Alfonso Pachés (batería).

Una piano conmovedor abre Sweet time, una canción reflexiva que nos introduce en las características ambientaciones del grupo. Una recuperación de la tradición folk y country pero reinterpretando su esencia, con un sonido completamente actualizado. El mejor ejemplo lo podemos encontrar en la cover Something on your mind, tema escrito por Tino Valente e interpretado originalmente por Karen Dalton.

Si hay un instrumento que predomina en todo el disco es la voz de Ana, ya que no sólo actúa como soporte de la melodía principal de todas las canciones, sino que, a su vez, es empleada como una forma más de instrumentación. Así crean brillantes armonías, como en el comienzo de Heart of the glow, probablemente la mejor canción del álbum junto a Love to fade. Y si el folk más tradicional se encuentra en las voces de This town, la sensibilidad más conmovedora reside en So badly.

Songs before sunrise está disponible en dos ediciones, siguiendo con la tradición de Astro: una de bolsillo más barata con nueve temas, y otra en digipack con tres canciones extras. En esta segunda edición encontramos tres versiones que realmente suponen suficiente valor añadido a la edición básica como para invertir unos pocos euros más. La primera es el clásico de Tim Hardin If I were a carpenter, pieza conocida por las interpretaciones de Johnny Cash y Joan Baez; la segunda es Strenght of strings, de el excantante de The Byrds, Gene Clark; y la última es Nature’s way, de los californianos Spirit. Las tres están interpetadas únicamente por la voz de Ana acompañada al piano, dejando a un lado los arreglos vocales y las instrumentaciones, con lo que logran un sencillez y una sinceridad abrumadoras.

Las sensaciones que se desprenden del disco son de tranquilidad, de sosiego, de calma… Mucho se ha comentado de lo apropiado de su nombre, “canciones antes del amanecer”, y es que realmente parece que es la atmósfera más apropiada para escuchar este álbum: entre la ensoñación y lo onírico de una larga noche de insomnio que las canciones de Orlando pueden hacer más llevadera.

Andrés Cabanes

Havalina Blu – From bed to bed

Para los que todavía no los conozcan, Havalina Blu nació de las cabezas y manos de Manuel Cabezalí (voz y guitarra) y Charlie Bautista (guitarra, teclados y voz). Estos madrileños no sólo se están haciendo un nombre gracias a varios proyectos paralelos y sus labores como músicos de sesión para gente como Christina Rosenvinge, Orlando o Santi Campos. Tras algunos años en la brecha, y ya un buen tiempo con la compañía y colaboración de Sara Iglesias al bajo y los coros y Javier Couceiro a la batería, Havalina Blu siguen luchando por encontrar el hueco que se merecen en el panorama musical. Y para ello han dado otro importante paso en firme.

Tras aquel grande Uncoloured songs (2003), llega su segundo trabajo autoproducido: From bed to bed. Un recorrido breve pero muy intenso que nos permite comprobar la progresiva definición de la identidad de la banda. En ese sentido ahora la entidad de los teclados es mucho mayor, marcando decisivamente la dirección de los arreglos. No obstante las guitarras, crudas y directas, siguen siendo protagonistas. Haciendo acto de presencia desde la sensual apertura del disco, Silky, determinan el sonido del mismo hasta su cierre. Así tenemos riffs de guitarra propios del rock británico en She thinks I’m funny, o más americanos y contundentes en Offshore. Aunque no todo se limita a lo que dan de sí las seis cuerdas, y pequeños detalles ocupan muy apropiadamente los distintos espacios sonoros del álbum.

Lo mejor nos aguarda al final, con tres trallazos muy diferentes entre sí. A Liquid heart y sus gamberros -por cómicos- coros le sigue el rock arrastrado y sucio de Ashtray (que reserva una espectacular sorpresa para sus actuaciones en directo). Para terminar un fabuloso Love is drunk cambia de registro, y nos invita a perdernos en una atmósfera evocadora, que arrulla amargamente entre bellos arpegios y quedas notas de flauta. Un perfecto epílogo para un From bed to bed al que lo único que se le puede echar en cara es que se acabe tan pronto. ¿De verdad alguien se cree que lo bueno, si breve, es dos veces bueno?

Autor: Miguel González

Antony And The Johnsons – I am a bird now

Sergi Serrano | 1 Mayo 2005  

Tenemos suerte, a veces. No muchas, pero sí contadas veces, una voz nos hace sentir y llorar de emoción en pocos minutos. Es el caso de Antony and the Johnsons que en su segundo trabajo nos ha arropado de pura sensibilidad. En la portada: Candy Darling, travestido amigo de juergas de Andy Warhol, descansa encima de una cama rodeado de flores esperando a que su amado descienda entre las sabanas. Antony, desde Nueva York, se envuelve con colaboradores, amigos e ídolos que hacen más magistral el disco.

Cabaret, soul y gospel viven dentro de este nuevo ruiseñor que entona en el primer corte, Hope there’s someone, un canto sufrido, que con tan sólo un piano acompañándole logra que se ericen todos tus pelos. Por su parte For today I am a boy tiene esa dualidad tan simbólica y contradictoria. Puede que You’re my sister sea una de las mejores canciones del disco, interpretada a dúo con Boy George. Quizás sea por esa mezcla de diferentes timbres y por esa extraordinaria orquestación. Después, Rufus Wainwright pone voz en What can I do, un tema que no supera los dos minutos pero que brilla en su peculiar oscuridad. Fistful of love empieza con el neoyorquino Lou Reed recitando unos textos, y en Spiralling tenemos a Devendra Banhart modulando su voz justo antes de que Antony, de menos a más, nos susurre poco a poco la letra de la canción. La ultima pieza del disco, Bird guhl, es uno de los temas más tristes y pasionales del mismo, y relata su transformación/trasgresión en pájaro y su vuelo hacia el cielo.

I’m a bird now es un trabajo sensible, bello, emotivo y profundo. Pienso que esta obra no debe pasar inadvertida, hay que reivindicarla, pero hay que ser cauto con las contraindicaciones del prospecto: demasiadas escuchas pueden provocar nostalgia excesiva y desmesuradas tensiones.

Nacho Vegas – Desaparezca aquí

Colaboradores | 1 Mayo 2005  

Afortunadamente, y a pesar de las crisis musicales que se viven año sí, año también, cada temporada podemos echar la vista atrás sabiendo que habremos conocido al menos un buen puñado de discos que realmente han merecido la pena. Pero mientras que para muchos de ellos habremos debido bucear en todo tipo de tendencias y épocas, otros los descubrimos delante de nuestras narices recién sacados del horno, e incluso con una sola escucha nos demuestran que lo que tienen dentro vale por muchos de nuestros desvelos propios de melómanos (que no de megalómanos, aunque tal vez también tengamos mucho de eso). Ahí es donde nos encontramos Desaparezca aquí (Limbo Starr, 2005), el último trabajo de Nacho Vegas. Sin duda que el asturiano no puede presumir de tener la mejor voz, o de ser el mejor guitarrista, ni siquiera el mejor compositor, y habrá mucha gente que le atacará por ello. Pero, ¿quién necesita presumir de nada con un trabajo tan espectacular a sus espaldas?

Todo comienza con la introductoria Maravillas de la condición humana, que termina marcando, de manera consciente o no, el desarrollo del disco. No por sus guitarras pesadas y tortuosas, sacadas de las raíces del western más profundo, sino por esa única frase que se repite en sus apenas dos minutos de duración: “Todo el mundo fantasea con una muerte dramática”. Y así es, la muerte está muy presente en Desaparezca aquí: el protagonista de El hombre que casi conoció a Michi Panero prepara su funeral, mientras que en Cerca del cielo (canción de Juanito Oiarzábal) se muestra admiración por la manera en que se enfrenta el montañero a su destino último. Pero quedarse ahí es sólo rasgar en la superficie, y además de las filias y fobias más características del cantautor sobre la existencia y el fracaso, hay aquí una notable evolución (u otro giro de tuerca más) en sus concepciones musicales.

La más llamativa puede ser la aparente festividad que desprenden muchos momentos del álbum, a pesar de la amargura de fondo de los mismos o de la fama de personaje oscuro de Nacho Vegas. Ya sean los aires circenses de la ya mentada El hombre que casi conoció a Michi Panero, los cánticos de taberna de Perdimos el control, la mezcla de ambas cosas en Nuevos planes, idénticas estrategias, la entidad rock de Ella me confundió con otra persona o la épica de Al norte de mí. Otra es que Las Esferas Invisibles han dejado de ser su banda de acompañamiento para ocupar un lugar preeminente a lo largo de todo el álbum. Con una única excepción, Ocho y medio, que con una fabulosa melodía de guitarra acústica -apenas acompañada en un fragmento por una harmónica y una ligera percusión-, nos sumerge en una terrible historia de sentimientos que se evaporan, pasando de la más bella poesía a la más cruda y dura realidad.

Sin duda eso es en lo que Nacho Vegas sí que puede empezar a ser considerado el mejor. En su capacidad para contar historias, de alternar registros, de emplear figuras, de tocarnos con canciones que son mucho más que meros vehículos para edulcorar vidas vacías. Nacho Vegas se enfrenta a sus miedos, dudas y esperanzas, y nos permite acompañarle y golpearnos contra los mismos muros, seguirle y soñar junto a él. Y una vez que terminan los brillantes arreglos y emotivos instrumentales de La noche más larga del año, lo que queda es la impresión de acabar de escuchar una obra maestra contemporánea, de ésas que nos acompañarán cuanto menos mucho tiempo. Lo que no es poco en estos trágicos tiempos que nos ha tocado vivir.