Entrevista a The Dears (noviembre 2004)

Sergi Serrano | 29 Noviembre 2004  

 Martin Pelland y Valerie Jodoin-Keaton

Los canadienses The Dears comenzaron su andadura en 1995 haciendo una suerte de pop rock orquestal que ha ido evolucionando hacia un sonido más épico y oscuro, patente desde la publicación de su segundo disco No cities left (Bella Union/Sinnamon Records, 2004). Estuvieron en el pasado Wintercase 2004 y tuvimos la oportunidad de entrevistarlos horas antes de su actuación en Barcelona. Esto es lo que nos contaron Martin Pelland (bajo) y Valerie Jodoin-Keaton (teclados, flauta y coros).

- ¿Es la primera vez que visitáis Barcelona?

Martin: De hecho, es mi primera vez en España, aunque antes de venir a Barcelona pasamos por Bilbao. Me gustó mucho su arquitectura, el museo es fantástico y el concierto estuvo muy bien.

- ¿De dónde viene vuestro nombre? ¿Cómo surgió?

Martin: Es una pregunta muy común en Europa, nunca nos la hacen en América. Esto viene de mucho tiempo atrás, de cuando Murray formó la banda con uno de sus amigos. Se plantearon el nombre y se dijeron ¿por qué no? De hecho, pienso que se trata de tomarlo como una meta a conseguir en el futuro. Algo recíproco: todo el mundo debería intentar ser querido [dear en inglés]. No sé si esta respuesta tendría sentido actualmente, pero es como se planteó en su momento.

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Alien vs Predator

J. Ismael Rodríguez | 27 Noviembre 2004  

Alien vs Predator – Cómics, videojuegos y películas

Paul W.S. Anderson se ha convertido, a pesar de lo que muchos puedan decir, en una figura importante del cine actual. Y me atrevería a decir que, además, una de las más interesantes. Director inglés afincado desde 1995 en los Estados Unidos, su carrera es la historia de la imposición en la industria americana de una serie de proyectos cinematográficos de presupuesto no elevado que se inspiran de modo directo en bases externas al propio medio.

Todo ello más notable cuando tenemos en cuenta que su primera cinta, de 1994, era una especie de thriller futurista con aire retro que respondía al nombre de Shopping, y que se situaba en una corriente que podía llegar a vincularse con La naranja mecánica. Tras causar mucho revuelo en algunas salas de arte y ensayo, pegó el salto a través del Atlántico y aterrizo en tierras norteamericanas para empezar de verdad su carrera con una cinta cuyas coordenadas artísticas y narrativas son vitales para el actual cine de acción de Hollywood: Mortal kombat.

Desde entonces, y hasta esta Alien vs Predator, Anderson trató de entrar en el mundo de superproducciones con Soldier o de convertirse en director de culto con Horizonte final. Ambos intentos fueron reseñables, y mostraban momentos deslumbrantes, pero no acabaron de cuajar con el público y le hicieron replantearse su futuro de un modo más efectivo. Volviendo a sus raíces en el cine americano se lanzó a la realización y co-producción de Resident evil, su vuelta a la fama.

Desde entonces se ha convertido en el padre de una corriente cinematográfica que propugna la importación de sistemas narrativos desde los videojuegos y el cómic, pero de un modo integrador. No nos engañemos, Anderson no es un creador aventajado y su mayor cualidad no es otra que la de estar bien dotado para la dirección. Cuando él dirige sus proyectos siempre existe un regusto a producción profesional, a un trabajo bien ejecutado en lo formal, que da buenos resultados. Desgraciadamente, cuando se retira de detrás de las cámaras y ejerce solamente como guionista y productor se pierde carácter a favor de trabajos bastante más embarullados como el realizado por Alexander Witt en la muy reciente Resident evil: apocalypse.

Precisamente quizá sea una labor más que instructiva la de trazar una relación entre ambas producciones para poder acercanos a comprender las diferencias entre Anderson y Witt. El diálogo entre ambas es evidente y claro. Parten de un guión realizado por el propio Anderson, que se adapta a las convenciones del material original. Pero mientras en el film de Witt nos encontramos con una falta de objetivos claros en ciertos momentos y con una estructura que parece que ni el propio realizador sabe si es coral o no, en Alien vs Predator tenemos unas ideas mucho más claras y una mayor concisión narrativa en la propia organización de lo que se nos cuenta.

Posiblemente todo se deba a que Anderson modifique su guión durante el transcurso del rodaje, algo que no realizaría, por razones evidentes, en Resident evil: apocalypse. Por eso se puede entender que la naturaleza de su producción sobre el enfrentamiento entre alienígenas debió de ayudar mucho a sus resultados finales. Desde un inicio queda claro que se quiere contar exactamente lo que la película promete y lo que los cómics en que se inspira nos dieron: la lucha a muerte entre ambas razas. No hay lugar para disertaciones sobre la humanidad, ni siquiera para la configuración de un grupo fuerte de secundarios. Tampoco hace falta.

Con la excepción del personaje interpretado por Sanaa Latham y, en menor medida, del Bishop recreado por Lance Henriksen (en un guiño muy logrado a la saga original de Alien), a Anderson no le importan lo más mínimo los humanos que pululan en medio de un enfrentamiento sin cuartel. Todos ellos están condenados desde un principio, el director lo sabe tan bien como el propio espectador, cuyo interés no pasa más allá de una ligera intriga sobre su modo de perecer. El hecho de que se asuma esa naturaleza de la narración no debería considerarse, como gustan de hacer algunos, un defecto por parte del autor, sino más bien un punto a su favor al permitirle constituir un producto más satisfactorio para el público y más cercano al material de referencia.

Partiendo de esas bases, pues, lo que nos queda durante el resto de la película no es más que lo que nos promete el título, que resulta en este caso totalmente adecuado. Los aliens se enfrentan a unos depredadores que resultan de lo más interesante del metraje. Tomando las premisas presentadas en los cómics (de los que se declara fan) se construye a unos alienígenas cazadores que resultan interesantes sin dejar de mantener las coordenadas creativas que instauró su primera y ya mítica presentación en la imprescindible Depredador de John McTiernan. A ello ayuda el trabajo artístico, que avanza terriblemente con respecto a lo que habíamos podido ver hasta ahora. Sin emplear el trabajo digital más allá de lo meramente imprescindible para su recreación, el carácter físico de los masivos depredadores les otorga una presencia en pantalla realmente impactante.

Pero poco más hay que rascar en la cinta, que como suele ocurrirle a Anderson se queda cerca de ser una buena película pero no acaba de rematar la faena. Su efectiva dirección y los interesantes apuntes en el guión chocan frontalmente con una deseable creatividad artística que brilla por su ausencia. Así no dejamos de estar en ningún momento frente a un film de acción convencional donde lo más interesante está en la presencia de unos personajes recuperados de otras franquicias. Por suerte Anderson lo sabe y nos lo endulza con muestras de una profesionalidad que los muchos imitadores que le están surgiendo no tienen. Tal vez siga sin ser un trabajo realmente destacable, pero esta Alien vs Predator está sin duda entre lo mejor que podemos encontrarnos en su estilo.

Autor: J. Ismael Rodríguez

Wintercase 2004 (Barcelona, 17 y 19 de noviembre de 2004)

Sergi Serrano | 26 Noviembre 2004  

Un año más se celebraba en noviembre el Festival Itinerante de Música Independiente Wintercase, que este año cumplía su tercera edición. Organizado por Sinnamon Promotions, llevó a Barcelona, Madrid, Bilbao y Valencia a doce bandas nacionales e internacionales. En AltaFidelidad.org sólo estuvimos acreditados para dos de las jornadas en los que el Wintercase pasó por la Sala Razzmatazz 1 de Barcelona, los días 17 y 19 de noviembre. Aún siendo sólo una pequeña parte de lo acontecido, os presentamos a continuación los conciertos de Blackbud, Hope of States, Los Planetas, The Dears, Low y Tindersticks.

Blackbud:

Blackbud era una de las incógnitas del Wintercase, ya que aún no tienen publicado ningún disco. Ante la escasa gente que los conocía, se hacía apetecible descubrir un grupo nuevo. Por lo poco que pudimos escuchar, la voz de Joe Taylor es un claro homenaje -o copia- a la de Jeff Buckley. Así pues, la banda británica llegó al festival para darse a conocer, y lo que hicieron encima del escenario lo hicieron muy bien. Rock y blues en su más puro estado, demostrando que Barefoot Dancing es uno de sus mejores temas. Esperaremos su primer trabajo, aunque como dicen ellos: “Queremos tomárnoslo con calma”.

Hope Of The States:

La banda lucía por Barcelona su debut, The lost riots, editado este mismo 2004. No es de extrañar que abrieran el concierto con The black amnesias, como hacen también en el álbum: un tema instrumental ante cuyas sacudidas hay que agarrarse a lo primero que se tenga a mano a riesgo de caerse.

Enemies/Friends sonó contundente. Esos redobles de batería junto a las proyecciones que el grupo ofrecía a sus espaldas ayudaban a comprender cuán épicos llegan a ser Hope Of The States. El violinista Mike Siddell aporta un sonido poco común en formaciones de rock, creando atmósferas y melodías que sin duda revalorizan cada canción, como es el caso de 66 sleepers to Summer. Por su parte el tema que engancha desde la primera escucha es sin duda The red the white the black the blue, que sonó realmente curiosa, anómala, en algunos momentos descuidada. Por suerte con Nehemiah pudimos apreciar lo bueno que es el mejor single que tiene la banda.

Encima del escenario Hope Of The States están aún un poco verdes, y si bien ganas no les faltan, les falla un punto extra de conjunción que actualmente no tienen. Deben madurar un poco, y quizás así podamos disfrutar de una nueva banda con gusto por lo grandiso, al estilo de los escoceses Mogwai.

Los Planetas:

La expectación que suscitan Los Planetas en Barcelona es algo admirable. Esa noche la sala razzmatazz estaba llena hasta los topes para –la mayoría iba a lo que iba– ver a los granadinos. Ya son muchos años los que llevan a sus espaldas J y compañía. La experiencia es un grado y así lo demostraron nada más salir al escenario.

Comenzaron con Vuelve el rock mesiánico -cara b de su último single- seguida por San Juan de la Cruz, que sin duda fue un derroche de la psicodelia más popera que sólo ellos pueden ofrecer. Continuaron con varias canciones de su nuevo trabajo Contra la ley de la gravedad, como Y además es imposible -junto a “Irazu” de La Buena Vida- y Nunca me entero de nada, probablemente lo mejor de este LP. Tras Corrientes circulares en el tiempo J y los suyos no dejaron al público sin sus grandes clásicos de siempre, tales como Segundo premio de Una semana en el motor de un autobús, o Santos que yo te pinte, muy bien coreado por los asistentes que demostraron ser auténticos fans al saberse la letra de todos los temas.

Después de un pequeño descanso, Los Planetas insistieron con otro bombazo como es De viaje, de su primer álbum Super 8, con los presentes entregados al máximo disfrutando también de Brigitte, que encuentra en el mismo disco. Poco después llegaría el final de la noche con Devuélveme la pasta y Pesadilla en el parque de atracciones, que cerró una noche mágica en la sala Razzmatazz, con unos Planetas muy centrados en su sonido y un público inmejorable.

The Dears:

La noche del viernes 19 la abrían los canadienses, que horas antes de su concierto tuvieron una charla con nosotros en la que pudimos hablar, entre otras cosas, de su tercer disco hasta el momento No cities left, en una entrevista de lo más amena.

The Dears salieron pronto al escenario, en horario infantil decían algunos, ya que presenciar un concierto a las ocho de la tarde es algo raro. Aunque entendemos que es una simple cuestión de mercado, ya que estas salas se convierten en discotecas pasada la media noche. En todo caso The Dears supieron aprovechar su escaso tiempo para entregarnos un concierto de lo mas heterogéneo, empezando con Postcard from purgatory, uno de los temas más atmosféricos de su último trabajo. Con su single de presentación, We can have it, Murray Lightburn demostró con creces que su voz es tan potente en directo como en estudio.

Pero sin duda nos quedamos con la impresionante Lost in the plot, que en concierto toma un aire y suena mas espectacular aún si cabe. No en vano el tema fue el elegido por la organización para la promoción del festival. El tiempo se les echó encima y no pudimos disfrutar más de The Dears, a los que esperamos volver a ver en mejores condiciones.

Low:

Low llegaron al Wintercase con el trabajo hecho: bajo el brazo traían nuevo disco -aunque aún por publicar- y un recopilatorio de rarezas. La sala estaba a punto de presenciar las nuevas notas, los nuevos compases de lo que será The great destroyer. El trío de Minnesota empezó a entonar temas tan personales como característicos, con momentos de auténtica calma y otros plenos de rabia y emotividad.

La geniales voces de Alan Sparhawk y su esposa Mimi Parker nos dejaron en más de una ocasión con la boca abierta. La velada empezó con Amazing grace de su álbum Trust, del que también interpretaron Canada, con John Nicols entregado al bajo. Aunque después tocaron muchos de los temas inéditos a lo largo de los cincuenta minutos escasos que la organización reservó a los americanos.

Monkey -que será la canción que abra su nuevo trabajo- suena con mucha fuerza en directo y cautiva al oyente. Con esos ritmos tan particulares y ese verso que reza ”Tonight you will be mine” nos llenó de sentimiento, y nos permitió sentir como propio lo nuevo de Low desde el primer instante. Le siguieron When I go deaf de final demoledor, California, que posiblemente sea la más popera del próximo álbum, Broadway (so many people), y Silver rider con el trío al completo cantando los versos finales. El slide de Alan fluyó en On the edge of, una de las mejores canciones del concierto. Pero un público correcto y entregado por momentos echó de menos numerosas composiciones, como Dinosaur act, que más de uno pidió insistentemente.

Tindersticks:

El sufrimiento que destila la voz de Stuart Staples es lo que Tindersticks mejor saben aprovechar. El rock de cámara despertó muchas ganas a un público con hambre de seguir absorbiendo buena música. La banda era la de siempre: Dickon Hinchliffe, voz, violín y guitarra electroacústica en una canción; Mark Colwill, bajo -de volumen a veces excesivo-; Dave Boutle, piano, teclados y xilofón en un tema jazzy realmente bueno; Neil Fraser, guitarra eléctrica y acústica; y Alasdair Macaulay, batería de estilo… inconfundible.

Los de Nottingham se centraron básicamente en el Waiting for the Moon publicado el 2003. Tocaron la serena Running wild, también My oblivion, siempre genial, y una de las mejores de la noche con esos pequeños toques del violín de Hinchliffe. Éste también cantó e interpretó algunos temas como Until the morning comes. Psicosis sonó realmente bien, así como la oscura e intensa Say goodbye to the city, en la que de nuevo se lució Hinchliffe con una pequeña distorsión de violín que enmudeció un poco la presencia de Staples, aunque él no desentonó ni un momento en Sometimes it hurts.

Tindersticks supieron conquistar a los asistentes, y aprovecharon ese tiempo extra que dispusieron por ser la actuación que cerraba la noche. Una gran velada, un gran concierto. Así como una agradable sonrisa le quedó a más de uno al salir de la sala. El Wintercase 2004 ha ganado en relación al año pasado, y esperemos que siga así en futuras ediciones. Aunque sí se podría pedir un poco mas de tiempo para los grupos, y así poder disfrutar al menos más de una hora por cada uno de ellos. ¿Menos grupos por día? Eso se lo dejamos a la organización.

Textos y fotos: Sergi Serrano

Entrevista a Bronco Bullfrog (noviembre 2004)

Ana F. | 26 Noviembre 2004  

Bronco Bullfrog es uno de los fichajes estrella de Rock Indiana. Su último disco, Oak Apple Day, ha llevado al grupo a recorrer España a lo largo de este año, actuando en diversos festivales como Ebrovisión o Felipop, donde vendieron todas las copias de su álbum. En noviembre, el Autum Almanac 2004 les ha vuelto a traer por ciudades como Valladolid, Burgos, Bilbao, Valencia o Madrid. Y es en esta ciudad, antes de su actuación en la sala Moby Dick, donde les entrevistamos.

Andy Morten, Louis Wigget  y Michael Poulson

- Para ir abriendo boca, ¿cómo y cuándo nació el grupo?

Louis: Yo nací en 1971, ¿y tú, Andy? [risas]

Andy: En 1951. [risas]

Louis: Mike y Andy tocaban juntos en otra banda.

Andy: Teníamos una banda llamada The Nerve, y Louis tenía un grupo llamado Vibraphone en el que yo también tocaba la batería.

Louis: Andy tocaba para mi banda y también para Michael.

Andy: Luego todos los grupos se rompieron y yo encontré a Louis, le dije “¿Quieres que montemos un grupo juntos? Sólamente los tres”.

Louis: Porque en el otro grupo teníamos dos guitarristas.

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Fiesta Supernovapop: The Sunday Drivers Vs Maga (Barcelona, 20-11-04)

Sergi Serrano | 25 Noviembre 2004  

El fútbol es el deporte por antonomasia en España, eso no hay que discutirlo, pero aún hay ciertas cosas que la gente prefiere ver antes que un partido. El del día 20 no se trataba de un enfrentamiento cualquiera, era uno de los choques del año, ya que competían los dos eternos rivales, el Barcelona y el Madrid. Suerte que había diferentes opciones y una de ellas era la fiesta Supernovapop que se organizó en la Sala Bikini de Barcelona. Se enfrentaban dos grupos encima del escenario: en un rincón estaban los toledanos Sunday Drivers con su Little heart attacks, editado por Mushroom Pillow, bajo el brazo; en la otra esquina los sevillanos Maga arropados por su disco de este 2004 -otra vez homónimo-, publicado por Limbo Starr. Sidonie (esta vez en formato Dj’s) se convirtieron en el trío arbitral, sacando sus tarjetas entre las previas y descansos a modo de canciones que iban desde David Bowie o AC/DC hasta Tequila o la Steve Miller Band.

Primero los Sunday Drivers demostraron lo que todo el mundo ya sabe, que son un grupo que lleva ya muchos conciertos sobre sus espaldas y que posiblemente sean la banda revelación de este año. Ya hemos hablado de ellos en diversas ocasiones y poco hay que añadir más que elevar su carisma encima del escenario. La pequeña actuación de los Drivers (exigencias del guión) estuvo dedicada a los temas que mejor suenan en directo, no faltaron canciones como Often, Only in the dark days, Tears and years, I should go y ese Little heart attacks fin de fiesta con todo el publico tarareándola. Como nota curiosa añadir que Lyndon Parish estuvo acompañándoles haciendo coros, tocando los teclados, la guitarra acústica y la steel guitar.


Jero, cantante de The Sunday Drivers

Después Maga saltaron al escenario mientras iban sonando las notas de la intro de Astrolabios, primer corte de su último trabajo. De este último no faltaron además Un lugar encendido o Blanco sobre blanco. Por su parte, de su primer álbum tocaron Como nubes a mi té…..Minimor. También tuvieron el detalle de interpretar un tema nuevo (que seguramente editaran en formato ep) titulado Paracaídas. Des-pi-de y Medusa fueron bien recibidas por el público que no paró de cantar las letras de Bidimensional, el primer ep de la banda.


Miguel, cantante de Maga

Una noche alternativa al fútbol que en la que, en definitiva, ganamos todos por ver a dos grandes formaciones españolas en una sala tan mágica y con tan buena sonoridad como Bikini. No queda más que dar las gracias a Supernovapop, que nos permite disfrutar de estas fiestas que potencian la música en directo.

Texto: Sergi Serrano
Fotos: ourkid1980

La Costa Brava – Llamadas perdidas

Colaboradores | 24 Noviembre 2004  

Después de publicar tres álbums en Grabaciones en el mar, Fran Fernández (Australian Blonde) y Sergio Algora (El Niño Gusano, Muy Poca Gente) cambian de compañía para publicar su cuarto lp: Llamadas perdidas (Mushroom Pillow, 2004). El disco, que en un principio se iba a llamar “Queremos que todo el mundo se haga rico”, combina canciones comprometidas políticamente con otras de amor y en las que se hace patente un agudo sentido del humo. Hay que destacar que es el segundo trabajo que La Costa Brava publica este año, tras su anterior Se hacen los interesantes (Grabaciones en el mar, 2004), un EP de versiones que terminó siendo la despedida de aquella discográfica. Como novedad, Enrique Moreno, batería de la banda, se estrena como compositor en un par de temas (Hotel Dulce Nombre y Carta a Beyoncé Knowles) e incluso canta en esta última.

El primer corte es un atormentado soul, Falsos mitos sobre la piel y el cabello, que pone en alerta a todos nuestros sentidos para poder enfrentarnos al disco que tenemos entre manos. Pero cuando uno ha empezado a imaginarse lo que vendrá después, nos encontramos con la turbulenta introducción de Vuelvo a ser yo, peculiar canción que combina unos teclados psicodélicos con una trompeta fronteriza y un espontáneo banjo. Y tras este amalgama de sonidos, escuchamos una curiosa frivolidad: Adoro a las pijas de mi ciudad, todo un canto al atractivo de estas chicas. Junto a este tema destaca su particular homenaje a cierta modelo en El cumpleaños de Ronaldo o la declaración de amor que es Carta a Beyoncé Knowles (increíbles sus arreglos).

En la mitad del disco aparece un setentero interludio musical, Hotel Dulce Nombre, que da paso a Dos ostras, versión mucho más elaborada del mismo tema que se incluyó en Se hacen los interesantes. Particularmente llamativas son Confianza ciega, Toni y Treinta y tres, todas ellas con unas acertadas combinaciones de sonidos que van desde la elaboración del primero a la sencillez acústica del último. Buenas raíces musicales son la principal baza de La Costa Brava para seguir haciendo discos tan cuidados.

Rjd2 – Since we last spoke

Colaboradores | 24 Noviembre 2004  

Aunque no se incluyese en las listas de lo mejor del 2002, el disco de debut del rapper blanco Rjd2, Dead ringer, fue uno de los mejores de su año. Con sólo echar un vistazo a la galería de elogios que obtuvo (El-p, capo del sello Def Jux, llegó a decir “este disco cambiará el puto mundo”; las revistas musicales barcelonesas lo convirtieron de la noche a la mañana en lo más cool del momento…) basta para hacerse una idea del impacto que causó un disco excelente. Del todopoderoso Dj Shadow aprendió la manera de construir, y del funk, el soul, el jazz, el blues y todos los estilos negros (negrísimos) de las cinco últimas décadas obtuvo la materia prima. Total: un disco de hip hop abstracto con sabor añejo, absolutamente orgánico y con un feeling especial, extraído directamente de todos esos polvorientos vinilos de segunda mano que Rjd2 no paraba de comprar y samplear.

Menos de 2 años después se nos presenta este Since we last spoke. Sin el factor sorpresa de por medio, el impacto ha sido, lógicamente, mucho menor. El secreto de Dead ringer nunca fue su envoltorio, sino su inspiración, y las canciones de este disco, sin bajar del notable en ningún momento, no alcanzan a las de su precedente. Parece que Rj ha querido dar esta vez la misma importancia a los sonidos electrónicos que a los orgánicos, y el resultado sigue siendo muy exuberante y molón, pero quizás un poco menos personal que antes. Vamos, que cualquier artista del sello Ninja Tune, previamente tocado por la mano del Espíritu Santo, podría firmar sin problema cualquiera de estos 14 temas y no se notaría mucha diferencia. No hay hits demasiado destacables ni momentos especialmente inolvidables, pero la elegancia y las intenciones de este dj con nombre de robot intergaláctico permanecen. También permanecen las trompetas, los bajos, las voces soul y los inconfundibles beats. Así que no nos confundamos, Rjd2 sigue y seguirá siendo el “número 2” del hip hop abstracto (no confundir con el “indie rap” o el rap intelectualoide y emocional que ya nos intenta vender hasta el Tentaciones), a cierta distancia aún de la sombra, pero muy por encima de sus -cada vez más- imitadores.

Un disco notable, de 4 estrellas en lugar de 5, perfecto para escuchar en habitaciones húmedas sin que nos entren ganas de dormir ni de bailar, e ideal para retorcernos en el suelo –una vez más- desesperados por no ser niggers. Si Michael Jackson pudo… ¿por qué no podremos nosotros hacer la vía inversa?

Nominees y Bombones en el Barco Isla Canela (Sevilla, 19-11-04)

Tras presentar su disco por diferentes lugares de España durante el Autumn Almanac Bombones presentaban en Sevilla, su ciudad natal, su primer disco. El lugar elegido no pudo ser más original: a bordo del barco Isla Canela mientras éste navegaba por el rio Guadalquivir. Todo un acontecimiento que también contaba con la actuación de Nominees como teloneros y una fiesta post concierto en la que los propios miembros del grupo pincharon todo tipo de música y que duró hasta altas horas de la madrugada.


Ambiente del Isla Canela durante la actuación de Nominees

Nominees tienen más que presentado su Dowsing for the water (RockIndiana, 2004) desde que lo publicaran a principios de este año con unos buenos resultados. Las influencias del country-rock americano más actual junto a unas melodías de regusto clásico hacen de los madrileños uno de los grupos más frescos del panorama nacional. Mientras nos acomodábamos dentro del Isla Canela, Ricardo (voz y guitarras), Jesús (bajo), Esther (coros), Sebastián (batería) y Santi Campos (guitarra) comenzaron el concierto repasando temas de este disco como A.N.A. o Crooked lines.


Ricardo, cantante de Nominees

A pesar del entusiasmo, las ganas del conjunto y del puñado de buenas canciones que poseen (algunas realmente interesantes), la actuación estuvo empañada por la acústica de la “sala”, que no fue la más apropiada en algunos momentos. Dentro del repertorio no faltaron dos de sus mejores temas como son What’s the deal o Sunrise. Además, pudimos escuchar tres composiciones inéditas que mantienen el buen nivel de sus predecesoras: Medals, The outlander y Waking hours. La noche y el barco seguían adelante, mientras los Bombones se preparaban para subir al escenario.


Bombones y su público sevillano en el Isla Canela

El concierto de los sevillanos sorprendió a buena parte de los presentes de forma muy positiva. A pesar de haber debutado hace tan sólo unos meses con su primer disco, Bombones (RockIndiana, 2004), el grupo se mostró muy solvente encima del escenario, apoyado por un buen sonido (esta vez si) y unos temas que adquieren un matiz más contundente en directo. Pronto, y con un público completamente entregado, atacaron Mary Jane (su ya conocido homenaje a Spiderman y una de las más celebradas) o la fantástica Lily, donde el órgano, las guitarras y los guiños psicodélicos conforman una de las mejores canciones de su repertorio.


Juano, cantante y “alma matter” de Bombones

Una tras otra fueron desarrollando las canciones de su por ahora primer disco demostrando que sobre el escenario tienen mucho que aportar. Juano (voz, guitarra y teclados), Francis (guitarra y coros), Eduardo (bajo), Goyo (batería) y Carlos (teclados y sintes) dan forma a sus composiciones con sencillez pero con eficacia y sinceridad. Aunque a veces la presencia de sintetizadores recarga demasiado sus canciones, la guitarra es el instrumento que en el fondo destaca en Bombones y en directo dan buena cuenta de ello. Para muestra, un botón: en Love shines el trepidante riff de guitarra se impuso por encima de los sintetizadores, resultando terriblemente estremecedor cuando se quedó completamente sólo antes del inicio del solo.


Francis durante un “solo”

Uno de los momentos más aplaudidos resultó cuando lanzaron una sonda adelantando alguna de las canciones que previsiblemente se incluirán en un futuro disco como la inédita Addicted to You. Para la parte final reservaron This guy is in love with you, una balada con deliciosos coros en el estribillo y apoyada en unos arreglos de sintetizador muy resultones y, cómo no, Blue, la que para muchos es su mejor canción. El final de fiesta fue completamente espectacular, terminando a la par que el Isla Canela se acercaba a la Torre del Oro para finalizar con esta peculiar y gratificante singladura.


Francis, Juano, y Eduardo

Una noche, sin duda, para recordar. Y es que pocas veces se tiene la oportunidad de disfrutar de buena música, en un escenario tan especial y en tan buena compañía. Gran acierto.

Texto: Francisco José Fdez.
Fotos: Andrés Cabanes

American Music Club – Love songs for patriots

J. Ismael Rodríguez | 23 Noviembre 2004  

¿Por qué se han reunido American Music Club? Han pasado ya 10 años desde su anterior disco y Mark Eitzel ha sacado multitud de trabajos en solitario sin que parezca que necesite reencontrarse con su pasado. Pero aquí están, su líder no nos deja descubrir la razón, prefiere preguntarnos a nosotros “¿Por qué no?” y jugar con la duda. Pero lo importante es que, al contrario que otras reuniones, aquí no interesan tanto los conciertos como la creación de un nuevo disco, una muestra de la integridad artística que el grupo siempre ha mantenido. Incuestionable gracias a su duro trabajo y a su capacidad para ir construyendo álbums que siempre iban ayudando a la configuración de su carrera. Su punto álgido tal vez estuvo en 1991, cuando Everclear definió totalmente su música y se instauró en el imaginario colectivo de una aún vigente corriente transatlántica relacionada con el alt-country, en lo que ahora la gente prefiere llamar solamente “americana”. Nos encontramos 14 años después. ¿Qué nos puede aportar a estas alturas American Music Club?

Por suerte, nos puede aportar lo mismo que entonces. Parece que el tiempo no pasa por el quinteto, salvo para ir puliendo todas y cada una de sus habilidades. Este Love songs for patriots es un compendio de 13 temas que pasean por lo más oscuro y triste de la condición humana de la mano de un guía privilegiado. Alcohólico declarado, capaz de lo mejor y lo peor en sus directos, y uno de los letristas mejor considerados en el mundo americano, Mark Eitzel demuestra estar en plena forma. De hecho muchos de los temas de su nuevo trabajo ya fueron tocados por él en solitario en su última gira, donde Patriot’s heart o America loves the minstrel show no solían faltar en sus setlists.

A su lado se ha reunido todo el viejo grupo. Un conjunto heterogéneo de músicos, los cuales han pasado esta última década en una suerte de desaparición forzada, algunos incluso separados de la práctica profesional con sus instrumentos, pero parece que sin perder ni un ápice de su fuerza. Se nota el transcurrir del tiempo, pero se compensa con la experiencia, y es complicado encontrar ahora una banda que suene tan conjuntada y natural como estos AMC. Nadie destaca, nadie falla, todos hacen lo que deben, y de un modo sobresaliente.

Pero, sin embargo, las canciones siempre han sido el punto fuerte de los discos de la formación americana. La concepción global de sus producciones puede ser más discutible, pero la calidad de sus composiciones tomadas como entidades únicas es indudable. Y en este regreso nos muestran una fuerza en los temas difícilmente imaginable. Sin rendirse de un modo absoluto a la melancolía que siempre ha sido su marca de personalidad, nos llevan a los límites de la sociedad, a los lugares más inhóspitos, habitados solamente por perdedores y por gente que ya ha dejado de importar a sus semejantes. Allí nos presentan con su música un mundo que nos embarga, nos llena para dejarnos atrapados en una espiral de depresión y oscuridad. Pero sin perder nunca de vista el que deben existir instantes para la recordar lo fugaz de la felicidad o la alegría, elementos que no hacen sino dar más valor al proceso de descenso a los infiernos que ejemplifica todo trabajo de la banda.

Los pasajes torturados de temas como Job to do se ven así totalmente contrastados y potenciados por la belleza de otras composiciones como la magistral y conscientemente preciosista Another morning, donde Eitzel echa el resto en un tema lleno de una poesía y luminosidad que raramente encontraremos en su producción. A su lado se sitúan trabajos más épicos como la apertura con Ladies and Gentlemen, la atmosférica Patriot’s heart, la más sensible Love is o la muy propia del estilo del grupo Only love can set you free. Con esos seis temas se cierra una de las caras en el vinilo, y una de las unidades del disco en cualquier formato.

Seis canciones que nos devuelven a unos AMC en forma, pero que apenas nos preparan para lo que viene. Porque si hasta ahora estamos en el terreno del feliz reencuentro, a partir del séptimo corte podremos volver a enamorarnos del sonido de la banda. Mantovani the mind reader nos empieza a atrapar, esa voz perdida entre el piano nos abre las puertas a una serie de temas magistrales. Home nos devuelve a los territorios más tranquilos de la banda, pero su mayor valor posiblemente sea el de pavimentar el camino para uno de los mejores momentos del disco y, posiblemente, de este 2004. Myopic books se erige inmediatamente en una de esas raras joyas con las que la música nos obsequia sólamente en contadas ocasiones. El hermoso carácter minimalista del tema, su cualidad melancólica pero feliz, todo es perfecto durante los tres minutos y medio que dura la canción.

Tras ella entramos en el último tramo del disco, que se inicia con America loves the minstrel show. Un tema más convencional que el resto de los de esta segunda parte, consigue sin embargo no bajar en ningún momento el ritmo, ganando potencia gradualmente y sirviendo como aperitivo para esta parte del trabajo. La sigue en nuestra escucha una muestra de los los AMC más animados, en la línea de su gran Crabwalk del Everclear. Estamos ante The horseshoe wreath in bloom, un ejemplo de la música más alegre y bailable que uno puede esperar de la banda, perfecta para imaginarnos brindando con los amigos. Y es que la felicidad de Eitzel siempre tiene más puntos en común con la inducida por el alcohol que con cualquier otra.

Pero el álbum debe llegar, tarde o temprano, a un final, que en esta ocasión está constituido por dos temas redondos en su función. Volviendo a su registro más sombrío y a algunas de sus letras más incisivas, Song of the rats leaving the sinking ship y The devil needs you trabajan como una unidad, creando una sensación de abandono que acaba con el disco y nos devuelve a la dura realidad, ésa de la que nos habla todo el trabajo del grupo.

American Music Club han vuelto, y lo han hecho a lo grande, con uno de esos discos que muestran como en ocasiones el Diablo sabe más por viejo que por Diablo. Desterrando defectos anteriores y potenciando sus mejores bazas creativas, están aquí para quedarse de nuevo. Fans de la banda, o simplemente aficionados a la buena música, estamos todos de enhorabuena.

American Music Club – Love songs for patriots

J. Ismael Rodríguez | 23 Noviembre 2004  

¿Por qué se han reunido American Music Club? Han pasado ya 10 años desde su anterior disco y Mark Eitzel ha sacado multitud de trabajos en solitario sin que parezca que necesite reencontrarse con su pasado. Pero aquí están, su líder no nos deja descubrir la razón, prefiere preguntarnos a nosotros “¿Por qué no?” y jugar con la duda. Pero lo importante es que, al contrario que otras reuniones, aquí no interesan tanto los conciertos como la creación de un nuevo disco, una muestra de la integridad artística que el grupo siempre ha mantenido. Incuestionable gracias a su duro trabajo y a su capacidad para ir construyendo álbums que siempre iban ayudando a la configuración de su carrera. Su punto álgido tal vez estuvo en 1991, cuando Everclear definió totalmente su música y se instauró en el imaginario colectivo de una aún vigente corriente transatlántica relacionada con el alt-country, en lo que ahora la gente prefiere llamar solamente “americana”. Nos encontramos 14 años después. ¿Qué nos puede aportar a estas alturas American Music Club?

Por suerte, nos puede aportar lo mismo que entonces. Parece que el tiempo no pasa por el quinteto, salvo para ir puliendo todas y cada una de sus habilidades. Este Love songs for patriots es un compendio de 13 temas que pasean por lo más oscuro y triste de la condición humana de la mano de un guía privilegiado. Alcohólico declarado, capaz de lo mejor y lo peor en sus directos, y uno de los letristas mejor considerados en el mundo americano, Mark Eitzel demuestra estar en plena forma. De hecho muchos de los temas de su nuevo trabajo ya fueron tocados por él en solitario en su última gira, donde Patriot’s heart o America loves the minstrel show no solían faltar en sus setlists.

A su lado se ha reunido todo el viejo grupo. Un conjunto heterogéneo de músicos, los cuales han pasado esta última década en una suerte de desaparición forzada, algunos incluso separados de la práctica profesional con sus instrumentos, pero parece que sin perder ni un ápice de su fuerza. Se nota el transcurrir del tiempo, pero se compensa con la experiencia, y es complicado encontrar ahora una banda que suene tan conjuntada y natural como estos AMC. Nadie destaca, nadie falla, todos hacen lo que deben, y de un modo sobresaliente.

Pero, sin embargo, las canciones siempre han sido el punto fuerte de los discos de la formación americana. La concepción global de sus producciones puede ser más discutible, pero la calidad de sus composiciones tomadas como entidades únicas es indudable. Y en este regreso nos muestran una fuerza en los temas difícilmente imaginable. Sin rendirse de un modo absoluto a la melancolía que siempre ha sido su marca de personalidad, nos llevan a los límites de la sociedad, a los lugares más inhóspitos, habitados solamente por perdedores y por gente que ya ha dejado de importar a sus semejantes. Allí nos presentan con su música un mundo que nos embarga, nos llena para dejarnos atrapados en una espiral de depresión y oscuridad. Pero sin perder nunca de vista el que deben existir instantes para la recordar lo fugaz de la felicidad o la alegría, elementos que no hacen sino dar más valor al proceso de descenso a los infiernos que ejemplifica todo trabajo de la banda.

Los pasajes torturados de temas como Job to do se ven así totalmente contrastados y potenciados por la belleza de otras composiciones como la magistral y conscientemente preciosista Another morning, donde Eitzel echa el resto en un tema lleno de una poesía y luminosidad que raramente encontraremos en su producción. A su lado se sitúan trabajos más épicos como la apertura con Ladies and Gentlemen, la atmosférica Patriot’s heart, la más sensible Love is o la muy propia del estilo del grupo Only love can set you free. Con esos seis temas se cierra una de las caras en el vinilo, y una de las unidades del disco en cualquier formato.

Seis canciones que nos devuelven a unos AMC en forma, pero que apenas nos preparan para lo que viene. Porque si hasta ahora estamos en el terreno del feliz reencuentro, a partir del séptimo corte podremos volver a enamorarnos del sonido de la banda. Mantovani the mind reader nos empieza a atrapar, esa voz perdida entre el piano nos abre las puertas a una serie de temas magistrales. Home nos devuelve a los territorios más tranquilos de la banda, pero su mayor valor posiblemente sea el de pavimentar el camino para uno de los mejores momentos del disco y, posiblemente, de este 2004. Myopic books se erige inmediatamente en una de esas raras joyas con las que la música nos obsequia sólamente en contadas ocasiones. El hermoso carácter minimalista del tema, su cualidad melancólica pero feliz, todo es perfecto durante los tres minutos y medio que dura la canción.

Tras ella entramos en el último tramo del disco, que se inicia con America loves the minstrel show. Un tema más convencional que el resto de los de esta segunda parte, consigue sin embargo no bajar en ningún momento el ritmo, ganando potencia gradualmente y sirviendo como aperitivo para esta parte del trabajo. La sigue en nuestra escucha una muestra de los los AMC más animados, en la línea de su gran Crabwalk del Everclear. Estamos ante The horseshoe wreath in bloom, un ejemplo de la música más alegre y bailable que uno puede esperar de la banda, perfecta para imaginarnos brindando con los amigos. Y es que la felicidad de Eitzel siempre tiene más puntos en común con la inducida por el alcohol que con cualquier otra.

Pero el álbum debe llegar, tarde o temprano, a un final, que en esta ocasión está constituido por dos temas redondos en su función. Volviendo a su registro más sombrío y a algunas de sus letras más incisivas, Song of the rats leaving the sinking ship y The devil needs you trabajan como una unidad, creando una sensación de abandono que acaba con el disco y nos devuelve a la dura realidad, ésa de la que nos habla todo el trabajo del grupo.

American Music Club han vuelto, y lo han hecho a lo grande, con uno de esos discos que muestran como en ocasiones el Diablo sabe más por viejo que por Diablo. Desterrando defectos anteriores y potenciando sus mejores bazas creativas, están aquí para quedarse de nuevo. Fans de la banda, o simplemente aficionados a la buena música, estamos todos de enhorabuena.

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