Bart Davenport – Maroon Coccon

Un año después de la publicación de Game preserve en nuestro país, Bart Davenport nos trae ahora este Maroon cocoon de infernal portada. Tras su paso por España el pasado mes de octubre, el californiano regresó a su hogar para terminar de grabar este tercer álbum. En su casa de Berkeley y, junto a su amigo y productor Sam Flax Keener, Davenport trabajó sobre un ocho pistas, ayudado de una grabadora de media pulgada y tocando él mismo la mayoría de los instrumentos. De ahí que este nuevo disco destile aromas caseros si dejamos a un lado las voces y guitarras.

Una vez más el predominio de las canciones acústicas es total, convirtiéndose la voz de Davenport en el único acompañamiento de las reposadas y nostálgicas melodías. En esta ocasión no encontramos arreglos tan efectivos y elegantes como los de su anterior álbum, algo que llama mucho la atención si no atendemos a las condiciones en que se grabó el disco. La gama de apoyos melódicos se reduce a una evocadora flauta (Welcome to the show o Paper friend) y la utilización de efectos especiales tales como el sonido de automóviles (Clara) o una conversación que mantiene con una chica sobre el sexo en los servicios (al final de Lately, she’s been changing). El álbum se divide en piezas completamente acústicas (Want some o Glendale) y otras, las menos, donde se utilizan instrumentos convencionales (batería, bajo y guitarra), con la particularidad de que gozan de un sonido poco convincente a causa de la producción, resultando temas que normalmente se reservan para otro tipo de proyectos, como caras b, maquetas, etc. Ejemplo de ello lo encontramos en Finishing school o One more reason.

Maroon cocoon no es un mal disco. Un conjunto de canciones pop sencillas, grabadas sin ninguna pretensión y que contiene algunos buenos temas no puede ser tachado de insuficiente. Sin embargo, tras Game preserve esperábamos mucho más de Bart Davenport, que en esta ocasión ha optado por un trabajo “casero” que no deja lucir las excelentes cualidades que demostró con sus dos primeros álbums.

Julie Doiron + Berg Sans Nipple (Madrid, 13-03-05)

Ana F. | 24 Marzo 2005  

Berg Sans Nipple

Una propuesta sin duda ecléctica y repleta de calidad la que nos tenían reservada para esa noche de domingo. Un contraste tan salvaje como la propuesta acústica de Julie Doiron en solitario frente a la electrónica orgánica y desquiciada de Berg Sans Nipple. Y poco se puede hacer que no sea aplaudir. Para abrir la velada Shane Aspegren y Jerome Lorichon dieron un repaso en profundidad a Form of…, su debut en formato LP del 2003, y su más reciente EP Play the inmutable truth. Dejando un tanto de lado su lado más introspectivo, el dúo afincado en París se dejó llevar, y meció a la audiencia en una orgía sonora de fantástica energía.

Grabando fragmentos en directo que procedían a reproducir como samples, pudimos ver a Aspegren manejando no sólo una variedad demencial de cachivaches eléctricos varios, sino también cajas chinas, trompetas, panderetas, metalófonos o incluso un instrumento de percusión que era poco menos que una cacerola. Pero su compañero Lorichon no se quedaba corto. No se conformó con dar todo un recital a la batería, que manejó con precisión de relojero creando ritmos de toda índole con maracas, baquetas, sticks o sus propias manos. También se las vio con otros sintetizadores, melódicas y con el glockenspiel, que llegó a tocar a la vez junto con los tambores en un derroche de virtuosismo. Y todo a la par que se agitaba en un baile frenético que le hacía uno con su instrumento. Ingredientes que bien mezclados en una espiral creciente de intensidad dieron como resultado un público entregado con la boca abierta a las evoluciones de estos músicos.

Qué mejor imagen de lo que fue el concierto que las estampas de la gente agitándose merced a los desarrollos que iban tejiendo Berg Sans Nipple. Y no es para menos, con la locura que representó el lado menos íntimo de A new soul, explotado hasta su clímax. O el cambio entre la melodía de la melódica y la de la trompeta en la fabulosa Blvd. des souvenirs. Por no mentar A free… y sus gritos fuera de micro. Sin duda, el concierto de Berg Sans Nipple fue una fabulosa oportunidad de medir el genio de este grupo, que se ha convertido en una referencia inedulible a la hora de llevar un complicado trabajo de estudio a un directo lleno de saber hacer.

Julie Doiron

Pocas veces se puede escuchar un concierto en un ambiente tan sereno y con un público tan atento: cuando Julie Doiron subió al escenario, la sala Siroco se sumió en un silencio sepulcral. La cantante comenzó a entonar una melodía a capella. Julie se presentó y, acompañada únicamente de su guitarra, cantó Gone gone, de su álbum Julie Doiron and The Wooden Stars. Le siguieron Last night, que dedicó a sus hijos, y No moneymakers.

Más tarde, Julie invitó a las tablas a los dos componentes de Berg Sans Nipple para tocar Pour toujours, Dirty feet, Dance all night y The songwriter, tema perteneciente a su último álbum Goodnight nobody. Las melodías de Julie se mezclaron con un fondo de carillones, trompetas, melódicas y batería, y el público quedó entusiasmado con el resultado. La cantante aseguró que estaba pasándolo muy bien, agradeció al respetable su asistencia y dejó que fueran ellos los que eligieran algunos de los temas restantes de la actuación. The longest Winter y Le piano, de su albúm Desormais, fueron las piezas elegidas por varios de los asistentes.

Julie bromeó con el público diciendo que sus letras siempre hablan del invierno, y así comenzó a tocar Snow falls in November y Will you still love me in December, momento en que la cantante habló de Herman Düne, grupo que ha grabado con ella su último álbum Goodnight nobody. Entonces anunció su último tema, Some blues, que cantó con gran expresividad y belleza vocal. El público pidió más y la canadiense volvió a escena para interpretar Ce charmant coeur. Así finalizó una actuación en la que no se echó de menos el soporte de una banda de instrumentistas, ya que ella sola es capaz de llenar una sala con la única compañía de una guitarra y su cálida voz. El ambiente era extrañamente bello, no es exagerado afirmar que pocas veces se ha visto a un público tan emocionado y dedicado. Julie se ganó a los presentes a base de letras y melodías sencillas, canciones que poseen una dulzura y familiaridad poco comunes hoy en día.

Textos: Miguel González (Berg Sans Nipple) y Ana F. (Julie Doiron)
Fotos: Miguel González

M83 – Before the dawn heals us

Vicente Bueso | 20 Marzo 2005  

La misma fórmula ya conocida, pero llevada a extremos a veces exagerados, propone Anthony Gonzales en esta nueva entrega de su proyecto musical M83, esta vez sin Nicolas Fromageau. Esta formación, que nació en el año 2000 en Antibes, Francia, se ha caracterizado en sus dos entregas por mezclar de una forma compacta la música electrónica y ambiental con un pop conmovedor y sencillo, rodeado de guitarras en algunos casos y usando la voz casi como un instrumento más en sus composiciones.

A muchos ha fascinado su opera prima, Dead cities, red seas & lost ghosts, esencialmente por romper con el nefasto arquetipo de grupo nuevo que se limita a engordar la mal llamada música indie. M83 fueron un poco más allá, y ofrecieron un producto inteligente y, sobretodo, esperanzador de cara al futuro musical del siglo XXI. Desgraciadamente mucho no ha durado la alegría, algo que se comprueba al escuchar este Before the dawn heals us, que quizá sorprenda a aquellos que descubren a la banda, pero deja fuera de juego a los que esperábamos algo más. La música atmosférica que nos presentan vuelve a ser crepuscular, a veces oscura, a veces más fresca como en el caso de Don’t save us from the flames, y en determinados momentos profundamente triste como In the cold i’m standing o Safe. Sus puntos más interesantes son los temas anteriormente citados y habría que añadir la perturbadora “*”, o la genial Car chase terror!, con un inquietante diálogo entre una madre y su hija bajo un manto de sintetizadores que golpean el corazón. El álbum tiene bastantes altibajos, emerge y naufraga constantemente, seguramente provocado por la insistencia de Anthony de repetir el mismo patrón de antes pero estirándolo a más no poder.

No ha de considerarse éste un mal disco, simplemente un álbum que podría ser más honesto y genuino, ya que en determinados momentos da la impresión de buscar un camino demasiado complicado para ser emocionalmente profundo y eso termina cansando al oyente. Además, es reprobable por su extensión y por cierto vacío de ideas. No es que le sobre tiempo, es que le falta un poco de riqueza.

Feeder – Pushing the senses

Colaboradores | 18 Marzo 2005  

El último trabajo de Feeder es una oda a las melodías pegadizas, a los medios tiempos de estribillos épicos, al placer de la música por la música. No esperes encontrar aquí un disco que destaque por lo experimental o novedoso, que redefina el concepto de rock o que vaya a pasar a la historia del género (para eso ya están Wilco, por ejemplo).

Sólo prepárate para divertirte con diez canciones como diez soles. Diez temas que te van a hacer sonreír, dar un paseo, disfrutar de esos pequeños y hermosos momentos de la vida. Y es que escuchar este álbum es un verdadero placer. Comienza con Feeling a moment, sublime, que suena con unas voces que parece nos llegan directamente desde el cielo. En Bitter glass van subiendo la intensidad para estallar en un grandioso estribillo guitarrero, definiendo ya el sonido de todo el disco.

Por su parte Tumble and fall es otra preciosidad, otro de los cortes que se van sucediendo sin que baje el nivel, hasta llegar a diez singles potenciales. Muchos se quejarán de que Feeder hayan rebajado los decibelios, les lloverán críticas: que si comerciales, que si vendidos… Peor para ellos, éste es un álbum para saborear de principio a fin. Así lo demuestran Tender (con otro estribillo majestuoso), Frecuency (balada cuya melodía de piano les emparenta con Coldplay) o Dove grey sands, otros de los puntos álgidos de este Pushing the senses. Ninguna canción mala, ninguna que sobre. Tira tus discos de Radiohead, Feeder vienen para decirte que la vida es bella, muy bella, como este disco.

The Arcade Fire – Funeral

Samuel Benito | 6 Marzo 2005  

Cuando uno ve (y siente) la muerte de cerca no puede evitar que la impresión impregne todo lo que hace (y dice). The Arcade Fire huyen de la melancolía en su álbum debut Funeral (Merge Records, 2004), un entusiasta ejemplo de un duelo bien llevado. De origen estadounidense pero residentes en Montreal, el matrimonio Butler-Chassagne y compañía han “vomitado” un trabajo catártico en el que cantan a la vida, y también a la muerte. La vida y la muerte de personas cercanas que fallecieron durante el año y medio que precedió a la grabación del disco, y que contrasta con la unión Butler-Chassagne seis meses antes. Funeral es post-punk sin dramatismos, un influjo de energía vital, una celebración. Pero reflexiva, sin la frivolidad de Franz Ferdinand ni la amargura introspectiva de Joy Division.

Alejando la vista de su núcleo canadiense y echando una ojeada al panorama mundial nos damos cuenta de que en estos años de revival ver, oír e interpretar (que no imitar) otras épocas es algo habitual en las portadas de los medios de comunicación musicales, y ello nos invita a sentir más ganas de “abrazar” esos discos más personales y originales que aquellos que engloban sonidos y sentimientos más habituales. ¿Entonces qué aportan The Arcade Fire? Se ha nombrado el post-punk como punto de partida -los ritmos más habituales que podremos encontrar a lo largo del disco tienen mucho que ver con ello-, pero si hay algo con huella propia es la intensa vitalidad que desprende el álbum, algo no habitual teniendo a la muerte como el episodio vital más influyente. El ejemplo más certero puede ser la insuperable Neighborhood #1 (tunnels). La combinación del ritmo con la íntima y superlativa emotividad evoca un optimismo melódico duramente trabajado, nada usual pero sí apropiado para este principio de siglo XXI marcado por acontecimientos como los acaecidos en Nueva York, Iraq, Afganistán, Madrid o Indonesia, por citar algunos ejemplos.

En el plano puramente musical, destacan la voz de Win Butler y la variedad instrumental como los puntos de anclaje que quizá dan mayor sentido al concepto del grupo. El Bowie más desgarrado con el tono melódico de David Byrne puede ser una macedonia lo suficientemente cercana a los de Montreal. También ese multiinstrumentismo empleado en el disco es destacable: aquí no son suficientes guitarra, bajo, batería; en el trazado se suman xilófonos, acordeones, órganos o sintetizadores. Los arreglos instrumentales han sido mimados de manera especial y con atención en Funeral, que por momentos, puede recordar al cuidado y la épica de los Flaming Lips.

Pero no sólo de ritmo y agitación se alimenta el entusiasmo que transmite el disco. Aquí caben canciones más tranquilas como Une année sans lumière o Neighborhood #4 (7 kettles), donde se muestran esos detalles instrumentales (violines, sonido acústico) que le dan un aspecto delicado. Este coqueteo constante con los sonidos más emotivos, ésos que surgen de lo más profundo de uno mismo, puede hacer confundir a The Arcade Fire con una banda emo, lo cual no sería correcto, ya que no deberían tomarse las intenciones o armonías de una canción por la forma en la que están representadas. Es aquí donde se engrandece la obra de The Arcade Fire; se puede aludir a multitud de referencias, desde la explosión musical del 78-82 (power-pop, post-punk, after-punk, etc…) hasta otras facetas más antiguas (Bowie) o más contemporáneas (emo), pero nunca se podrá definir a través de ellas de manera definitiva lo que significa Funeral que resulta, en definitiva, uno de los álbumes más sobrecogedores de los últimos años.

Luna (Madrid, 12-02-2005)

Colaboradores | 5 Marzo 2005  

Un último concierto en Madrid después de doce años de trayectoria, siete LPs, más dos recopilatorios y un disco en directo. La Sala Arena estaba casi repleta y no era para menos. Sin teloneros, y con un público completamente entregado, se presentaron Luna. Dean Wareham (voz y guitarra), Sean Eden (guitarra, coros) con lo que parecía un jersey atado a la cabeza (!), Britta Phillips (bajo, coros) y Lee Wall (batería).

La banda comenzó con un recital de los temas más sonados de su último trabajo, con alguno del anterior. Muy en su línea, el cuarteto alargaba las canciones a placer, y entretejía ese sonido tan cálido y peculiar al que nos tienen acostumbrados. Todo muy en su sitio, con la sólida batería de Lee Wall moviendo las cabezas de los presentes de un lado a otro, Britta Phillips dando toda una lección de lo que son un buen bajo y unos buenos coros en un grupo pop, un Dean Wareham aún más hermético que de costumbre, con esa expresión suya de cansado de todo (y puede que lo estuviera) y Sean Eden, con su peculiar sonido y personalidad, que nos dejó totalmente boquiabiertos canción tras canción, ya que su expresividad con la guitarra no podía dejar a nadie indiferente. Eso sin contar su especial sentido del humor, que le hacía parecer totalmente de psiquiátrico, haciendo muecas y sonidos guturales entre canción y canción.

Tras cinco o seis temas más o menos recientes (entre los que cabe destacar el Still at home, en el que canta Sean Eden, y el ya muy sonado Malibu love nest) comenzó la ristra de canciones de álbumes antiguos; al fin y al cabo, aquello era un concierto de despedida. Sonaron, con factura más o menos notable, Four thousand days, Kalamazoo y su popular versión de Bonnie and Clyde -con grititos de Sean incluídos- entre otros. El momento más emotivo de la noche llegó con Bewitched, en el que a más de uno se le escapó un lagrimón.

La banda seguía con su repertorio antiguo, y si bien interpretado de manera algo fría, se agradecía mucho lo bien que se recreaban en los finales de las canciones. Consiguieron que Arena nos envolviera a todos con su sonido y luces, cosa poco habitual en una sala que -a mi humilde entender- no posee precisamente el mejor sonido de la capital. Resaltar sobre todo la versión extendida del Black postcards, con conclusión ruidista y setentera.

En general, aunque es cierto que no estuvieron muy entregados ni muy brillantes, la banda demostró que saben sonar, que son una formación sólida musicalmente hablando, y que han dejado tras de sí muy buenos trabajos en estudio y el recuerdo de grandes directos. Ahora queda estar al tanto de cualquier proyecto futuro de los componentes, como Deanandbritta (en el que se han embarcado Dean Wareham y Britta Phillips) o el esperado primer álbum de The Weeds Of Eden, en el que podremos seguir disfutando de los temas, la voz y la inconfundible guitarra de Sean Eden y la batería de Lee Wall. Incluso puede que, al final, la separación de Luna tampoco sea tan mala noticia.

Texto: Manuel Cabezalí
Fotos: FuzzyWuzzy.com: web oficial de Luna

Hood – Outside closer

Colaboradores | 5 Marzo 2005  

Escuchando las viejas canciones de estos melancólicos sin remedio, uno se da cuenta de que su evolución musical va más allá de un simple cambio de instrumentación o incluso de planteamientos. Es algo que nace desde dentro y se va transformando según las experiencias vividas y el aburrimiento de anclarse en un modo de hacer las cosas y explotarlo hasta sus últimas consecuencias. Está claro pues que, tras unos comienzos más espontáneos, adquieren un estilo cada vez más propio, producto de una mutación más encontrada que premeditada.

Sus discos de mediados de los noventa, acomodados en un indie rock más “sucio” como Cabled linear traction o Silent ‘88, dan paso con el nuevo siglo a una mezcla entre la añoranza de sus primeros temas y una electrónica más actual. Es el caso del magnífico Cold house, un conjunto de canciones que combinan a la perfección grandes líneas de bajo, ritmos electrónicos de todo tipo e instrumentos con más profundidad como el violín y el piano, dándole todo ello una carga emocional poco común en grupos de estas características. Si se buscan ejemplos tenemos el impresionante comienzo con They removed all the trace that anything had ever happened here, la accesibilidad de You show no emotions at all o la experimentación más inteligente de This is what we do to sell out, esas dos canciones en una, esa magia envuelta en el humo de unas mentes inquietas e insaciables.

Pero volvamos al disco que nos ocupa, el sensacional Outside closer, que tras una intro de poco más de medio minuto, muestra lo que son y lo que han crecido los nuevos Hood. The negatives… es, en principio, una composición más con sus ingredientes característicos por todos conocidos, aunque después de escuchas más concienzudas descubrimos el cambio. Han conseguido fusionar su tristeza inicial con la electrónica y su genialidad personal, es decir, han conseguido crear definitivamente una marca única que se hace más palpable a medida que avanzamos en su actual universo sonoro. Vuelve el violín, vuelven las guitarras amarradas a cada canción y esa manera esquiva de cantar. De ese modo, Any hopeful thoughts arrive, con su maravilloso final cual tormenta primaveral, precede a una cuasi marcha fúnebre en End of one train working.

Todo empieza a encajar, todo empieza a tener sentido, y si no escuchemos la enorme The lost you. Tras un gran comienzo, vuelve con la fuerza emotiva y un crescendo hacia el final, que hará las delicias de los que buscan accesibilidad, inteligencia y savoir fair en un solo tema. Ahí es nada. Y si aún no se ha rasgado un poco nuestro pequeño corazoncito, a buen seguro lo hará después de la intensidad de Still rain fell o L. Fading hills, uno de sus mejores temas, un claro ejemplo de buena música, de melancolía y samples que abrasan el alma en búsqueda de una respuesta que jamás será hallada.

Sr. Chinarro – El fuego amigo

Colaboradores | 3 Marzo 2005  

Tras diez años de carrera en Acuarela, Antonio Luque -alma de Sr. Chinarro- se ha pasado a El Ejército Rojo, la discográfica creada por Los Planetas. Esto podía despertar ciertos recelos; no en vano detrás de este nuevo sello planea la sombra de BMG y RCA, y con semejantes gigantes de por medio cabía pensar que la libertad creativa que Luque disfrutara pudiera ser menor. Afortunadamente, nada más lejos de la realidad. Dos años después de aquel brillante El ventrílocuo de sí mismo nos regala en El fuego amigo once piezas que no hacen sino acrecentar -para bien- el ya de por sí extenso espacio en que se mueven las obras de Sr. Chinarro.

Todas las caras de su amplio espectro musical se encuentran aquí presentes, ya sea la melancolía característica de sus primeros discos o la tan cacareada apertura hacia pasajes más luminosos de sus composiciones posteriores a La primera ópera envasada al vacío. Por supuesto sin olvidar la ironía, que encontramos debajo de cada verso, y que fuera de todas sus cualidades instrumentales marca el carácter de Sr. Chinarro. Nada que no se haya dicho mil veces, pero es difícil hablar de Sr. Chinarro sin entrar en todo tipo de lugares comunes. Y esto es sencillamente porque hace mucho que dejó de ser un grupo de culto para situarse como un fortín que disfruta de su espacio como una de las más interesantes propuestas del mercado nacional.

Acreedor de un sonido realmente personal que, gracias entre otras cosas a la producción de J de Planetas (que además participa muy activamente en varios temas), sigue avanzando, explorando caminos sin dejar de profundizar en sus raíces. Raíces éstas de corte muy flamenco que salpican cada recodo de El fuego amigo, alcanzando su máxima expresión en El rito, lo mejor del álbum. Una auténtica delicia con colaboración de Enrique Morente incluida, repleta de palmeos, juegos vocales y aroma a canción eterna, de ésas que entran en el subconsciente y nos sorprendemos cantando alegremente en los momentos más insospechados.

Claro, que hay mucho más. Un inicio arrollador con Dos besugos y la tonadilla amorosa Morado, en las que el bajo de Antonio Arias (ex de Lagartija Nick) ya deja notar el fantástico trabajo que lleva a cabo a lo largo de todo el disco. Un comienzo que se contrapone a un final mucho más pausado, de la mano de los elegantes arreglos de cuerda de El cabo de Trafalgar y la aparente apatía de Paso yo. Ambos extremos acotan un buen puñado de canciones de gran calidad, esqueleto de El fuego amigo, que demuestra (una vez más) que los peros que se blanden habitualmente a la hora de enfrentarse a Sr. Chinarro son vacuas alocuciones, árboles que impiden ver un bosque de sincero disfrute musical.