JR – La JR
Colaboradores | 31 Enero 2005
Cinco años después de 127, este nuevo trabajo de Borja Fernández, Frank Rudow y Rafael Martínez, formación enclavada en su momento en el Xixón sound, tiene muchos ingredientes que pueden servir para juzgarlo negativamente. Por lo pronto, su aureola de grupo arty (término habitualmente destinado para dar placer al público más cool) y un disco con canciones de títulos imposibles; dos argumentos que a más de uno pueden servir para cavar bien hondo una tumba en la que enterrar este álbum. Aún así, si somos oyentes curiosos, lo que nos encontramos en una primera escucha puede no resultarnos satisfactorio. Voces susurrantes, a ratos inaudibles, con alguna dicción que duele al oído -realmente artificiales esas uves fricativas-, ausencia casi total de melodías o estribillos a la vieja usanza, un conjunto fatuo y presuntuoso… Pero si le encontramos algo atractivo, aunque no sepamos de qué se trata, es probable que le otorguemos otra posibilidad de dar vueltas en nuestro reproductor. Entonces seguiremos odiando esas pronunciaciones forzadas, pero podremos empezar a descubrir cosas interesantes que aumenten progresivamente el valor de postreras audiciones.
Para empezar, una obviedad: no tiene sentido que un disco que trata de ser atmosférico esté plagado de armonías pegadizas o bailables. Hay muchas maneras de transmitir algo, y aquí se opta por la vía de dibujar ambientes a partir de ligeros toques de guitarra, piano o percusión. Además con un sonido crudo y terriblemente desnudo, que termina por eliminar cualquier duda razonable de que nos quieran vender gato pretencioso por jugosa liebre. Y es que si queremos entrar en terreno culinario, JR nos ofrecen aquí algunos pasajes que son canela fina. Comencemos por destacar Las dos en la nave como lo más grande del álbum. Cuando nos queremos dar cuenta, llevamos seis minutos de reloj acunados por un ritmo de batería que se hace acompañar de una tenues palmas aflamencadas y unos sencillos arpegios de guitarra, todos embarcados en una espiral hipnótica que se cierne sobre nosotros sin darnos un momento de respiro. Y no es el único corte en el que el instrumento que habitualmente marca el compás lleva sobre sí todo el peso del tema. Repitiendo fórmula, aunque cambiando el enfoque y añadiendo un sutil final al piano, Copo de nieve y yo logra formar en nuestra mente imágenes nítidas de variopintas vivencias urbanas.
Pero no todas las piezas del álbum son de este calado. El conjunto está impregnado de jazz, especialmente en su vertiente más reposada, desde la apertura -Cualquier cosa de este día- hasta el epílogo -Cuatro pares de caballos blancos-, que se encargan de cerrar un círculo casi perfecto de sensaciones. También hay espacio para canciones en las que se deja aflorar la tensión, como Piedra preciosa o Eh mono!, donde podemos escuchar las guitarras más agresivas del LP. Pero realmente cuando estamos frente a un cúmulo de composiciones que encajan tan afortunadamente entre sí, haciendo de la homogeneidad una virtud, tampoco tiene mucho sentido particularizar en las bondades de cada tema. Si tú eres de los que viven para los ritmos de bombo-caja-bombo-caja con trabajados estribillos, no es necesario que pierdas el tiempo buscando algo que aquí no vas a encontrar. Aunque, ¿quién sabe? Al fin y al cabo puede que este La JR sorprenda y satisfaga a cualquiera.
Low – The great destroyer
J. Ismael Rodríguez | 30 Enero 2005
Pocos grupos pueden gozar de una trayectoria tan coherente hasta el momento como Low. Estandartes del slowcore más puro, suelen moverse sumergidos en guitarras que crean muros de sonido sobre el que las voces destacan con su tono y lenta cadencia, dejando para algunos escasos momentos la liberación emocional y, sobre todo, la alegría. O al menos eso ocurría hasta ahora.
Porque tras el éxito artístico del Trust del 2002, Low no se han dejado ir, sino que han buscado dar un salto al vacío que se antoja sin retorno. Una evolución orgánica con su pasado que puede reconducir su futuro hacia las cotas más altas si consiguen controlarla y convertirla en un nuevo vehículo de transmisión tan efectivo como el que poseían hasta el día de hoy.
El disco se abre, dejando claro el cambio, con Monkey, canción de base rítmica imparable y estribillo amenazante que crece durante toda su duración, resultando una suerte de aviso, de predicción casi apocalíptica. No han perdido señas de identidad y todos los reconocemos, pero se nota que algo ha cambiado, como nos confirman de modo inmediato gracias a California. Tanto en nombre como en concepto podemos estar ante la nueva Canada de este disco, pero pasada por un inusitado tamiz pop. Luminosa a un extremo que antes no hubiesen osado hollar, las guitarras cobran nueva vida y dan una nueva cara al grupo.
Tras ella pasaremos por un momento más rockero gracias a Everybody’s song, de inspiración rabiosa y lo más cercano al hard rock que posiblemente oigamos nunca en manos de Low. Tras ella toca reposar un poco con Silver rider, un recordatorio del pasado y una muestra de que no han roto todos los puentes, de que aún pueden sacar de su interior la sensibilidad primigenia. Muestra de que no estamos ante una ruptura, sino una evolución en toda regla, podríamos situarla perfectamente en sus trabajos anteriores, donde no destentonaría por calidad u orientación.
Todo lo contrario que esa maravilla que es Just stand back. Pop hasta la médula, tatareable hasta la extenuación y digna de sonar en toda fiesta que se precie. Muestra que California no fue un espejismo y que, cuando quieren, Low están preparados para retar a cualquier grupo supuestamente alegre cara a cara y en su terreno. Algo que no continúa una On the edge of más convencional para la banda, con una gran carga épica, algo habitual en ellos.
Como tampoco nos debe sorprender Cue the strings, un tema soportado por las voces que se entrelazan sobre una base musical indefinida que actúa de perfecto colchón, y nos prepara para una Step en la que volvemos al espíritu más propio del pop-rock que parece ser la vía de articulación de los nuevos Low. Frente a ella se opone de nuevo una muestra de sus viejas cartas con When I go deaf, magistral vuelta a sus orígenes en uno de los momentos más logrados de todo el trabajo.
Broadway (so many people) parece buscar la unión de ambos caminos en un solo discurrir con muy buenos resultados. Alternando momentos de pura sensibilidad slowcore con otros más animados, puede que estemos realmente ante la pieza central del disco -en su tema más largo y complejo- en cuanto a la aspiración de lograr un conglomerado de lo que a estas alturas ya podemos considerar los dos rostros de la banda. Tal vez por ello, tras este momento de gran peso específico en la escucha, decidan relajar la marcha con Pissing, un corte que bien podría haber sido elegido para abrir el disco por su concepción ascendente, que ya muestra esa tercera vía en la que parecen difuminarse los contornos de la música de Low.
Pero para terminar se guardan dos ases bajo la manga. Primero nos encontramos con Death of a salesman, que nos trae de vuelta a la banda instalada en su sonido tradicional, con la voz tomando todo el protagonismo sobre una base de guitarra. Elegante y sencilla, un tema impecable. Y finalmente Walk into the sea parece buscar llevarnos de vuelta al inicio, a Monkey y su rabia, aunque con las guitarras ahora en primer lugar, tomando la posición de la base rítmica. Final cerrado, casi círcular para un disco sin fisuras, Low logra superar casi toda posible contradicción con este epílogo.
Desde luego nadie puede aventurar ahora mismo hacia donde discurrirán los intereses de la banda americana, pero lo cierto es que gracias a este The great destroyer han conseguido que todos los diferentes avances hacia la música más popular que habían ido mostrando poco a poco en trabajos anteriores como Things we lost in the fire y Trust cuajen en un concepto global que abre nuevos territorios musicales por explorar. Si lo hacen o no, dependerá enteramente de ellos, el caso es que todos estamos de enhorabuena porque no se hayan quedado estancados y estén dispuestos a avanzar en su concepción sonora. Sólo el tiempo dirá si este The great destroyer fue un experimento o el inicio de algo muy grande, de momento no podemos más que quitarnos el sombrero y disfrutar de uno de los discos que se antojan más capaces de marcar un momento en este recién estrenado 2005.
Entrevista a Siwel (enero 2005)
Colaboradores | 26 Enero 2005
Con tan solo un álbum en su haber, Siwel se ha convertido en el buque insignia de la discográfica Zebra Records, incluso a pesar de que sus creaciones se encuentran un tanto alejadas del perfil medio de los artistas del sello. Pero no es para menos, porque dentro de su debut ha creado un universo propio de composiciones de corte acústico de gran calidad. Dando algunos conciertos por todo el país, y ya con su próximo trabajo en mente, pudimos hablar con Siwel sobre sus perspectivas de futuro.

- Antes que nada, muchas gracias por concedernos unos minutos. ¿Preparado?
A vosotros. Sí.
- Sin duda que dentro de los parámetros de la música alternativa nacional, tu debut se ha saldado muy positivamente. ¿Hasta qué punto podías esperar algo así una vez que la hipotética maqueta se convirtió en un LP? ¿Ha afectado esto de algún modo a tu vida diaria? ¿Estás siendo muy consciente a la hora de compaginar tus estudios con la música o has echado definitivamente toda la carne en el asador?
Nunca imaginé que pudiera acabar convirtiéndose en un álbum de forma tan directa y mucho menos que fuera a tener tan buena crítica. Así que todo lo que ha ido ocurriendo ha sido sorpresa y absoluta novedad para mí.
Entrevista a Seine (Enero 2005)
Colaboradores | 26 Enero 2005
The voice of the youth (Wildthing Records, 2005) es el álbum debut del quinteto madrileño Seine, formado hace apenas dos años por Andrés, Dani, Ezequiel, Olmo y Nacho. Sus etiquetas de presentación son unas influencias claramente británicas, una actitud y unas ganas de las que precisa la escena nacional, así como catorce canciones que definen su esencia. Hemos conversado con Nacho Ruíz (vocalista y guitarrista del grupo), y el resultado es una pregunta por cada melodía del disco.

01.- ¿Qué es Seine? ¿Por qué Seine, un nombre francés para un grupo tan británico?
Seine es una banda de música formada por cinco personas de Madrid. El nombre vino por casualidad, pero refleja algunas de las pasiones del grupo: Europa, las grandes ciudades… Leer más
Aroah (Madrid, 21-01-2005)
Ana F. | 24 Enero 2005
Estamos acostumbrados a escuchar composiciones envueltas en un colchón de múltiples sonidos; baterías, bajo, líneas de guitarra… De repente, llegas a una sala cuyo escenario no muestra más que una acústica y un micrófono, y te das cuenta de que una buena canción vale más que mil instrumentos. El viernes 21 de enero el Café La Palma de Madrid estaba lleno a rebosar. Tras varios meses de espera, muchos éramos los que teníamos ganas de ver de nuevo a Irene Tremblay sobre las tablas, y más cuando iba a presentar nuevos temas incluidos en su último E.P. En el patio interior.

El concierto comenzó con Too proud to try, seguido por The lonely drunk, ambos pertenecientes a su álbum The last laugh. Myriam, la primera, la apertura de su disco No podemos ser amigos, fue entonando al público, que ya daba cuenta de la belleza vocal de Irene en directo. La cantante dio gracias a todos los que habían acudido, preguntándose de dónde había salido tanta gente y contó una psicodélica experiencia en Berlín que había inspirado la siguiente canción, Katherine says. Después llegó el primer tema nuevo, Blue room que, con una voz más expresiva y delicada, conquistó a toda la sala. Aroah se mostró agradecida ante toda la gente que había confiado en ella comprando su nuevo disco sin haberlo escuchado antes (aunque al precio de 3 euros era difícil resistirse). El concierto continuó con una convincente versión de Lou Reed, Caroline says II, también incluída en El patio interior.

Con Madrid, Sick in the body, sick in the head y Her I.Q. #1 Irene siguió demostrando que su presencia basta para llenar la escena de melodías perfectas. Llegó el momento de otro corte nuevo, Good intentions, una canción melancólica pero de gran belleza. Tras afinar su guitarra, empezó a tocar Schooling, aunque desafortunadamente paró el tema cuando aún no lo había terminado. Pero tras un gran aplauso del público, continuó con Horoscope. Al terminar, bromeó con los presentes, afirmando que no sabía cómo acabar las canciones, con un rasgueo rápido de guitarra, una cadencia… Por su parte Upside down y We can’t be friends sonaron realmente bien. Antes de comenzar Otro triste final, Irene se burló de sí misma hablando de todas sus canciones que incluyen la palabra “triste” (y realmente eran unos cuantos). Continuó con A dream, otra canción nueva, y una fantástica La historia más triste, en la que hubo un interesante efecto de reverb en una de las partes vocales de la canción. Para terminar, la preciosa Canción con idioma fue interpretada con una tonalidad de guitarra diferente y después enlazada con Not amused.

Aroah se despidió del público y abandonó el escenario. Lógicamente, la gente pidió más música, así que volvió al para tocar algún tema más. Aseguró a los presentes que ya había tocado todas las canciones que tenía preparadas, y terminó decidiéndose por Y la cinta de “Los bingueros”. Para cerrar la noche, toda una rareza: una composición tradicional americana, una especie de espiritual para blancos que había descubierto en un libro de canciones para niños. En suma, un gran concierto en el que nada se echó en falta. Aunque esa noche Irene no estuviera acompañada por una banda, sus canciones sonaron con esa belleza tan difícil de transmitir hoy en día.
Texto: Ana F.
Fotos: Miguel González
Mercury Rev – The secret migration
Colaboradores | 23 Enero 2005
Más de quince años han pasado desde que las inquietudes de Jonathan Donahue y Grasshopper encontraron su expresión musical mejor definida -y profesional- gracias a la psicodelia ruidosa de principios de los noventa. Aquella apuesta se llamó Mercury Rev y, aunque no han sido los únicos componentes del grupo, a ellos corresponde el mérito de haber llevado dicho nombre a lo largo de este tiempo, en el que no han faltado momentos amargos y constantes cambios de formación. Disimulada por un período en el que las cosas parecían rodar más a su gusto -la unión de público y crítica en las alabanzas a su disco de 1998 Deserter’s songs- la trayectoria de la banda siempre se ha caracterizado por un tono oscuro que hace más sorprendente la irrupción, en su nuevo trabajo, de algo que hasta ahora apenas se había dejado entrever en momentos puntuales: Mercury Rev tienen un lado luminoso y de él nace una música fabulosa.
Antes de seguir, conviene recordar que los protagonistas son los mismos que en su anterior visita al estudio de grabación -All is dream, 2001-, esto es: Donahue, Grasshopper y Jeff Mercel, con la producción del indispensable Dave Fridmann. Para presentar las canciones en directo, cosa que llevan haciendo por Europa desde el pasado mes de noviembre, se hacen acompañar de otros músicos de su confianza, gente con la que ya han colaborado antes. Pero entonces, ¿cómo explicar un cambio tan evidente? Por encima de cualquier otra consideración que se demostrara también pertinente, hay que atribuirlo a la desconocida tranquilidad y sosiego -personal y creativo- que parece haber alcanzado el grupo en los últimos tiempos, desde la gestación del anterior disco –año 2000- hasta el presente. Nunca antes habían disfrutado de esa serenidad durante tanto tiempo, y las consecuencias saltan ahora a la vista. Pero antes de enumerar lo que aquí supone una novedad, cerremos los ojos por un instante y apuntemos lo que The secret migration comparte con otros trabajos en la carrera de los americanos.
Una vez más nos encontramos con unas composiciones que tienen en la suntuosidad y en la elegancia sus más firmes cimientos. Ya en sus álbumes iniciales -Yerself is steam, 1991; Boces, 1993-, convivían exuberancia, una extraña armonía, lucimiento, contundencia, e incluso arrogancia, y actualmente, pasada la turbulenta y genial juventud y de lleno en la fructífera madurez artística del grupo, sigue quedando para el aficionado un estilo personal, trascendiendo referencias y admiraciones, en un intento por conquistar un espacio propio en la música de nuestros días. Para ello convocan poderes que nos resultan ya familiares. Comenzando por unas letras donde tiene cabida la naturaleza más misteriosa y evocadora: luz frente a oscuridad, bosques en penumbra, noches en buena compañía, pájaros, arañas, casi el universo en cada canción (la metafórica Black forest, Arise, o In a funny way, primer single y seguramente el corte más flojo de todos). Además, un sonido que hace causa del contraste: el choque del pesado sonido de las guitarras y los metales -no tan lejano a veces de la distorsión- y la lírica de una voz sólo en apariencia frágil (Secret for a song). En suma, un estilo que gusta tanto de atmósferas recargadas, complejas, como de la desnudez, y que suele abrir los temas con una delicada introducción para dejar paso después a la mayor intensidad que en ellos se encierra (Vermillion).
Pero, por fin, lo que hace diferente a The secret migration es el sentimiento optimista que recorre la mayor parte de sus trece canciones. Los temas tratados no suponen gran novedad -entrega, viaje, contemplación, paso del tiempo, las vidas en manos de una voluntad superior-, pero el enfoque que se hace del más importante de todos, el amor, sí revela un evidente cambio de perspectiva. Lo que en ocasiones era doloroso, el abandono que conducía al suicidio o el agotamiento de vivir con el rumbo perdido, ahora se ha vuelto pasión, confianza y ternura (In the wilderness, Across yer ocean). Incluso donde se asoma la melancolía, la tristeza queda suavizada y el tono dominante se resiste a caer en la desesperación (My love, The climbing rose). Tan solo uno de los temas transmite la suficiente tristeza como para desarmar al oyente (First-time mother’s joy), pero encajado en un movimiento general mucho más esperanzador, su aparición únicamente se desvelará como un bello recuerdo. Sumándole a todo ello una buena -y sorprendente- disposición a usar la electrónica en pequeñas dosis (Diamonds o la liviana Moving on, con unos coros prodigiosos), y un epílogo ensoñador que transmite ante todo quietud y descanso (Down poured the heavens), el resultado es una colección de canciones más compacta que en la ocasión precedente, y la impresión que causa se aleja sutilmente de la que dejaban trabajos anteriores de Mercury Rev. Y tal vez abra la puerta a un futuro cambio de dirección -el título no puede ser casual- como el que supuso en su momento See you on the other side, ahora más que nunca un disco a reivindicar.
Alejandro
J. Ismael Rodríguez | 23 Enero 2005
Alejandro – El péplum según Stone
Un proyecto por el que pelearon dos grandes productoras, un director de reconocido prestigio, un protagonista en alza… y un sonoro batacazo en taquilla acompañado de un varapalo de nivel medio por parte de la crítica. ¿Cómo pueden producirse esa sucesión de hechos, a simple vista bastante contradictorios? Alejandro es la respuesta.
Oliver Stone se ha encargado de predicar a los cuatro vientos que estamos ante una de sus películas más personales, remarcando hasta la saciedad que su concepción se remonta hasta los años 80. Pero por desgracia eso no le ha servido para aplacar los ataques que le acusan de haber realizado una obra que, por mucho que le moleste, se ve como fruto de una coyuntura concreta más que como el resultado de un empeño personal.
En esa apreciación pesa mucho, sin duda alguna, la famosa lucha por realizar la película antes de que Barz Luhrmann consiguiese poner en marcha su proyecto, avalado por los derechos de la saga Alexandros de Valerio Manfredi, con Leonardo DiCaprio a la cabeza. Desde que ambos se posicionaran para la carrera, están unidos en la mente del aficionado al cine medio, al menos del que conoce la competición. Por supuesto esto último se da por sabido para la crítica, y ahí podríamos encontrar las primeras razones para el rechazo que se ha levantado desde algunos sectores hacia la epopeya helenística de Stone.
¿Pero se merecía esas reacciones? La respuesta no es fácil, pero el juicio debe inclinarse hacia una defensa moderada de la obra del contestatario director americano. No nos dejemos llevar por la corriente y veamos la película como algo más que una supuesta reflexión sobre los Estados Unidos de Bush, o el resultado de una soberbia absoluta en un director que hace mucho que se distanció de todo el mundo más allá del Atlántico.
Porque lo que trata de hacer Stone es narrarnos la vida de un Alejandro que no deja de ser tan ficticio como siempre nos lo han pintado las obras no históricas, pero que tiene un fuerte anclaje en el verdadero conquistador de la mayor parte del mundo conocido por aquel entonces. Mucho se ha hablado de la veracidad histórica de la cinta, y dejando de lado que el que esto escribe no le da a eso el más mínimo valor (si alguien quiere conocer al Alejandro histórico hay mucha bibliografía editada sobre el mundo helenístico), lo cierto es que no puede haber demasiadas quejas al respecto. Se cambian cosas, sin duda, se sintetiza mucho la vida del gran general y se unen dos batallas en una, pero nada grave o que rompa con un acercamiento verosímil a la figura tratada.
Y es que Alejandro puede que sea demasiado grande para el celuloide, y Stone puede dar buena fe de esa posibilidad. En los 180 minutos de metraje no consigue narrarnos más que unos pocos de los momentos definitorios del protagonista y sufre tremendamente para dar una coherencia real y tangible a su discurso. El Alejandro de Stone, muy bien interpretado por un Colin Farrell al que poco se puede reprochar, es un hombre cegado por un destino que considera suyo. Incapaz de parar en su avance, estará dispuesto a perderlo todo para llegar siempre más allá. Se trata de un canto al orgullo, a la soberbia del mundo clásico, a un hombre que se consideraba Dios y que nunca fue derrotado en ninguna contienda.
Pero también busca el autor guiarnos hacia el lado más oscuro, menos desbordante del mito, y por desgracia ahí es donde se rompe el deseado equilibrio. Desde el principio cuesta situarse en una historia que pasa con demasiado brusquedad de lo épico a lo casi intimista, mostrando unos trazos gruesos que consiguen articularla en una suerte de escenas sucesivas sin excesivo funcionamiento interno. Ahí es donde peor lo pasa la película, que por momentos amenaza con caer en un ligero tedio, lo que con su duración sería desastroso.
De todos modos, para evitarlo, ese viejo zorro que es Oliver Stone sabe lo que tiene que hacer. Y cuando no pasamos a los momentos de rápida narración propiciada por un anciano Ptolomeo desde Egipto, nos lanza de cabeza a una batalla. Solo dos de éstas veremos en la película, pero merece la pena extenderse en ellas, y sobre todo en esa magnífica representación de Gaugamela. Olvidémonos del caos que tanto han promovido algunos directores para poder contar los choques bélicos y disfrutemos de las ordenadas falanges macedónicas frente a una masa informe de persas en una secuencia que se establece entre ese puñado de contiendas que posiblemente siempre tengamos como referencia. ¿Qué hubiese pasado si su aliento épico se hubiese transmitido al resto de la cinta? Nunca lo sabremos.
En su lugar tendremos que volver a fijarnos en el lado menos brillante de la vida del creador del mundo helenístico. Allí nos encontraremos con una Angelina Jolie sobreactuando tremendamente en el papel de Olimpia. Y ni siquiera la excusa de la recreación de esa teatralidad que se adjudica al mundo griego evita que en algunos momentos aparezca demasiado forzada delante de la cámara. Más contenido está un correcto Val Kilmer como el Rey Filipo de Macedonia. Ha llegado la hora, tal vez, de reivindicar a Kilmer, actor que eligió mal sus papeles durante gran parte de los años 90 pero que atesora una experiencia vital y unas cualidad naturales que prometen un resurgir de su carrera ahora que ha alcanzado una edad más elevada y puede liberarse de parte de su pasado.
Y podríamos hablar largo y tendido de la factura técnica, pero posiblemente sería baladí ante la calidad que se muestra. El cuidado en todos los detalles y el trabajo de la fotografía son impecables y aportan al resultado un acabado formalmente impecable. Menos adecuada puede considerarse la banda sonora de Vangelis. Sin resultar en ningún momento inapropiada, y funcionando bien durante el transcurso del metraje, lo cierto es que se aprecia la falta de un tema de referencia con la fuerza que el griego había conseguido en algunos trabajos anteriores.
Concluyendo ya, Alejandro no acaba de dar todo lo que promete, y deja cierto regusto amargo cuando uno se enfrenta a las posibilidades que podía encerrar la vida de uno de los personajes más importantes de la historia de la humanidad. Pero no por eso deja de ser una obra que captura por instantes aquello que el cine épico estadounidense siempre ha buscado ser, esa cualidad “más grande que la vida” que insuflaba aliento a los epics de tiempos pasados y a sus relecturas actuales. Lejos del tono verdaderamente heroico que lograban El último samurái o Gladiator, estamos ante una obra más comedida y llena de claroscuros que, por ello, no remata la faena y se queda simplemente en un buen film, cuando podía haber sido mucho más.
Autor: J. Ismael Rodríguez
Miqui Puig – Casualidades
Colaboradores | 16 Enero 2005
Tras una larga etapa a la cabeza de Los Sencillos, Migui Puig se ha decidido a publicar su primer disco en solitario. ¿Y queda algo de lo que hacía por entonces? Si consideramos que tanto antes como ahora Miqui Puig hace la música que quiere, tenemos una continuidad que se manifiesta en canciones -cuasi himnos- pop sin aparentes pretensiones. Aún así no ha estado solo, y para la grabación de este Casualidades (Naïve, 2004), se ha rodeado de músicos y amigos como Jeanette, Diego Vasallo (Duncan Dhu), Silvia (Niza) o Suzette (Les Très Bien Ensemble).
El disco comienza con el tema que le da nombre, Casualidades, al que sigue Tipo loft, que con un toque electrónico y de guitarra slide de sonidos country produce una mezcla bastante extravagante (sobre todo cuando en ese contexto oímos mencionar a François Truffaut). Ese jugueteo con el tecnopop se vuelve a repetir en el comienzo de La puta canción de amor en la que el chico gana, que recuerda a Fangoria (algo recurrente a lo largo del álbum) y en la que colabora la citada Jeanette. También en Te quiero ahora, te quiero luego el arreglo electrónico es excesivo, y perjudica lo que podría haber sido una bella canción de amor. Probablemente lo mejor del disco son los cortes que como la breve El punk rocker enamorado o Eufórica número 3 son más directos y sin trampa ni cartón.
Y aunque se manifieste, como dice el título de otra de sus canciones, Totalmente a favor del tecno-pop, la fórmula que intenta explotar no termina de convencer; el mejor ejemplo lo tenemos en las fallidas Charcos o Mucho. Los temas en los que descubrimos al mejor Miqui Puig son aquellos que como Revival o Con un traje de Elvis demuestran que no hace falta la artificiosidad para crear canciones con una buena factura personal.
Andrés Cabanes
Morrissey – You are the quarry
Colaboradores | 15 Enero 2005
Han pasado ya más de siete años desde que el alma mater de The Smiths publicara Maladjusted, que tuvo una acogida muy tibia por parte de crítica y público. Decidió entonces hacerse a un lado y esperar su momento. Ahora trae bajo el brazo con la nostalgia como valor añadido You are the quarry, editado por Attack, su propia discográfica. Nada nuevo bajo el Sol: Morrissey sigue enarbolando la bandera del pop elegante donde seguramente el mayor atractivo sigue encontrándose en sus letras. El de Manchester es un tipo inteligente, comprometido e ingenioso, y sabe reflejarlo en los escritos afilados que termina perfilando como canciones.
Inquieto, toca diversas temáticas, y tanto America is not the world, un canto amargo a las contradicciones del hermano mayor americano, como Irish blood, English heart, revelan algunas de sus convicciones políticas. También hay hueco para la melancolía de Come back to Camden, la alegría de I like you o la amargura de Let me kiss you y How can anybody possibly know how I feel?, pecando ésta última de sobreproducida a pesar de contar con las guitarras más duras -dentro de lo que cabe- de todo el disco.
Por su parte, The world is full of crashing bores es un divertido capón a todos esos pelmazos -estrellas de pop barato incluídas- que pueblan anodinamente el mundo sin tomar riesgos. Curioso esto, ya que si hay algo que verdaderamente se echa de menos en este trabajo es algo más de audacia. La linealidad musical acecha tras cada esquina, y así los geniales arreglos de flauta al final de I’m not sorry evitan que ésta sea un clon de la apertura del álbum. No es el único caso en el que los vicios de un artista con una personalidad tan acusada se sobreponen a sus aciertos. La ya mentada elegancia a veces pasa por desgana, y un corte tan terrible como I have forgiven Jesus parece a ratos cantado arrellanado en un sofa, copa de bourbon en mano.
Aún así You are the quarry reviste interés, y cabe destacar sobre el resto First of the gang to die y You know I couldn’t last. La primera es una una perfecta canción pop, tal vez la que mejor podría encajar con el repertorio de su mítica banda; la segunda, que cierra el disco, es un furibundo ataque y desgarrado lamento sobre los aspectos negativos de la fama. Ahora habrá que ver si vuelve por sus prolíficos fueros pretéritos o se lo toma con calma para ofrecer material nuevo. Lo que sí es seguro es que seguirá despertando odios y recelos. Para bien y para mal, Morrissey nunca ha dejado de ser él mismo.
The Walkmen – Bows + Arrows
J. Ismael Rodríguez | 10 Enero 2005
Aprovechemos la llegada del nuevo año para revisar nuestros descubrimientos del anterior y ver cómo han aguantado el tiempo desde su publicación. No suena como un mal mantra para estos tiempos indecisos en que la nueva temporada musical aún no ha arrancado y la anterior se resiste a desaparecer. Por eso vamos a volver la vista hasta febrero del 2004.
Porque fue entonces cuando un grupo de Nueva York presentaba ante el mundo su segundo disco, llamado Bows + Arrows. Tras el éxito de crítica de su debut Everyone who pretended to like me is gone, se enfrentaban ante la terrible dificultad de probar su valía en una escena que cada día parecía más cansada de los Strokes y otros productos de la Gran Manzana que amenazaban con atenazar definitivamente la idea de modernidad.
Tal vez por eso sea aún más sorprendente el resultado del trabajo de The Walkmen. Lejos de caer en un disco fácil y en un continuismo de todo a cien, el grupo se preparó para lo peor y construyó algo compacto, coherente y que superó a su opera prima de sobra. Realizó once temas sin fisuras que podían recorrer todo el espectro del renacido post-punk (son de Nueva York, ¿no?) sin caer en la facilidad o el simplismo, y también sin creerse los más in del mundo conocido y por conocer. No son un hype, ni nada que se le parezca, ellos lo saben tan bien como nosotros al escuchar el álbum.
Guiados por la voz de Hamilton Leithauser (gran nombre para ser músico, sí señor) y su cualidad casi dejada, transitaremos por un mundo oscuro pero donde todo parece encajar. Así construyen sus canciones The Walkmen, de modo que sirven para banda sonora de nuestra vida, no simplemente como himnos para fiestas trasnochadas en bares donde lo más cool del momento debe sonar.
Lo dejan claro desde los primeros momentos de What’s in it for me?, un inicio que no deja de resultar poco rompedor teniendo en cuenta que sigue la misma estructura que emplean Interpol en sus dos discos de estudio. Un tema relajado, que va creciendo, pero sin explotar, una perfecta apertura que juega al despiste con lo que nos espera. Y lo hace de modo magistral, ocultando a The rat. Seamos sinceros, estamos ante uno de los mejores temas del año y, posiblemente, el que mejor haya capturado la rabia en mucho tiempo. Más de cuatro minutos (olvidemos esa teoría de que la fuerza se pierde en cuanto un corte pasa de los ciento ochenta segundos) de pura bilis destilada al servicio de unas guitarras diabólicas y un ritmo imparable. Todo ello mientras Leithauser grita todo lo que puede, sonando tan desgarrador como uno pueda desear.
Agotados emocionalmente tras este estallido, buscamos un ancla al que asirnos, y allí aparece No Christmas while I’m talking. Tomemos aire y preparémonos para lo que pueda venir en una vuelta a la esencia que impregnaba el primer corte. Porque después vuelven las curvas con Little house of savages, su tema más indicado para cualquier pista de baile que se precie. En la línea más festiva que encontraremos en todo el trabajo vuelve a triunfar el grupo. Directa, sin fisuras, otra joya.
Y tras ella My old man, más relajada y sencilla en su construcción, con sus voces casi ignorándola, nos guía hasta 138th Street. Ambas idóneamente enlazadas por su espíritu, perfectas para definir una noche tirada de bar en bar, sin nada que hacer ni que perder, una sensación común a toda la escucha. Hasta cuando vuelven a animarse relativamente en The North Pole no se desatan, no nos sacan del arroyo sino que nos mantienen allí. Podemos bailar, podemos cantar, pero seguiremos siendo unos fracasados, parecen decirnos por momentos en sus composiciones.
Por mucho que en Hang on Siobhan simulen disfrazarse de los intérpretes de un villancico lleno de sentimiento, no nos engañarán mucho tiempo. Su tristeza persiste y nos lleva hasta New Year’s Eve, celebrante de semejante fecha con un ritmo más juguetón y más directa. Después toca una vuelta a los ritmos acelerados en Thinking of a dream I had, con su guitarra alocada y su carácter puramente rock, un estallido final antes de llegar a otro de sus grandes logros. Bows and arrows es el redondo cierre a un disco impecable. Llleno de un carácter épico antes solo intuido, las guitarras crean ambientes mientras la voz trata de balbucear a menudo, casi susurrando la letra. Todo ello con el colofón de su parte central, donde casi parece que Leithauser nos hable, nos convierta en sus compañeros de juergas nocturnas para volver a llevarnos a lo más alto de la mano de las guitarras y sus gritos. Un final perfecto.
The Walkmen han demostrado muchas cosas con este segundo disco. Para empezar que están aquí para quedarse, que no son un grupo que tuvo sus quince minutos de fama, sino que saben lo que quieren hacer y se dirigen hacia allí. Además, que no todo está hecho en el post-punk, y que sin salirse de ciertas referencias comunes uno puede sonar única y exclusivamente a sí mismo. Para acabar, que cuando están en forma pocos grupos del panorama mundial les pueden aguantar el paso. Con éste su Bows + Arrows han entrado en el elenco de bandas a seguir muy de cerca, y prometen no separarse de ese grupo de cabeza en mucho tiempo.

