Asalto al Distrito 13

Asalto al Distrito 13 – ¿Por qué no?

El título de esta crítica es cualquier cosa menos inocente. Al principio de este moderno remake del clásico de John Carpenter uno se encuentra con que el nombre de una de las productoras es ni más ni menos que Why Not Productions, en castizo “Producciones Por Qué No”. Y en esa pregunta debieron de basarse a la hora de enfrentarse a la cinta que nos ocupa.

Porque siendo realistas no hacía falta revisitar ahora un producto tan propio de su época como es la original Asalto a la comisaría del Distrito 13. Obra visionaria en algunos aspectos, aunque aún algo tosca en su realización total, el nihilismo que siempre ha destilado Carpenter campaba rampante en aquellos misteriosos criminales que se lanzaban contra la comisaria sin ninguna razón aparente. Su recuperación del western (específicamente de Río Bravo) con diferentes vestiduras ya era clara y ayudaba a dar a la historia ese halo mítico que siempre tienen las buenas películas del oeste.

Frente a ello ahora nos ofrecen algo mucho más convencional, construido en torno a unos personajes al uso que tienden a situarse en parejas enfrentadas y que están condenados a entenderse para su supervivencia. Por si fuera poco, olvidémonos del mensaje fatalista, aquí los malos tienen motivaciones reales, cara y hasta son gente importante. El panorama puede hacernos pensar a estas alturas que estamos ante un desastre. Pero por suerte no es así.

Y no lo es porque Jean-François Richet ha conseguido un trabajo muy profesional y convicente tras las cámaras. Comprendiendo la naturaleza vacía de pretensiones de la producción y su concepción como un entretenimiento de masas centrado en la acción bien conseguida y la tensión constante, el director sacrifica casi todo a cambio de esas dos bazas. No esperemos nada sorprendente, pero sí un empleo adecuado de los recursos cinematográficos más básicos.

A este respecto cabe destacar ahora el uso de la violencia en la cinta. Directa y cruda, pero muy poco exhibicionista, por momentos Richet logra impactar al espectador con un rodaje casi insustancial. No hacen falta efectos de sonido impresionantes o posicionamientos increíbles de la cámara, solamente una fugaz aparición por la escena y una representación directa, muy poco romántica. Es decir, parece que las balas sean de verdad, algo que se agradece.

Para construir su universo cerrado y en esencia algo claustrofóbico era imprescindible juntar a un buen grupo de actores, y ahí se fue sobre seguro. Los dos principales tienen tanto pedigrí como podamos pedir, ni más ni menos que Ethan Hawke y Laurence Fishburne. Si bien ninguno de ellos realiza uno de sus mejores trabajos, sí que resultan efectivos para mantener el interés del espectador.

A su lado sitúa a un grupo de secundarios bastante extenso. En el terreno femenino tanto Drea de Matteo como Maria Bello muestran palmito y configuran mujeres fuertes en las que poco más hay que rascar. A su lado Aisha Hinds ni siquiera luce nada. Es decir, sin llegar al nivel de la primera versión, aquí de nuevo las mujeres toman un papel totalmente secundario frente a sus compañeros de reparto, algo que no es ni bueno ni malo, pero que hace que las actuaciones del sector femenino del reparto sean, cuanto menos, totalmente ignorables.

En el lado masculino tenemos un trabajo más reseñable. Gabriel Byrne sigue arrastrándose por las pantallas en papeles de malvado arquetípico a los que solamente su experiencia consigue redimir en parte. Brian Dennehy aporta su saber hacer en un papel agradecido, John Leguizamo cumple sobradamente (aunque lejos de sus mejores actuaciones) y Ja Rule resulta totalmente sobrante. En general el resultado actoral es interesante, lejos de altas cotas pero también del ridículo que a veces uno puede ver en estas producciones. El único gran punto negro es Ja Rule, otro de esos cantantes de hip-hop metidos a actores que proliferan tanto desde hace ya unos años y cuya presencia en el mundo cinematográfico resulta tan molesta.

Artísticamente la película resulta neutra hasta grandes extremos. Ni la banda sonora (de Graeme Revell) ni la fotografía conseguirán calar en la memoria de los espectadores, aunque realizan su función sin mayores problemas. Así se muestra un aspecto más de la asepsia que en momentos envuelve a la cinta y que solamente desaparece cuando la acción toma la pantalla.

Película de relativo interés, todos estaremos muy contentos si el resto de remakes anunciados de las obras de Carpenter (con La niebla ya en producción) consiguen mantener este nivel. Abandonar toda pretensión y aprovechar los aspectos más convencionales de la obra original es un pecado menor teniendo en cuenta el batiburrillo casi herético en el que una empresa similar podía desembocar.

Autor: J. Ismael Rodríguez

Anna Ternheim – Somebody outside

Colaboradores | 23 Abril 2005  

Cuando hablamos de Anna Ternheim, hablamos de alguien que ha revolucionado la lista de ventas de Suecia con su primer trabajo, Somebody outside, pero también de alguien que es una desconocida dentro del panorama internacional. Este disco fue puesto a la venta durante el verano del 2004, aunque los temas fueron grabados en el aserradero de Gotland (Suecia) en agosto del 2003. El álbum ha sido producido por la banda de Anna junto con Linus Larsson y Andreas Dahlbäck. El disco se compone de diez canciones en su edición normal, pero existe (más bien existía) una edición limitada a la venta con diecinueve. Los nueve temas añadidos son versiones de las originales con variaciones instrumentales, que añaden una visión mas completa de las mismas. Sólo existen dos canciones nuevas que son No way out y Troubled mind.

Se podría decir que el álbum trata de la melancolía. Melancolía asociada al amor, a la amistad o a la juventud. Melancolía que es expresada sobretodo en inglés, dado que Anna Ternheim vivió en los Estados Unidos durante un año, y un poco en francés (A french love), puesto que estudió dicho idioma en Lausana (Suiza). Todo ello sin dejar de lado sus raíces suecas, realizando una magistral versión del Shoreline de Broder Daniel.

De ese modo, estamos ante un disco perfecto para arrancar nuestros sentimientos más íntimos en los peores momentos. Con temas como A french love, My secret, I say no, Shoreline o I’ll follow you tonight es imposible mantenerse impasible, y más aún si los unimos a sus correspondientes naked versions, porque estamos ante un álbum que precisa ser escuchado en su totalidad, dejándose envolver por la sencillez de la música, la crudeza de la letras y suavidad de la voz de Anna Ternheim.

Moby – Hotel

Vicente Bueso | 23 Abril 2005  

He aquí el ejemplo de un artista que se reinventa a sí mismo tras deambular incómodamente con el lastre de no saber qué hacer con su fama, su futuro y su carrera, y termina tirándose por una ventana como la de la portada del disco, destrozando cualquier atisbo de precedida genialidad. Hotel es un álbum plano, de ideas simples, con un supuesto ánimo de ser original, y con un resultado que no engaña a nadie: mediocridad.

Con pinceladas electrónicas de los años 80, incluida una terrible cover del Temptation de New Order, Moby sumerge al oyente en una pesadilla de voz monótona, que daba un resultado aceptable en algunos temas anteriores, como Porcelain, pero que aquí cansa hasta decir basta. Es la voz de Moby el punto más negativo de Hotel, por esa insistencia de hacer uso de un elemento que era una parte de Play y de 18, y que aquí es un todo, un intento evidente de dar una forma distinta a su sonido y que termina recordándonos, quién sabe la razón, a los últimos retazos de Michael Cretu y sus Enigma.

Ni siquiera la música se salva de este drama con final poco feliz, con la excepción de dos o tres, llamémosles hits, tales como Where you end, Lift me up o Slipping away. El uso inteligente de la electrónica en sus anteriores obras es historia en el presente y queda mermado con temas como Very, I like it o Howerward angel, sencillamente deleznables. Y no hablemos de la calidad de la producción, que es pobre y huele mal, teniendo en cuenta que este señor puede hacer lo que quiera y disponer de lo que le dé la gana. Ni el afán de la distribuidora por no perder ventas al incluir un CD extra de música ambient en una edición limitada de Hotel, salva el resultado. Todo un conjunto que demuestra que este músico ha perdido el norte y que no sabe qué es lo que está haciendo, y cuando alguien se encuentra en esta situación produce este tipo de resultados.

Hood (Barcelona, 16-04-05)

Sergi Serrano | 22 Abril 2005  

Después de una larga espera, que se amenizó considerablemente con la interesante actuación de The Russian Futurists (pese a que para alguno de los presentes cayeron en la monotonía), entraron en el escenario los componentes de unos esperados Hood. Comenzaron sin dilación con The lost you, uno de los mejores y más accesibles temas de su último disco Outside closer, que sonó muy contundente y directo, despertando definitivamente el interés y las ganas de verlos en concierto en una sala con una gran acústica como es Apolo. También repasaron sus anteriores trabajos, y fueron de agradecer las perlas de su aclamado Cold house tales como You show no emotions at all, la maravillosa With branches bare o la pausada You’re worth the whole world.

La puesta en escena se acompañó de unas melancólicas imágenes que proyectaron en una gran pantalla, como las de las portadas y contraportadas de sus discos. Los cinco integrantes del grupo le dieron mucho dinamismo y un sonido muy trabajado y completo. Se fueron intercambiando los instrumentos entre ellos, como por ejemplo el caso del guitarrista y el bajo que, aún siendo diestro y zurdo, no tuvieron problemas para tocar perfectamente con las cuerdas al revés.

Dentro del repertorio de su último álbum sorprendentemente bien estuvieron canciones como Any hopeful thoughts arrive, The negatives, End of one train working o la triste balada Still rain fell. Pero ni las carencias vocales del cantante ni la inmediatez de su directo impidieron que la magia de sus composiciones en estudio se trasladara al escenario, como fue el caso de They removed all the trace that anything had ever happened here o la ya mencionada anteriormente With branches bare. Así pues estuvieron a la altura en todo momento y demostraron que se puede confiar en una organización como la del Primavera Sound a la hora de elegir grupos tanto para fiestas de presentación como para conciertos en su propio festival. Ahora sólo queda esperar a la próxima vez que vengan a nuestro país, deseando que sea con otro disco bajo el brazo.

Texto: Jóse L. Gallego
Fotos: Sergi Serrano

Inhabitants (Madrid, 16-04-05)

Colaboradores | 20 Abril 2005  

Apadrinados por la revista Era Magazine, Inhabitants presentaban su primer disco en la sala Moby Dick de Madrid. Era un tranquilo sábado de mediados de abril hasta que las programaciones y la contundente batería de Pad song comenzaron a sonar. La habilidad con el sonido de los componentes del grupo quedó patente ya con este arranque, pero sobresalió con Sunburst, probablemente la mejor canción de su álbum de debut, Into the engine (Foehn Records, 2005).

Curiosamente, el concierto de presentación del disco estuvo repleto de canciones que no aparecen en él, como en el caso de In the pines, con un tremendo contraste entre la naturalidad de la guitarra acústica y la voz comenzando en solitario (a las que se sumaban los timbales más adelante) alternada con pasajes repletos del artificial sonido de los sintetizadores. Estas son las dos caras entre las que mueven Inhabitants, presente en otras temas como Leap of faith.

Una de las canciones que más brillaron en directo fue la instrumental Outrageous four, que a mitad del concierto resultó de una belleza increíble. Más sorprendente fue la versión de Johnny Cash, anunciada como “una canción de uno de nuestros cantantes favoritos”: Hurt. Tras ella, The long run y The sand to our eyes demostraban la sustancial ganancia de calidad de los temas de Into the engine en directo.

Precisamente -y casi para terminar- remataban la presentación con la canción que da nombre al disco, Into the engine, más apesadumbrada que en estudio y con un tremendísimo final. Antes de marcharse un nuevo tema animó la noche antes de terminar uno de los conciertos más profundos que un servidor ha podido ver en el Moby Dick.

Texto: Andrés Cabanes
Fotos: Roberto Sterner

Bloc Party – Silent alarm

Vicente Bueso | 19 Abril 2005  

Oh no. Otro grupo proveniente del Reino Unido con todas las papeletas de engrosar la larga lista de chuflas indies del nuevo siglo. Influencias ochenteras, primer álbum, grandes críticas, buenas ventas, fama rápida, popularidad exponencial, post-rock, post-punk etc… Pues sí y no. Sí, porque Bloc Party es un proyecto con un futuro incierto y serán los años próximos los que decidan qué lugar otorgarles a estos chicos, sea bajo la decadencia de pestiños prefabricados tipo Green Day o como algo más grande. Y no, porque el álbum, lo cojas por donde lo cojas, lo escuches de la manera que quieras, es como mínimo bastante aceptable.

Bloc Party, liderados por su cantante Kele Okereke -que está mejor aquí que haciendo pinitos electrónicos con The Chemical Brothers-, fueron conocidos antes como The Angel Range o Union en esos momentos en los que no tenían mucha identidad, defecto que imperceptiblemente se deja notar en este debut. Bajo el manto de un buen número de canciones esplendorosas y otras no tanto, y con cierta calidad, discurre Silent alarm. Así ocurre con sus ya muy conocidas Banquet, Hellicopter o She’s hearing voices, temas directos e irreverentes, con cierto toque irónico en las letras y algo de humor, o con cosas más serias como This modern love, Compliments o Like eating glass. Sin ser una maravilla, este álbum gusta a los oídos y entra de una forma asombrosa. Invita a moverse y a soltar adrenalina, y todo ello a pesar de ser algo largo y por ende rozar un tanto el aburrimiento, e incluso minar la paciencia con momentos demasiado densos.

A muchos cansan ya estas historias de grupos nuevos que luego o bien desaparecen en el anonimato o dejan de tener toda la importancia de su debut. Muchos creemos que Silent alarm es un disco pasajero, un álbum más dentro de la moda actual de volver a los tiempos de aporrear baterías vestidos de mod, o de traje y corbata, y reivindicar tonterías sin sentido. Pero la finalidad de esta crítica no es elucubrar sobre el futuro sino analizar este producto musical, y el veredicto es bueno.

Matt Elliott & Manyfingers (Barcelona, 29-04-05)

Sergi Serrano | 12 Abril 2005  

Para quienes habíamos tenido el placer de asistir al concierto que Matt Elliott dió a su paso por el Primavera Sound 2004 (que francamente supo a poco), era una gran noticia verlo de nuevo en directo en una de las actuaciones de su gira por España (sobre todo en una sala como Pocket Club, con un aforo máximo para cien personas y una acústica muy buena). Vino acompañado de su compañero de batalla Chris Cole que, como Manyfingers, nos presentó su último disco Our worn shadow. Estaba solo ante el peligro y demostró cómo se puede dar un concierto sampleando una y otra vez los instrumentos de que disponía: sintetizador, batería, violonchelo y demás artilugios electrónicos. Un verdadero hombre orquesta al servicio de un público cada vez más predispuesto a dejarse sorprender por la candidez y sensibilidad de su repertorio. Sonaron con bastante gracia, pese a pequeños problemas logísticos, temas como For measured shores, 3 forms o Some shield. Pero fue más avanzada la actuación cuando empezó a entrar en calor y se ganó a los asistentes con Our worn shadow y, sobre todo, A remark, con una melodía de piano insistente como base bajo un manto de percusiones a medio tiempo, sonidos sintetizados y un grito característico a cada cambio de ritmo que nos subió el ánimo y nos preparó para lo que vendría después.

Así pues, tras los arreglos pertinentes, se inició el esperado repertorio: Matt Elliott y Chris Cole atacaron con C.F. Bundy como inicio y antesala de todo un repaso a su hiriente y melancólica discografía. Mientras el amigo Cole iba dándole cuerpo con el violonchelo, nuestro protagonista iba construyendo melodías, añadiendo capas de sonido a todo su armamento ruidista (guitarra en mano), que mantuvo a los asistentes atentos y ensimismados con su buen hacer. Hubo momentos de liberación y pureza, y volcó toda su genialidad en unas canciones que cada vez sonaban más mágicas, Trying to explain que unió a C.F. Bundy o What’s wrong y su voz rasgada a la vez que aterciopelada, imponiendo un estilo atormentado que culminó en uno de los temas claves de su último álbum, The Kursk. También le tocó el turno a su cumbre de tristeza y agonía, su primer trabajo en solitario The mess we made, del que extrajo una versión reducida de Let us break, que por su corta duración supo a muy poco. Pero cómo no, parte de lo que el público esperaba, que dejó para el final, fue esa mezcla que hizo de las canciones The mess we maid y The maid we messed que fue todo un regalo, un infierno final de drum n bass que hizo las delicias de los amantes de la electrónica más cercana a The Third Eye Fundation o del Matt Elliott más revolucionario. Punto y aparte con un bis de igual calado electrónico que puso el colofón final a toda una demostración de sabiduría, de saber estar en un escenario y mostrar sus cartas sin tapujos.

Texto: Jóse L. Gallego
Foto: Sergi Serrano

LCD Soundsystem – LCD Soundsystem

Samuel Benito | 9 Abril 2005  

Si el año 2005 puede tener un nombre, ése es el de LCD Soundsystem. Bastante antes de comenzar el año y de haber publicado algún álbum, el neoyorquino James Murphy ya era el artista del que se podían leer más líneas escritas que de cualquier otro que hubiese publicado algo anteriormente. Y ahora lanza el pistoletazo de salida. El amante incontrolado de los sonidos más repetitivos del rock, el fanático incondicional de Can y The Fall nos enseña sus argumentos.

Estamos ante un disco doble, conteniendo el segundo cd sus singles más laureados antes de publicarse este trabajo; un guiño con complicidad hacia sus fans más añejos. El primero, sin embargo, parece querer aclarar al público su alma rockera, ya que, pese a crear y trabajar (junto con Tim Goldsworthy) en un sello más bien electrónico como DFA y ser el padre de algunos de los hits más llenapistas de los últimos años (I´m losing my edge, Yeah, Give it up…), él es un seguidor innato dek rock. Esto da lugar a un álbum más variado que facilita las primeras escuchas del mismo.

Para el ámbito musical americano, sobre todo para el neoyorquino, la llegada de Daft Punk en los 90 con su dance introduciéndose en el ambiente rock fue una pequeña revolución que se ha ido notando en estos últimos años en esta escena, dándole un aire mucho más bailable que antaño (!!!, LCD, The Rapture…). Daft Punk is playing at my house comienza la fiesta con el bajo más funky posible, el cual va dibujando el perfil de la canción hasta llegar a unos grooves totalmente adictivos. Se apoya en otros instrumentos como campanillas o xilófonos; “trucos” que recuerdan a sus queridos Liquid Liquid, o incluso a los detalles de ese mundo particular de la electrónica experimental de Arthur Russell. Ese post-punk no tan digerible como el que abunda últimamente, no el destinado únicamente al bailoteo, sino el que presenta su cara más arisca (como anillo al dedo Public Image Limited), se da cita en Too much love, para dar paso a uno de los mejores temas del disco debut del neoyorquino, Tribulations. Absoluto hit vitamínico (el álbum está plagado de ellos) que impulsa al desfogue total. El estribillo puede recordar a esos momentos lisérgicos de Screamadelica, pero con más revoluciones. Seguidamente se da la canción más guitarrera (realmente la única que tiene a una guitarra como protagonista), más abrasiva, más punk: Movement, pequeño homenaje a esos ‘76, ‘77.

Pero como mencionaba antes, Murphy quiere hacerse expresar por otros medios menos directos, como puedan ser esos devaneos Beatles del maravilloso Dear prudence que se reflejan en Never as tired as when I’m waking up, o esa electrónica un tanto ambiental evocadora del primer Brian Eno con Great release. Podremos verle en directo tanto los días 17 y 18 en Madrid y Barcelona como en el festival Sónar que se celebrará en junio. Una ocasión perfecta para disfrutar de una buena fiesta. Máxima expectación.

Santi Campos (Madrid, 30-03-05)

Ana F. | 7 Abril 2005  

El miércoles 30 de marzo fue la fecha elegida para la presentación de Amigos imaginarios (RockIndiana, 2005), el nuevo disco de Santi Campos. El cantante llegó al escenario de Moby Dick acompañado de su nueva banda, y comenzó el concierto con una breve introducción instrumental muy ambiental. Llegó la primera canción del nuevo disco, Tres veces tiempo, un tema pausado, con fondos tranquilos, en el que ya pudimos apreciar el buen sonido del grupo. Santi Campos se presentó bromeando con un “Hola, somos Santi Campos” y nombró a todos los miembros de su grupo: Manuel Cabezalí (Havalina Blu), Pablo Sbaraglia, Jesús Montes, Sebastián Giudice y Esther Rodríguez (estos tres últimos, miembros de Nominees). Continuaron con Fin de fiesta, cuyo directo sonó más jazzero que en estudio y Despiértame y Tras el silencio, con muy buenos arreglos instrumentales. Las primeras notas de la siguiente canción eran conocidas por el público: Cambia el guión, incluida en el disco recopilatorio del festival Autumn Almanac 2004 (RockIndiana, 2004), con unos notables arreglos de teclado. Por su parte Superman fue una de las canciones más geniales del concierto. El grupo comenzó con un fondo de efectos curiosos, como el sonido de una lámina de plástico retorciéndose, y continuó con un intermedio calmado para terminar con un final fuerte y muy guitarrero.

Vendiendo arena, acompañada de guitarra acústica y shakers, fue otro tema cuyo directo sorprendió a muchos de los presentes. Tiovivo se presentó con unos trabajados coros y mucho dinamismo instrumental, algo más enérgico que en el disco. Tras esto, hubo una especie de improvisado intermedio instrumental, en el que los músicos aprovecharon para afinar sus instrumentos. Santi se dirigió al público, afirmando que el siguiente tema sería el último de la noche, y así comenzó Mejor dormir, una bella pieza en la que el grupo se implicó al cien por cien.

Santi Campos y su grupo salieron del escenario, pero no pasó ni un minuto cuando la banda volvió a coger sus instrumentos para tocar un par de bises. Primero fue el turno de Balada para un cuerdo, de Pequeños incendios (RockIndiana, 2002), con un final muy expresivo en el que la gente aplaudió como nunca. Para acabar, Como un hielo en el Sol fue sin duda de los mejor de la noche. Una aguda nota de piano que se repetía sin cesar, acompañada de timbales de batería y un colchón de armonías de bajo y guitarras, iban subiendo de intensidad hacia un final apoteósico, momento en el que los músicos fueron abandonando poco a poco el escenario mientras el sonido de los instrumentos seguía sonando. Así terminó la presentación de Amigos imaginarios, un concierto que se esperaba más tranquilo, quizá por el sonido al que Santi Campos nos tiene acostumbrados en sus discos, pero que en ningún momento defraudó a los presentes. Se agradeció el buen sonido de la sala, la estupenda compenetración de todos los músicos y el buen ambiente que éstos generaban en el escenario, detalles que hicieron que las canciones se transmitieran al público de forma muy directa y sincera.

Texto: Ana F.
Fotos: Andrés Cabanes

Buena vida delivery

Colaboradores | 7 Abril 2005  

Buena vida delivery – Crónica picaresca del corralito

Decía Oscar Wilde que una mala poesía es una poesía sincera. Aunque Buena vida delivery no sea un mal film sí que desprende a través de ciertas carencias su honestidad.

La película sufrió los bandazos de la crisis económica argentina, con el consiguiente déficit de subvención y medios, visibles en el metraje y producción. Poco tiempo y dinero que provocaron que el film no sea un culto al virtuosismo de la forma. En contrapartida, la película goza de la textura del neorrealismo y sanas limitaciones con la dirección y el atractivo guión de Leonardo Di Cesare. Un guión que, sin embargo, y quizá por falta de medios y timing, concluye de forma precipitada y no redondeada para unos, y esperanzadora y abierta para otros, y que, para los que esperan una comedia delirante, carece de la batería de gags efectistas y constantes de las sitcoms.

Con estas vicisitudes se desarrolla Buena vida delivery; o cómo Hernán, tras ver cómo su familia emigraba a España en busca de mejor fortuna, conoce a Pato para asistir al desplome de su historia de amor al no resistir ésta las exigencias que impone una sociedad anegada por la picaresca de la supervivencia. Un romance abocado al happy ending se trunca con la llegada al nido de amor del padre, madre e hija de Pato. La identificación entre público y personaje se dispara con Hernán, que no es precisamente el tuerto en el país de los ciegos, sino el boludo pasto de estafadores y vivarachos. La trama, aliñada con cierto tono nihilista y los equívocos e incomunicaciones entre personajes que no están en armonía con su pasado y futuro, trae leves reminiscencias del teatro del absurdo. Un teatro cuyo escenario es el exiguo, pero cada vez más abarrotado, y algo kitsch, piso de Hernán.

La puesta en marcha del negocio de churros por parte del padre de Pato, el hiperbólico (por el extremismo de pillería, charlatanería y chantaje emocional) Venancio, es la cúspide de una escalada que el protagonista no puede parar si no quiere ser tachado de inmisericorde. Imbuidos del relato costumbrista, Hernán (un bobo desconcertado) y Pato (solitaria y dependiente de los demás) padecen una historia que habla de los lazarillos de Tormes que habitan los espacios que él recorre en moto para ir a trabajar.

A través del ascetismo formal y la comedia ligera se esconde, pues, el problema de la emigración, la inoperancia burocrática, el paro y la falta de un futuro estable, por lo que el film es la metáfora del bebé parido a imagen de su coyuntura, y que todos ven con entrañable condescendencia.

Autor: Darío Fernández

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