Muse (Granada, 18-03-2004)

Tras triunfar el pasado mes de Noviembre en sus conciertos de Madrid y Barcelona, Muse regresaron en Marzo con tres nuevas fechas para seguir presentando “Absolution”. El grupo formado por Chris Wolstenholme, Dominic Howard y Matthew Bellamy ofrecieron una gran actuación, combinando con gran acierto temas de sus tres discos publicados hasta el momento. Todo ello junto a espectaculares juegos de luces, imagen y sonido. Pero vayamos por partes.

Los teloneros se presentaron de forma puntual sobre el escenario del Palacio de Deportes de Granada. Apadrinados por Muse, Future Kings Of Spain ofrecieron un corto y efectivo recital. Con un sonido muy Nirvana y algunos temas con reminiscencias a Placebo, el grupo interpretó parte de su único disco hasta el momento, “Hanging Around” (2003). La voz de Joey Wilson (guitarra y voz) presagiaba lo peor, ya que apenas se distinguía entre el estruendo de la guitarra y el batería (ambos muy correctos). El público empezaba a llegar de forma más fluida y los técnicos subieron al escenario a preparar toda la parafernalia que supone, actualmente, un concierto de Muse.

Matthew Bellamy y los suyos hicieron su aparición también de forma puntual. El recinto, con una asistencia

más que notable, parecía venirse abajo con las primeras notas de “Hysteria”, el que fuera tercer single de “Absolution”. Gran alegría el comprobar que la peculiar voz de Bellamy se escuchaba bastante bien y de forma clara. A partir de ahí, un show sin descanso y sorprendente.

El comienzo es más relajado de los esperado si obviamos la ya citada “Hysteria” y “New Born”. En esta última apreciamos rápidamente la importancia que el piano y los juegos de luces iban a tener a lo largo de las casi dos horas de concierto.

Después de “Citizen Erased” llega lo que podría ser una segunda parte con el piano, de nuevo, como principal protagonista. “Space Dementia” se convierte en uno de los acontecimientos de la noche gracias a su soberbia interpretación y a la aparición estelar (y por primera vez) de las imágenes a través de la gran pantalla situada detrás del grupo. En ella se nos muestran, por un lado, imágenes de miles de estrellas y, por otro, las manos de Bellamy arrancando notas del piano a un ritmo sorprendente.

A partir de ahí, mezcla de algunos clásicos como “Sunburn” y algunos de los temas más recientes y efectivos (“Butterflies & Hurricanes” y “The Small Print”). Lo mejor, sin duda, para el final. Se trata de una sucesión abrumadora de hits que parecen estar hechos para el directo: “Muscle Museum”, “Time is Running Out”, “Plug in Baby” y “Bliss”. Tras la retirada y vuelta al escenario, grata sorpresa al ver que interpretaban “Blackout” (con los arreglos grabados, eso si) y “Stockholm Syndrome” en un final verdaderamente explosivo.

Musicalmente se pueden decir muchas cosas de la banda inglesa, tanto buenas como malas. Para algunos, “Absolution” es una obra maestra. Otros lo definen como “el mejor disco de Muse”. Por último, no pocos son los que tachan el disco como una repetición nada convincente de los esquemas de “Showbiz” y “Origin Of Symmetry”. Pero una cosa no se puede negar: el directo de esta gira es completamente apabullante.

Texto: Francisco José Fernández

Fotos: Indyrock

Big fish

Big fish – Grandes historias y pequeñas realidades

Tim Burton se ha convertido, sin ninguna duda, en uno de los referentes del cine de culto de los años 90 en adelante. Tras una carrera en los años 80 en que su estilo personal se iba perfilando de modo firme y en la que demostraba ser capaz de enfrentarse a los mayores proyectos de los estudios de la época (como demostró su Batman para la Warner Brothers), en los 90 el giro hacia el cine de minorías fue mucho más claro, con la realización de obras cómo Ed Wood, Eduardo Manostijeras o la propia continuación de su Batman, Batman returns, donde el estilo de superproducción de la primera parte dejaba lugar a un film más personal, aunque por eso mismo pudiese resultar menos satisfactorio.

Pero si su carrera parecía ir en un ascenso constante de prestigio y aceptación del público, que alcanzaría su cima con Sleepy Hollow, una obra parecía haber logrado que todo ese buen hacer hubiese desaparecido, y lanzaba grandes sombras sobre el futuro del director. Ésa fue su remake de El planeta de los simios, tras la que el público y la misma crítica empezó a tener fuertes dudas sobre la viabilidad actual de Burton. Por suerte el director americano no se ha dejado llevar por esa línea de pensamiento y ahora nos ha vuelto a ofrecer lo mejor de su repertorio en su nueva película.

Big fish parte de un relato (por su extensión resulta duro llamarlo libro) previo de Daniel Wallace para convertirse, curiosamente, en una de las obras más personales de Burton, al nivel de Ed Wood o Eduardo Manostijeras, por poner dos ejemplos paradigmáticos de la obra del autor. La historia de Edward Bloom (curioso que hasta el nombre del protagonista le venga bien al director, vista su trayectoria profesional) es la historia de la narración, de la fantasía frente al frío y aburrido mundo real. Es una historia de creaciones frente a los datos, de lo imaginario frente a lo palpable. Es, en resumidas cuentas, la historia de un creador como Burton.

Y así a lo largo de la cinta asistiremos al relato de una vida ficticia, pero detrás de la cúal no cabe ninguna duda de que existe otra auténtica, de que hay unos hechos que se pueden manipular pero que no por eso dejan de ser reales. Ése es el principal logro del guión y el planteamiento formal de la película, sin ninguna duda. Burton consigue que nos alejemos de lo que vemos para buscar más allá, para vernos atrapados por la narración del propio Edward y participar de ella de un modo real. Burton consigue, de nuevo y tras el tropezón antes comentado, erigirse en un verdadero narrador de historias.

Y lo logra de un modo completo, sin asentarse únicamente en el guión, sino sabiendo que la presentación formal es tan importante, si no más, como éste. Para ello no sólo se apoyará en una presentación artística de gran calidad (la fotografía y el montaje resultan correctísimos, y en ocasiones magistrales) sino en unos actores que dan una gran entidad al film. McGregor y Albert Finney construyen al alimón un Edward Bloom completamente creíble, mientras que Allison Lohman y Jessica Lange les dan una réplica perfecta como su esposa Sandra. A éstos se unen unos secundarios de lujo que capitanea un trío tan efectivo como resultan Helena Bonham Carter, Danny DeVito y un magnífico Steve Buscemi.

Y para terminar de cerrar el círculo sólo falta añadirle una BSO casi perfecta del siempre efectivo (cuando no genial) Danny Elfman, que subraya los motivos principales con gran efectividad en sus pasajes instrumentales al tiempo que emplea de un modo más que solvente las canciones utilizadas. Con todo eso ya tendríamos, sin ninguna duda, un gran film, pero Burton está dispuesto en esta ocasión a ir más allá, y nos ofrece una conclusión que resulta simplemente perfecta para lo planteado a lo largo de la cinta, un final de ésos que se quedan grabados en la mente del espectador.

En resumen, todos los aficionados al cine podemos estar contentos, puesto que tenemos de vuelta entre nosotros al Burton más creativo, a aquél capaz de crear obras señeras del celuloide contemporáneo y de recordarnos lo que es realmente el arte de narrar historias, como si fuera uno de sus personajes.

Autor: J. Ismael Rodríguez

Xiu Xiu – Fabulous muscles

Colaboradores | 16 Marzo 2004  

Escuchando su primer disco, Knife play (2002), nadie diría que podrían firmar algo como I luv the valley, o quizás sí. Han pasado (o lo están haciendo) de ser inaccesibles, grotescos, exagerados o sobreactuados, a serlo menos. Porque eso tampoco es tan malo cuando se trata de expresar sentimientos.

En A promise (2003), van de la cordura a la locura sónica con solo apretar un botón. O también transforman la realidad y nuestra percepción para con la vieja lógica, y nos sumergen en un universo lleno de fantasía y genialidad en Sax redux-o-grapher. ¿Qué se puede esperar después de contemplar las múltiples personalidades de este grupo? Pues la verdad es que cualquier cosa.

Llegados pues a este 2004, que se presenta caótico ya desde sus inicios, Xiu Xiu nos vuelven a sorprender en el mejor sentido posible. Y nos presentan su opción, no sé si de evasión o de espejo de la realidad. En Crank heart ya se empiezan a abrir más y mejor, y a cada paso que dan, a cada segundo, nos damos cuenta que a lo mejor los raros no son ellos. Y como unos The Cure sin complejos, el segundo corte del disco, ya antes mencionado, avanza como un hueso duro de roer contra escepticidades o remilgos absurdos. Little Panda McElroy puede servir de ejemplo para muchos grupos a lo Radiohead, en cuanto a experimentación se refiere. Otra muestra del mundo enfermizo en el que habitamos es Support our troops Oh! (black angels Oh!), con su desconcertante desarrollo interno y su explícito mensaje sonoro.

Cada canción, minuto e instante del disco es un clarísimo ejemplo de lo que es estar predestinado a crear y a no dejar indiferentes a los demás haciendo música. Si le quitamos pues la capa superficial (que cada vez es más fina) y borramos nuestras viejas creencias, podemos llegar a percibir la genialidad que esconde Xiu Xiu. Está claro que este grupo, le pese a quien le pese, se abre camino a golpe de locura, valor y sentimiento. Del de verdad. Esperemos que tengan su propio hueco reservado en la música popular.

Big fish

Colaboradores | 7 Marzo 2004  

Un título tan mediocre como El planeta de los simios no debía empañar una filmografía mayúscula marcada por la creatividad, personalidad e inteligencia de un autor que, a lo largo de la última decada, nos mostró muchas de las películas más sobresalientes que en ella se estrenaron. A pesar de esto, hay dos que destacan por encima de todas las demás, y que Burton llamaba “mis dos Edwards”: me refiero a Eduardo Manostijeras y Ed Wood. Dos títulos muy personales que plasmaban a la perfección el complejo, brillante e indescifrable mundo de su creador. Pues bien, Big fish se une a ellos, formando una brillante trilogía.

Ésta es la historia de un niño que nunca creció, de un hombre que logró crear un mundo mágico lleno de fantasía al margen de su ordinaria realidad. Edward Bloom es sin duda el hombre que el pragmatismo y la racionalidad del mundo nos impide ser, lo que a la postre le acarreará la incomprensión de su hijo, el cariño de sus allegados y la felicidad existencial. Todo lo narrado es de una gran belleza y emotividad, y es difícil no caer subyugado ante la magia e imaginación a raudales que desprende. Es la vida de un joven que, atrapado por la intrascendencia de su vida en un pequeño pueblo rural, huye en busca de gigantes, feriantes, sirenas, siamesas o licántropos; de un agonizante individuo que con sus heroicas, románticas e inverosímiles narraciones logrará atraer a sus oyentes y espectadores, a la vez que, de vuelta al mundo real, nos presentará la difícil relación paterno-filial que de ella se desprende, y de cómo la anunciada muerte de un ser querido transmuta nuestros sentimientos.

Es curioso cómo justamente es en el aspecto visual donde la película de Burton flaquea más. Curioso porque ésa ha sido siempre la indiscutible especialidad de su director, que esta vez no logra trasladarnos en plenitud al fantástico mundo de Edward Bloom. Al menos no siempre, porque ciertas imágenes son insuperables (el coche sobre el árbol, el campo de narcisos, el pueblo de Spectre, o el encuentro con Sandra). No se trata de menospreciar el siempre interesante, fresco e imaginativo mundo que Burton traslada a la gran pantalla, pero mucho me temo que, como ya sostuvo Spielberg cuando pensaba trasladar la obra de Wallace al cine, sería arduo complicado plasmar aquello que la historia nos narra.

Capítulo aparte merece el impecable reparto. McGregor borda el papel del Ed joven, De Vito tan divertido como de costumbre, Buscemi genial y Bonham Carter y Crudup más que correctos. Las actrices Alison Lohman (Sandra joven) y Marion Cotillard (esposa de Will) desprenden hipnótica belleza, y Lange encomiable fortaleza. Pero si hay una interpretación por la que bien vale pagar por ver la película, es la de Albert Finney. La entrañable candidez que desprende y sus pícaros ojos son por sí solos un magnífico retrato del personaje que interpreta. Como el Eduardo de Deep, el Joker de Nicholson o el Lugosi de Landau, el Edward Bloom de Albert Finney pasa a engrosar la lista de brillantes e inolvidables interpretaciones que el cine de Burton nos ha reportado.

Como inolvidable es ya ese desenlace que, lejos de los habituales y tramposos finales del cine más despreciable, logra un grado de emotividad que sume a los espectadores en un momento de incontrolable sensibilidad y contagiosa felicidad. En resumen, una película imprescindible, que si bien no logra ser todo lo redonda que uno desearía es de lo mejor que el cine nos ha brindado en mucho tiempo. Nos augura, además, un gran futuro para un director que parecía estancado en la mediocridad de sus últimos títulos.

Autor: Oriol Alcorta